Una oportunidad- Juan Luis Fabo

“El problema que tienes hoy no puede ser resuelto de la misma manera que pensabas cuando lo creaste», Albert Einstein

En estos tiempos de grandes movilizaciones políticas cabe preguntarse cuántos ciudadanos hay en España partidarios de que el nacionalismo no sea determinante en las políticas generales del país. Y también, precisando un poco más, ¿cuántos partidarios hay en España de que la política nacional esté orientada hacia el interés general del conjunto de los ciudadanos, sin que sea relevante el lugar de residencia y sin concesiones a los partidos nacionalistas contrarias al principio de igualdad?

Qué ha pasado en la política española para que este planteamiento mayoritario no haya sido uno de los que de forma principal determinase cómo se ha hecho política en nuestro país

Aunque en bastantes ocasiones hay contradicciones entre lo que pensamos y lo que hacemos, y también entre lo que proclamamos y lo que votamos, con razonable seguridad se puede afirmar que una amplia mayoría de españoles procedentes de todo el espectro político es partidaria de dichos planteamientos. En consecuencia, nos podríamos preguntar qué ha pasado en la política española para que este planteamiento mayoritario no haya sido uno de los que de forma principal determinase cómo se ha hecho política en nuestro país y, en buena lógica, resultara ser uno de los rasgos que caracterizasen la situación actual de España, en lugar de ocurrir exactamente al revés, es decir, que lo que nos pasa sea fruto precisamente de su ausencia.

Responder a fondo esta segunda cuestión es sin duda más difícil porque son muchos los condicionantes y las circunstancias que han concurrido. Y, además, obsesionarse en la explicitación de las causas que han provocado el desastre actual seguramente conllevaría no sólo el rechazo al nacionalismo, sino también una descalificación en toda regla de buena parte de los agentes que han protagonizado la política española. Y ahora mismo, ante la gravedad de la situación y a la vista de lo que plantean algunos de los nuevos aspirantes a mandar, tampoco parece que esto sea lo más conveniente.

Además, es indiscutible que elección tras elección hemos respaldado básicamente a los mismos partidos reubicándolos bien en el gobierno o bien en la oposición, es decir, confirmándolos en su papel de dirección de la política española y, en consecuencia, en su forma de hacer política. Todo ello de forma plenamente democrática sobre la que no cabe discusión alguna, pero de la que también se deduce en buena lógica que la prioridad que el conjunto de los ciudadanos hemos dado a la aplicación de los principios señalados al inicio no ha sido suficiente. Es decir, algo parecido a lo ocurrido durante tanto tiempo con respecto a la necesidad de una regeneración de la política tras los escándalos de corrupción.

Esta crisis superlativa del Estado de Derecho provocada por el nacionalismo catalán con grave fractura social incluida, también puede verse como una oportunidad para hacer mejor las cosas

Sin embargo, a pesar de que la avería es muy gorda y de difícil reparación, esta crisis superlativa del Estado de Derecho provocada por el nacionalismo catalán con grave fractura social incluida, también puede verse como una oportunidad para hacer mejor las cosas. Es decir, una vez que las alarmas han saltado ante el comportamiento sedicioso de las principales instituciones de Cataluña, tal vez pueda mejorarse la política en España resolviendo desde la excepcionalidad forzosa lo que no se ha hecho bien durante tanto tiempo por los cauces ordinarios. En tal caso, se daría la paradoja de que al final habrían sido los propios nacionalistas los responsables de arrastrar a los demás hasta un punto en el que resulta ineludible renovar la forma de hacer política en España.

De momento, la puesta en marcha del artículo 155, con convocatoria de elecciones autonómicas incluida, ha servido para quitar la iniciativa que durante tanto tiempo ha estado en manos del independentismo nacionalista, lo cual sin duda es un triunfo del constitucionalismo.

Sin embargo, seríamos muy ingenuos, cuando no perfectamente idiotas, si creyéramos que el problema descuidado durante tanto tiempo que ya ha producido semejante vía de agua, se va a arreglar sólo porque las alarmas hayan saltado. En el mejor de los casos, dichas alarmas servirán para evitar el hundimiento inmediato del barco, pero es evidente que será imposible recuperar el rumbo sin reparar al menos algunas de las causas principales de la avería, haciendo importantes cambios en los engranajes machacados.

