Patriotismo de apátridas - Javier Gabilondo

Las palabras como vehículos de sentimientos e instrumentos de pensamiento y continentes de conceptos, pueden ser polisémicas y muy elásticas desde la subjetividad, pero es un abuso perverso que a la vez sirvan para concepciones o significados contradictorios. Este mecanismo sofista y abusivo desgastó vocablos como «consenso» en el período de la transición española que, como toda obra colectiva humana tuvo luces y sombras. Las consecuencias en el tiempo de aquel abuso nos alcanzan, incluso, hasta la actualidad.

Como muy bien explica Eduardo Galeano somos seres «sentipensantes» y nuestras expresiones proyectan ambos aspectos desde nuestra subjetividad. En el caso de la palabra patria y su derivada patriotismo, tan usadas ambas como manoseadas desde posiciones políticas e ideológicas contrarias, a menudo arrogándosela en exclusiva y excluyendo al oponente hasta extremos de polisemia absurda.

Si solo los patriotas poblasen la tierra, el mundo sería inhabitable

¿Puede el patriotismo cobijar demócratas y liberticidas, dictadores y populistas? Todo en un «tutum revolutum». Como aclaró brillantemente  Bertrand Russell: si solo los patriotas poblasen la tierra, el mundo sería inhabitable.

Siguiendo con el uso y el abuso del término patria, ¿puede desde la subjetividad plantearse por ejemplo el patriotismo de los apátridas? Cuando la polisemia del término se acompaña de adjetivos como constitucionalista, nacionalista (sic), abertzale, etc. se lleva el significado al absurdo. El patriotismo sentimental irracional llega al extremo de emocionarse y vibrar ante el himno, la bandera, el paisaje, etc… cualquier símbolo, pero nunca ante los derechos de la ciudadanía, miran el paisaje nunca al paisanaje. Ni que decir del emigrante, extranjero, etc…

Los patriotas radicales incluso son capaces de morir, matar o morir matando por sus alucinaciones ideológicas

Los patriotas radicales incluso son capaces de morir, matar o morir matando por sus alucinaciones ideológicas, sin renunciar a la idea patriótica que les empuja a eliminar a su adversario político convirtiéndolo en enemigo. Esta inmolación extrema criminal renuncia a cualquier racionalidad de la civilización sea cual sea la cultura, sustituye la razón por una visceralidad asesina retrógrada y sectaria.

¿Y qué es de los apátridas que nos sentimos patriotas por republicanos? No es una vacua huida hacia adelante, no queremos apuntarnos al naciopatriotismo obligatorio. Desde una rebeldía activa y pacífica, no pacifista, reclamamos los derechos ciudadanos, nacionales y extranjeros, hartos del abuso y mal uso del vocablo hasta la saciedad.

Y, casualmente, el éxito incontestable de la literatura de Fernando Aramburu, cuya lectura recomiendo encarecidamente como  lector y ciudadano por amena y atinada en nuestras circunstancias. Casualmente autor trasterrado  desde su patria y Patria al extranjero, dejándolo muy claro.

Los apátridas  también tenemos sentimientos de nuestra infancia, historia, cultura pero nos crece un sentimiento de rechazo, como un exilio interior, ante la polisemia maligna de su uso político partidista, incluso contradictorio. Sin embargo ante este patrioterismo, nuestro patriotismo desde la racionalidad no es una fuga hacia adelante vacía, somos protagonistas y portadores de derechos y obligaciones concretos, plasmados en una constitución o cualquier otro código de derecho positivo, mejorables como cualquier obra humana, pero basados en unos valores y principios universales, no en emociones y sentimientos respetables pero movedizos, subjetivos e incluso a veces enfrentados en algunos planteamientos.

A estos nuevos patrioteros o neopatriotas no les interesa ocuparse de la realidad, prefieren preocuparse y evacuar con arengas grandes sentimientos en el teatro parlamentario

Hay que ir avanzando eliminando anacronismos irracionales, la cultura de la violencia,  las tradiciones violentas en el trato y tratamiento del ocio y las costumbres, miedo al progreso científico que elimina oscuridades, buscar la libertad, seguridad e igualdad de los ciudadanos ante las leyes y justicia, preocupándose y ocupándose de la promoción del bien general de los ciudadanos, de los paisanos, más que hablar del paisaje y de los símbolos patrióticos. A estos nuevos patrioteros o neopatriotas no les interesa ocuparse de la realidad, prefieren preocuparse y evacuar con arengas grandes sentimientos en el teatro parlamentario, envueltos en su bandera y grandes símbolos, aludiendo a los ciudadanos, al pueblo o a la gente o lo que les plazca al ignorar el paro, pobreza, corrupción, etc… problemas de la realidad que esquivan. Por esto está creciendo ante el rechazo al neopatriotismo un sentimiento apátrida, con contenido político por vergüenza o decencia, no por elección.

Como muy bien dijo en una ocasión, Pilar madre de los Pagazaurtundúa: llamar a las cosas por su nombre. Que las palabras signifiquen lo que son y no otra cosa o lo contrario.

Los apátridas no somos de otro planeta, estamos aquí resistiendo, activos e interesados políticamente, reclamando igualdad, derechos republicanos, y con  optimismo antropológico o sentido común no queremos apuntarnos al nacional patriotismo obligatorio o de moda. Las modas pasan y lo otro… se cura viajando cómo sabía y recomendaba Baroja, ilustre escritor y médico de preocupación higienista, aunque siempre se valora más prevenir que curar.