Opiáceos una epidemia - Alfredo Rodríguez

Hace unos meses, el presidente Trump declaró que el creciente uso de los opiáceos, tanto recetados como de uso ilegal, constituía una emergencia sanitaria nacional. De esta forma la Administración Trump admitía la existencia de un grave problema que venía observándose en los últimos años.

El problema es de tal magnitud que en las últimas décadas han fallecido ya por esta causa tantas personas, entre 50.000 y 60.000 por años, como en la Guerra de Vietnam; hay tantos muertos como por accidentes de tráfico y el doble que por arma de fuego

El abuso de los analgésicos mayores tiene múltiples causas, pero probablemente la forma de financiación del sistema sanitario norteamericano lo favorece. Los altos costes que suponen una consulta médica o un tratamiento quirúrgico, unido a la relativa facilidad para conseguir una receta fomentan la sobreprescripción. El problema es de tal magnitud que en las últimas décadas han fallecido ya por esta causa tantas personas, entre 50.000 y 60.000 por años, como en la Guerra de Vietnam; hay tantos muertos como por accidentes de tráfico y el doble que por arma de fuego. Hasta tal punto es grave que la esperanza de vida ha disminuido por primera vez en USA desde la II Guerra Mundial. Además, a diferencia de epidemias de drogadicción previas, no se ceba en colectivos marginales, sino que el principal grupo afectado son los varones blancos, especialmente de clase media-baja que viven en pequeñas ciudades.

El mensaje que llegó a muchos médicos, impulsado por las grandes farmacéuticas y sus intereses comerciales era que los opiáceos eran fármacos muy seguros y que podían recetarse sin mucha preocupación

Algunos nombres propios nos ayudan a hacer un relato del impacto del problema. El primero de ellos, el de Hershel Jick, un médico que publicó en 1980 una carta en una prestigiosa revista médica en la que afirmaba que la adicción a opiáceos era excepcional en pacientes sometidos a tratamiento, sin antecedentes de abuso de sustancias. A pesar de que la carta era muy breve, apenas cien palabras y de que el propio Jick matizó posteriormente esta afirmación, reconociendo las limitaciones de su trabajo, el mensaje que llegó a muchos médicos, impulsado por las grandes farmacéuticas y sus intereses comerciales era que los opiáceos eran fármacos muy seguros y que podían recetarse sin mucha preocupación.

La prescripción se disparó y pasó de 79 millones de recetas en 1991 a cerca de 260 millones en 2012. Los Estados Unidos se convirtieron en el gran consumidor mundial y los laboratorios se lanzaron a una carrera por comercializar nuevos preparados y a promocionarlos entre los facultativos, fomentando la espiral de la hiperprescripción. Así, fármacos cuyo uso estaba restringido a dolores agudos o en procesos terminales empezaron a emplearse en trastornos crónicos y benignos, como el dolor lumbar o la artrosis. Cada año la producción de opiáceos aumentaba y progresivamente su uso se fue deslizando desde el ámbito médico a usos recreativos. Conseguir una receta de fentanilo, un potente analgésico derivado de la morfina, era relativamente sencillo y resultaba imprescindible para disfrutar del fin de semana o para animar una buena fiesta. El ocio estaba ligado al uso de sustancias estupefacientes y al alcohol. Era un uso tolerado, muy alejado del estigma de las drogas de los años 80 y 90. Incluso el cine, tan mojigato en otros temas, ponía su granito de arena con películas que normalizaban estos comportamientos. Resacón en Las Vegas con sus secuelas y copias, o la televisiva Breaking Bad son buenos ejemplos de esta aceptación social del uso de las drogas.

El devastador efecto de estas prácticas está perfectamente retratado en las memorias de J.D. Vance, Hillbilly: Una elegía rural. En su libro, Vance detalla, de forma cruda, los efectos del consumo de fármacos y drogas en comunidades del Medio Oeste, castigadas por la reconversión industrial de los años 80. En ellas, los jóvenes crecían con un futuro laboral incierto, entre adultos que consumían y que les abandonaban o morían o acababan en la cárcel. Jóvenes que crecían sin padres y que finalmente acababan replicando los mismos comportamientos en un círculo inacabable.

