Resulta insufrible el patético espectáculo de nuestros personajes públicos presentando explicaciones inverosímiles cuando tienen que dar cuenta de sus fechorías. Parecen niños justificando una travesura (por lo infantil de su defensa). O peor, trileros que nos toman por tontos.

Muchísima vocación deben tener de servir a los ciudadanos cuando se resisten de esa manera a abandonar sus puestos arrastrando su dignidad por donde haga falta

La sensación recurrente, casi diaria, de que nuestros representantes políticos insultan nuestra inteligencia en cada ocasión en que se ven forzados a dar explicaciones es indignante. Su falta de dignidad para hacer mutis por el foro cuando son descubiertos es bochornosa. Aferrarse a su sillón ferozmente, desesperadamente, nos habla de la pasta de la que están hechos. Muchísimo interés deben tener en defender los intereses públicos, muchísima vocación deben tener de servir a los ciudadanos cuando se resisten de esa manera a abandonar sus puestos arrastrando su dignidad por donde haga falta.

También resulta difícil contemplar sin alterarnos el imposible e indigno ejercicio dialéctico de muchos comentaristas que se esfuerzan en defender lo indefendible convirtiéndose en cómplices de quienes, sencillamente, se burlan y abusan de los ciudadanos. Quizás se vean obligados a ejercer esa humillante labor pero la reflexión entonces es que resulta muy barato comprar su dignidad…

¿Y qué decir de todos esos colaboradores, asesores, funcionarios, empresarios, empleados… que dan cobertura y proporcionan coartadas a los indignos y corruptos?. Tantos y tantos testigos de las tropelías, las corruptelas, los delitos que se cometen en ámbitos de su competencia, con o sin su colaboración activa pero con su silencio cómplice. Su dignidad personal y profesional vendida por un plato de lentejas.

Y como telón de fondo de esta indignidad está la indignidad de una parte de la sociedad, de los electores que convalidan las fechorías repitiendo el voto a los indignos

Y como telón de fondo de esta indignidad está la indignidad de una parte de la sociedad, de los electores que convalidan las fechorías repitiendo el voto a los indignos. Esos electores que no sólo aceptan que los tomen por tontos, que se rían de ellos, que abusen de ellos, que los engañen, que les roben… no sólo lo aceptan sino que premian a los indignos concediéndoles mansamente de nuevo su voto. Esta es la indignidad más dolorosa, la más profunda y el origen de todas esas otras indignidades.

Porque, no nos engañemos, somos nosotros, la sociedad o una parte de ella la que hace posibles esos obscenos espectáculos de indignidad. Indignidad que se exhibe públicamente por la impunidad reiteradamente obtenida o pretendida. Si no tuvieran la certeza o la esperanza de la impunidad, si esos personajes comprendieran que no se puede insultar a la ciudadanía con versiones pueriles o con justificaciones ridículas e inverosímiles, si no tuvieran cómplices dispuestos a sacarles la cara, si recibieran de inmediato una firme sanción social, si los despojáramos de esa su falsa honorabilidad, abandonada toda esperanza de que los ciudadanos olviden y perdonen, entonces esconderían sus vergüenzas, salvarían los últimos vestigios de dignidad que les queden, se irían silenciosamente y nos ahorrarían ese espectáculo de vergüenza ajena. Es duro descubrir que muchos de nuestros servidores públicos son en realidad servidores exclusivos de sí mismos pero resulta un esperpento que, además, se rían de nosotros negando todas las evidencias.

Por eso es imprescindible que el entorno de esos personajes no se alíe con ellos dando pábulo a sus increíbles excusas, ejerciendo las funciones propias de su trabajo con valentía, responsabilidad y dignidad, sin someterse a la humillación del encubrimiento, la coartada o la defensa vergonzante. La dignidad del entorno impide la corrupción y la indignidad de los corruptos.

Y, sobre todo, que el cuerpo social los rechace fulminantemente castigando electoralmente no solo a los personajes sino a las estructuras que los acogen y protegen. Solo así tendremos derecho a indignarnos con los indignos. De lo contrario seremos, simplemente, indignos cómplices.