Millennials - Jose Antonio de la Rubia

Juro por lo más sagrado que lo vi en un telediario de Antena 3 pero no lo puedo demostrar. En una secuencia emitida de la manifestación feminista del 8-M en Madrid, un chico de no más de veinte o veintipocos años caminaba solitario entre la multitud de cabelleras moradas enarbolando una gran bandera de la Unión Soviética. Auténtica. Genuina. Bolchevique. Rojísima. Aterrorizado como si hubiera visto un fantasma o una cara de Bélmez he tratado desesperadamente, Google mediante, de localizar al individuo de la bandera comunista. Sin éxito. Siempre se dice que es muy difícil filmar a los fantasmas. No obstante, y como suele suceder en las búsquedas de Google, he encontrado otras escenas sorprendentes. Quizá cometí el error de empezar la indagación añadiendo el item “feminismo” o “manifestación feminista”. Y es que una bandera de la Unión Soviética, en principio, no pega ni con “superglú” en una manifestación feminista. Aquel individuo se había equivocado de manifestación, de causa, de guerra o simplemente iba a su casa y atajó por ahí. Aunque… esperen un momento, ¿de verdad se había confundido el buen hombre? Si mal no recuerdo, parecía bastante integrado en la marcha, las chicas no lo miraban como un bicho raro ni exhibían ningún tipo de aversión. Todo era, ¿cómo decirlo?, espantosamente normal. Podríamos contrastar esa escena con otra ficticia en la que la bandera fuera la esvástica nazi o, aún peor, la naranja de Ciudadanos. Seguramente en ese caso el sujeto habría recibido unas buenas dosis de radiactiva femihostilidad, pongamos 2.000 roentgens (perdón por la metáfora pero es que tengo muy reciente Chernóbyl). Quizá esas mujeres que no veían nada raro en la bandera bolchevique tenían en sus cerebros esta frase del manifiesto que convocaba la marcha, que establecía como uno de sus motivos el “construir una economía sostenible, justa y solidaria que gestione los recursos naturales de forma pública y comunitaria, que esté en función de las necesidades humanas y no del beneficio capitalista. Para que logremos el acceso universal a los bienes naturales imprescindibles para vivir y priorizar los derechos comunitarios frente a los intereses privados”[i]. Capitalismo y patriarcado, la misma porquería. O sea, que quizá aquel individuo y aquella bandera estaban en el lugar y momento en que debían estar. Mira tú qué bien.

Se pueden poner otros ejemplos de banderas soviéticas ondeando en manifestaciones actuales en nuestro país[ii]. Una de las más espectaculares que me encontré en el buscador es, más que una manifestación, una verdadera exhibición. Decenas de jóvenes que no llegan a los treinta ninguno, vestidos de negro, desfilan marciales distribuidos en columnas, cada uno de ellos portando la misma bandera soviética o banderas republicanas con una estrella roja en el centro. Lanzan gritos contra el fascismo, especialmente una muchacha a la que me aspen si no la estoy viendo armada con una porra y que debe ser miembro de un servicio de seguridad o alguna vaina así. Youtube denomina al vídeo Retratos de Stalin en la manifestación republicana de Madrid y tiene de fecha de publicación el 15 de abril de 2018[iii]. Hay un momento en que se alinean tres chicas con las consabidas banderas y el pelo teñido de rojo granate. Durante un instante pensé que estaba viendo el tráiler del nuevo It, la resurrección del payaso Pennywise. Pero pasado el susto me entró más bien un sentimiento de infinita ternura. Porque esas jóvenes son clavaditas a algunas alumnas que tengo en el bachillerato de artes. El caso es que después de los abanderados viene una multitud que lleva una pancarta que reza “Juramos vencer” y, efectivamente, portan retratos de Marx, Lenin, Stalin… Sí, Stalin. Iósif. De verdad, no se lo pierdan. Niños de secundaria desfilando con retratos de Stalin en 2018. En España. Pennywise no puede superar eso.

A diferencia de la enseña bolchevique, una bandera republicana con una estrella roja no se corresponde con ningún simbolismo histórico. La estrella roja sí procede de la bandera de la URSS y así aparece en multitud de banderas de estados comunistas o en territorios aspirantes a estado totalitario (como ocurre con una de las versiones de la “estelada” independentista catalana, con la estrella roja y el triángulo amarillo). Pero, hasta donde yo sé, ni comunistas ni socialistas tenían por enseña una bandera republicana con estrella roja. De hecho, su símbolo no era la bandera republicana, que Largo Caballero despreciaba por burguesa. Clara Campoamor, esa mujer con nombre de colegio, cuenta en su imprescindible libro La revolución española vista por una republicana que, durante los primeros meses del asedio de Madrid, cuando campaba a sus anchas el terror revolucionario, que ella vivió en directo, la bandera constitucional desapareció de la ciudad y “se sustituyó casi en todas partes la bandera tricolor republicana por la bandera roja socialista o rojinegra anarquista”[iv]. Pero sí había un grupo que luchaba bajo la bandera republicana. Los sublevados. Así cuenta Campoamor que “en todas las provincias sublevadas siguió enarbolándose la bandera tricolor de la República. Sólo tras el 15 de agosto – un mes después del alzamiento – la bandera fue sustituida por la antigua bandera española, sobre la que se conservó el escudo republicano en lugar del escudo monárquico”[v]. Pero no se adoptó la bandera monárquica porque existiera en los golpistas un propósito explícito de restaurar la monarquía. Ese cambio de bandera (que se escenificó en un acto en Sevilla el 15 de agosto de 1936, fantásticamente descrito con su habitual sorna por Juan Eslava Galán[vi]) parece ser que fue más bien una jugada particular del siempre ambiguo y calculador Francisco Franco con objeto de arrinconar a generales como Mola y Queipo de Llano, que tenían un pasado republicano y a los que, al parecer, consideraba unos rivales.

Uno de los defectos de la actual democracia española es no haber sabido crear un imaginario simbólico potente. Hubiera sido una gran idea crear una bandera nueva en la Transición, igual que se hizo con muchas autonomías. Sin embargo, al conservar la vieja enseña se le ha concedido un recurso añadido a quienes cuestionan la bandera porque en realidad están cuestionando al sistema. No es válido el argumento de que la bandera constitucional lleva un escudo diferente porque ese escudo sólo es preceptivo cuando la bandera ondee en instituciones del Estado como ministerios, buques de guerra, etc. El escudo representa al Estado, no al país. Yo puedo poner una bandera sin escudo en el balcón de mi casa, pero no una plaquita que solo tenga el escudo. Mi casa es España, no un juzgado. Como suele ocurrir, los símbolos se revalorizan cuando se los persigue y eso está ocurriendo en los lugares donde la bandera de España no es respetada. Pero es insuficiente. En cuanto al himno, realmente no tenemos. Un himno que no se puede cantar es algo verdaderamente absurdo. Después de oírlo, o incluso tararearlo, seguimos teniendo las mismas pulsaciones y no dan ganas de invadir nada. Sin embargo, no es una opción correcta devaluar los símbolos vigentes sobredimensionando de forma fetichista los antiguos.

