El 8M - Carlos Martinez Gorriaran

La rápida degeneración de los movimientos sociales en penosas caricaturas no pocas veces controladas desde el poder político al que dicen oponerse es otro signo negativo de nuestro tiempo. Y los movimientos sociales son un valioso invento de la modernidad: a diferencia del motín, la revuelta, la guerra civil o la revolución sangrienta del pasado (como las que se encadenaban en Occidente desde 1776 a 1870), los movimientos sociales han encauzado de modo creativo los anhelos legítimos de cambio de grupos o sectores completos de la sociedad, y de modo mucho más pacífico que la ira revolucionaria pese a los episodios de violencia. Hablamos de los sindicatos obreros creados en la Revolución Industrial para logros hoy tan básicos como el descanso semanal y el derecho a la huelga, del movimiento sufragista que exigía la plena ciudadanía para las mujeres, excluidas del voto y de la igualdad legal y política, o con posterioridad del movimiento por los derechos civiles universales en Estados Unidos, o por el reconocimiento del derecho pleno a la libertad sexual.

El lobo libera a Caperucita

Contra lo que pueda pensarse, los movimientos sociales no son un patrimonio de la izquierda. También los ha habido y hay de signo conservador y tradicionalista. Y aunque el pensamiento liberal normalmente ha recelado de cualquier forma de colectivización, el liberalismo originario entendió perfectamente la necesidad de dar voz y representación a los excluidos y a los nuevos entes sociales, se tratara de los obreros y mineros, de los inmigrantes o de minorías religiosas, lingüísticas, culturales o sexuales. Una sociedad pluralista moderna sin movimientos sociales libres es prácticamente impensable.

los movimientos sociales genuinos son un contrapeso eficaz a los poderes económicos y políticos, con su tendencia innata al despotismo oligárquico

Negar algo tan evidente no es defender al individuo, es negar la dimensión social que hace libre a ese mismo individuo. Es más, los movimientos sociales genuinos son un contrapeso eficaz a los poderes económicos y políticos, con su tendencia innata al despotismo oligárquico, y en ese sentido son parte necesaria de cualquier verdadera democracia liberal, es decir, de la democracia moderna. Pues bien, hoy estamos asistiendo atónitos a la conversión de los movimientos sociales legítimos en proyecciones de un poder político despótico y expansivo que, se supone, esos movimientos sociales deben vigilar, frenar y limitar. El reciente movimiento en torno a la fiesta del 8 de marzo (8M), antiguo Día de la Mujer Trabajadora, es un acabado ejemplo de esta pérdida de sentido que puede resumirse muy bien como lo hizo un tuit en la larga preparación propagandística de la efeméride: es el poder exigiendo más poder para defendernos mejor del poder. El lobo esperando a Caperucita disfrazado de amantísima abuelita.

En otras palabras: el poder político actual está demostrando una peligrosa capacidad para fagocitar e integrar en su seno entidades que, en su origen, representaron un genuino movimiento de oposición social con fines tales como la igualdad total entre hombres y mujeres, liderada por el movimiento feminista de los años sesenta del pasado siglo. Y así, un movimiento que era plenamente progresista, en el sentido de que proponía metas de mayor libertad e igualdad legal y de oportunidades que constituían un innegable progreso social e individual, han degenerado a lo que Schopenhauer llamó “criaturas ministeriales”, extensiones y terminales del poder político que se presentan como sus vigilantes.

En esa transformación de la calle al ministerio el objetivo ha mutado por completo: la meta deja de ser la igualdad de sexos para convertirse en “empoderamiento” de “la mujer” convertida en “género” especialmente protegido mediante leyes ad hoc (como la controvertida Ley Integral de Violencia de Género) que, más allá de las necesidades resueltas y de las nobles intenciones invocadas, tienen el inevitable efecto perverso de convertir a “la mujer” en un sujeto abstracto tutelado por el poder político y judicial, de modo que la emancipación buscada por el movimiento feminista originario ha degenerado a tutela y minorización, con la consiguiente pérdida efectiva de libertad e igualdad, y con la conversión de “la mujer” (como si fueran lo mismo la joven inmigrante sin papeles que Ana Botín) en el objeto central de la protección y propaganda política justo cuando las leyes proclaman por fin la igualdad de derechos sin excepción. El “gobierno feminista” de Pedro Sánchez o el liderazgo “de género” del Podemos de Pablo Iglesias, instituciones dominadas por la imagen de machos alfa promotores de hembras necesitadas de protección, da la imagen exacta de esa inversión de los papeles.

