España no es país para patriotas - Rosa Díez

Quizá al ver el título de este artículo alguien pueda pensar que sólo busco provocar, que soy una exagerada…Sí que quiero provocar una reflexión, pero no exagero ni un ápice. Veamos.

La España de hoy es un país confundido, con una muy baja autoestima derivada -como muy bien ha explicado Alberto G. Ibáñez desde estas mismas páginas- de una interpretación sesgada y acomplejada de nuestra historia. En España frases similares a  ”no me siento español”  las hemos oído pronunciar a muchos representantes de lo que algunos llaman cultura o intelectualidad española, algo que resultaría absolutamente impensable en países como Alemania, Italia, Reino Unido, Francia ,  EEUU…, algunos de ellos, por cierto, con mucha menos historia común que la que tiene España.

Si en España se pueden decir esas cosas con normalidad es porque queda “guay”, porque nadie lo critica y porque quien lo hace cae simpático a los nacionalistas y a todo aquel que confunde progreso con identidad y tribu… Vamos, que quien aspire a leer algún día el pregón de fiestas de su pueblo, más vale que se apunte a la moda de decir “estado” venga o no a cuento y de quitar la palabra España de su vocabulario.  No es casual que el único partido nacional nacido en este siglo y que se empeñó en defender el patriotismo constitucional para garantizar la igualdad entre  españoles terminara siendo liquidado.

Cómo y por qué hemos llegado a una situación en la que devaluamos nuestra historia más reciente

Volviendo al tema, analicemos cómo y por qué hemos llegado a una situación en la que devaluamos nuestra historia más reciente y desconocemos nuestra historia como país a la vez que abrazamos cuantos mitos negativos nos cuentan sobre ella. Por centrarnos  en la historia de la España democrática, empecemos por decir algunas verdades incómodas. Si hoy estamos en manos de políticos pequeños que demuestran cada día un nulo sentido de Estado, es porque durante muchos años ese comportamiento egoísta, cortoplacista, ha resultado política y electoralmente muy rentable. Ya lo dijo Elbert Hubbard: “La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del parlamento no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado”. O sea, que tenemos lo que hemos elegido. Y hemos elegido que sean cuatro partidos (en vez de los dos de siempre) los que se disputen el mérito de bloquear institucionalmente el país mientras discuten de “sus cosas”,  montan el circo en el Congreso, calculan el rédito de cada uno de sus espectáculos,…mientras la desigualdad entre españoles crece y el país se nos rompe, literalmente, por las costuras.

A esta situación no hemos llegado de repente por lo que quizá resulte complejo determinar cuando se abandonó el camino emprendido por nuestros mayores tras la muerte del dictador. Pero hay un momento en el que se alinearon los astros para que se produjera “el acontecimiento histórico de este planeta”, que diría Leyre Pajín. Ese momento no es otro que el advenimiento de José Luis Rodríguez Zapatero, primero a la Secretaría General del PSOE en el año 2000 y después al Gobierno de la Nación tras las elecciones de 2004.

La ruptura de la cohesión territorial y de la igualdad entre españoles germinó de forma concreta cuando Zapatero impulsó los estatutos llamados de Segunda Generación, empezando por el de Cataluña

Zapatero fue ese Presidente que rompió todos los consensos trabados durante y desde la Transición, incluso alguno que él mismo había propuesto estando en la oposición, como fue el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Ya en sus primeros años como Secretario General hizo “pinitos” y mandó algún aviso (al que nadie prestó suficiente atención) sobre lo que sería su comportamiento al frente del Ejecutivo si los españoles le encomendaban esa tarea. Recuerden aquel mitin en noviembre de 2003 en el que Zapatero pidió el voto para Maragall y proclamó: “Apoyaré la reforma del estatuto que apruebe el Parlamento catalán”. O sea, que el PSOE renunciaba a que las Cortes ejercieran el papel encomendado por la Constitución de representar la soberanía nacional.  Ahí y así empezó todo. Por eso en cuanto Zapatero llegó al Gobierno, en la primavera de 2004, el PSOE rompió el principal consenso de la Transición y  comenzó a diseñar un nuevo modelo territorial del Estado dejando al margen al otro gran partido nacional, el Partido Popular. La ruptura de la cohesión territorial y de la igualdad entre españoles germinó de forma concreta cuando Zapatero impulsó los estatutos llamados de Segunda Generación, empezando por el de Cataluña. No sólo cumplió aquella promesa mitinera de 2003, sino que  cuando el acuerdo del Parlamento de Cataluña  estaba a punto de fracasar, llamó a su despacho en la Moncloa a Artur Mas (que estaba en la oposición en Cataluña) y pactó con él el Estatuto que querían los nacionalistas y al que el propio PSC ya había renunciado.