El extraño magnetismo que tiene la bandera republicana en el imaginario de nuestra izquierda es un sinsentido hermenéutico y un anacronismo ridículo. La enseña tricolor goza de un misticismo subversivo absolutamente ingenuo. Sólo la izquierda “podemita” se atreve ya a encontrar un referente inspirador en la política de los años treinta[vii]. La Segunda República no fue una doncella virtuosa violada por el lado oscuro sino que fue un régimen fallido en el que todos sus elementos colaboraron en su autodestrucción. A aquel estado no le dieron la espalda sólo los fascistas, los caciques y los meapilas sino mucha gente honesta y tolerante. Clara Campoamor, cuyo libro es para cogerlo y no soltarlo, cuenta precisamente que los republicanos dejaron de apoyar al gobierno cuando este no supo o no pudo acabar con el poder criminal de las milicias partidistas. Milicias a las que, según ella, nunca hubo que proporcionar armas. Y cuando Campoamor dice “los republicanos” se refiere a los demócratas y liberales (como ella misma se definía: “Estoy tan alejada del fascismo como del comunismo. Soy liberal”[viii]), el término no incluye a socialistas, comunistas, anarquistas e tutti quanti

Mientras que la cruz gamada o las runas de las SS son emblemas malditos y prohibidísimos, no ocurre lo mismo con la hoz y el martillo, la estrella roja o la mítica foto del Che Guevara de Alberto Korda

Identificarnos con símbolos históricos puede provocar paradojas o cortocircuitos que destruyen nuestro sistema de interpretación de la realidad. Y sólo tenemos dos opciones. Una es interpretarlos en el contexto histórico en el que surgen y tenían vigencia. La otra es vaciarlos por completo de significado y que representen lo que nos salga de las narices, que viene a ser lo mismo. Siempre se ha señalado, por ejemplo, la distinta suerte hermenéutica que han corrido los símbolos nazis y los comunistas cuando, en realidad, ambos representan a regímenes políticos criminales. Mientras que la cruz gamada o las runas de las SS son emblemas malditos y prohibidísimos, no ocurre lo mismo con la hoz y el martillo, la estrella roja o la mítica foto del Che Guevara de Alberto Korda. Se puede comprobar este fenómeno también con el curioso ejemplo de la Jolly Roger, la bandera pirata de las dos tibias y la calavera, un inocente símbolo con el que juegan nuestros hijos, lo ven en los dibujos animados y en los parques de Disney representando libertad, rebeldía, aventura, justicia, qué sé yo. Sin embargo, los piratas del Caribe eran en realidad una mafia impresentable de hugonotes asesinos y su bandera un icono terrorista macabro creado por los caballeros de Malta y que fue adoptado por la Inquisición, los regimientos de húsares de la muerte y las divisiones Totenkopf de las SS, las responsables de los campos de exterminio[ix]. Ya ven, mis hijos pueden jugar con el barco pirata de Playmóvil sin saber que esa calavera estaba en la puerta de las prisiones de la Inquisición, unos lugares a los que la gente no iba a jugar, claro. Por lo menos los reos.

Seguro que para nuestro manifestante comunista la bandera bolchevique significa la igualdad, el feminismo, la lucha por la justicia, el combate contra el capitalismo depredador, el respeto al medio ambiente y muchas otras ideas chachis. No el gulag, lugar que desconoce o quizá le suene vagamente porque ahí transcurren varias escenas de la película El tour de los muppets. Pero asociar el socialismo con la lucha feminista y llevarlo a la manifestación no deja de tener su gracia aunque nos produzca el cortocircuito mental. Por ejemplo, Clara Campoamor nos podría explicar cómo los principales enemigos del derecho al voto de las mujeres en la Segunda República fueron justamente las variopintas izquierdas. El episodio es muy célebre y ha sido comentado muchas veces. Campoamor es una leyenda por haber llevado al parlamento la propuesta del voto femenino. Con gran dolor de su corazón se opuso a ello su propio Partido Radical, los radicales socialistas y el sector socialista liderado por Indalecio Prieto, entre otros. Además de ella había en aquel congreso otras dos mujeres, socialistas ambas (aunque pertenecientes a distintos partidos) y ambas opuestas a la iniciativa. La primera era Margarita Nelken, una especie de cruce entre Rosa Luxemburgo e Irantzu Varela, sin katana pero con pistola, que acabó en el partido comunista y cuyo principal pasatiempo durante la Guerra Civil consistió en publicar soflamas pidiendo ejecuciones no sólo de derechistas sino también de sus esposas, novias y hermanas[x]. También fue miliciana y se dedicó a ocultar la existencia de la “saca” de Paracuellos. La otra era la popular Victoria Kent, una mujer con nombre de instituto de secundaria, cuyos argumentos contra el voto femenino son ya inmortales (aunque no eran originales suyos sino que estaban en el ambiente y en muchos discursos parlamentarios). Lo que venía a decir Victoria Kent es que las mujeres españolas no tenían suficiente madurez intelectual y compromiso con la República y que por eso serían fácilmente manipulables por sus curas confesores y naturalmente votarían a la derecha. El argumento es plenamente compatible con la ideología socialista, es la ontología del ser alienado. Por increíble que parezca, Kent siguió manteniendo estas ideas toda su vida y así se las vuelve a decir, ya vuelta del exilio, a Joaquín Soler Serrano en un programa A fondo de 1979 que se puede ver en Youtube[xi]. Ah, por cierto, la derecha votó en bloque a favor de la propuesta. Es muy probable que el sufragio femenino no se hubiera aprobado si hubiera contado con la enemiga de los grupos más conservadores[xii]. ¿Qué pensará de esto nuestro héroe el de la bandera?

Proyectamos nuestros valores actuales sobre un pasado que reconstruimos de una forma esquemática. Y luego volvemos al presente sobrecargados de lo que pensamos que son razones que también valen ahora

Hagamos un poco de memoria histórica. ¿Por qué demonios nos atrae tanto la Segunda República y la Guerra Civil? Porque es una buena fuente de suministros simbólicos y arquetipos con los que identificarse emocionalmente. Proyectamos nuestros valores actuales sobre un pasado que reconstruimos de una forma esquemática. Y luego volvemos al presente sobrecargados de lo que pensamos que son razones que también valen ahora. Regresando al futuro. Cuando viajamos al pasado impulsados por la irreprimible necesidad de tomar partido y hacer justicia retrospectivamente ya no hablamos de “historia” sino de “memoria histórica”. Es una patología de la que no se libran ni siquiera los sesudos historiadores académicos, no digamos ya los políticos. Un historiador tiene que contarnos y explicarnos los hechos (que son, fundamentalmente, conductas). También tiene que explicarnos las justificaciones de las conductas que desarrollan los actores históricos (porque eso son, también, hechos). Lo que no tiene que hacer es explicarnos por qué esas justificaciones son válidas o no. Eso es una potestad, o una penitencia, que sólo corresponde a los protagonistas de la historia. Si realmente quiere jugar al juego de las justificaciones, el historiador debería meterse en la piel de los sujetos, tener sus mismas percepciones, intereses, valores, fines… Pero eso sólo lo puede hacer como un juego o un mero ejercicio instrumental. Instalados en la comodidad de nuestro mundo de piruleta posmoderno, en realidad no tenemos ni idea de lo que podía significar vivir en aquellos tiempos aciagos. Es cierto que el historiador tiene más información y una perspectiva más amplia pero no tiene ninguna necesidad de optar por un bando u otro. Fundamentalmente porque la historia no se puede cambiar, por más que se puedan construir y reconstruir infinidad de relatos para contarla. Además, hay que tener en cuenta que las justificaciones normalmente vienen después de la conducta. Y muchas veces, ahora sí, se elaboran de cara a la historia, para que la historia juzgue. Y ahí tenemos a los catedráticos discutiendo con los muertos. Con una ouija, supongo.