La colonización y domesticación de los movimientos sociales

¿Cómo ha tenido lugar este proceso? De un modo muy conocido: a través de la creación de una red de organismos públicos y semipúblicos (entes, observatorios, asociaciones) totalmente dependientes de la subvención y del nombramiento político. El sistema de subvención favorece a las entidades ideológica y políticamente afines mientras margina y acaba anulando a las disidentes o fuera de control. Algo muy fácil en países como España, con un déficit histórico de sociedad civil independiente. El efecto más negativo se traslada a los ámbitos sociales, culturales y políticos con carácter general. Por ejemplo, el movimiento vertical, liderado por el poder político, para imponer por ley “perspectiva de género” en la judicatura, la educación y la comunicación, asumiendo que el poder político tiene la misión de instruir directamente no ya sobre valores básicos suplantando a la educación, sino dictar las creencias y conductas personales, un principio propio del absolutismo ilustrado intolerable en la democracia.

Así avanza la conversión de la protesta y la reivindicación en campaña de publicidad del poder político a su mayor gloria

Así avanza la conversión de la protesta y la reivindicación en campaña de publicidad del poder político a su mayor gloria, extendida por las terminales mediáticas de los grandes grupos de comunicación realmente influyentes (como el duopolio de televisión). Esa campaña puede parecer una autocrítica del poder a su propio ejercicio, pero en realidad es un ejercicio de relegitimación y refuerzo hasta el punto de que, como en una distopía totalitaria al estilo de Orwell o de aquella extraordinaria viñeta del fenecido semanario de humor Hermano Lobo, el poder político llega al extremo de ser también su propia oposición social, y en realidad la única oposición viable.

Algo raro ocurre cuando todos los informativos, tertulias, anuncios institucionales, e incluso marcas y logos oficiales, se convierten en vehículo de un mensaje único y machacón, como el de “paro y manifestación del 8M” (extendido en muchas instituciones oficiales mediante fórmulas de “paro administrativo” decididas por el mando). Y eso ocurre en un país que ha derogado no solo las leyes hostiles a la igualdad de la mujer, sino también las actitudes y valores sociales de la mayoría (que es lo realmente importante para los cambios efectivos). Al ver tal propaganda, un observador externo, pongamos que un viajero extraterrestre, podría llegar a la conclusión de que España es un país tan malo para la libertad e igualdad de las mujeres como Arabia Saudita. Y así asistimos a la conversión de la protesta social en autoelogio de ese poder filantrópico y protector que se preocupa por los derechos de sus súbditas mucho más que ellas mismas, y no digamos ya que el género opresor (mayoritario en la cúpula de ese mismo poder).

El movimiento feminista no es ni mucho menos un caso particular. Los antaño llamados “sindicatos de clase” son hoy otro terminal del poder político cuya retórica rebelde contrasta con su auténtico conservadurismo

Y esto tiene consecuencias graves. El movimiento feminista no es ni mucho menos un caso particular. Los antaño llamados “sindicatos de clase” son hoy otro terminal del poder político cuya retórica rebelde contrasta con su auténtico conservadurismo. Lo mismo pasa con buena parte del llamado “movimiento ecologista”, en muchos casos urbanitas con ideas románticas acerca de la naturaleza y hostiles al modo de vida rural. Obsérvese que según se vacía de significado a esos movimientos originales aparecen versiones más extremistas y a veces completamente antisociales –por ejemplo, el ecologismo convertido en animalismo y veganismo violentos-, y “movimientos sociales” sin más justificación que expresar rabia e indignación destructiva, como los “chalecos amarillos” franceses, una amalgama de protesta contra la marginación del mundo rural, el excesivo centralismo francés y la corrupción política, que también incluye antisemitismo, eurofobia y nacionalismo ramplón.

¿Y dónde está la solución? Pues una vez más en la constitución de una sociedad civil realmente autónoma, autofinanciada y capaz de representar intereses legítimos distintos a los de los poderes públicos y económicos, y vigilante de estos. El futuro de la democracia parece cada día más ligado a resolver este desafío.

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