Esta locura de reforma constitucional por la puerta de atrás –leyes con cuerpo de Estatuto pero alma de Constitución- sería emulada rápidamente en otros lugares de España.  Y llegarían los estatutos de la Comunidad Valenciana (mayoría PP, apoyo PSOE) y el de Andalucía (mayoría PSOE, apoyo PP). Y comenzamos a asistir a la locura de escuchar de boca de dirigentes políticos de partidos otrora nacionales, a la izquierda y a la derecha, discursos en defensa de la identidad, de los sentimientos de pertenencia, de las “leyes ancestrales”…, como único argumento para justificar derechos diferentes entre españoles.

Y en España se fue instaurando la idea de que ser patriota vasco, gallego, o catalán era ser ‘progre’, mientras que ser patriota español resultaba ser ‘carca’… o directamente facha

Y empezó a ser “normal”  que cualquier nacionalista vasco o catalán pudiera tachar de traidor a todo vasco o catalán que no proclamara su voluntad venerar los símbolos y banderas de Cataluña o al País Vasco mientras condenaban al infierno ( a la muerte civil, cuando menos)  a todo vasco o catalán que pidiera el mismo respeto para los símbolos constitucionales españoles.  Todas esas cosas ocurrieron ante el silencio abrumador -o las complicidad efectiva- de la mayoría política, económica, social y mediática de nuestro país. Y en España se fue instaurando la idea de que ser patriota vasco, gallego, o catalán era ser ‘progre’, mientras que ser patriota español resultaba ser ‘carca’… o directamente facha. Y así hemos llegado a un momento en el que una Transición modélica como la nuestra ha devenido en apenas 40 años en una crisis política e institucional tan profunda que defender en España lo común merezca casi siempre la descalificación o el desprecio.

El origen de nuestra crisis política, -más allá de la aportación indiscutible del nefasto Zapatero al frente de un grupo de “jóvenes” socialistas dispuestos a renegar de lo que hicieron sus mayores para hacerse unos hombres (adanismo puro) y de los complejos del Partido Popular a la hora de defender la idea de la España constitucional y la ciudadanía común- está también en que se relajaron los mecanismos de control sobre la democracia y se rompieron los vínculos con los que se estaba construyendo nuestra incipiente ciudadanía española. Y es que si bien los españoles hemos sido capaces de transitar de la dictadura a la democracia, de conformar instituciones democráticas e impulsar leyes homologables con las de cualquier país del entorno europeo en el que nos hemos integrado, en España nos ha faltado hacer la pedagogía democrática que resulta imprescindible para formar ciudadanos. Nuestra nación no tiene ciudadanos que la defienda porque nadie nos ha explicado que el único proyecto político que merece la pena, el más digno de todos ellos, es la defensa de la ciudadanía, que no es otra cosa que defender una integración social basada en compartir los mismos derechos al margen de la parte de la nación en la que se viva o se haya nacido, al margen de la etnia, de la religión, de la tradición cultural, de la ideología…

El deterioro de la convivencia  es consecuencia de la debilidad de nuestra democracia, de la ausencia de voces que defiendan el Estado con un discurso nacional claro y sin complejos

El deterioro de la convivencia y el abandono de la defensa de lo común —esa contraposición de la diversidad frente a la unidad, de la pluralidad por encima de la igualdad, esa confusión entre el derecho a la diversidad y la diversidad de derechos – es consecuencia de la debilidad de nuestra democracia, de la ausencia de voces que defiendan el Estado con un discurso nacional claro y sin complejos. Por eso resulta imprescindible explicar lo que significa el patriotismo constitucional, lo que representa defenderlo aquí y ahora.

La falta de autoestima como país también afecta a nuestra economía y a nuestra competitividad. ¿O acaso creen que no fue el fuerte vínculo patriótico lo que permitió a los alemanes reconstruir su país en un tiempo récord después de la segunda guerra mundial? ¿Por qué no podemos ser como los alemanes, los franceses, los norteamericanos…, que aman y defienden a su país al margen de su ideología, su posición social o sus creencias? No somos como los ciudadanos de esos países a cuyo club pertenecemos porque la verdadera historia de España está por escribir. ¿No se han preguntado nunca por qué los hispanistas más famosos son extranjeros? Quizá es porque “ellos” pueden decir ciertas cosas de nuestra historia sin miedo a ser lapidados por los “unos” o los “otros”, por cualquiera de los bandos de las dos Españas. Quizá es porque  “ellos” son los únicos que no tienen miedo a que les expulsen de algún círculo de influencia o les cuelguen alguna etiqueta; quizá es porque “ellos” son los únicos que están a salvo de las malditas banderías de nuestro país.

Decíamos en el Prefacio de un libro que editado por la Fundación Progreso y Democracia a principios de 2014 titulado “A favor de España”, que el mayor logro conseguido por los partidarios de la desunión, la ruptura y la segregación basada en el narcisismo de las pequeñas diferencias fue un triple mensaje inoculado con indudable éxito en amplios sectores de la opinión pública española:  la nación española es una ficción impuesta por la dictadura franquista (las naciones verdaderas son las étnico-lingüísticas de los nacionalistas vascos, catalanes, gallegos…); la secesión de una parte e España, como Cataluña o el País Vasco, es asunto exclusivo de ellos, porque tienen “derecho a decidir”; y la obligación de los demás será aceptar ese ejercicio unilateral de un derecho del que el resto de españoles hemos sido excluidos. En base a esas tres falacias se sigue escribiendo la historia de España.

