Raúl Guerra Garrido es sobre todo un escritor. Nació en Madrid en 1935 y, aunque el territorio de su alma es universal, ha permanecido especialmente vinculado a tres lugares diferentes a lo largo de sus 82 años de vida: su propio Madrid de nacimiento, el Bierzo, que es la tierra familiar en la que se coloreó su infancia, y San Sebastián, que es la ciudad que eligió y en la que le tocó sufrir las envestidas violentas de los intolerantes nacionalistas durante mucho tiempo. Todo ello está en sus libros.

Al igual que a su mujer Maite, la vida le llevó a ejercer de farmacéutico. Él, además, la llenó de literatura y la jalonó de grandes libros que permanecen, porque los llevaba dentro desde el principio.

Su bibliografía es muy amplia, arranca a finales de los 60 y desde entonces sigue viva en obras como Cacereño (1969). Se ha desarrollado sin pausas, con hitos deslumbrantes como Lectura insólita de El Capital (1977), La Carta (1990), Castilla en canal (1998) o El otoño siempre hiere (2000), y mantiene su pujanza en el nuevo siglo con La Gran Vía es New York (2004), La soledad del ángel de la guarda (2007) o Quien sueña novela (2010). Su última obra publicada, La estrategia del outsider (2012), es una reflexión sobre la dignidad, que el autor ha explicado como el ser uno mismo precisamente cuando seguir siendo tú mismo es lo que más puede perjudicarte. En esta entrevista nos anunció su siguiente libro, el cual lo menciona como un divertimento y también como despedida.

Los premios y reconocimientos llegaron hace mucho tiempo. El premio Nadal ya en 1976 y el Premio Nacional de las Letras 30 años después, en 2006, ambos acompañados de otros muchos, como el Villa de Madrid, el de las Letras de Castilla y León o el de Novela de Fernando Quiñones en 2010.

Entrevista Raúl Guerra Garrido - Juan Luis Fabo-2
Raúl Guerra Garrido y Juan Luis Fabo

Es obvio que sabe sobre literatura, pero también sabe mucho sobre los seres humanos, como casi todos los que viven libres, piensan y obran en primera persona durante toda una vida y han nacido para escribir. En su caso, para hacerlo, fue ineludible la circunstancia de enfrentarse al terrorismo y convivir en una sociedad vasca silente ante el horror que, en el mejor de los casos, no quería ver.

Con el telón de fondo de sus libros, le hemos preguntado sobre todo ello.

Has estado vinculado a tres lugares que en alguna medida están presentes en tu obra: el Bierzo, Madrid y San Sebastián. ¿Qué han supuesto para tí y qué lugar ocupan hoy? Del Bierzo son mis padres, de San Sebastián mis hijos, de muchas partes del mundo son mis nietos y yo nací en Madrid, más naturalidad imposible. Yo me siento cómodamente extranjero en todas partes, no digamos de joven cuando por el cine sabía que el extranjero era el que se llevaba la chica, como por cierto sucedió.

Tu primera novela contenía toda una declaración moral y política en el propio título. ¿Qué significó Cacereño, libro en el que en 1969 relatabas las vicisitudes de un inmigrante procedente de Extremadura que llega al País Vasco? Cacereño fue un impulso ético, sólo muchos años después supe que Blasco Ibáñez con su novela El Intruso de 1902 me “plagió” el problema. Confío en que no se necesite una tercera versión del mismo problema. Por cierto, la censura me tachó la sigla ETA y meses después estaba en todos los periódicos.

Ya en 1977 te posicionaste claramente contra el terrorismo con Lectura insólita de El Capital, novela basada en el secuestro de un empresario y a la que siguieron otras como Tantos inocentes o La costumbre de morir. Fuiste el primer escritor conocido en asumir el riesgo de hacerlo y, desde luego, eres el que más novelas comprometidas ha escrito con los terroristas vascos en plena acción. Han pasado 40 años desde entonces y ETA todavía sigue ahí, aunque ya no mate. ¿Cuál es el precio personal que has pagado por ello y dinos si crees que ha merecido la pena?Como decía José Luis López de la Calle “hay que escribirlo en el tercio de varas”. El precio lo compensé con la libertad de poderme mirar a los ojos por la mañana al afeitarme sin ver a un canalla enfrente, y con la de poder mirar a los ojos a mis hijos sabiendo que su padre no había caído en la indignidad del neutral cómplice. Por desgracia, desde Monterroso, todos sabemos que al despertar el dinosaurio sigue aquí.

Quien no ponga el miedo como primera premisa para entender lo que aquí ocurrió nada podrá entender, y el no entenderlo es el mejor incentivo para que se repita

En La Carta (1990) abordaste el tema de la extorsión terrorista a los industriales y del pago del llamado “impuesto revolucionario”. Aquel era un momento en el que casi todo el mundo en el País Vasco practicaba lo de mirar para otro lado frente a ETA y, de hecho, este tipo de extorsión, que sirvió para financiar el terrorismo durante muchos años, hoy en día continúa en el limbo de los justos porque casi toda la sociedad ha preferido correr un tupido velo. ¿Crees que se puede recuperar la dignidad y una verdadera regeneración moral sin que alguna vez los vascos abordemos estas cuestiones con un mínimo de honestidad y sinceridad? En La Carta el protagonista es el  miedo. Quien no ponga el miedo como primera premisa para entender lo que aquí ocurrió nada podrá entender, y el no entenderlo es el mejor incentivo para que se repita. Me refiero no sólo al miedo físico, sino el miedo a perder el empleo, a no conseguirlo, a perder los clientes, a perder la consideración social, a tantas pérdidas… El terrorismo nació en las sacristías del clero indígena, luego lo del perdón está claro: propósito de enmienda, dolor de corazón, decir los pecados al confesor (por cierto: faltan unos 300) y cumplir la penitencia. La paz sería eso y una escolarización democrática, lo cual hace suponer que la cosa no va a ser fácil y va para largo.

