A favor de España - Rosa Díez

Hay una frase de Blas de Lezo, el insigne almirante español, (guipuzcoano, para más señas) que podría resumir perfectamente los motivos por los que España atraviesa esta grave situación: “Una nación no se pierde porque unos la ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden”.

La culpa de lo que pasa en España no la tienen los nacionalistas sino el hecho de que quienes no lo somos no hayamos hecho lo necesario para defender la nación

Porque efectivamente la culpa de lo que pasa en España no la tienen los nacionalistas sino el hecho de que quienes no lo somos no hayamos hecho lo necesario para defender la nación y lo que ella representa en términos de derechos y valores compartidos. Durante el periodo democrático más largo de nuestra historia, desde que se aprobó la Constitución del 78, hemos caído presos de falsos dilemas y hemos abandonado la defensa y reconocimiento de lo sustancial.

Hemos confundido la diversidad de nuestro país y sus regiones con el pluralismo político, que no es una característica cultural, geográfica, idiomática…, que puede ser muy enriquecedora, sino la base misma de la democracia. Hemos confundido descentralización con democracia, hasta el punto de que se ha hecho común que la gente piense que es más democrático un Estado que adopte un modelo descentralizado que uno jacobino; o sea, es más democrática Venezuela que Francia. Hemos confundido nacionalismo con patriotismo, lo cual es un sinsentido pues el patriotismo no es otra cosa que la defensa de lo común mientras que el alma del nacionalismo consiste en defender lo propio (la tribu) frente a lo de todos; el patriotismo no se ejerce contra nadie sino a favor de todos; el nacionalismo necesita un enemigo para cohesionarse y sobrevivir.

La excepcionalidad de las nacionalidades ha debilitado al conjunto de España sin mejorar la democracia

Pero además en estos cuarenta años de democracia hemos hecho algo aún peor: ninguno de los partidos que ha gobernado alternativamente España ha pensado sobre la nación, no han construido ni un relato ni un horizonte que vertebre el cuerpo político y nos una en un proyecto común. En cada región de España en la que hay nacionalismos coexisten, de facto, dos naciones. Pero mientras una de ellas (la nacionalista) tiene adeptos que alimentan de forma permanente el mito, la otra, la de verdad, la nación que nos reconoce derechos de ciudadanía, no tienen quien hable en su nombre. Se ha dejado todo el espacio a los nacionalistas, lo que ha resultado muy estructurante para ellos. Así, la excepcionalidad de las nacionalidades ha debilitado al conjunto de España sin mejorar la democracia.

Decía Barbara Loyer en una magnífica entrevista publicada en elasterisco.es que la nación francesa se consolidó gracias a la derrota contra Alemania en la guerra franco prusiana de 1871. Los políticos franceses de aquella época llegaron a la conclusión de que quienes habían ganado la guerra fueron los profesores alemanes que habían formado soldados patriotas. De ahí se deriva el sistema educativo centralizado francés.

Nuestros gobernantes se empecinaron en transferirlo todo, incluso aquello que no estaba definido en la CE como competencia autonómica; es el caso de la Educación, la clave de arco de todo este despropósito en el que se ha convertido España

El caso español es justamente el contrario. Como explicaba al principio de este artículo “alguien” (la falta de cuajo democrático, sin duda) nos convenció de que cuanta más descentralización, más y mejor democracia. Y por eso nuestros gobernantes (los de derecha y los de izquierdas, por utilizar la denominación al uso) se empecinaron en transferirlo todo, incluso aquello que no estaba definido en la CE como competencia autonómica; es el caso de la Educación, la clave de arco de todo este despropósito en el que se ha convertido España. Piensen que allá donde hay nacionalistas, la escuela es nacionalista. Y que tanta descentralización ha traído como consecuencia diecisiete sistema educativos que no solo no educan con el nivel de calidad exigible a cualquier país con autoestima, sino que no tienen en común ni el 20% del currículum. Es más difícil mover a un niño entre comunidades autónomas españolas que transferir su expediente académico desde un instituto de Berlín a uno de Roma. Y lo mismo puede decirse de la movilidad entre el profesorado. Añadamos a eso que en los lugares en los que la educación depende de los nacionalistas esta está basada en la mentira y el engaño, en equiparar los mitos con las realidades y en fomentar el odio a lo español, a España. O sea, todo un despropósito.