Los protagonistas siempre son más interesantes que los chupatintas universitarios. Por eso leer el libro de Campoamor sobre el conflicto puede resultar chocante: la historia de la Guerra Civil ha sido escrita por los perdedores y nuestra Clara es un tipo de perdedor diferente, al que no estábamos acostumbrados. Los que perdieron la guerra desde el principio, no soportaban lo que estaba pasando y se fueron de España sin esperar a ver quién ganaba. Esa “tercera España” que nos descubrió el fabuloso libro Las armas y las letras, de Andrés Trapiello[xiii]. La revolución española vista por una republicana ayuda a entender la guerra a la que vez que destroza tópicos muy útiles para forjar identidades políticas maniqueas. Está escrito por una mujer a la que le sobraba decencia, capacidad de análisis y, sobre todo, era una observadora que estaba allí viéndolo todo. El texto está fechado en noviembre de 1936, realmente no habla de la guerra sino de los primeros meses del Madrid asediado, el de la horrenda y sanguinaria “revolución” (y dando por supuesto que en el otro lado estaba sucediendo también algo horrendo y sanguinario). Sin embargo, Clara Campoamor nos proporciona las claves para entender la guerra en un sentido no estático sino evolutivo. La Guerra Civil Española empezó siendo una cosa y acabó siendo otra. No obstante, lo que para nosotros es un pasado conocido era un futuro desconocido para los actores del drama.

Para aquellos que interpretan la historia a la manera dialéctica, como una lucha del bien contra el mal, resulta difícil tragar la existencia de tropezones de maldad en la bondad y a la inversa. Incluso piensan que la maldad se puede tolerar si el fin es bueno

El sentido estático de la historia nos presenta aquel horripilante enfrentamiento como una lucha del fascismo contra la democracia. Clara Campoamor ya tenía clarísimo que tal análisis es una simpleza: “¿Fascismo contra democracia? No, la cuestión no es tan sencilla. Ni el fascismo puro ni la democracia pura alientan a los dos adversarios”[xiv]. Los dos bandos eran, en realidad, conglomerados de grupos heterogéneos con ideologías e intereses políticos muy distintos[xv]. Para aquellos que interpretan la historia a la manera dialéctica, como una lucha del bien contra el mal, resulta difícil tragar la existencia de tropezones de maldad en la bondad y a la inversa. Incluso piensan que la maldad se puede tolerar si el fin es bueno. Es un discurso archisabido. El problema de la bondad en la España de 1936 es que era muy escasa mientras que la mala hostia estaba muy bien repartida. Había muy pocos auténticos demócratas en nuestro país y no tenían ningún poder ni relevancia en el escenario político (el hecho doloroso, dice Clara Campoamor, es “la débil madurez democrática del pueblo español”[xvi]). Por poner un ejemplo, uno de los principios democráticos por excelencia es la libertad de expresión. Como ha estudiado y documentado brillantemente Carmen Martínez Pineda en su libro Libertad secuestrada, tanto los gobiernos de izquierdas como los de derechas aplicaron la censura de prensa a mansalva, sin ningún tipo de recato ni comedimiento. Y lo peor de todo es que esa censura les parecía una práctica política legítima. Algo lógico[xvii].

En la genealogía de la catástrofe que realiza nuestra autora todos los bandos son malos, cierto, pero algunos son más malos que los otros. Sin embargo, los malos más malos que los otros malos no son los más malos habituales. Son los otros. Campoamor presenta a los dirigentes republicanos como una cuadrilla de o bien pusilánimes o bien energúmenos, absolutamente carentes de visión política y contemporizadores con el extremismo, incapaces de reconocer las razones del adversario[xviii] y entregándose a sus intereses personales recurriendo al único recurso del populismo[xix]. Responsables del auge del falangismo, el único grupo de derechas genuinamente fascista, un partido marginal que no obtuvo ningún escaño en las elecciones y cuya sobredimensión hay que apuntarla en el debe de la violencia marxista: “Nadie creyó jamás en España que el fascismo podría derrotar al Estado en solitario […]. Sólo los marxistas concedían importancia al continuo crecimiento de los grupos de jóvenes que oponían su propia violencia a la violencia marxista […]. Nunca habrían pasado de ser un puñado de amigos si los errores acumulados por los republicanos y los marxistas no hubiesen favorecido su movimiento”[xx]. Siendo así las cosas, el triunfo del gobierno no significaría el triunfo de la democracia. España estaba abocada a una dictadura militar o a una dictadura del proletariado. Campoamor no sabía lo que iba a pasar, pero ya le parecía evidente que, ganara quien ganara, no iban a ganar los buenos:

“Si el porvenir trae la victoria triunfal de los ejércitos gubernamentales, ese triunfo no llevará a un régimen democrático, ya que los republicanos ya no pintan nada en el grupo gubernamental. El triunfo de los gubernamentales sería el de las masas proletarias, y al estar divididas esas masas, nuevas luchas decidirán si la hegemonía será para los socialistas, los comunistas o los anarcosindicalistas. Pero el resultado sólo puede significar la dictadura del proletariado, más o menos temporal, en detrimento de la República democrática. […] Si, como ya hemos indicado, las causas de la debilidad de los gubernamentales llevan a la victoria de los nacionalistas, éstos tendrán que empezar por instaurar un régimen que detenga los enfrentamientos internos y restablezca el orden. Ese régimen, lo suficientemente fuerte como para imponerse a todos, sólo puede ser una dictadura militar”[xxi].

Como empiezo a notar cierta inquietud entre los lectores (“tendrán que”, “sólo puede ser”) y eso que aún no ha llegado lo fuerte, convendría contextualizar estas palabras. Clara Campoamor no conoció de primera mano la represión nacionalista aunque se la imaginaba. En el Madrid aterrorizado por las fuerzas revolucionarias se siente amenazada, tiene miedo y decide exiliarse con su madre y una sobrina. Ya en el barco, unos falangistas intentan asesinarla. La derecha católica aborrecía a Campoamor porque fue también la artífice de la introducción del divorcio en España. Ni que decir tiene que la izquierda la odiaba por su “pecado mortal”, el voto femenino, ya que se atribuía la victoria de las derechas en las elecciones de 1933 al hecho de que por primera vez pudieron votar las mujeres. Exiliada en Suiza, escribe su libro cuando el desenlace de la guerra aún está en el aire, aunque la clarividencia de Clara le hace ver que habría un enfrentamiento interno en la izquierda, como de hecho lo hubo. En Suiza está a salvo, tiene libertad y no necesita contemporizar con nadie, por eso su libro tiene tanto valor. Y hay un último detalle que es inexcusable señalar para entender su psicología política y es que después de la guerra quiso volver a España, intentándolo por tres veces. Volver a la España franquista. Aquel régimen infame no la dejó vivir en su país porque era masona y se negó a delatar a sus compañeros. Íntegra hasta el final, decide quedarse en el exilio y para cuando la masonería dejó de estar perseguida por la ley ella ya era anciana, débil y no tenía fuerzas para volver.

Según Campoamor, fue la política insensata y extremista de las izquierdas la que hizo volverse contra la república a fuerzas que en principio eran proclives a ella:

“El examen de los hechos nos lleva a hacer esta consideración: que el bando gubernamental no solamente ha carecido de técnica y disciplina, de las que ya hemos tratado profusamente, sino también de las previsiones y de los cálculos, en definitiva, de todo aquello que interviene en el proceso de inteligencia.