Por tanto, aunque lo más inmediato sea la propia convocatoria electoral en Cataluña, de cuyo resultado dependerá seguramente el camino futuro de los propios nacionalistas catalanes, sería un gran error olvidar que la solución del problema se encuentra de forma esencial y principal en las políticas de ámbito nacional que a partir de ahora se adopten con respecto al nacionalismo.

Es obvia la necesidad abandonar la habitual práctica de apaños y arreglos caseros que ha prevalecido en la política de nuestro país

Llegados a este punto, es obvia la necesidad de abandonar la habitual práctica de apaños y arreglos caseros que ha prevalecido en la política de nuestro país, y hacer verdaderamente frente al problema sustituyendo unas cuantas piezas básicas, cuya necesidad de recambio se aprecia a simple vista, puesto que resulta muy claro que si no se renuevan va a ser imposible que lo que en el futuro nos pase a bordo sea mejor que lo que ya nos ha pasado.

Aunque el problema exigirá revisiones más detalladas, de entrada y sin ningún ánimo de exhaustividad, se pueden señalar algunas de las que parecen más urgentes:

  • Reformar la ley electoral: la actual ha sacrificado exageradamente la igualdad del valor del voto favoreciendo un bipartidismo imperfecto, al mismo tiempo que ha primado a los partidos nacionalistas otorgándoles una sobrerrepresentación en el Congreso de los Diputados que no se corresponde con su peso electoral, y que han utilizado sistemáticamente para obtener beneficios en contra del principio de igualdad de los ciudadanos españoles.
  • Renunciar a la compra de votos nacionalistas en el Congreso de los Diputados: muchos de los beneficios que los nacionalistas han obtenido en perjuicio del resto de ciudadanos no se hubieran producido si los partidos de gobierno hubiesen mantenido siempre en sus negociaciones con nacionalistas vascos y catalanes unos límites claros que garantizasen las políticas de Estado esenciales.
  • Recuperar la competencia de Educación: los resultados de la utilización del sistema educativo por parte de los nacionalistas muestra con toda rotundidad la necesidad de que la fijación de los currículos y las competencias básicas del sistema sean ejercidas por el Estado, que ha de garantizar que todos los ciudadanos se forman en un mismo sistema educativo de la máxima calidad, no manipulador y acorde con un Estado de Derecho, aunque la gestión directa puede estar tan descentralizada como se precise en favor de la mayor eficacia posible.
  • Recuperar la movilidad geográfica en el ámbito laboral de las administraciones públicas, incluidas la sanidad y la enseñanza pública: el cerrojazo practicado en este terreno en las comunidades autónomas que cuentan con una lengua cooficial, además de mermar de forma exagerada el derecho legal de acceso en condiciones de igualdad al empleo público, ha contribuido de forma notable al clientelismo y al fortalecimiento nacionalista, así como al incremento exponencial de los vicios del localismo, la parcelación cultural y territorial y la proliferación de los reinos de taifas.
  • Cerrar el marco competencial y establecer con claridad la prevalencia de las leyes generales: es probable que ya sea tarde y que la crisis actual signifique irremediablemente el fracaso del Estado de las Autonomías, pero en cualquier tipo de sistema territorial que se adopte, más aún ante las veleidades nacionalistas, es absolutamente necesario que el sistema competencial no quede abierto indefinidamente, sino que es preciso determinar con claridad las competencias en cada nivel de la administración y la prevalencia de las leyes generales en caso de conflicto.

Seguro que ninguna de estas propuestas va a gustar demasiado a los nacionalistas y desde luego que no valen para la tan reiteradamente practicada política de concesiones en busca de la quimera de su conformidad, apaciguamiento o moderación. Pero, como el sabio ya nos explicó hace bastante tiempo, no hay camino más seguro para volver a equivocarse que seguir haciendo las cosas de la misma manera.