La España silenciosa - Jesús Manuel López

“… No es que reconozcamos ese paisaje, es que somos él. Somos esa España vacía, estamos hechos de sus trozos” (Sergio del Molino)

Podría ser un día de niebla escarchada, o densa (donde “nada es, solo existe” -F. Herrero-). Podría ser un día de una claridad exultante por infinita y límpida. Podría ser un día de cierzo afilado y gélido donde su fino silbido rompe un silencio de ausencias. Podría ser un día…, cualquiera. Un día de una de tantas de las zonas de la España olvidada, de esa (¿se acuerdan?) que “también existe”; de la de paramera, valle o montaña: de la “geografía ignorada”. Lugares que fueron porque apenas si son; que fueron porque complementaban paisanaje, la esencia, supongo. No hay mar, ni verdes prados -salvo la época que precede al estío seco donde recoger cosechas, ¿imprescindibles?-; ni (ahora parece ser lo más importante) bullicio de la ola que arrastra el tener, suplantando al ser, y dictando el qué y el cuándo.

Si fuera por el mapa que traza lo mediático, buena parte de España no existiría. Estas zonas, parece que sólo tengan cierta ventaja en la ley electoral, donde el voto del silencio multiplica por dos, tres o cuatro el de la grandes urbes

Se ha decidido (¿espontáneamente?) que lo bonito (¿un tipo de estética?), lo que arrastra, lo que la ola conlleva, está fuera de estos contextos: de sus labores, costumbres, olores, colores, lenguajes, incluso climas. Lo rural está al margen de la ola, por lo tanto, no existe. Y, por lo tanto, está al margen para el bullicio, o es estatua de sal desde esa cresta; sin movimiento en esos movimientos, ni en la vida mediática. Luego, no existe.  Por eso, y otros aspectos, hay zonas de España que nunca se escuchan, a pesar de tantísima comunicación con su alta tecnología y a tanta velocidad e inmediatez (o quizás por eso). Al margen de los centros educativos (donde pronto se olvida) no hay posibilidad de conocer estos lugares. Ya dije hace tiempo que si fuera por el mapa que traza lo mediático, buena parte de España no existiría. Estas zonas parece que sólo tengan cierta ventaja en la ley electoral, donde el voto del silencio multiplica por dos, tres o cuatro el de la grandes urbes.

El otro día un periódico de tirada nacional hablaba de Orense, León, por ser las provincias de España desde donde salían más guardias civiles por mil habitantes. Pero, en general, no hay noticias de su ser y estar; salvo la anécdota, generalmente de gerontocracia, o lotería, o esperpento, o de algo bucólico con paternal admiración, o deportiva; o peor, lo excepcionalmente macabro, etc. Pienso que sí, que rara es la noticia que tiene cariz “normal”, no digamos optimista o dinámico. Quizás es que no haya de lo que la noticia tipo exige; no lo sé. Pero entre los pocos miles que van quedando, digo yo que algo habrá, fuera de esos tópicos. Llego a pensar que el principal problema es que antes de que surja la posibilidad de algo, está la evidencia de que no existe como posibilidad en la órbita del poder mediático.

Poco a poco, sin apenas ruido mediático, junto al silencio de aquella geografía, se fue, se ha ido, se va (¿se irá?) trazando el ahogo de la España olvidada

Cada uno indaga para dar cauce a su vida. Evidentemente, también en estas zonas. En esa búsqueda aparecen los territorios donde está lo empresarial y los puestos de trabajo, asunto esencial; pero a la vez, lo turístico, las avenidas y escaparates, cierta estética y moda guías del prototipo, lo juvenil inexorable, etc., marcando la pauta de casi todo (complemento mediático de tirada nacional, incluido), y construyen la ola donde el bullicio va. Y poco a poco, sin apenas ruido mediático, junto al silencio de aquella geografía, se fue, se ha ido, se va (¿se irá?) trazando el ahogo de la España olvidada.

No sé si se puede hacer mucho desde la política, pero pienso que sí. En otros lugares de la UE no ha pasado, no pasa esto, al menos con tanto desequilibrio. Algo habremos hecho para que aquí (una vez más) estemos así.

