Revolución Pacífica Española, La Transición- Carlos Martínez Gorriarán

En su muy amplia oferta gastronómica TVE mantiene un programa llamado “Un país para comérselo”. Funciona porque algunas de las pocas cosas que nos unen son la tortilla de patatas, los buenos bares y la convicción de que tenemos el mejor jamón del mundo y muchos manjares extraordinarios a lo largo, alto y ancho del mini continente llamado España. Ese consenso festivo se deshace en el aire cuando se buscan esos sentimientos de unión política que necesita cualquier nación democrática. La mayoría de los países sólidos comparten símbolos nacionales respetados y veneran su historia y cultura. Pero si en España separatistas, corruptos y demagogos campan a sus anchas es, en buena medida, por carecer de estas actitudes debido a la baja autoestima colectiva, la tendencia a la denigración de la propia historia y a un pesimismo cívico injustificado.

Ahora que celebramos los cuarenta años de la aprobación de nuestra primera Constitución democrática razonable deberíamos reparar en un extraordinario logro colectivo: la conversión pacífica de una sociedad atrasada y cerrada en abierta y tolerante. Los de la Inquisición y la Luz de Trento no darían crédito a lo que verían hoy en cualquier pueblo de España: inmigrantes integrados, parejas homosexuales y respeto al que piensa y vive de modo diferente. Los de la Quema de Conventos y la Revolución de Asturias, tampoco: ni anticlericalismo violento ni sueños revolucionarios con dinamita. Sin duda reconocerían herederos suyos con éxito en las tertulias, la política y las redes sociales, pero devueltos a la realidad verían con razón que este país ya no es el suyo. Esta novedosa propensión a la paz civil también ha decepcionado a los observadores foráneos que añoran la España de Hemingway de guerrilleros y toreros, esperando que el 15M diera rienda suelta a una buena revuelta entre barricadas y disparos, pero es difícil progresar y contentar a todos.

Quienes nacimos hacia 1960 conocimos un país mucho más pobre, desigual y destartalado que el actual

Quienes nacimos hacia 1960 conocimos un país mucho más pobre, desigual y destartalado que el actual. Es verdad que nos libramos de la lúgubre posguerra de nuestros padres y abuelos, con las heridas frescas, las cárceles repletas de presos políticos, el racionamiento y la “autarquía”, palabro fascista para revestir la pobreza y el aislamiento internacional. En 1968 España era mucho mejor que en 1948, pero seguía siendo un país anacrónico de ciudades pueblerinas, machismo instituido y pensamiento único oficial.

Una pacífica revolución tan valiosa como poco apreciada

La verdadera revolución pacífica ha sido transformar una sociedad torva y asustada  en una sociedad abierta y tolerante

Cuando me toca explicar a visitantes de otros países o a jóvenes del nuestro los cambios esenciales de estos años me gusta poner el foco no en la política o la economía, sino en la verdadera revolución pacífica que ha sido transformar una sociedad torva y asustada (según de qué bando de la guerra fuera la familia de uno) en una sociedad abierta y tolerante. Quizás seamos hoy el país más tolerante del mundo en materia de moral sexual, matrimonio homosexual y éticas y creencias personales. También el país que asistió a una secularización más vertiginosa, o lo que es lo mismo, a la pérdida de poder moral de una Iglesia antaño todopoderosa. Probablemente, el que dio un salto más rápido de un pobre nivel educativo, que incluía mucho analfabetismo, a una educación parecida a la de cualquier país desarrollado. Y más espectacular aún ha sido la transformación de las fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad, que han pasado de ser los temidos brazos armados de una dictadura a instituciones profesionales respetadas y reconocidas por la sociedad.

España es también un país donde sus ciudadanos se ven peor de lo que son y de nuestra imagen internacional. Nos avergonzamos del pasado, descalificamos el presente y tememos al futuro

La permanencia del sectarismo y otros vicios políticos en los que seguimos anclados, como la corrupción del establishment y la charlatanería mediática, oculta cuando no ignora estos logros colectivos de naturaleza ética. La propensión al anatema y a la predicación apocalíptica, herencia de lo peor del catolicismo patrio, aseveran a diario que somos un país fracasado, violento, atrasado, perezoso, incapaz, corrupto, asediado por comunistas disfrazados o fascistas embozados. Es una falacia cultivada y consumida con avidez que da buenos dividendos políticos y mediáticos. Por eso España es también un país donde sus ciudadanos se ven peor de lo que son y de nuestra imagen internacional. Nos avergonzamos del pasado, descalificamos el presente y tememos al futuro. Fuera del deporte y el condumio, parecemos incapaces de celebrar los éxitos colectivos. Y consideramos la política, el campo más mediocre y degenerado del presente, como el espejo donde se refleja todo lo demás. Y sin mucha razón para hacerlo.