La ruptura de España será el resultado de ejercer una extremada violencia simbólica, la indispensable para convertir en “extranjero” a quien hasta hace nada era un vecino, un compañero, un amigo o un familiar

Solo en una democracia tan débil como la nuestra cabe que haya gente que aún hoy piense que no pasa nada por romper una comunidad unida por intrincados lazos seculares, ignorando todo lo que la historia muestra y todo lo que sabemos de la naturaleza humana. Y no hay que remontarse al pasado para verlo, pues como ya está demostrado en Cataluña y aunque no medie la violencia física, la ruptura de España será el resultado de ejercer una extremada violencia simbólica, ética y emocional, la indispensable para convertir en “extranjero” (y a menudo en traidor) a quien hasta hace nada era un vecino, un compañero, un amigo o un familiar.

Hablar a favor de España es hacerlo a favor del pluralismo y la diversidad, pero también a favor de la unidad y la ciudadanía compartida. Hablar a favor de España es hacerlo a favor de los españoles; hablar a favor de España es recordar lo que hemos demostrado que podemos y sabemos hacer juntos; hablar a favor de España es poner negro sobre blanco nuestra historia real, contradiciendo a los partidarios del pesimismo histórico y recordando que también hemos demostrado que sabemos cómo conseguir más libertad, más igualdad y más oportunidades.

Defender a España es defender la igualdad de todos los españoles; defender a España es defender el mantenimiento de los vínculos de lealtad entre nuestros conciudadanos; defender a España es defender la inmutabilidad de los artículos fundamentales de nuestra Constitución, que son aquellos que proclaman que la soberanía reside en el pueblo español; que todos somos iguales ante la ley; que los titulares de derechos son los ciudadanos y no la tribu o el territorio. Defender a España es defender a los ciudadanos españoles, lo que nos obliga a establecer unos límites infranqueables en la acción política: eso es que nada, ni la historia milenaria, ni la lengua, ni las tradiciones, está por encima de los derechos de los ciudadanos. Y que nadie está por encima de la ley.

Defender a los españoles es explicar que en esta España que se debilita quienes más riesgos corren son las clases sociales más débiles, las más desfavorecidas, los ciudadanos que más necesitan de la protección del Estado. La gente más sencilla necesita un Estado que le garantice el ejercicio efectivo de sus derechos en condiciones de igualdad; el derecho a elegir ser educado en su lengua materna;  el derecho a acceder a una plaza en la Administración dentro del territorio nacional en igualdad de condiciones con cualquiera de sus conciudadanos. Quienes tienen recursos y pueden moverse dentro y fuera de España no sufren las consecuencias de las barreras que imponen quienes en nombre de “su” patria quieren convertir a una parte de sus conciudadanos en extranjeros en su propia tierra.

El patriotismo, en el sentido republicano y democrático del término, consiste en defender los valores comunes y la lealtad entre conciudadanos

El patriotismo es cosa seria, ni necesita “enemigos” ni excluye a nadie; el patriotismo, en el sentido republicano y democrático del término, consiste en defender los valores comunes y la lealtad entre conciudadanos, lo que es un concepto esencial para la democracia. Pero el patriotismo requiere de patriotas y en España no parece haberlos, al menos entre los que tienen capacidad y poder para actuar. Quién nos iba a decir que, tantos años después iba a seguir teniendo validez aquella sentencia de Emilio Castelar en su discurso de dimisión el 2 de enero de 1874: “Aquí, en España, todo el mundo prefiere su secta a su patria”.

Por eso frente a quienes apelan a su sagrado (o histórico) derecho a decidir basándose en la pertenencia a un grupo vinculado por la sangre, la religión, la herencia, la tradición cultural, la lengua…, es necesario defender una democracia de ciudadanos unidos por una lealtad mutua. Y a quienes nombran a las leyes antidemocráticas con palabras rimbombantes (nada menos que “suprema”, como la ley de Dios…) hay que aplicarles la Ley democrática, la Constitución.

Existen muchas razones para estar preocupados, pues al riesgo más que evidente de la ruptura de la convivencia entre españoles que ya he señalado y que se extiende desde Cataluña en forma de golpe de estado impulsado por las propias instituciones catalanas, hay que añadir graves problemas estructurales, económicos y sociales que merecerían una atención urgente. Problemas que no se pueden afrontar con éxito mientras dependamos de la voluntad de unos líderes políticos que odian más a su adversario político (convertido en enemigo) que lo que respetan a su país.

Pero, a pesar de este panorama desolador, creo que aun hay razones para la esperanza. España tiene talento suficiente para salir de esta encrucijada. Y si hace veinte años una mayoría silenciosa fue capaz de pintarse las manos de blanco y salir a la calle tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco para reivindicar democracia y libertad, ¿no seremos capaces de defender en la calle, ante el silencio, o la ambigüedad de nuestros políticos, la España constitucional?