Los gubernamentales se arriesgan a ver el final de su vida política, víctimas de la ligereza y de la indolencia que han caracterizado su actividad desde 1931.

Los nombres de algunos de los hombres políticos puestos a la cabeza del gobierno de Burgos por los insurrectos nos recuerdan algunas observaciones hechas durante el agitado periodo de agotadoras luchas republicanas. Hay entre todos ellos hombres con una profunda formación técnica. Y no siempre aquellos atrasados en sus opiniones políticas sino aquellos que, en una época tranquila y normal, hubiesen desarrollado en España una actividad liberal en el sentido que tiene ese término cuando las élites intelectuales dirigen un país”[xxii].

Acostumbrado al relato perdedor, la primera vez que leí este párrafo salté del sillón. ¡Clara Campoamor está elogiando a los sublevados! ¡Está hablando bien de los franquistas! Luego me calmé un poco[xxiii]. Víctima de los arquetipos, no caí en la cuenta de que en 1936 aún no existía el “franquismo”. Franco es en ese momento un elemento de un conjunto y el franquismo un invento posterior fruto en buena medida de la voluntad de Franco tanto como de la evolución de los acontecimientos. No obstante, el párrafo seguía siendo chirriante. Presentar a los sublevados como gente que en otras circunstancias podrían haber desarrollado “una actividad liberal”, gente no “atrasada” y con “formación técnica”. Pero ¿acaso no eran fascistas que querían acabar con la democracia? ¿Sería posible que hubiera sectores sublevados que no fueran fascistas aunque acabaran siéndolo? ¿Por qué se alzaron contra la república grupos y “élites” que eran liberales y tenían formación intelectual? ¿No eran todos clones de Millán Astray? ¿Y por qué se retrotrae Clara Campoamor hasta 1931? ¿Sería posible que el planteamiento republicano fuera estratégicamente erróneo desde el principio aunque sus motivaciones fueran correctas? ¿Tenía razón Ortega y Gasset cuando exigió una “rectificación de la República” cuando esta apenas estaba naciendo?

Evidentemente yo no sé la respuesta a esas preguntas. Me acordé del libro en el que Josep Pla cuenta los primeros días de euforia tras la proclamación de la república. Todo el mundo estaba entusiasmado hasta que empiezan a arder las primeras iglesias y conventos. Algunos ciudadanos comen churros mientras ven el humo y otros comentan, compungidos, que esto de la república empieza a no tener gracia. Así dice Pla: “Una gran parte de la población de Madrid desfila mientras tanto por la Gran Vía. Los vendedores se hinchan a vender. Muchos ciudadanos, apuntalados en la pared, aprovechan el tiempo para hacerse limpiar los zapatos, Durante largas horas no ha habido nada en Madrid tan entretenido como la quema de conventos. Sería error, sin embargo, creer que todo el mundo lo ha visto igual. Muchos ciudadanos lo han contemplado con caras largas y tristes. Resignadas, no sé. Casi me atrevería a decir que esta terrible insensatez ha gustado poquísimo en Madrid, por no decir que no ha gustado nada – entre las personas conscientes, claro está”[xxiv]. Y eso que aún no habían llegado los tiempos en que la gente podía ir a misa con un rosario y volver con una bala en la cabeza.

Resulta muy entretenida la polémica que ha habido en España sobre si Clara Campoamor era liberal, socialista o qué entendía ella por esos términos y a qué partido apoyaría ahora. En cuanto al liberalismo, bastaría con aclarar qué es lo que quiere decir todas las veces que utiliza el concepto, incluido cuando ella misma se define como liberal. Icono feminista, también habría que ver en qué medida apoyaría el feminismo actual de las cuotas una mujer humilde que empezó de costurera, a la que nadie regaló nada y consiguió algo muy grande en un entorno absolutamente hostil hacia ella. Lo que es seguro es que al niñato de la bandera soviética le habría dado dos buenas tortas antes de proporcionarle no una hoz y un martillo sino un pico y una pala. En realidad, si viviera hoy en día probablemente la consideraríamos una señora muy conservadora, ya hemos visto que todos sus valores eran valores burgueses (orden social, libertad, igualdad de derechos, respeto a la ley, esfuerzo personal). Seguramente también llamaríamos conservadora a la propia Victoria Kent, quien en la entrevista con Soler Serrano llega a decir que ella no es feminista, aunque es partidaria de la igualdad de derechos y obligaciones entre hombres y mujeres. Pero no está de acuerdo con el feminismo actual porque piensa que la primera obligación de una mujer es cuidar a sus hijos y su casa, como hizo su madre. Créanme, lo dice. Minuto 7,46. Para colmo, se atreve a soltar que los hombres siempre la han ayudado y que sólo ha recibido de ellos compañerismo. Y dice “cuando fui elegida diputado” (sic). En la mani del 8-M le habrían inoculado 3.000 roentgens. Pero olvidemos ya la memoria y la radiactividad de cuarta ola.

La juventud de hoy en día es antifascista y lee publicaciones infantiles como El País o El Jueves más que nada para sentir un poco de autoestima y ser reconocidos por el grupo

El principal inconveniente de nuestra veneración por los viejos símbolos es que estos han arrastrado hasta nosotros a las viejas ideologías igual que un torrente arrastra al fango. Viejas ideologías, viejos conceptos, viejos imaginarios que no es que no resulten pertinentes para interpretar la realidad contemporánea sino que actúan, fundamentalmente, como referentes simbólicos portadores de sentimientos de identidad y pertenencia. Su gran problema no es que sean falsos sino que no lo son enteramente. La juventud de hoy en día es antifascista y lee publicaciones infantiles como El País o El Jueves más que nada para sentir un poco de autoestima y ser reconocidos por el grupo. Está en todos los tratados de psicología del adolescente. En una situación en la que carecemos por completo de ideas para resolver los problemas del mundo, instalarnos en el juego de los símbolos resulta una gran ayuda para combatir en las guerras culturales, disputas por dominar el territorio de las apariciones mediáticas. Guerras puramente virtuales. Los jóvenes españoles que enarbolan banderas bolcheviques o republicanas no soportarían estar ni cinco minutos en los escenarios históricos en los que se crearon esas banderas. Entonces no había internet ni videojuegos y a la gente la mataban. Pero ondear la bandera crea en ellos la ilusión de que realmente están haciendo algo bueno por el ser humano. ¿Por qué nos reímos de estos jóvenes? ¿Acaso no están luchando contra ese fascismo que está invadiendo el mundo occidental? Stalin derrotó al nazismo y al capitalismo ¿dónde está el problema de Stalin? Bueno, tal vez el inconveniente de Stalin es que ni siquiera funcione bien ni como una representación vacía (si es que fue usado como icono incluso cuando existían estalinistas de verdad) aunque sí tenga un potencial demoledor como caricatura de esos chicos. Caricatura que ellos, en su abismal pureza y galáctica ignorancia no perciben. ¡Qué felices son! ¿Cómo vamos a despertarlos de su sueño ideológico de pacotilla hablándoles del mundo real? ¿Desde cuándo se le quita la ilusión a un niño?