Me decía un paisano, ‘ahora que existen tantos medios tecnológicos, tantas vías de comunicación tan rápidas y eficaces, ¿cómo es posible que las empresas sigan creándose en los mismos lugares de siempre? ¿No estaría mejor, para equilibrar esta España de desequilibrios, que se distribuyera mejor todo esto?‘. Evidentemente yo le comentaba los tópicos que he oído siempre, “dinero llama dinero”, “empresas llaman a empresas, la logística”, etc., para darle la razón pero sin caer en el pesimismo que paraliza más aun de lo que ya casi está.

¿Y si en Soria, Cáceres, Lugo, Jaén, Zamora, Teruel,…etc., estuvieran las grandes empresas, las grandes inversiones,…, en vez de en Cataluña, Madrid, P. Vasco, Valencia…?

La verdad es que, después de ver este desbarajuste de delirios nacionalistas, sí que dan ganas de pregonar derivadas cuestiones de las del paisano. ¿Y si en Soria, Cáceres, Lugo, Jaén, Zamora, Teruel,…etc., estuvieran las grandes empresas, las grandes inversiones,…, en vez de en Cataluña, Madrid, P. Vasco, Valencia…? ¿Dónde estaría el dinero, la gente y el bullicio, la ola…? Por eso toda esta “violencia” (¿moral?) de egoísmo que imponen los nacionalistas vascos con su cupo, los de Cataluña con su “matraca” supremacista etnoegoísta (parece que ya hay propuestas de ciertos partidos constitucionalistas que están de acuerdo en “calmar” esas ansias con dinero de todos y, veremos, Baleares y Valencia). Digo que todo eso es de una insolidaridad, de una hipocresía, de un cinismo y una falta de humanidad que asusta. ¿Cómo son capaces de negociar todo esto e irse a sus zonas, las más ricas con la cara sin sonrojo y con la dignidad sin alterar? ¿Cómo es posible -no sé, perdonen mi ingenuidad- que se haga desde la izquierda y seguir moralmente firmes? ¿Cómo se asume con anodina normalidad por gran parte de la ciudadanía de todo pelo?

Hecho este lapso, sí pienso que es posible desde la política cambiar un tanto estas dinámicas. Otros países de la UE ya lo han hecho, lo hacen. Hay programas con cierto éxito. No paran de llevar iniciativas en este sentido. Parece que ciertas zonas de España tomaron nota; lo que sucede es que el resultado no se ha notado en absoluto. Supongo que el dinero para las inversiones es muy importante (facilidades para montar empresas, para los impuestos, patrimonios, medio ambiente, agricultura, comunicación e infraestructuras, etc.). Sin embargo, la sociología actual nos dice que, incluso con todo eso, no sería suficiente (aunque sí básico). Hay que tener en cuenta, a la vez, esas dinámicas de la publicidad, que consiguen esas olas que arrastran hacia las avenidas y sus escaparates, pero en otro sentido, con la honestidad que la realidad demanda, sin paternalismos rancios, y a ser posible yendo al fondo de la cuestiones.

De la España sin apenas noticias se van, en busca de la sonoridad y emoción del seductor jolgorio, esencialmente los jóvenes

Días de niebla, y muy espesa, esperan a esta España de “geografía ignorada” si no se ponen algunas propuestas y mucha buena voluntad, mucha imaginación, muchas dinámicas que diversifiquen (o modifiquen) esas “olas”; que lo tengan en cuenta los medios que desarrollan esos movimientos. Se ha perdido, se pierde mucho cada día, porque se mueren parte de nuestras historias, y porque apenas se reemplazan nuevas como el normal discurrir que la vida demandaría. De la España sin apenas noticias se van, en busca de la sonoridad y emoción del seductor jolgorio, esencialmente los jóvenes. Quieren buscar trabajo donde las empresas y las inversiones son, pero también buscan la ola huyendo de ese silencio. Además de existir, quieren ser en el campo de juego de la noticia, del bullicio; no se conforman con ser del “olvido”, o como mucho, del “resto”.

Algunos dicen que lo mejor es que se autorregule y que si mueren esas zonas, será porque la gente así lo quiere. No tengo capacidad para rebatir con muchos argumentos más allá de los hoy expuestos, y solo puedo decir que estoy en desacuerdo. Lo que pienso es que la ola es ya casi un tsunami tan poderoso que da pereza, incluso miedo, pensar fuera de ella. Y claro, el tópico dice que “no se pueden poner puertas al campo”.

En fin, ya Delibes dejó miríficas esencias, en varias de sus clásicas novelas, de lo que se nos ha ido y se nos va.