Tú también sufriste en primera persona la violencia del nacionalismo etarra hasta el punto de tener que cerrar la farmacia familiar en San Sebastián tras ser atacada e incendiada. ¿Qué les dirías hoy a los autores de aquello? No les diría nada. Hablar con idiotas morales es perder el tiempo. A mí me dije aquel día: vivir feliz es la mejor venganza. Y la estoy cumpliendo.

A Odón lo que le hubiese gustado de verdad es ser del partido nacionalista, una especie de progre del PNV dispuesto a hablar con los socialistas

Recuerdo que en aquel tiempo el exalcalde socialista Odón Elorza propuso declarar San Sebastián ciudad refugio internacional de escritores perseguidos, sin que mereciese comentario alguno por su parte el hecho de que en su propia ciudad se hubiera convertido en “normal” que varios escritores muy conocidos no pudierais andar por la calle sin escolta policial. ¿No crees que esta ceguera política era intencionada porque facilitaba obtener mejores resultados electorales? Bueno… se trataba de gente que escribía en castellano. Quizás quisiese olvidar su confesión de “me hice socialista leyendo Cacereño”. [Tras responder esta pregunta, Raúl Guerra Garrido nos contó que a Odón Elorza, una vez alcalde, le entró un miedo cerval por hacer nada que se refiriese a la cultura en castellano. Además de tratar entre algodones a los escritores vascos que escribían en euskera, podía llegar a invitar a algún escritor español para que viniese de fuera a participar en algún evento del municipio, pero los escritores que en el País Vasco escribían en castellano dejaron de existir para él. En el fondo, nos dijo, “a Odón lo que le hubiese gustado de verdad es ser del partido nacionalista, una especie de progre del PNV dispuesto a hablar con los socialistas”.]

En principio fue el senderismo, después vino el entusiasmo de marchar por la sirga descubriendo la obra de ingeniería civil y civilizadora más importante de la Ilustración en España

En 1998 te fuiste de viaje y recorriste a pie más de 200 kilómetros a través de Valladolid, Palencia y Burgos por el Canal de Castilla, la gran obra de ingeniería que en 1840 unió Castilla y Cantabria en favor del comercio y el progreso. De aquello surgió Castilla en canal, un libro del que sé que te sientes muy orgulloso. ¿Qué razones te impulsaron a escribir este libro? En principio fue el senderismo, después vino el entusiasmo de marchar por la sirga descubriendo la obra de ingeniería civil y civilizadora más importante de la Ilustración en España. Pasear por las Luces nada menos, más las esclusas de Leonardo da Vinci, y el poderoso simbolismo de Frómista, el cruce del Canal de Castilla o la Razón con el Camino de Santiago o la Fe. [Entre pregunta y respuesta Raúl nos contó que él y su mujer Maite disfrutaron tanto de aquellos paseos por el Canal que las últimas etapas las planificaron muy cortitas solo para que aquel recorrido durase más tiempo: “Lo estábamos pasando tan bien que era una pena que se acabase y, como había tantas cosas que visitar, nos parábamos continuamente para conocer los pueblos de alrededor y hablar con los pocos vecinos que hay por allí”.]

En el 2000 publicaste El otoño siempre hiere, tu novela más autobiográfica, que contiene  una vuelta a tus recuerdos de adolescencia en El Bierzo, la tierra leonesa de la que es originaria tu familia. Ya habías escrito El año del wólfram ambientada también en El Bierzo, pero en el caso de El otoño siempre hiere no solo está la tierra de origen, sino también una buena parte del niño y el joven que fuiste contemplado desde la madurez, lo cual te permite observar a fondo la vida y también la muerte. ¿Con este libro cerrabas o abrías un nuevo ciclo personal y literario?  Volvía al paraíso perdido de la infancia, a un confortable ejercicio de nostalgia, y también a un sensato ejercicio de asumir que la edad ya te alcanzó. Entrañables los disparates de mis primos y amigos. Me hacía descansar de tanta violencia acumulada en el País Vasco.

Lo de escribir es un acto de soledad intrínseca y absolutamente masturbatorio: si no disfrutas no te la toques

Coincidiendo con alguna de las novelas anteriores comentaste que ya no querías escribir más sobre el País Vasco porque habías dicho todo lo que tenías que decir sobre aquello. Sólo ponías como excepción la novela del posterrorismo. ¿Esta novela sigue pendiente o ya se ha empezado a llenar ese espacio? El posterrorismo social está por llegar, a mí me pilla ya con pocas ganas y, para despedirme, prefiero un divertimento, confío en poder terminarlo, su título es Demolición.  [Terminada la entrevista, justo antes de despedirnos, la autora de las fotografías le preguntó a Raúl por la pasión de escribir a lo largo de la vida. Entonces el escritor de 82 años le contó que él todavía no era escritor, pero que le gustaría terminar siéndolo. Que era algo que hay que intentar alcanzar, aunque muy poca gente lo alcance. Nos contó que desde que tenía uso de razón supo que escribiría novelas y que tuvo suerte en la vida porque, aunque estuvo cerca, no se convirtió en investigador en Berkeley, lo cual le facilitó tiempo para la escritura. Además, nos confesó un consejo que él da a los que le preguntan sobre cómo escribir: “lo de escribir es un acto de soledad intrínseca y absolutamente masturbatorio: si no disfrutas no te la toques”. Finalmente, nos aclaró que en la escritura la emoción más intensa radica en intentarlo dejándose la piel en ello.]

Fotografías: Marijose Aranzábal