Solo la muerte de Alton Banks, un niño de 10 años, en junio del año pasado por consumo, probablemente accidental y fuera de su hogar, de una mezcla de heroína y fentanilo, hizo que el problema llegara al gran público

A principios de este siglo, el problema empezaba a ser evidente para los profesionales médicos pero la sociedad no era aun plenamente consciente de la situación. Solo la muerte de Alton Banks, un niño de 10 años, en junio del año pasado por consumo, probablemente accidental y fuera de su hogar, de una mezcla de heroína y fentanilo, hizo que el problema llegara al gran público. Ya no era un famoso cantante como Michael Jackson o un actor como Heath Ledger, ambos muertos por sobredosis de fármacos recetados por médicos: era un niño, accidentalmente expuesto a una dosis tóxica. Estaba claro que las drogas estaban al alcance de cualquiera, incluso sin proponérselo y que cualquiera podía ser una víctima.

Ahora las autoridades sanitarias norteamericanas se afanan por encontrar una solución y las diferentes sociedades científicas han creado protocolos y guías de tratamiento para disminuir la prescripción y el uso de analgésicos. Esta repentina dificultad para el acceso a las drogas legales ha disparado el uso de drogas ilegales entre consumidores acostumbrados a su fácil acceso, incrementado la producción de la heroína, una droga considerada hasta hora una antigualla de los años 80.

Y no sólo en USA sino también en Europa donde han aumentado las incautaciones por parte de la policía y empieza a existir un perfil nuevo de adicto: jóvenes de clase media que fuman heroína sin conciencia de riesgo porque asocian sus terribles efectos al consumo intravenoso.

La situación en Europa, y muy particularmente en España, es todavía bastante diferente y no parece que vayamos a encontrarnos en una situación tan grave en un plazo corto

La situación en Europa, y muy particularmente en España, es todavía bastante diferente y no parece que vayamos a encontrarnos en una situación tan grave en un plazo corto. A pesar de ello, algunos especialistas alertan ya del excesivo uso, también en nuestro medio, de este tipo de analgésicos, como se podía leer en el último número de la Revista de la Sociedad Española del Dolor y recomiendan tomar medidas de forma precoz. En nuestra sociedad, la prescripción de fármacos opiáceos para el dolor no oncológico es un fenómeno relativamente reciente. Hasta hace pocos años existía una resistencia a usarlos, una cierta opiofobia, tanto entre médicos como en los propios pacientes. Pero en los últimos años, ha aumentado la tasa de prescripción y la consideración del dolor como una patología que precisa un diagnóstico y seguimiento adecuado. Estos nuevos hábitos son, sin duda, muy positivos para muchos enfermos, pero nos obligan a estar atentos.

La inexistencia de un Plan Estratégico Nacional, demandado por profesionales y pacientes hace que la atención sea desigual en todo el territorio nacional, tanto por carencia de unidades en algunos puntos como por las listas de espera

El tratamiento del dolor es una de las áreas en las que nuestro Sistema Nacional del Salud muestra mas debilidades. Se precisa abrir más Unidades de Tratamiento del Dolor (UDO) como la mejor estrategia posible para conseguir, por un lado, un tratamiento correcto y por otro, evitar la prescripción excesiva e incontrolada. La inexistencia de un Plan Estratégico Nacional, demandado por profesionales y pacientes hace que la atención sea desigual en todo el territorio nacional, tanto por carencia de unidades en algunos puntos como por las listas de espera. Impulsar la formación del personal sanitario, médicos y enfermeras, en el manejo del dolor y aumentar el tiempo de atención por cada paciente debería ser el primer paso. Si un facultativo no tiene tiempo suficiente para escuchar a sus enfermos será más proclive a extender una receta. Si una enfermera tiene muchos pacientes citados tendrá menos tiempo para hacer seguimiento de los tratamientos crónicos. Estas son las primeras piedras del camino que ya han recorrido en los Estados Unidos. Una adecuada distribución de los recursos, aumentando el número de especialistas en Tratamiento del Dolor y la creación de Unidades en aquellos lugares donde no estás disponibles, facilitará el acceso a tratamientos no farmacológicos, mejorando probablemente los resultados y disminuyendo el consumo de analgésicos.

El ejemplo de USA debe servirnos para evitar sus errores cuando aún estamos a tiempo.