Al hacer psicología o sociología estamos renunciando a tratar los discursos desde un punto de vista lógico. Así que no vamos a perder ni un segundo hablando de Stalin, obviamente. La manifestación comunista es psicológicamente primitiva y sociológicamente irrelevante. A diferencia de otros fenómenos tan paranormales como ella no dan ni miedo pero sí provocan una razonable curiosidad, después de todo los chicos millennials han llegado a unos extremos simbólicos que nunca hubieran osado alcanzar auténticos comunistas adultos chapados a la antigua. Han cruzado una línea roja, literalmente. Por favor, que alguien me explique cuándo se han visto banderas de la URSS en manifestaciones izquierdistas de los setenta, los ochenta o los noventa. Yo me he estado manifestando esas tres décadas y nunca vi ninguna. Quizá la clave esté en las guerras virtuales que mencionamos antes. El ecosistema mental de esos manifestantes son las redes sociales, no el mundo físico. A pesar de que se podría pensar de ellos que son materialistas, en realidad se han tomado la pastilla azul. Siguen en Matrix. El propio Marx se tomó la pastilla azul hegeliana, pero eso es otra historia. Jorge San Miguel inserta este fenómeno dentro de lo que podríamos llamar la cultura de Twitter. Así dice:

“En algún momento volvió a ser trendy ser comunista, porque la gente cabreada se traga cualquier cosa. En el tiempo que yo he sido conservador, liberal, socioliberal y meramente perplejo, una o dos generaciones se han descubierto en una ardorosa militancia sobrevenida. Se entiende; los adolescentes adoran echar sermones, y cuando no tienes nada que hacer en la vida sólo te queda decirles a los demás cómo vivir. Ahora además hay dos modalidades de socialistas: la millennial con discurso de campus americano y la ceñuda. Se distinguen porque en general las dos siguen sin leer a Marx pero una de ellas lo cita de vez en cuando”[xxv].

Un argumento recurrente que solemos utilizar para explicar comportamientos infantiles es el del fracaso del sistema educativo. Se trata en realidad de un discurso multiuso ya que ha sido utilizado también para explicar hechos como el gran resultado del partido Vox en las elecciones andaluzas de 2018. Un profesor de Torremolinos se convirtió en viral en Twitter con una amarga reflexión sobre exalumnos suyos que simpatizaban con Vox: “Nueve de mis antiguos alumnos siguen a Vox en Instagram. Los 9 simpáticos y educados. Todos varones y de pueblo, de familias humildes, trabajadoras, sin grandes problemas. Siete de ellos podían votar ayer por primera vez, y parece ser que la ultraderecha fue quien les sedujo”. No se vayan todavía, que aún hay más: “Recuerdo que varios de ellos sentían una catalonofobia extrema. Y un apego exagerado y mal entendido hacia los símbolos nacionales: la bandera, los ‘viva España’, la selección de fútbol… Yo lo achacaba a chiquilladas. A patriotismo mal entendido. A lo que oían en casa”[xxvi]. Supongo que este profe, cuando entre cada día por la puerta de su instituto y vea la bandera constitucional en su mástil debe de pensar que ha sido puesta ahí por una chiquillada o un patriotismo mal entendido. Pero su amargo lamento está, por así decir, muy desubicado. Esos niños rústicos no están diciendo que quieran acabar con el estado de derecho y, sin embargo, los consideramos unos antisistema amenazantes. En realidad, son unos marginales dentro del sistema. Ninguna de las ideas de Vox tendrían cabida en el curriculum escolar, es decir, en lo que los profesionales estamos obligados a enseñar a los alumnos, nos guste o no. Ni siquiera el apoyo a la selección de fútbol. La queja de este profesor más bien procede del hecho de que él no ha podido evitar que haya alumnos que simpaticen con Vox. Apostaría uno de los grandes a que lo ha intentado muchas veces. Y sin salirse del curriculum.

El miedo de este enseñante es absolutamente infundado porque lo que está ocurriendo en realidad es justo lo contrario, en secundaria y en la universidad. Como soy profesor de instituto y veo todos los días el percal no voy a utilizar el consabido verbo “adoctrinar”. Quien piense que los profesores tenemos capacidad para “adoctrinar” a alumnos que tardan diez minutos sólo en sentarse no tiene ni idea de lo que verdaderamente está pasando en las aulas. Si en un instituto hay algún alumno friki que simpatiza con Vox es justamente porque ha podido pensar por sí mismo y protegerse del mainstream. Porque el corpus ideológico que está en el fundamento de nuestro actual sistema educativo es un infumable max-mix de todos los principios de la extrema izquierda posmoderna. De la inteligencia emocional a la corrección política. Del ecologismo al feminismo. Del antirracismo al anticapitalismo. De las políticas de la identidad a la teoría queer. No todas esas ideologías son erróneas, pero casi. Mis alumnos de 3º de E.S.O., por ejemplo, han hecho huelgas contra el machismo, el cambio climático, los recortes presupuestarios y la primera sentencia de “La manada”. ¿Lo pillan? Niños de catorce años haciendo huelga contra una sentencia judicial. Convocados por una organización denominada “Sindicato de Estudiantes”, organización a la que Wikipedia denomina de “extrema izquierda”. En la portada de su libro conmemorativo de los 30 años de lucha aparece… ¿qué ven mis ojos? ¡Una bandera republicana![xxvii]. Todo muy trendy. Y el 8-M, dos alumnas de 1º de bachillerato leyeron en mi instituto un manifiesto que parecía escrito al alimón entre Andrea Dworkin y Pol Pot. Afortunadamente no había peligro. El único que estaba prestando atención era yo.

Estamos educando a ejércitos de fanáticos en permanente estado de excepción cuya única ideología, como dijo antes Jorge San Miguel, es echarle sermones a la gente para decirle cómo tiene que vivir.

Es justo al revés, no un fracaso sino un éxito de la educación. Siempre estamos quejándonos de la “crisis de valores” y nos obsesionamos con la educación como un remedio para todos los males de la sociedad producidos por la conducta humana. Pero las huelgas y manifestaciones estudiantiles demuestran que el sistema educativo en realidad funciona. Ciertamente, hay un sector del alumnado muy apático y algunos que van al instituto a estudiar pero, en general, yo diría que hemos sabido educar millennials con sólidos valores y dispuestos a luchar por ellos. Podemos sentirnos orgullosos de nuestra educación para la ciudadanía. Y así, algunos chicos son comunistas, otros son fascistas, otros anticapitalistas, otros independentistas catalanes que destrozan mobiliario urbano, otros animalistas que insultan los aficionados a los toros, otros hacen “escraches” a políticas embarazadas, otros amenazan a los jueces y acampan frente a los juzgados, otros son hackers que se dedican a provocar desmanes en internet, otros cercan los parlamentos y acosan a los parlamentarios, otras enseñan las tetas pintadas con proclamas radicales a personas que no tienen ninguna gana de vérselas (ni las tetas ni las proclamas radicales), otros linchan en las redes sociales a los que ellos han decidido que son machistas, homófobos o racistas, etc. Estamos educando a ejércitos de fanáticos en permanente estado de excepción cuya única ideología, como dijo antes Jorge San Miguel, es echarle sermones a la gente para decirle cómo tiene que vivir. Hombre, se me replicará que ese no era el objetivo, que se trataba de inculcar en los niños los valores democráticos constitucionales. Ya te digo. Pero el gran problema es que todos esos minifundamentalistas tarados pueden hacer lo que hacen y decir lo que dicen precisamente porque viven en una democracia. Una democracia formal y burguesa que detestan. Aquí lo importante no es tanto el contenido de la ideología como la estructura mental que lo acoge. Hemos convencido a esos niños de que viven en un mundo malo y que son ellos los llamados a salvarlo, liderados por una adolescente. La letra pequeña de la ideología, en realidad, no importa.