Esta mirada negativa explica el éxito popular de los especialistas en diatribas catastrofistas a derecha e izquierda: según ellos somos una sociedad corrupta de vagos y miserables; la Transición es el franquismo con otra cara; nuestra educación es la peor del mundo y la sanidad una estafa; nuestra historia una auténtica vergüenza o una sucesión de fracasos, y casi nada hay digno que pueda ser llamado “español” (a diferencia de andaluz, vasco, catalán, gallego, canario etc., de lo que sí debes estar orgulloso aunque no sepamos por qué).

La realidad actual es muy distinta. Hacia 1975, cochambre y pobreza general no eran todavía cosa del pasado. En las grandes ciudades aún había barriadas de chabolas; los trenes tardaban de siete a catorce horas en hacer 400 o 700 kilómetros; en avión sólo viajaban los afortunados (y las medidas de seguridad eran ridículas); apenas había autopistas, las carreteras nacionales atravesaban el centro de los pueblos y los coches tenían que esquivar las gallinas; sólo había dos cadenas de televisión en blanco y negro con grandes zonas sin cobertura; las radios privadas debían conectar obligatoriamente con el “parte” o informativo oficial de Radio Nacional de España; en los cines era obligatorio iniciar la sesión con el Nodo, un documental adoctrinador del régimen; obtener un teléfono podía tardar varios años, como una vivienda libre o de promoción oficial, que podían compartir varias familias hacinadas como “realquilados con derecho a cocina”.

Es cierto que nuestro Estado de Bienestar no tiene el nivel de los países nórdicos, pero el salto ha sido espectacular considerando el nivel de partida

Es cierto que nuestro Estado de Bienestar no tiene el nivel de los países nórdicos, pero el salto ha sido espectacular considerando el nivel de partida. La carencia de cosas que hoy consideramos básicas era asombrosa. En mi caso, aunque la riqueza media vasca era muy superior a la media española, no había universidad pública vasca y la enseñanza superior a nuestro alcance se limitaba a unas pocas facultades y escuelas técnicas que dependían de Valladolid y otras universidades. Emprender una carrera significaba elegir entre la oferta privada (Deusto y la de Navarra, del Opus), o emigrar cinco años a Salamanca, Valladolid, Madrid o Barcelona (entonces el destino preferido por ser, antes del apocalipsis Pujol, una ciudad abierta y cosmopolita)… si tus padres podían pagarlo, naturalmente: las becas eran pocas y escasas. Pero a los universitarios nos impresionaba aún más descubrir en la mili que bastantes reclutas de la España profunda, especialmente del sur y de las barriadas obreras, eran simplemente analfabetos. Hoy hablamos de la brecha digital, pero entonces era un abismo más básico: saber o no saber leer y escribir.

El dinero no lo es todo, pero ayuda a la metamorfosis

España consiguió una economía y una sociedad moderna bastante antes de ser un Estado moderno

La transformación de las condiciones materiales empezó en la década de los cincuenta, cuando Franco despidió a sus secuaces falangistas y nombró a los tecnócratas del Opus para que industrializaran España y lograran inversiones internacionales. También se liberalizó el turismo –origen de muchos cambios culturales positivos y desastres paisajísticos-, y muchas capitales de provincia pasaron de ser tristes poblachones deprimidos a metrópolis regionales con feos barrios nuevos y problemas de tráfico, algo que, según cuentan, el dictador de El Pardo tenía por el colmo de la modernidad. España consiguió una economía y una sociedad moderna bastante antes de ser un Estado moderno, disfunción que, en acertado juicio de Tony Jutd, explica las razones de que el más atrasado Portugal saliera del salazarismo con una revolución militar al viejo estilo mientras España dejaba el franquismo con ese creativo pacto de Estado conocido por la Transición.

El verdadero cambio profundo no fue material, sino de mentalidades, y ese cambio hizo posible la transición política de la dictadura a la democracia

La evolución económica ayudó, pero el verdadero cambio profundo no fue material, sino de mentalidades. Ese cambio hizo posible la transición política de la dictadura a la democracia. Aunque la historia se centra en los personajes de la Transición, de Suárez a Carrillo, el principal protagonista fue colectivo: una sociedad mayoritariamente dispuesta a no repetir la guerra civil ni a sufrir nuevas dictaduras azules o rojas. Dicho de un modo más técnico, la transición política fue un proceso emergente surgido de la mayoría social, sin plan director ni estrategia a priori alguna. Así como la mayoría de los militares, guardias y policías cambiaron silenciosamente, sin órdenes de nadie (y a veces contra las órdenes superiores), la sociedad también se civilizó sin que nadie se lo ordenara. Todo fue obra de millones de personas anónimas haciendo pequeñas cosas que, unidas, produjeron en poco tiempo un cambio gigantesco.

