Tiempo para vivir - Sonia Lalanda

Es imposible entrar o salir de una gran ciudad – léase Madrid o Barcelona, pero también cualquier capital europea- sin verse inmerso o asistir al espectáculo de una caravana interminable de kilómetros y kilómetros de coches donde cada día pierden una gran parte de su tiempo, y su paciencia, millones de personas, con la precisión de un reloj suizo.

Donde el precio de la vivienda es tan elevado que lo que se hipoteca para conseguirla no es la propia casa, sino los mejores años de la vida, supeditados a la propiedad de unos ladrillos, generalmente tan mal aislados, que se escucha roncar al vecino.

Donde realizar cualquier gestión lleva en el mejor de los casos media jornada, da igual asistir a una consulta médica, solucionar un papeleo, que ir de compras o al cine… todo son colas, tiempo perdido…

El tráfico urbano es tan insoportable y sus consecuencias medioambientales tan nefastas para la salud que ya son muchas las grandes urbes que están cerrando el centro a los vehículos particulares, o que les permiten circular en función del número final de su matrícula.

Donde no hay tiempo para cultivar las relaciones con los demás con el esmero que precisan, y la soledad habita en el apartamento de al lado.

Donde padres e hijos se ven en el desayuno y en la cena. La educación se resiente, la convivencia vital también y hasta la alimentación es peor. Niños y mayores se ven forzados a comer fuera de casa dando lugar a una nutrición menos sana y más cara. Apenas hay tiempo para estar “en familia”, célula vital para el desarrollo humano.

¿Alguien ha hecho un cálculo de lo que les cuesta en “tiempo” vivir en una gran ciudad?

Estoy segura de que prácticamente todos los que “padecen” este panorama sabrían decir lo que les cuesta la casa, el combustible, el bono de transporte, la alimentación, el colegio, el ocio…. Y me pregunto: ¿alguien ha hecho un cálculo de lo que les cuesta en “tiempo” vivir en una gran ciudad? ¿Cuántos cientos de horas pierde en traslados, en trabajar para la hipoteca en lugar de disfrutar, en colas, en interminables jornadas jalonadas de desplazamientos al trabajo, al colegio, a las actividades extraescolares, al centro comercial…? Si se vive en el centro, malo. Pero si se vive en una urbanización de la periferia… peor. Por ir a la casuística más absurda… ¿cuánta gente tiene que coger el coche hasta para comprar una barra de pan, generalmente de hecho de masa congelada y cocido en un horno de gasolinera?.

No hay que ser un lince para constatar que vivir en una gran ciudad determina una gran inversión de tiempo… tiempo que se gasta en nada… tiempo perdido, tiempo que de forma resignada se acepta sacrificado… para nada… un peaje que hay que pagar, un impuesto revolucionario que se resta de un calendario vital irrepetible. Si hay algo que nos iguala a todos, sin distinción de sexo, raza, ideología, religión y por supuesto capacidad económica, es precisamente eso: el tiempo. No se puede comprar, es imposible alargarlo. Tan solo podemos darle un mejor destino, un uso diferente, y eso es lo que nos distingue.

Resulta un contrasentido, uno más en esta sociedad contradictoria y de poco fuste, que todo el mundo valore la “calidad de vida” que hay en las ciudades pequeñas, el lujo que supone vivir en un entorno medioambiental limpio, el trato humano que hay en los núcleos de tamaño reducido pero, sin embargo, prefieran mal vivir en una macro urbe.

Y mientras esa vida urbanita y caótica se sucede, todas las miradas de analistas y políticos se están volviendo escandalizadas hacia las provincias del interior de España

Y mientras esa vida urbanita y caótica se sucede, todas las miradas de analistas y políticos se están volviendo escandalizadas hacia las provincias del interior de España, donde Castilla y León, Extremadura, Castilla La Mancha, Aragón… discurren cuesta abajo por el camino de la despoblación. Algo similar ocurre en el centro de Europa, donde de forma menos acuciante, el mundo rural se está abandonando a favor de las ciudades. Teruel existe, y Soria, y Zamora, y Salamanca, y Palencia, y Cuenca… ejemplos sangrantes de la España de interior, de capitales que merman de forma incesante, de provincias que se van quedando vacías a pasos agigantados en las últimas décadas… éstas de las autovías, la comunicación en AVE y del internet globalizador.

En mi opinión, el problema no es la despoblación, ésta es la consecuencia. El problema es el desequilibrio en el asentamiento de la población, y la causa la obsesión urbanita.

No pretendo un análisis sociológico, solo busco, que no es poco, llevar a la reflexión… Es innegable que hacen falta políticas promovidas por todas las instancias, desde la Unión Europea a los municipios rurales, pasando por la Administración del Estado, la Comunidades Autónomas y las Diputaciones para incentivar que la gente vuelva a desarrollar su vida en ciudades más pequeñas, en el mundo rural.