Como suele suceder, el problema no son los niños sino sus padres. Aquí podríamos recuperar el argumento de nuestro amigo el profesor de Torremolinos. Probablemente muchos chavales luchen contra el fascismo porque es lo que oyen en casa. Han visto tantas veces a sus progenitores hablar del auge de la extrema derecha y de la invasión fascista que no ha hecho sino empezar, primero fue Estados Unidos, luego Hungría, Brasil, Italia… Mañana, nosotros. Padres a los que les entra la tiritera, el sudor frío y las ganas de votar al PSOE cada vez que ven en televisión a Rocío Monasterio o a Macarena Olona. Que tiemblan de miedo y de indignación cuando El País les cuenta que las mujeres están siendo exterminadas por el machismo, que el porno está provocando violaciones en masa o que Youtube está controlado por el extremismo de derechas. Si han crecido en ese ambiente ¿qué se puede esperar de nuestros hijos? Pues bien, el problema de esos padres es que también habitan en un Matrix virtual. No es ya que su imaginario sea erróneo o esté infundado sino que no existe para ellos otra realidad más que el imaginario. Con esto no quiero decir que habiten en lo que Walter Lippmann llamaría un “pseudoentorno” mediático que en un proceso de realimentación les proporcione identidad y sea una fuente de sentido para sus vidas. Eso lo hacemos todos. Elegimos a amigos de Facebook que piensan lo mismo que nosotros y leemos los periódicos que dicen lo que esperamos que digan. Lo que quiero señalar es que hace décadas que la izquierda dejó de hablar de las necesidades reales de la gente y, o bien ha creado pseudoentornos ficticios o ha sobredimensionado y ha considerado producto del todo problemas que sólo pertenecían a una parte. Intentaré explicarme con un ejemplo y ya voy terminando.

Si unos años atrás nos hubieran dicho que un tema estrella de lo que los cursis posmodernos llaman la “conversación social” iba a ser la tumba de Franco probablemente lo hubiéramos considerado como una auténtica “cortina de humo” para dejar de hablar del paro, la crisis económica, etc. Es la filosofía de la sospecha que hubiera aplicado un izquierdista de los de antes, siempre receloso de todo aquello que venga del poder y dispuesto a detectar astutas conspiraciones del neoliberalismo hasta en las puestas de sol. Pero la izquierda batalla ahora en las “guerras culturales”, disputas por controlar el espacio de lo socialmente visible. El concepto de “guerra cultural” es inseparable del de “sociedad del espectáculo”. Descartando a los que no saben dónde está enterrado Franco, dudo mucho que hubiera grupos significativos de individuos que consideraran un asunto importante que el viejo dictador estuviera criando malvas en el denominado “Valle de los Caídos”. Pero también hace años que los problemas económicos dejaron de ser comprensibles mientras que el empeño del gobierno de Pedro Sánchez en trasladar los huesos de Franco proporciona un pseudoproblema simple en su estructura, simbólicamente primario, que refuerza nuestro sentido de pertenencia, alimenta nuestros deseos de justicia y define claramente a un enemigo que sigue siendo malvado, aunque ya esté muerto. Mientras proporciona un plus de bondad a un gobernante que es también bastante malo y está vivo. Es diferente, no nos confundamos, de la situación de las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo que siguen enterradas en fosas comunes y de las otras víctimas que también están enterradas en ese monumento (con las cuales, por cierto, no parece que esté previsto hacer nada, salvo con José Antonio Primo de Rivera). Pero el cambio de ubicación de los restos mortales es un tema que nos proporciona un alto contenido emocional, entretiene, indigna, no necesita conocimientos especializados ni ningún tipo de información accesoria, sólo una arbitraria hermenéutica (“resignificar el monumento”, como dijo Carmen Calvo). Nos permite ejercer de militantes heroicos o metodólogos de la sospecha. Es como un caramelo ideológico que podemos estar chupando mientras Franco siga siendo malvado y mientras siga estando muerto. O sea, eternamente.

Es un problema perfecto. Porque no puedes escapar de él. Si dices que la tumba de Franco no te importa lo más mínimo entonces eres un irresponsable equidistante que elude los conflictos. Si quieres que se deje como está eres un “facha” que está contribuyendo a un homenaje institucional y simbólico a un dictador. Si apoyas a quienes quieren trasladar los huesos a otro lugar menos espectacular entonces puedes crearte el rol, cuando te mires al espejo, de que eres un hombre justo que lucha, ahí es nada, contra el fascismo. Eres muy importante. Y lo sabes. Aunque también se puede decir de ti que estás resucitando la Guerra Civil y adoptando una actitud revanchista que perturba la convivencia en España de una forma gratuita. Pero los problemas del mundo virtual sólo existen en la medida en que la gente crea en su existencia y colonicen la mediosfera. Cosa que no ocurre con los problemas del mundo real. Sin embargo, se podría relativizar el problema adoptando una posición dinámica, introduciendo el tiempo.

Sin necesidad de retrotraernos a los antiguos egipcios y sus pirámides (que, después de todo, no dejan de ser meras tumbas de dictadores), podríamos centrarnos en España y certificar que el 99% de los gobernantes que ha tenido nuestro país son unos impresentables tiranos. Hay un caso que me preocupa especialmente ya que sucede en la ciudad en la que vivo, Granada. En pleno centro urbano hay un monumento pequeño pero espectacular que se llama la “Capilla Real”, donde están enterrados los Reyes Católicos (“enterrados” es una forma de hablar; los ataúdes están expuestos en una cripta). Por si lo han olvidado, les recuerdo que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón son los inventores de todo este rollo. Los que conozcan un poco de historia estarán de acuerdo conmigo en que la parejita no eran precisamente unos demócratas cojonudos. Si expresas algún tipo de admiración hacia ellos siempre habrá quien te recuerde la Inquisición, la expulsión de los judíos o el matrimonio concertado de niños. Para colmo, en la decoración de ese monumento hay una serie de signos “fascistas” avant la lettre que hacen que el problema sea más grave. Supongamos que, para expresar simbólicamente nuestra lucha contra el antisemitismo, el imperialismo y la tortura de falsos conversos decidimos enterrar los cuerpos de Isabel y Fernando en un cementerio normal (o arrojarlos a una fosa común) y resignificamos el monumento convirtiéndolo en un Centro de Interpretación de la Intolerancia Religiosa y la Convivencia Multicultural desde una Perspectiva de Género. Redecorándolo con estrellas de David y medias lunas musulmanas, plantando un árbol bodhi, etc. Las dependencias del museo las podríamos dedicar a “visibilizar” a las olvidadas mujeres del siglo XV y a invisibilizar a Isabel.

