Normalización del bable - Pedro Insua

Uno de los tópicos más repetidos en relación a las lenguas vernáculas regionales existentes en España, por infiltración de la ideología nacional-fragmentaria, es el que se ocupa de considerarlas como lenguas “propias” de la “comunidad autónoma” correspondiente. Particularmente los Estatutos de Autonomía, así como, en general, el ordenamiento jurídico relativo a estas lenguas, insisten en ello una y otra vez.

La lengua española, esta es la evidencia incontrovertible que alimenta la legislación, ha desplazado violentamente (como “compañera” del imperialismo castellano) a las lenguas vernáculas regionales a la marginalidad

Queda excluido por tanto el español, parece deducirse, de la consideración de lengua “propia” de la región, viéndose así desplazado a la condición de lengua adventicia, postiza, impropia, extraña en fin. Cuando además, desde instancias oficiales (ya no de sectores más o menos marginales) se habla de la “imposición” del español durante siglos en tal autonomía y de la “normalización”, necesaria, como compensación de esa imposición (para restaurar la “lengua propia”), entonces es imposible, desde tales premisas, evitar la obstaculización, cuando no directamente el impedimento o negación del uso y aprendizaje del español en esas regiones: la lengua española, esta es la evidencia incontrovertible que alimenta la legislación, ha desplazado violentamente (como “compañera” del imperialismo castellano) a las lenguas vernáculas regionales a la marginalidad, a la “anormalidad” y, ahora, con la democracia hay que devolverles a esas lenguas su dignidad, el lugar natural que les corresponde como “lenguas propias”, frente a ese español extraño e invasor.

Paradójicamente el “hecho diferencial” autonómico es una repetición de lo mismo en cada autonomía

Esta misma evidencia es la que impulsa, actualmente, al movimiento que quiere en Asturias, en mimesis con otras comunidades autónomas, un uso “normal” del bable, también se supone desplazado como lengua “propia” por el advenedizo español. Es previsible que la oficialidad del bable tome los mismos derroteros jurídicos “normalizadores” que las leyes, ya en vigor, impulsadas por ese mismo espíritu “restaurador” en otras comunidades autónomas (paradójicamente el “hecho diferencial” autonómico es una repetición de lo mismo en cada autonomía).

Así, atendiendo a la “filosofía de la Historia”, por ejemplo, galleguista, implícita en la vigente Ley de Normalización Lingüística de Galicia (15 de junio de 1983), los tres siglos (del XV al XVIII) en los que tiene lugar el desarrollo de España como potencia intercontinental (y a Galicia como parte suya) son llamados “siglos oscuros” para Galicia, suponiendo así que la “identidad gallega” queda anulada, desaparecida, durante este período (como si ser parte de España no representase ninguna identidad), para “renacer” en el XIX de la mano de Murguía, Rosalía, Pondal y otros próceres de ese llamado “Rexurdimento”. De esta manera la “identidad española” (sea esto lo que fuera) se ve como algo completamente ajeno a “lo gallego” y durante el período en el que aquella se manifiesta con mayor vigor histórico (el Imperio español), esta desaparece (o se mantiene muy en precario), volviendo a reaparecer, precisamente, cuando España comienza a transitar el camino de su decadencia. Tal que así lo dice, con meridiana claridad, en su preámbulo la ley de normalización lingüística gallega: “El proceso histórico centralista acentuado con el paso de los siglos, ha tenido para Galicia dos consecuencias profundamente negativas: anular la posibilidad de constituir instituciones propias e impedir el desarrollo de nuestra cultura genuina cuando la imprenta iba a promover el gran despegue de las culturas modernas.[…]

La Constitución de 1978, al reconocer nuestros derechos autonómicos como nacionalidad histórica, hizo posible la puesta en marcha de un esfuerzo constructivo encaminado a la plena recuperación de nuestra personalidad colectiva y de su potencialidad creadora.

Uno de los factores fundamentales de esa recuperación es la lengua, por ser el núcleo vital de nuestra identidad. La lengua es la mayor y más original creación colectiva de los gallegos, es la verdadera fuerza espiritual que le da unidad interna a nuestra comunidad.

