Reformar la Constitución - Jesús Quijano

No es nuevo este debate, ciertamente. Aunque sería difícil precisar cuándo empezó a plantearse la conveniencia, para unos, o la necesidad, para otros, de reformar la Constitución, lo cierto es que ha sido un debate muy reiterado y con muchas variantes, porque en buena medida su alcance ha ido dependiendo de las circunstancias que concurrían en cada momento.

Todos los ciudadanos españoles con cuarenta o menos años han nacido con esta Constitución ya aprobada

Pero creo que esta vez, o en este momento, las circunstancias son más especiales. Nos acercamos a los cuarenta años de vigencia, un periodo más que razonable para hacer un serio análisis retrospectivo; baste reconocer una evidencia total: todos los ciudadanos españoles con cuarenta o menos años han nacido con esta Constitución ya aprobada; y muchos otros que nacieron antes, pero no habían alcanzado la mayoría de edad de los 18 años en 1978, no pudieron votarla. Por desgracia, no es mi caso. ¡Ya me gustaría estar entre ellos, con diez años menos de los que tengo! De manera que la suma de unos y otros (¡todos los que vinieron a este mundo desde 1960, aproximadamente!) es un porcentaje muy elevado de la población española. No me atrevo a afirmarlo con total seguridad, pero quizá la mayoría de los que andamos por estas y otras tierras exhibiendo la nacionalidad española. Y no es sólo eso.

Si hoy sería muy difícil hacer una Constitución, acaso sea mejor dejar la que tenemos como está, y no abrir un melón que no sabemos si se va a poder cerrar

Además del cambio generacional, ha habido un cambio bien notable en el contexto. La Constitución se hizo en un ambiente de ilusión colectiva muy especial; con ánimo de superar el pasado y de abrir una nueva etapa. Y por eso mismo, en un clima de concordia y de generosidad difícilmente repetible. Muchas veces, en muchas conversaciones, mucha gente pregunta si hoy se podría hacer una Constitución con la relativa facilidad con que se hizo aquella. No exactamente esta Constitución que tenemos, no; simplemente una Constitución, aunque fuera distinta. Me quedo pensando, y prefiero salir por la tangente: si fuera así, razón de más para intentar una reforma. Aunque también hay quien opina lo contrario: si hoy sería muy difícil hacer una Constitución, acaso sea mejor dejar la que tenemos como está, y no abrir un melón que no sabemos si se va a poder cerrar. Cierto que es para pensárselo, porque el argumento de que una reforma debiera reunir un consenso similar al que tuvo la Constitución en su origen es fuerte. Pero eso no debiera ser un obstáculo a priori; sería demasiado fácil para quienes no tienen interés en discutirlo disponer de ese derecho de veto que hace creíble el argumento. ¡Cómo yo no quiero tocar nada, no va a haber consenso suficiente; y como no va a haber consenso, es mejor no menearlo! Razonamiento que vale también para quienes desearían tocarlo todo, abriendo un proceso constituyente ex novo como si todo tuviera que empezar de cero y la historia estuviera parada en 1978 y no hubiera pasado nada desde entonces.

Yo no creo que la esencia del modelo esté inservible; en absoluto. Pero sí que necesita retoques y actualizaciones

Así que cambio generacional y cambio de circunstancias. Y todavía algo más: en estos últimos tiempos se han producido fenómenos de muy diversa naturaleza que cuestionan, con más o menos razón, algunos de los fundamentos del modelo de democracia representativa que hemos venido conociendo; quizá por efecto de la crisis, quizá por un cambio de valores, o por otros motivos, pero lo cierto es que muchas cosas han cambiado en la percepción de mucha gente, aquí y en muchos otros lugares. Y en general sabemos cuáles son, lo que ya es una ventaja. Yo no creo que la esencia del modelo esté inservible; en absoluto. Pero sí que necesita retoques y actualizaciones: en la configuración de los derechos y libertades, especialmente en los de contenido socioeconómico y en los más personales (por ejemplo, en 1978 no había internet ni se discutía sobre la muerte digna); en la definición estable de nuestra posición en el mundo (baste recordar que en 1978 ni siquiera estábamos en la Unión Europea); en el significado de la igualdad (¡y no sólo en la sucesión a la Corona!); en la propia representatividad (tenemos en la Constitución reglas electorales de circunscripción y asignación de escaños, que son las verdaderas bases, muy rígidas, del sistema ); y en otros aspectos que se pudieran plantear.

Baste releer el famoso Título VIII de la Constitución para caer en la cuenta de que todavía está plagado de reglas transitorias

Sin ir más lejos, y por eso le hago mención aparte, asistimos a un profundo debate sobre si el modelo autonómico vigente necesita de retoques más o menos profundos, en un sentido o en otro. Y no sólo en un intento honesto y razonable de buscar fórmulas de encaje para territorios proclives a la secesión, que esa es otra dimensión del problema. Me refiero a asuntos como la distribución de competencias, las bases de un sistema justo y estable de financiación, la armonización en la prestación de los servicios públicos básicos, etc. Sobre todo ello hay experiencia, conocimiento, reglas acumuladas en la doctrina del Tribunal Constitucional, alternativas, etc., que pueden ser consideradas. Baste releer el famoso Título VIII de la Constitución para caer en la cuenta de que todavía está plagado de reglas transitorias, que se aplicaron una vez para poner en marcha el modelo de organización territorial, pero que ya no tienen sentido una vez implantado; y se trataría de sustituirlas por reglas que ordenen su funcionamiento con racionalidad en el presente y en el futuro; eso es lo que se echa en falta.

O sea, que hay materia. Lo que hay que saber entonces es la actitud: si hay disponibilidad, si hay buena fe. Y caben dos actitudes principalmente: la de quienes no reconocen siquiera la legitimidad de origen de esta Constitución, ni la función que ha cumplido durante cuarenta años, y lo que se plantean no es una reforma, sino una voladura total o parcial; la otra es la que puede atribuirse a quienes entienden que esta Constitución ha sido una valiosa garantía de convivencia democrática y de desarrollo, que creo que es la gran mayoría. Cierto que hay matices, más cicateros o más generosos, en la aceptación y en la voluntad de reforma, aun desde la coincidencia en que se trata de un punto de partida que hay que preservar en gran medida, porque se trata de mejorarlo, no de sustituirlo.

Esto, la actitud, es lo que debería saberse al poner en marcha el proceso. Al menos sería la ocasión para que la ciudadanía tomase nota de las intenciones de cada uno.