El problema de la Capilla Real es mucho más importante que el del Valle de los Caídos. ¿A que no se habían dado cuenta hasta que se lo he dicho yo? Y es más urgente resolverlo. Después de todo, el Valle de los Caídos es un sitio que está a tomar por… quiero decir que es un lugar muy retirado al que hay que ir expresamente mientras que la tumba de los Reyes Católicos está, ya digo, en pleno centro de Granada, mucha gente pasa por al lado y no puede evitar verla, incluso niños (mi hija fue a visitarla con el instituto y le obligaron a dar una explicación de las obras de arte), turistas despistados que no saben mucho de nuestra historia pero que ya han visto la Alhambra, etc. Y después de trasladar los restos deberíamos caer en la cuenta de que la tal Isabel de Castilla tiene un pedazo de estatua a no más de cien metros, en la que está con Cristóbal Colón. Habría que quitarla también o, como mínimo, aprovechar que Colón está en una postura de sumisión para ponerle un “bocadillo” de cómic pidiéndole perdón a López Obrador… Y luego nos vamos a El Escorial y continuamos haciendo cosas parecidas con toda la legión de demócratas estupendos que han gobernado este maravilloso país. Uno detrás de otro. Hasta llegar a Franco. Bah, venga, ¿seguimos con la tontería?

la mínima reparación que podemos hacerles es saber quiénes son, qué les pasó y dónde están, pero, ojo, no sólo a “nuestras” víctimas porque ¿quién demonios somos “nosotros”? ¿Y quiénes son “ellos”?

Se me podrá objetar que los Reyes Católicos son protagonistas de una historia muy lejana mientras que el franquismo es muy reciente, afecta a gente que todavía está viva y, por tanto, el Valle de los Caídos exige una remodelación en profundidad para hacer justicia. Yo no estoy rechazando que debamos hacer justicia, es más, creo que las injusticias no prescriben, como se reconoció en el caso de los judíos sefardíes. Incluso estoy dispuesto a ignorar el hecho de que el período democrático español ya es más largo que el franquismo, que aquí de lo que se trataba era de implantar un estado de derecho y que esto sólo fue posible a partir de un reconocimiento mutuo entre dos bandos, reconocimiento que si hubiera existido en 1936 (¡o en 1931!) otro gallo nos hubiera cantado. Pero sacar a Franco de su tumba no es hacer justicia a nadie y menos que nadie a sus víctimas (la mínima reparación que podemos hacerles es saber quiénes son, qué les pasó y dónde están, pero, ojo, no sólo a “nuestras” víctimas porque ¿quién demonios somos “nosotros”? ¿Y quiénes son “ellos”?). Es un simulacro de castigo, realizar una acción sobredimensionada simbólicamente para encajar en un imaginario, es decir, un sistema de valores e identidades. No se ha elegido a Franco porque su tiranía sea reciente sino precisamente porque ya es muy vieja y no tiene remedio. Podemos seguir luchando contra el franquismo sin franquismo en una batalla que ya no se puede perder pero que virtualmente, simuladamente, sí se puede ganar. Es entretenerse en un videojuego sin riesgo porque si te matan sigues teniendo infinitas vidas. Luchar contra el franquismo ya engancha más que el Fortnite. Yo pensaba haber propuesto como solución al problema de la tumba de Franco sencillamente esperar 500 años y que el Valle de los Caídos se transformara en algo tan insustancial como la Capilla Real de Granada, un simple monumento que es muy bonito, no amenaza a nadie y se puede visitar por sólo 5 euros. Pero viendo a Andrés Manuel López Obrador exigir peticiones de perdón por la conquista de Hernán Cortés creo que es lo contrario, es decir, que la utilización de los hechos históricos como recursos para el imaginario contemporáneo aumenta con la distancia temporal. Cuanto más lejana es la historia más se puede simplificar de forma maniquea, más se elude la complejidad de los hechos y de los comportamientos, es más fácil convertirla en un cuento infantil con los caracteres de los “buenos” y los “malos” tan perfilados como en una película de Disney. Y eso es, justamente, lo que se está haciendo hoy en día con el caramelito del “antifascismo”. Proporcionar una fuente narrativa de sentido a mentes poco formadas. Pero muy aficionadas a ondear banderitas malas. Y a sonarse los mocos con la buena.

[i] V. Manifiesto Comisión Feminista 8 de marzo Madrid.

[ii] Aquí se ve la bandera soviética en una manifestación antifascista en Granada contra los resultados de Vox en Andalucía. Este otro es un “escrache” de antifascistas catalanes contra un acto de Vox en la casa de Extremadura en Lérida. No he encontrado manifestaciones de militantes de Vox ondeando banderas nazis, quizá porque no existen.

[iii]  Vídeo de YouTube. El retrato de Stalin se ve mejor en este otro vídeo.

[iv] V. Clara Campoamor, La revolución española vista por una republicana, Ediciones Espuela de Plata, Sevilla 2018, pág. 132, nota 11.

[v] Ibid.

[vi] V. Juan Eslava Galán, Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie, Ed. Planeta, Barcelona 2011, pág. 125 y ss.

[vii] Un ejemplo de esto se puede encontrar en Francisco Sánchez Pérez (coord.), Los mitos del 18 de julio, Ed. Crítica, Barcelona 2019. Sobre la instrumentalización de la “memoria histórica” a cargo de Podemos, es muy interesante el trabajo de Manuel Álvarez Tardío, “República, guerra y transición: el arma del pasado”, en Manuel Álvarez Tardío y Javier Redondo Rodelas (Dirs.), Podemos, cuando lo viejo se hace nuevo, Ed. Tecnos, Madrid 2019, pp. 299-336.

[viii] V. Clara Campoamor, La revolución…, op, cit., pág. 237. Según el editor del libro, Luis Español Bouché, “Clara Campoamor se definía como liberal y, a pesar de su modesta extracción, acabó representando los valores positivos del liberalismo burgués: creía en el esfuerzo y el trabajo como fuente de promoción personal, en las instituciones democráticas y en la ley; creía en el conocimiento como motor del progreso y de la superación de injusticias; además, era republicana convencida y confesa, que no convicta. Nunca traicionó esos valores” (Ibid., pág. 37).

[ix] Para un análisis del imaginario en la piratería y la mafia me permito sugerir mi trabajo “Hechos y relatos (disquisiciones sobre piratas y mafiosos)”, Olvidos de Granada (http://olvidos.es/lprocesos/38).

[x] V. Edgar Neville, “Margarita Nelken y la maldad”, en Antonio S. González Villena, Margarita Nelken impulsora del feminismo español, diputada socialista, miliciana comunista, exiliada, Ediciones del Genal, Málaga 2028, pág. 82. Según su biógrafo Antonio S. González Villena: “Margarita es acusada de haber sido partícipe directa de los comportamientos de las checas de Madrid, y para ello no olvidaron aplicarle el cargo de Responsable de Orden Público bajo el mando del Director General de Seguridad Manuel Muñoz, cuando en realidad ni lo ocupó, ni se lo ofrecieron. Claro que no cabe la menor duda que desde su posición de diputada durante 1934, sí hizo la vista gorda e incluso alentó a que se realizaran muchas ejecuciones, cosa que se dijo lo hacía con decisión y entusiasmo” (Ibid., pág. 127).