Enderezar la situación por la que atraviesa España pasa por tomar conciencia de algunas de estas cosas de las que estoy hablando, empezando por recabar para el Estado la competencia en materia educativa

Enderezar la situación por la que atraviesa España pasa por tomar conciencia de algunas de estas cosas de las que estoy hablando, empezando por recabar para el Estado la competencia en materia educativa. Es imposible aspirar a un pacto educativo que garantice la calidad y la permanencia de la norma mientras haya diecisiete sistemas y diecisiete jefes de diecisiete chiringuitos dispuestos a formar a sus propios “nacionalistas”. Es imposible desarrollar un pensamiento sobre la nación española y hacer pedagogía democrática mientras pervivan estos diecisiete reinos de taifas; es imposible garantizar que los padres puedan educar a sus hijos en la lengua común mientras desde las distintas fuerzas políticas (incluidas las llamadas constitucionalistas) se considere que la respuesta a la “normalización en la lengua propia” (llamando así a la que es autonómica) es educar en tres idiomas. El español no es una lengua más; es la lengua del Estado, la que nos permite a todos los ciudadanos participar en los asuntos que nos competen a todos.

No podremos superar esta situación por la que atraviesa España si no combatimos los mitos del nacionalismo y no denunciamos la perversión del lenguaje que lo invade todo. Dejemos ya de confundir nacionalismo con patriotismo; el nacionalismo es insaciable, y el sentimiento nacionalista un pozo sin fondo. Dejemos de confundir normalización (sociedad ahormada) con normal (sociedad plural). Dejemos de pensar en lo que ellos hacen y empecemos a pensar en lo que nosotros, los españoles, debemos hacer para garantizar la unidad de la Nación como instrumento imprescindible para garantizar la igualdad de derechos de todos los españoles.

Hablemos de la nación para superar el nacionalismo. Hablemos como españoles, no solo ni principalmente como vascos, gallegos, catalanes, madrileños, leoneses, malagueños…. Yo soy vecina de Euskadi, pero soy ciudadana de España. La vecindad es accidental; la ciudadanía nos la hemos tenido que pelear y plasmar en una Constitución que aprobamos en el año 1978. Que se puede cambiar, claro: pero solo para mejorarla y para garantizar que aquellos artículos fundamentales, los que proclaman derechos esenciales, son inviolables. Y es que la diversidad de España es una riqueza, sí: pero solo si está garantizada la unidad que es la que, a su vez, nos garantiza la igualdad y la libertad al margen de la parte del territorio en el que estemos empadronados.

No hay país que pueda superar tanto “hecho diferencial” y salir vivo del intento. Superemos todos estos clichés impuestos por los nacionalistas, superemos los complejos, defendamos lo que nos une, hablemos y actuemos a favor de España

En España las rivalidades políticas no son ideológicas sino también y a veces fundamentalmente, territoriales. No hay país que pueda superar tanto “hecho diferencial” y salir vivo del intento. Superemos todos estos clichés impuestos por los nacionalistas, superemos los complejos, defendamos lo que nos une, hablemos y actuemos a favor de España. ¿Qué no está de moda? Pues no sé…; pero lo que sí sé es que en este momento está en juego el futuro de nuestros hijos. O hacemos lo que debemos hacer como patriotas (o sea, defender el interés general, la nación, la democracia y la igualdad de todos los españoles) o los insaciables y casposos nacionalistas nos lo arruinarán definitivamente.