Reformas laborales que permitan el teletrabajo… ¿por qué no organizar los tiempos para poder trabajar al menos parcialmente en casa vía internet?

…incentivos fiscales directos vía IRPF e Impuesto de Sociedades… ¿por qué no una drástica reducción de los impuestos directos a las personas y las empresas que vivan o tengan su sede social y actividad en el mundo rural?.

… abaratamiento del transporte… Es posible vivir en una capital de provincia o un pueblo de su alfoz y trabajar en Madrid, pero el precio del AVE tiene que ser casi simbólico.

Pero todo es inútil si no se opera un cambio de mentalidad en la sociedad. La vida en la gran ciudad es dura, fría, impersonal y hasta inhumana… y devora el tiempo de cada individuo que habita en sus entrañas polucionadas y caóticas.

Hagan un ejercicio de imaginación. De cómo podría ser su vida en una pequeña ciudad de dimensión humana, o en un pueblo. Del tiempo que podrían recuperar para poder vivirlo

Yo les invito a que hagan un ejercicio de imaginación. De cómo podría ser su vida en una pequeña ciudad de dimensión humana, o en un pueblo. Del tiempo que podrían recuperar para poder vivirlo, para compartirlo sin prisa con su familia y amigos. Poder disfrutar de una vivienda más barata, en un entorno amable y saludable, donde nadie es un número, sino una persona con nombre propio que siente y sueña. Donde poder pasear sin problemas de seguridad, y saber dónde y con quién están sus hijos. Donde cada individuo es parte activa de ese pequeño mundo, y cuando falta se le añora…

No… el tiempo no se puede comprar, pero les aseguro que en las ciudades pequeñas y en los pueblos del interior, las horas siguen teniendo sesenta minutos a su plena disposición y aquí la vida merece la pena cada día.

3 Comentarios

  1. La causa “La obsesión urbanita” se asienta, a mi entender, en nuestra ancestral necesidad de buscar “opotunidades” de sobrevivir o mejorar las condiciones de existencia.
    De las sociedades “cazadoras recolectoras” nómadas solo tornamos en sedentarios cuando la oportunidad de la agricultura nos proveia de mas certeza en la obtención de alimentos.
    La gran urbe se percibe como espacio de oportunidades, la interacción y número de individuos genera especialización y demanda, caldo de cultivo de esa percepción.
    Todo lo que contribuya a reducir las diferencias entre la aldea y la gran urbe en estos aspectos reducira también la necesidad de renunciar a una en favor de la otra.
    Pero también hay algo desconocido y buscado, el anonimato, la capacidad de diluirse, de evitar para siempre a quien no queremos volver a ver y también la oportunidad de encontrarnos a alguien desconocido, ajeno y diferente.
    En cincuenta años el 80% de la población vivirá en esas enormes urbes, la atracción es infinita, ya no buscamos ” esa escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en mundo han sido”, cuando todo se puede ver en un smartmovil donde estemos, seguimos necesitando la concentración, quizá para alimentar el estres que produce.

  2. Maga, gracias por tu comentario.
    En mi opinión somos una sociedad bastante acomodada y en cierto modo “adolescente”, que busca respuestas en los poderes públicos a sus problemas, los responsables de facilitar su vida son siempre los demás y con un notable espíritu gregario.
    Vivir en una gran ciudad es ser un “número”, un personaje anónimo y generalmente anodino que solo importa a un núcleo muy reducido de gente, donde la vida discurre por un carril bastante prefijado y donde apenas queda tiempo para nada.
    En una ciudad pequeña, o en un pueblo, eres parte de un grupo que se preocupa por tí, que te echa de menos, que en gran medida está dispuesto a ayudar si es necesario. Eres una persona con nombre y apellido y, sobre todo, dueña en gran parte de tu tiempo. No creo que se pierdan oportunidades, y se puede estar tan “solo” como uno quiera. Eres parte de la memoria colectiva y, con un poco de suerte, te recordarán cuando ya no estés porque habrás dejado tu pequeña huella en esa pequeña sociedad.
    Es otro concepto de vida, más humana, más entrañable y, a mi parecer, más avanzada en lo que se refiere a calidad de vida y de afectos.
    Lamento ser tan cáustica pero, en mi opinión, vivir en una gran ciudad es un error que se paga con la propia vida.

  3. Sonia, sin duda no soy amante de las grandes ciudades y menos de las macrociudades que esperan al 80% de la población en un futuro ya cercano.
    La cuestión es porque, siendo insolidarias y anónimas son tan apetecidas.
    Que hay dentro de nosotros que lleva a las personas a renunciar a todas aquellas ventajas de la pequeña comunidad en favor de la aglomeración, a veces, estúpida.
    Si la tecnología nos prove de oportunidades sin depender de la cercanía, cual es la causa?.
    Quizá el terrible anonimato también nos protege de la visibilidad y así poder vivir nuestra propia mediocridad.