[xi] A fondo.  Evidentemente, Victoria Kent vota en contra de sus principios porque en ella domina la dimensión pragmática o estratégica, es decir, actúa al servicio del partidismo. Concha Fagoaga y Pilar Saavedra, las biógrafas de Clara Campoamor, lo expresan así: “La gran contradicción de la izquierda republicana estaba en la imposibilidad de negar este derecho a las mujeres, cuando el mismo Primo de Rivera lo había introducido con restricciones, y la certeza, por otro lado, de que una vez concedido el voto, éste se orientaría hacia actitudes de la derecha. Esta contradicción fue el origen del largo debate que enfrentó a republicanos y socialistas y que proporcionó para la Historia, una de las grandes batallas dialécticas de la Constitución de 1931. Quien triunfa al final de la batalla es el elemento utilitario: el análisis de lo que conviene o no a la República estrenada. De ahí que al principio de la igualdad de los seres humanos se anteponga la conveniencia partidista (v. Concha Fagoaga y Paloma Saavedra, Clara Campoamor, la sufragista española, Dirección general de la juventud y promoción sociocultural, Subdirección general de la mujer, Madrid 1981, pp. 90-91). Mucho más “animal político” que Victoria Kent, Campoamor no abandona nunca sus principios, enfrentándose a su propio partido, algo verdaderamente insólito en aquel parlamento y en el actual. Es el mantenimiento de los principios lo que le permite utilizar a su favor la instrumentalidad de una derecha que no cree en lo que sí cree Clara Campoamor pero acaba apoyándole en la votación. Campoamor controla la racionalidad teórica y la práctica y está absolutamente sola.

[xii] Las cortes constituyentes de la Segunda República se componen de 470 diputados representando nada menos que a 25 grupos. Aplicar la simplificación “izquierda/derecha” es bastante dificultoso, no digamos ya si incluimos a las variedades de nacionalistas, radicales, centristas, etc. Inequívocamente de derechas había 50 si nos pillamos los dedos identificando “derechas” sólo con “católicos” (https://es.wikipedia.org/wiki/Elecciones_generales_de_Espa%C3%B1a_de_1931). El voto femenino se aprueba en la primera votación que hubo por 161 votos frente a 121, es decir, que la abstención y las ausencias fueron numerosas. La pretensión de los contrarios a Campoamor era aplazar el asunto un año o introducir el voto femenino en una ley normal y no en la propia Constitución, estrategia que Campoamor refuta fácilmente. La referencia fundamental para entender este proceso es su propio libro El voto femenino y yo, Mi pecado mortal, Ed. Renacimiento, Sevilla 2018. Ahí cuenta cómo hubo que “cazar a lazo” a algunos diputados que ya se iban y pone los nombres y el voto de todos pero, desgraciadamente, no dice el partido al que pertenecen. Ese congreso era absolutamente izquierdista y es esa izquierda la que se divide mientras la derecha apoya toda a Campoamor, con dos excepciones. Al ser la diferencia tan corta, sólo 40 diputados, es lógico pensar que si la derecha no hubiera votado a favor del voto femenino, este no se hubiera incluido en la Constitución republicana (v. Clara Campoamor, El voto femenino y yo, op. cit., pág. 98 y ss.). En una segunda votación, cuando los diputados de derechas se ausentan, el margen es estrechísimo: 131 a favor y 127 en contra (Ibid., pág. 170 y ss.).

[xiii] V. Andrés Trapiello, Las armas y las letras, Literatura y guerra civil (1936-1939), Ed. Destino, Barcelona 2017.

[xiv] Ibid., pág. 132.

[xv] Ibid., pág. 133-136.

[xvi] Ibid., pág. 143.

[xvii] V. Carmen Martínez de Pineda, Libertad secuestrada, La censura de prensa en la Segunda República, Ed. Última Línea, Málaga 2016.

[xviii] “Una vez más, como siempre en las luchas políticas, se cometía el error de desconocer y subestimar al adversario” (Ibid., pág. 145).

[xix] Era la clase política la que debería haber utilizado la pedagogía para eliminar la acción de los fanatismos, pero “[l]os republicanos, en lugar de dedicarse a corregir esas peligrosas tendencias, de pretender la educación de un pueblo que, mantenido por la monarquía bajo una decepcionante ficción electoral, se arriesgaba a emplear mal una libertad política adquirida de un día para otro, cometieron el error de explotar sus vicios en lugar de reforzar sus virtudes. Los dirigentes hubiesen debido quedar por encima de la refriega y tratar de guiar al elector en lugar de halagar sus debilidades. Los partidos debieran haberse mantenido en las esferas superiores de la moral política – si es que hay alguna – y no rebajarse recurriendo al populismo y la ciega agitación, buscando el beneficio personal, que por cierto resulta tan efímero como peligroso” (Ibid., pág. 142). Es fascinante que utilice el término “populismo”, tan vigente hoy en día.

[xx] Ibid., pág. 107.

[xxi] Ibid., pág. 211.

[xxii] Ibid., pág. 208.

[xxiii] La escasa página y media que Concha Fagoaga y Paloma Saavedra dedican a La revolución española … es el único momento en que sus biógrafas cuestionan el criterio de Campoamor. Ya no estamos tratando sólo con la heroína sufragista sino con un personaje que empieza a revelarse más complejo. La guerra hizo que Clara empezara a ponerse turbia y así la dejamos de lado cuando ya no se está dedicando sólo a sus labores feministas. Así dicen refiriéndose al libro: “La lectura de sus páginas deja traslucir la quiebra de ideales que se estaba produciendo en ella tras la amarga experiencia vivida en Madrid en los últimos meses. Y hay también, evidentemente, una falta de perspectiva sobre los hechos que desencadenaron la Guerra Civil – el libro debió de finalizarlo en los primeros meses del 37 – lo que contribuye a que muchas de las tesis vertidas aparezcan, en la criba del tiempo, fragmentarias y carentes de matices” (v. Concha Fagoaga y Paloma Saavedra, op. cit., pág. 215). La temprana escritura del libro te puede quitar perspectiva sobre el futuro, no sobre un pasado que has contemplado en primera línea, aunque Campoamor acierta bastante cuando hace profecías. Y más adelante: “Clara Campoamor que, hasta un año antes, hubiera luchado junto a la izquierda política que representaba el Frente Popular, se autoafirma en las páginas de este ensayo como una liberal que observa a los dos bandos enfrentados en la Guerra Civil, como fanáticos de uno y otro lado. A sus 51 años, el cambio que se estaba desenvolviendo en España también la transforma a ella de alguna manera” (Ibid., pág. 216). ¿Era necesario un cambio para poder captar el fanatismo de ambos bandos? ¿Cuántos fanatismos habría observado si no hubiera cambiado? Sin embargo, Fagoaga y Saavedra reconocen que en Campoamor los principios están por encima del partidismo. El caso del voto femenino demostró que era una independiente y no una militante (Ibid., pág. 228). Nunca cambió, siempre fue lo mismo: republicana, feminista y liberal. Lo que no fue es revolucionaria, era una mujer de ley. Ella no cambió, era España la que cambiaba. Hacia mal. Por eso cuesta imaginarla apoyando a un personaje como Largo Caballero, que está haciendo continuos llamamientos a la guerra civil y a la dictadura del proletariado. La revolución española vista por una republicana no es un libro fragmentario y carente de matices sino bastante fundamentado y contundente. Su problema es que defiende una tesis que no nos gusta oír.

[xxiv] V. Josep Pla, Madrid, El advenimiento de la República, trad. Xavier Pericay, El País, clásicos del siglo XX, Madrid 2003, pág. 77.

[xxv] V. Jorge San Miguel, “Comunistas”, en https://theobjective.com/elsubjetivo/comunistas/.

[xxvi] V. “Un profesor andaluz entona el ‘mea culpa’ tras el auge de Vox entre sus exalumnos” (https://www.elperiodico.com/es/extra/20181204/hilo-twitter-profesor-andaluz-vox-7184430).

[xxvii] https://www.sindicatodeestudiantes.net/.