Postrera sombra que me llevaré el blanco día - Alfredo Rodríguez

Si de un tema se ha ocupado el pensamiento y la producción artística, aparte del amor, es de la muerte. Ese último viaje, representado en la mitología griega como el paso de la laguna Estigia, ha sido objeto de innumerables obras que reflejan el miedo a la muerte como parte de las preocupaciones del hombre, desde los primeros balbuceos del género homo hasta nuestros días.

Una de las imágenes que me causó una impresión más viva cuando empezaba a estudiar Medicina fue visitar en su agonía al abuelo de mis mejores amigos de la infancia. Lo vi apenas unas horas antes de morir, sentado en la cama con los brazos sobre una silla para poder llenar de aire su agotado pecho, luchando con el terrible dolor del cáncer terminal. Era una sombra de sí mismo, reducido a unos ojos hundidos y asustados y a un montón de huesos bajo una piel seca y amarilla por el fallo hepático. Recuerdo su angustia, su respiración entrecortada, su desesperación esperando un final que no acababa de llegar y, sobre todo, sus palabras de despedida: “¡Qué duro es morirse, qué duro!”. Su recuerdo me ha acompañado toda mi vida, me ha obsesionado durante las enfermedades de mis seres queridos y me ha servido de contraejemplo en mi práctica profesional.

El miedo a enfrentarnos a la muerte y al sufrimiento que a veces le acompaña transciende épocas y culturas y es independiente de credos y creencias

Es la misma angustia que representó Poulenc en su “Diálogo de Carmelitas”, cuando retrata en el primer acto la muerte de la priora: su dolor, sus dudas y su final blasfemo, contradiciendo todo lo que había sido su vida religiosa y ejemplar. Si resulta impresionante verlo en escena es porque refleja bien la realidad del tránsito final de algunas personas. La ópera, basada en las memorias de una monja de hace doscientos años, evoca algo que transciende épocas y culturas y que es independiente de credos y creencias: el miedo a enfrentarnos a la muerte y al sufrimiento físico y moral que a veces le acompaña.

La Sociedad Española de Cuidados Paliativos ha alertado que solo la mitad de los enfermos que los precisan reciben este tipo de atención

Afortunadamente, en nuestros días la medicina dispone de medios para que el tránsito no sea tan duro, facilitando un ambiente relativamente libre de dolor y sufrimiento. Morir tranquilos y rodeados de la familia, “cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos” dice Manrique en sus coplas, es un deseo universal. Pero lamentablemente este tipo de atenciones, perfectamente posible hoy, no siempre está disponible. La Sociedad Española de Cuidados Paliativos ha alertado que solo la mitad de los enfermos que los precisan reciben este tipo de atención. Es inadmisible que en una sociedad como la nuestra más de 60.000 personas mueran sin los mejores cuidados posibles. Con grandes diferencias según la comunidad autónoma de residencia, la ciudad o, incluso, la edad de los pacientes, con muy pocos recursos disponibles para la edad pediátrica.

Modificar esta situación debiera ser una prioridad para nuestras autoridades sanitarias, promoviendo la creación de Unidades donde no las haya y reforzando aquellas donde sean insuficientes, atendiendo al criterio de equidad en el acceso a la prestación sanitaria que consagra nuestra legislación como uno de los pilares fundamentales del Sistema Nacional de Salud.

Muchos enfermos exigen la posibilidad de decidir el momento y la forma de poner fin a su vida, eutanasia activa

Pero al margen de reconocer y solucionar esta situación, debemos ser conscientes de que mejorando la red de Cuidados Paliativos no se agota el debate sobre lo que ha venido en llamarse “muerte digna”. Muchos enfermos exigen la posibilidad de decidir el momento y la forma de poner fin a su vida. Se pide la legalización de la eutanasia activa, es decir a poner fin a la vida de aquéllos con una enfermedad grave y una corta expectativa de vida. Para sus defensores, representaría la consecuencia lógica del derecho que todo ser humano tiene a la libertad de pensamiento y de conciencia y a poder tomar decisiones sobre su vida privada sin injerencias de las autoridades. Creen que nadie debería ser obligado a vivir contra su voluntad. Son argumentos poderosos que debieran ser sometidos a una reflexión profunda y sosegada, estableciendo un marco legislativo adecuado para resolver estas situaciones con la adecuada seguridad jurídica.

