Gorrion Rojo - Fabian Rodriguez

Una Prima Ballerina del Bolshoi sufre un terrible accidente en plena representación y queda inutilizada para su gran pasión vital por la danza. Pero resulta que es sobrina de un alto cargo en el Politburó, en la rama del más impenetrable y laberíntico servicio secreto, y su tío ve en ella un potencial explosivo para otra clase de ballet, el que supuestamente se da en los recovecos más intrincados del espionaje internacional… aunque en este film la cosa se reduce a un modo binario, Rusia/USA, como si no hubiese más países que se escrutasen mutuamente sus muy valorados/protegidos altos secretos.

El caso es que Dominika Egorova, que así se llama la chica que encarna (¡y de qué modo!) la jovencísima Jennifer Lawrence es reclutada para servir a su patria en la lucha contra la CIA (principalmente), porque se les ha escapado crudo uno de sus agentes con el posible chivatazo de un “Topo” en las más altas instancias rusas y eso es lo que no se puede consentir entre los espías, que no se sepa a ciencia cierta quién es de los nuestros o del enemigo.

Así que Dominika es asignada a una escuela de alto standing, dirigida por una especie de inquietante Gorgona (Charlotte Rampling, en su registro gestual habitual parangonable al de Buster Keaton) cuyo principal cometido es instruir a las chicas para que usen sus cuerpos como armas de seducción para atraer las moscas/espías, con ensayada administración de las feromonas, generosamente emitidas para la causa. Se trata de entrenar un equipo de «gorriones rojos» (lo de «rojos» es una concesión al reciente pasado histórico de Rusia, un suponer, color todavía bastante icónico en los tiempos que corren), agentes especializados en las artes de la fascinación para desplegar su magnetismo animal que atraiga irresistiblemente a sus objetivos a las trampas que se les tiendan para la consecución de sus objetivos, obtener información secreta, nombres, datos, fechas, lugares, esos materiales con los que se construyen los sueños de los espías.

La cosa es que apuntar a una chica con las formas de Jennifer Lawrence a unos cursos de seducción viene a ser algo así como si se le sugiriese a MacGyver comprarse una enciclopedia de bricolaje

La cosa es que apuntar a una chica con las formas de Jennifer Lawrence a unos cursos de seducción viene a ser algo así como si se le sugiriese a MacGyver comprarse una enciclopedia de bricolaje. Y que nadie se crea que en este film puede acusarse a nadie de cosificación de la mujer, de micros (o macros) machismos, ni nada parecido. En esa escuela hay también tíos. Un tanto lerdos, apocados y con menos gancho que uno pintado por Magritte, pero tíos. Hombres, varones, machos, que el espectador medio no se explica qué pintan en esa escuela, mostrando menos sex appeal que una mofeta. Pero todo se centra (felizmente) en Dominika y sus posibilidades, que pronto se juzgan como muy altas en ese terreno, así que la ponen a trabajar en su nuevo oficio, para ver qué pasa y si le pueden asignar tareas de más alto rango, como por ejemplo atraer y capturar a ese espía americano que se les ha escurrido.

¿Es posible que una Capuleto rusa se rinda ante un Montesco americano, o viceversa? No sólo es posible, sino inevitable, pese a las dificultades, que son muchas, variadas y peligrosas, amén de descubrir por fin quién es el infiltrado, a ver si deja a la gente hacer en paz su trabajo, que ya le vale.

Lo curioso es que, con un metraje excesivo de dos horas y veinte minutos, el film está tan pulcramente realizado que no deja de verse con interés, para ver si surge alguna pista, algo coherente e inteligible, aunque no haya nadie que pueda dar fe cabal de una trama que es, como poco, bastante sinuosa y laberíntica.Posiblemente las nuevas generaciones de espectadores no estén familiarizadas con el concepto hitchcockiano del MacGuffin, pero los ancianos de la tribu lo reconocemos hasta por el método Braille. Y el argumento de este film no es que esté trufado de esas “trampas”; es que todo él es un puro y duro MacGuffin que, debiendo quedar solamente tras la pantalla, como mandan los cánones, la traspasa e invade la sala de cine rebotando de espectador en espectadora y del coro al caño y del caño al coro (y cuidado, tipógrafo, que hay trabalenguas que los carga el diablo) produciéndose el mágico efecto de que nadie sepa qué diantres está pasando, por qué pasa, ni qué es lo que va a pasar, porque puede ser cualquier cosa, o su contraria, o las dos a la vez.

Un crítico exigente diría que este film sólo tiene dos defectos: el argumento y el guión

La dirección de Francis Lawrence, que ya ha dirigido a la actriz (no tienen parentesco alguno entre sí) en tres películas de la saga de “Los juegos del hambre”, es, como digo, eficaz, bien contada… lo que en sí es ya cosa de no poco mérito, porque lo que se cuenta no es que sea de un modo, digamos, diáfano. Un crítico exigente diría que este film sólo tiene dos defectos: el argumento y el guión. Porque, parafraseando a Gila, de color, bien; pero no flota.

Junto a Jennifer Lawrence, Joel Edgerton está como siempre, un buen actor de físico algo inquietante. Ellos son la Julieta y el Romeo de este drama de una Verona que no se sabe si es Venecia, de lo encharcada que resulta. Y el irlandés Ciarán Hinds, correctísimo en su papel de preboste ruso, que no es la primera vez que se mete en esos pantanales, aunque en esta ocasión se agradezca su doblaje español sin esos impostados y supuestos acentos eslavos que tanto arrastran las “eses” y todas las “erres” las pronuncian como “eres”.

A destacar Jeremy Irons en una interpretación hierática que le viene como un guante. Su rol es muy importante, según se descubre en un momento de esos intensos, pero que nadie se llame a engaño; tampoco se entiende nada qué pinta ahí ese personaje porque entre esos gorriones hay más de un cuco invadiendo nidos ajenos.