En 1977 la brecha entre legalidad y realidad social era enorme. Es sabido que hasta entonces partidos y sindicatos estaban prohibidos, pero es menos recordado que todas las mujeres necesitaban del permiso del marido o tutor –padre o hermano, aunque legalmente fueran mayores de edad- para firmar un contrato de trabajo, abrir una cuenta corriente, solicitar el pasaporte o viajar solas. El adulterio era un delito, como el “abandono de hogar”, y la mujer violada podía “perdonar” a su agresor, que quedaba exonerado de un “delito de honor” que afectaba a la honra de los hombres mucho más que a la suya. Los anticonceptivos eran ilegales y el aborto en cualquier caso un crimen duramente penado. La homosexualidad seguía siendo un delito y un terrible estigma social; considerarla una “enfermedad” era casi progresista. Todos éramos considerados católicos a todos los efectos, salvo si obteníamos un certificado oficial de apostasía. Para muchos trámites se exigía un certificado de buena conducta firmado por el párroco y el jefe local de la guardia civil. Había Consejos de Guerra para juzgar a civiles, la deserción y la sedición militar eran delitos arbitrarios y muy graves, y no se admitía la objeción de conciencia. El Tribunal de Orden Público era un tribunal de excepción permanente. España era un país del siglo XX atenazado por una legislación decimonónica con categorías penales arbitrarias como las de la Ley de Vagos y Maleantes (aprobada, por cierto, ¡por el gobierno Azaña en 1933, durante la II República!)

El cambio de mentalidad de esos años, sucedido bajo la costra jurídica de una dictadura arcaica impasible de modo análogo a como una larva se hace mariposa a través de la crisálida, fue el resultado de muchos factores de metamorfosis, muchos mal conocidos. La economía, ya se sabe, jugó un papel importante, pero no determinante. En mis libros de texto escolar estudiábamos que España era un país rural que exportaba naranjas, vino y aceite (algo que nos sorprendía mucho a niños vascos rodeados de fábricas ruidosas, humeantes y a menudo malolientes; imagino que algo similar les pasaba a los de Barcelona y Madrid), pero también millones de emigrantes a Francia, Suiza y Alemania, cuyos envíos de dinero eran uno de los grandes capítulos de ingresos de la balanza de pagos. Lo cierto es que en un tiempo récord, quizás sólo comparable a la transformación de China, España pasó de país rural atrasado y aislado a industrial y urbanizado. Pero esto no es suficiente para un cambio de valores sociales a gran escala, como lo demuestran los casos de la propia China, India, Irán y otros países emergentes donde el cambio económico lleva la delantera al cultural.

A mi generación le interesó mucho la revolución política, con efectos tan lamentables en el caso vasco como la creación de ETA y toda su lacerante historia posterior. Pero, sin saberlo, estábamos inmersos en una mucha más interesante revolución de valores, iniciada muchos años atrás y sólo parcialmente suspendida por la Guerra Civil y el franquismo. Seguramente tiene profunda raíces en el liberalismo y el movimiento moderno: España era el país de Sor Patrocinio, la “monja de las llagas”, y del cura de Santa Cruz, pero también de la Institución Libre de Enseñanza y de Clara Campoamor.

Quienes menos participan de los valores de la sociedad abierta son quienes se atribuyen los mayores méritos en su consecución, simplemente porque ellos mandan y muchas veces sus padres y abuelos también mandaron

Nuestra baja autoestima colectiva, los efectos disolventes del nacionalismo, de la corrupción y de la baja calidad de la política actual nos hacen olvidar y desvalorizar el cambio más imponente, significativo y revolucionario que ha protagonizado la sociedad española en estos años: la transformación de un país de analfabetos rurales, mujeres sometidas, pobres urbanos, fanáticos religiosos, caciques de pueblo, militares torvos y guardias temidos en una sociedad abierta de gran tolerancia y pluralismo ético. No insistimos lo suficiente en que la corrupción pública es, en España, patrimonio del establishment y raramente de la gente corriente (salvo que se equipare eludir el IVA del fontanero con el saqueo de Bankia). Paradójicamente, o no, quienes menos participan de los valores de la sociedad abierta (pluralismo, tolerancia, apertura a otras culturas e ideas) son quienes se atribuyen los mayores méritos en su consecución, simplemente porque ellos mandan y muchas veces sus padres y abuelos también mandaron. España será un país mucho mejor cuando recupere la autoestima colectiva y complete la revolución ética con una revolución de la mentalidad política que puede resumirse en algo muy sencillo: no dejemos que nos gobiernen y manden los peores de todos.

2 Comentarios

  1. Un brillante resumen, con la más ajustada de las conclusiones. Pero como impedir que manden los peores si les vuelven a votar sus ciudadanos/ víctimas de su política? Sinceramente sé que hay que perseverar en el empeño, pero con más moral que el Alcoyano CF…..un saludo