Ideología Castrante - Carlos M Gorriarán

El feminismo es una de las mayores revoluciones necesarias de la modernidad. El principio de que una sociedad más igualitaria y libre requiere la libertad personal y la igualdad de oportunidades efectiva de las mujeres, y no sólo su proclamación legal, es tan justo y lógico como imprescindible; de hecho, todavía hoy es un objetivo por cumplir, incluso aún remoto en el mundo árabe y musulmán, buena parte de Latinoamérica, China e India, es decir, para más de la mitad de la humanidad.

Siempre ha habido mujeres, y algunos hombres, defensores de la igualdad de ambos sexos. Sabemos de personas así en la antigüedad clásica y la Edad Media, pero sus ideas fueron muy minoritarias y marginales hasta la Ilustración. Lo que hoy entendemos como feminismo nació en círculos sociales de alto nivel educativo en países occidentales, y consistió en un movimiento intelectual y político. Mientras el activismo político luchaba por el derecho de las mujeres al sufragio, al trabajo, a la educación y otras reivindicaciones básicas, el desarrollo intelectual produjo, ya en el siglo XX, corrientes de filosofía e investigación social feminista gracias a las obras de Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Virginia Johnson, Margaret Mead y muchas otras autoras.

Del pensamiento creativo a la ideología castrante

Siguiendo la antigua máxima, la transformación del mundo exige en primer lugar tener el conocimiento más profundo posible del tema, y tal es el objetivo de la investigación social desde una perspectiva feminista. Siguiendo también la tendencia habitual, el feminismo político-teórico engendró sus propias corrientes maximalistas o radicales, como los “estudios de género” y la “teoría queer” de Judith Butler.

El núcleo de este pensamiento es que la identidad sexual es una construcción sociocultural, no una condición natural. Dicho de otra manera, todos los aspectos de la existencia vinculadas a la sexualidad, tanto fisiológicos como mentales y sociales, son efecto de una determinada ideología de poder, actualmente el heteropatriarcado, que a través de la ingeniería social y el poder político pueden y deben ser sustituidas por una construcción diferente, la de la ideología de género (que muchos partidarios rechazan llamar así, pero es lo que es: un conjunto de recetas y respuestas dogmáticas prefabricadas para todo).

Si esta corriente ha sustituido “sexo” por “género”, la condición natural por una entelequia social, es porque ya no está interesada en la igualdad sexual, sino en la sustitución de la democracia con economía de mercado regulado (capitalismo, para abreviar), bautizado como heteropatriarcado, por un sistema político socialista completamente diferente. El movimiento de género, que ya no feminista, debería liderar esta nueva transformación.

No sorprenderá que la teórica más influyente, Judith Butler, sea una autoridad en los cónclaves “anticapitalistas” y “antiheteropatriarcales” animados por el difunto Ernesto Laclau

No sorprenderá que la teórica más influyente, Judith Butler, sea una autoridad en los cónclaves “anticapitalistas” y “antiheteropatriarcales” animados por el difunto Ernesto Laclau, el teórico argentino del “populismo postmarxista” de los Kirchner, Chávez y Podemos, y el activo panfletista esloveno Slavoj Zizek. El proyecto suele recibir el nombre de democracia radical pluralista, pero como es habitual, no se refiere a pluralismo político a secas de la democracia liberal (a liquidar), sino de identidades sexuales de género y corrientes populistas.

Sus ideas llevan camino de convertirse en “hegemónicas”, es decir, incontestadas y casi incontestables, un nuevo “pensamiento único” obligatorio. Algo similar a que el pensamiento económico dominante fuera el del gobierno de Maduro…

Aunque el hundimiento de Venezuela tiene mucho que ver con estas ideas disparatadas, especialmente las de Ernesto Laclau refinadas por Juan Carlos Monedero y otros líderes podemitas, en los ambientes universitarios esta amalgama ideológica de anticapitalismo, populismo y género, que se remonta a las teorías políticas de Gramsci pasadas por el túrmix de Foucault (con el situacionismo y otras antiguallas del 68), vive una edad de oro. Y, con la colaboración inestimable de los medios de comunicación “burgueses” (se repite la historia de los años veinte y treinta), ejerce una fuerte influencia en la opinión pública sobre relaciones hombre-mujer y moral sexual. Como querían los teóricos del populismo postmarxista y el género, sus ideas llevan camino de convertirse en “hegemónicas”, es decir, incontestadas y casi incontestables, un nuevo “pensamiento único” obligatorio. Algo similar a que el pensamiento económico dominante fuera el del gobierno de Maduro…

El pensamiento asexual único

Hace poco, un estudiante de antropología –un hombre joven de treinta y pocos años que trabaja y estudia a la vez, con experiencia de la vida- me manifestó en privado su indignación con la forma en que muchas profesoras de su carrera tratan en clase a los varones: “pretenden que te avergüences constantemente de ser hombre”. Y añadamos que lo consiguen en muchos casos. Cualquier opinión discordante con la doctrina impartida procedente de un varón es rechazada como un “ataque de género” contra las mujeres; los hombres sólo pueden ser aliados sumisos o enemigos a batir. Naturalmente, las mujeres disconformes también son rechazadas como enemigas del género, por mucho currículo feminista que puedan presentar, como ha sufrido recientemente la escritora Margaret Atwood.