El desarrollo “normal” de Galicia fue interrumpido, pues, al incorporarse como parte de España, de tal forma que algo así como una Galicia española es vista como una perversión de su propia identidad

El desarrollo “normal” de Galicia fue interrumpido, pues, al incorporarse como parte de España, de tal forma que algo así como una Galicia española es vista como una perversión de su propia identidad (instituciones ajenas, cultura inauténtica, adventicia, no genuina), siendo así que, de lo que ahora se trata, con la Galicia autonómica, surgida al amparo de la Constitución (igualmente española) de 1978, es de restaurar su “auténtica personalidad”, se supone, anterior a esa España centralista que se impuso secularmente. Y es que en esa transformación, sea como fuere -y difícilmente se pueden encontrar formulaciones más metafísicas que las que aquí se expresan-, Galicia se enajena, por así decir, se vuelve extraña a sí misma, involucrando en ello al propio idioma, el gallego, que se torna marginal frente a ese otro idioma extraño, el castellano, que “invade” violentamente, desplazando al gallego, los ámbitos de la vida social, política y literaria gallega. El gallego, en definitiva, dice la ley, ha sufrido una especie de conspiración por parte de las autoridades españolas (“castellanas”) que lo han marginado y, ahora, la Galicia autonómica (en una España democrática) tiene que “compensar” dicha situación haciendo del gallego una lengua “oficial” (cosa que nunca ha sido) para, como lengua “propia”, desplazar al “castellano” de ese su protagonismo bastardo.

Los hechos históricos -es decir, reales-, por el contrario, son bien distintos, y se enfrentan a esta absoluta tergiversación de los mismos, una tergiversación, digamos, “conspiranoica” que se ha convertido, insistimos, en versión oficial e institucional (y que muy previsiblemente sea la misma que acompañe a la oficialidad del bable).

Las reformas introducidas por los Reyes Católicos, que ponen fin a las revueltas medievales, van a tener como resultado una mejora del nivel de vida en la región, hasta convertirse Galicia, en el XVIII, en la más densamente poblada de todas las regiones españolas

Porque cuando España, en el siglo XVI, mantuvo su hegemonía global, como Imperio universal, Galicia, la nación gallega si se quiere, participaba con los mismos derechos plenos -hablar de “siglos oscuros” en referencia a este período es pura retórica galleguista- que otras partes del Imperio (no hubo “opresión” de ningún tipo hacia los gallegos ni hacia Galicia como tal). De hecho, las reformas introducidas por los Reyes Católicos, que ponen fin a las revueltas medievales (y grandes casas de la nobleza gallega se integrarán con mucho protagonismo en este proceso, así los Castro, los Ulloa, los Andrade, Osorio, Sarmiento, Sotomayor, etc.), van a tener como resultado una mejora del nivel de vida en la región, hasta convertirse Galicia, en el XVIII, en la más densamente poblada de todas las regiones españolas. Según el catastro de Ensenada (1752) Galicia tenía 1,3 millones de habitantes (de una población total para España de 10 millones), que llegará a 1,8 en 1860. La provincia de La Coruña era, a la altura de 1833, la más habitada después de Barcelona y Valencia.

Es más, es ahí, en el seno del Imperio español, donde realmente se forja la identidad histórica de Galicia, siendo Santiago, el peregrinaje a Santiago (un invento asturiano, por cierto, del primer peregrino Alfonso II), el núcleo originario de Galicia: Santiago es “patrón de España” y no sólo de Galicia (“¡Santiago y cierra España!”, es la divisa medieval).

En este sentido, una disociación entre Galicia y España, como la que opera en la legislación “normalizadora” es, no ya solo ahistórica, sino completamente antihistórica, un producto, en definitiva, de la fantasía del galleguismo decimonónico que encontró en el celtismo, en el “hogar de Breogán”, la vía de escape, delirante y racista, para mantener esta disociación.

Todavía más difícil de justificar que para Galicia será encontrar una disociación de este tipo, que hable de lo español como de algo ajeno a su “identidad”, para Asturias. Un “más difícil todavía” que la España autonómica, lo veremos con la oficialidad del bable, hallará sin duda –que para eso está- la manera de hacerlo.

Y es que si La Coruña era lo “anormal”, ¿por qué no va a ser Ovieu lo “normal”?