El suicidio asistido que es el centro de un vivo debate en las asociaciones de personas con discapacidad

Pero aún queda otra situación que contemplar: la de aquellas personas que sin tener una enfermedad terminal quieren poner fin a su existencia y necesitan ayuda para hacerlo. Hablamos entonces de suicidio asistido que es el centro de un vivo debate en las asociaciones de personas con discapacidad. Muchos consideran que la sociedad debe proveer los recursos necesarios para su plena independencia en todos los órdenes de la vida. Y entre estos recursos, la asistencia para el suicidio si así lo deciden. No se trata de discutir si ésta o aquella discapacidad justifica la decisión porque en ningún caso una discapacidad es por sí misma motivo suficiente para poner fin a una existencia, sino que es una circunstancia vital que modifica nuestra perspectiva de la vida. En una sociedad moderna y con los recursos adecuados, las personas con discapacidad no se deberían plantear el suicidio como una alternativa o, al menos, no deberían hacerlo en mayor proporción que la población general. Asegurar que este colectivo disfruta de las mismas oportunidades para organizar su vida debe ser un imperativo para una sociedad que consagra la igualdad como uno de sus principios rectores básicos. Estamos por tanto ante un problema de asegurar el disfrute de los derechos ciudadanos más que ante un problema médico o asistencial. Y si bien entre estos derechos está el del suicidio asistido, también está, al menos en el mismo plano, el acceso a ayudas técnicas, a asistentes personales y, en general, a una vida plena e independiente.

La despenalización del suicidio asistido, bajo determinadas circunstancias, es una realidad en algunos países como Suiza

Pero abrimos así la posibilidad de que personas sin enfermedades graves, sin situación de dependencia y cuya muerte no es previsible a corto plazo soliciten también ayuda para suicidarse. La despenalización del suicidio asistido, bajo determinadas circunstancias, es una realidad en algunos países como Suiza. Hasta allí peregrinan aquellos que quieren punto final a su vida, como lo hicieron el director de orquesta Sir Edward Downes y su esposa que en 2009 decidieron que era el momento adecuado para morir. Él, con 85 años, ciego y sordo no quiso sobrevivir a la que había sido su compañera durante 54 años, aquejada de un cáncer terminal. ¿Es ésta una decisión razonable y madura? ¿Debe considerarse un delito prestarles ayuda para poner fin a su vida sin dolor y en paz? Podemos intentar retrasar la respuesta a estas preguntas, pero tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a ella, colectivamente como sociedad y quizás a título individual, empujados por las circunstancias.

Vivimos en una sociedad compleja, con creencias muy diversas que se replantea aspectos considerados tabú hasta hace pocos años. Una sociedad con adelantos científicos y técnicos impensables hace pocas décadas y que en los próximos años derribarán fronteras que parecen ahora infranqueables: los avances de la genómica, de la robótica hacen pensar en un mundo progresivamente libre de enfermedad y de dolor.

Se trataría, en definitiva, de modificar lo accesorio para preservar lo fundamental: la dignidad y el valor de la vida humana desde que nacemos hasta que morimos

A pesar de todo, es casi seguro que esa “postrera sombra” de los versos de Quevedo permanezca intocable durante mucho tiempo, manteniéndose como la última frontera del género humano. Pero esta sociedad sigue padeciendo los mismos temores y anhelos que nuestros remotos antecesores que en el alba de los tiempos ya lloraban y enterraban a sus muertos con ceremonia y vivían con el temor a ese último viaje que inevitablemente todos debemos emprender. Hacerlo dignamente, con el menor sufrimiento posible y en la forma que cada uno decida según sus creencias es técnicamente viable. Negar esta realidad o hacerla posible depende de muchos factores. Precisa un cambio en la escala de valores del conjunto de los ciudadanos que está empezando a ocurrir, pero también de decisiones políticas y cambios legales. Se trataría, en definitiva, de modificar lo accesorio para preservar lo fundamental: la dignidad y el valor de la vida humana desde que nacemos hasta que morimos.