Consultar en caso de incendio - Eduardo Gómez - Autobiografía de Zweig

En un mundo donde todo se cuestiona, donde la historia se reinterpreta intencionadamente e incluso la realidad se nos vuelve casi intangible, yo salvo un testimonio, que no por personal y subjetivo es menos verdad. Por lo menos no tiene ninguna pretensión aleccionadora, todo lo más ejemplarizante y honesta, o eso leo yo.  Y más salvable es, si quien la relata lo hace con la pluma de Zwieg y con un bagaje vital como el suyo.

La autobiografía de Zweig “El mundo de ayer. Memorias de un europeo” no solo es un precioso ejercicio literario, es también el reflejo de una época (último tercio del XIX y primeras décadas del siglo XX) en que los acontecimientos históricos, fundamentalmente en Europa, se sucedieron con una profusión y una velocidad vertiginosa, o mejor dicho, convulsa.

Zweig transita en este libro entre su experiencia personal y el dibujo de un contexto que termina por convertirlo en un apátrida, y que le conduce meses después de escribir el libro al suicidio, auténticamente convencido del triunfo de la barbarie “saludo a todos mis amigos, ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí”.

La “edad de oro de la seguridad” etiqueta Zweig a esta época aludiendo a la previsibilidad de la vida para los vieneses, de la fuerza del derecho “todo tenía su norma, su medida y su peso determinado”

El autor habla de la Viena capital del imperio austro-húngaro y habla con la nostalgia de su juventud y desde la perspectiva de una posición privilegiada como hijo de un adinerado industrial judío. Desde esa torre de marfil idealiza la vocación humanista y europeísta de su entorno (Freud, Einstein, Mahler, Strauss, Roth), una Europa plural, diversa y tolerante. De la Viena enamorada del teatro y de la música, de la Viena de los cafés “quien vivía en Viena se sentía libre de la estrechez del prejuicio”. La “edad de oro de la seguridad” etiqueta Zweig a esta época aludiendo a la previsibilidad de la vida para los vieneses, de la fuerza del derecho “todo tenía su norma, su medida y su peso determinado”.

A medida que avanza va detectando los primeros síntomas,  se están militarizando excesivamente los gobiernos, se producen conflictos dentro de los estados o la masa, como agente protagonista, ocupa un lugar cada vez más relevante en el panorama político “el odio de un país a otro, de un pueblo a otro, de una masa a otra, todavía no le acometía a uno diariamente en los periódicos, todavía no separaba a unos hombres de otros el sentimiento de rebaño y de masa” “la tolerancia no era vista como hoy, con malos ojos, como una debilidad y una flaqueza, sino que era ponderada como una virtud ética”.

El ocaso de la libertad individual en favor de encadenarse a una colectividad que se acoge a términos nebulosos como patria, pueblo o proletariado

Las crisis económicas, los rencores y los egoísmos nacionalistas preparaban el camino del fascismo, comunismo y nazismo. El ocaso de la libertad individual en favor de encadenarse a una colectividad que se acoge a términos nebulosos como patria, pueblo o proletariado “la gran masa siempre se inclina hacia el lado donde se halla el centro de gravedad en cada momento”.

En esencia Zweig va introduciendo una serie de pistas o indicios a la forma de una novela policiaca, para identificar una comunidad de asesinos, porque el crimen es de tanta entidad que con uno hubiera sido imposible, la peste del nacionalismo, la barbarie, la intolerancia, el desprecio y tantas otras manifestaciones del triunfo de la brutalidad sobre la razón, del instinto sobre la cultura. Porque la identidad del finado quedó clara desde el principio, Europa.

Es la capitulación de la sociedad civil ante los ataques violentos de un grupo reducido contra una mayoría superior, pero humanamente más pasiva o más banal

En su condición de intelectual, judío, humanista y europeísta señala varios de esos indicios que a los demás (incluidos gobiernos) no les parecieron peligrosos hasta que fue demasiado tarde. Las arengas patrias, las tropas estudiantiles de asalto con sus camisas pardas o negras, la quema de libros y fundamentalmente el desprecio a los demás “el excluido lo es siempre por su cualidad de distinto, de particular, en definitiva de Otro, e invariablemente el que dicta la exclusión es el más poderoso, el que posee la fuerza o, en su defecto, aquel que sabe vender con suficiente credibilidad la imagen de ese otro como una amenaza a la homogeneidad del Nosotros”. Es la capitulación de la sociedad civil ante los ataques violentos de un grupo reducido contra una mayoría superior, pero humanamente más pasiva o más banal, como dijo Arent, y el uso y abuso que de esa situación hicieron algunos políticos.

Sin intención apocalíptica, ni pesimismo antropológico consciente, sí que existen ciertas similitudes entre los síntomas que el autor señala y algunas de las situaciones que estamos viviendo en la actualidad. Los populismos de extrema izquierda y derecha que florecen, la crisis de la democracia representativa en favor de la acción de calle (trinchera, le llaman), el odio al extranjero, el Brexit y un retroceso de la solidaridad en el que la defensa del status quo de los instalados se conjuga con el impulso de los indignados. A lo que se suma el “eterno retorno” del nacionalismo europeo y la aparición de Trump, un hortera vocinglero, que añora la autarquía y el cierre de fronteras.

Da cierto vértigo ver antiguas fórmulas que se regurgitan para solucionar los problemas de siempre, como si se pretendiera curar las mismas enfermedades con sanguijuelas 2.0

Innegable se hace observar como muchas de las consignas y formas que ahora se nos presentan como novedosas fueron ya empleadas en aquella época. Da cierto vértigo ver antiguas fórmulas que se regurgitan para solucionar los problemas de siempre, como si se pretendiera curar las mismas enfermedades con sanguijuelas 2.0. En definitiva como dice el autor “siempre el mismo defecto en la humanidad ¡una completa falta de imaginación! La autobiografía se convierte así, o lo es desde su inicio, en un alegato en contra del olvido “¿para qué vivimos si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?”. Y también una loa hermosa a la educación, la cultura y el libro “los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

Porque sea uno partidario del mantra casi nietzscheano de volver a tropezar siempre con la misma piedra, o de la variante dialéctica hegeliana o de lo que sea, lo cierto es que el pasado puede ayudarnos a pensar el presente, como decía Todorov.

 

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