Quienes tienen conocimientos históricos reconocerán en este maniqueísmo el del jurista Carl Schmitt, con la división del mundo en amigos y enemigos. Quien no esté sometido y colabore es un enemigo del pueblo, de la clase… o de género

Quienes tienen conocimientos históricos reconocerán en este maniqueísmo el del jurista Carl Schmitt, con la división del mundo en amigos y enemigos. Quien no esté sometido y colabore es un enemigo del pueblo, de la clase… o de género. La de género, con su “teoría queer”, es otra ideología autoritaria maniquea; como todas ellas, pretexta fines altruistas y medios intachables, pero persigue el poder político a cualquier precio. Tampoco es casual que un movimiento surgido de la lucha por la libertad sexual haya dado el giro de 180º de convertir esa libertad en algo sospechoso y criminógeno, un arma del “poder heteropatriarcal”. Están sustituyendo a las Iglesias en la difusión de una nueva moral puritana, inquisitorial y antinaturalista, pues combate la libido, el instinto básico, natural y hereditario, que lleva a la mayoría de hombres y mujeres, tanto heterosexuales como homosexuales, a perseguir una existencia satisfactoria a través de una vida sexual activa, despreocupada de dogmas ideológicos.

La inquietante percepción de que creencias semejantes, puritanas y despóticas, están avanzando sin apenas oposición, a la sombra del auge de las denuncias de abusos sexuales como la del movimiento #Me Too, ha producido reacciones como la del manifiesto de profesionales francesas –signo de los tiempos, la más popular es la actriz Catherine Deneuve- defendiendo el derecho a ligar, a seducir y a elegir (si es posible) parejas sexuales, para decirlo en lenguaje llano.

¿Una nueva caza de brujas?

El manifiesto francés, lleno de sentido común, ha sido atacado como una defensa reaccionaria de la supremacía de los hombres y sus –presuntos- sistemáticos abusos sexuales

Inevitablemente, el manifiesto francés, lleno de sentido común, ha sido atacado como una defensa reaccionaria de la supremacía de los hombres y sus –presuntos- sistemáticos abusos sexuales. No parece importar que semejante prejuicio conduzca a la aberrante y despectiva perspectiva de suponer que la mayoría de las mujeres con una carrera profesional exitosa hayan pagado el peaje de un abuso sexual, y no por sus propios méritos y capacidades.

Puede que este mecanismo de promoción a través del abuso sea habitual en el mundo de Hollywood –del que no sé casi nada-, pero la lógica de la sospecha de género ya lo ha extendido al resto del universo social, convertido en el modelo de la relación profesional entre los sexos. Por otra parte, la definición del abuso avanza de modo que sus límites son cada vez más borrosos y engullen más y más acciones y situaciones. Una campaña actual de la Junta de Andalucía contra el piropo a las mujeres como acoso y agresión sexual –que, ¡ay!, no gustará nada a los animalistas, otro lobby antinaturalista en auge- incluye la mirada entre los actos a denunciar y perseguir.

Ya lo dice alguna admonición desafortunada del corpus bíblico: si tus ojos te escandalizan, ¡arráncatelos! Parece que los únicos seres felices en este mundo asexuado y antisexual serían los eremitas del cristianismo primitivo, aquellos sujetos capaces de, por convicciones religiosas y apoyándose en las opiniones de Orígenes, castrarse voluntariamente para no ser atormentados ni por el riesgo de rendirse a la imaginación libidinosa. No falta mucho, si no ha ocurrido ya, para que cualquier adolescente embobado en el metro o en un autobús por la aparición de una belleza de la que sea incapaz de apartar los ojos, corra el riesgo de ser acusado públicamente de agresión sexual y arrastrado por el escarnio del fango mediático.

Los medios de comunicación colaboran con entusiasmo al solicitado espectáculo de la caza de brujas, sobre todo si afecta a famosos. Por ejemplo, contra Woody Allen, cuya carrera y obra en su conjunto es la que está siendo condenada, no sólo sus denunciados -e investigados- abusos sexuales, que muchos dan por demostrados con la mera denuncia. No es una comparación baladí, porque la lógica de la caza de brujas obliga al acusado a probar su inocencia, no a que sus acusadores prueben sus acusaciones. En los procesos de brujería de algunos países (no en España, por cierto), la desgraciada o desgraciado imputado podían ser arrojados encadenados a un río o estanque: si se ahogaban probaban su inocencia –pues era sabido que las brujas no podían hundirse-, pero ya en condición post morten.

Criticar cualquier manifestación o aspecto de la ideología de género es la prueba más irrefutable de que la ideología tiene razón al denunciar a sus enemigos. Lo más grave es que algunas de estas premisas ya se han incorporado al ordenamiento jurídico

La caza de brujas también condena la existencia misma del acusado y todas sus obras, no sólo sus acciones reprobables. Por otra parte, considera complicidad con la brujería la negación misma de que existan brujas y brujos, aquelarres, pactos diabólicos y demás parafernalia. No hace falta mucha imaginación para ver los paralelismos de esos supuestos con esa nueva “moral sexual” inspirada por la peor ideología de género donde todo hombre es, por el hecho de serlo, un posible violador, alguien obligado a probar su inocencia si es denunciado. Y, por supuesto, criticar cualquier manifestación o aspecto de la ideología de género es la prueba más irrefutable de que la ideología tiene razón al denunciar a sus enemigos. Lo más grave es que algunas de estas premisas ya se han incorporado al ordenamiento jurídico. ¡Qué lejos está el panorama del horizonte de libertad que anunciaba la revolución sexual del siglo pasado!