El secreto del progreso - Carlos M Gorriarán

A todos aquellos dispuestos siempre a perder otra vez y a equivocarse haciendo lo que es justo

El progreso debe tanto o más a los errores afortunados y a los perdedores creativos que a los aciertos y a la gente de éxito. Puede que este punto de vista sorprenda, porque la mayor parte de las teorías populares sobre el progreso afirman lo contrario: que errores y perdedores son una especie de rémora. Nada menos cierto. Este prejuicio representa una expresión de conformismo nada congruente con los ideales de progreso que, por definición, deben ser inconformistas. Digámoslo de otra manera: para conseguir algún tipo de progreso en cualquier campo –la sociedad, la política, la ciencia, la conciencia- el inconformismo es imprescindible. Ahora bien, el inconformismo conduce del modo más natural a la comisión de toda clase de errores y a cosechar toda clase de fracasos. El único modo de protegerse de la pérdida y el error es no hacer absolutamente nada.

El signo de identidad del inconformista genuino es el fracaso, mientras que el del vencedor es la conformidad con las reglas dominantes

El signo de identidad del inconformista genuino es el fracaso, mientras que el del vencedor es la conformidad con las reglas dominantes. Por eso hay que desconfiar de las interpretaciones que atribuyen a los hombres de éxito progresos significativos. Para empezar, suelen ser ellos los que fomentan el olvido o menosprecio de los perdedores. Pero no deberíamos confundir el éxito de ciertos planes personales con el progreso, por definición un cambio impersonal. Miremos más bien hacia los perdedores y sus errores para hallar las claves del progreso.

Antes de seguir permitidme una digresión: el día en que se escenificaba la obscena farsa del “desarme unilateral de ETA” (este 8 de abril) busqué refugio en lecturas lo más ajenas posibles al evento, grotesco pero inevitablemente melancólico para quienes son víctimas de la banda y para quienes luchamos contra la banda buscando una derrota sin concesiones no sólo de sus malhechores armados, cosa lograda hace años por las fuerzas de seguridad, sino también de sus mentores intelectuales y políticos.

Desde el estrecho punto de vista del éxito a toda costa, nuestro empeño en buscar esa derrota nos conduce inevitablemente al campo de los perdedores a pesar de que, sin nuestro empeño, nunca habríamos asistido a la total derrota policial de la banda, derrota que muchos partidarios del pacto con los terroristas (que no sólo eran nacionalistas) decían imposible, si no indeseable. Lo anticipó muy bien en 2001 Fernando Savater en un artículo titulado, muy apropiadamente, “Viva el perder”.

Pero no quería entrar en ese tema particular, sino en la cuestión general del progreso, la derrota y el error. Estaba pues refugiado leyendo una deliciosa antología de escritos del ensayista y sinólogo Simon Leys[1] cuando apareció esta perfecta delimitación del campo del problema en un artículo titulado “La imitación de nuestro señor Don Quijote”:  “Lo que deberíamos recordar, sin embargo, es esto (si puedo parafrasear así a Bernard Shaw): el hombre de éxito se adapta al mundo. El perdedor insiste en intentar adaptar el mundo a él. Así que todo progreso depende del perdedor”.

No hay personaje literario más representativo de la figura del perdedor creativo que Don Quijote: no consiguió nada para sí mismo, pero sus afanes y  fracasos crearon nada menos que la novela moderna.

No todos los errores aportan al progreso, sino sólo los errores fértiles, aquellos que abonan la mente para estimular el brote de ideas nuevas y mejores

Perdemos porque arriesgamos, y gracias a esto y sólo a esto, vamos progresando. Por supuesto, esta idea encierra el peligro de su reducción a una caricatura. Porque no todos los errores aportan al progreso, sino sólo los errores fértiles, aquellos que abonan la mente para estimular el brote de ideas nuevas y mejores. Tampoco todos los perdedores sirven sino solamente los creativos, es decir aquellos que, como bien dice Leys, se esfuerzan por adaptar a sus propios objetivos el mundo que sale a su paso en vez de optar por adaptarse al mundo tal y como es, la fórmula del éxito. También ocurre que un mismo sujeto pase a lo largo de su existencia por fases sucesivas de victoria y derrota, muy usuales en el campo político.  Pero los perdedores destructivos -como ciertos líderes totalitarios, los etarras o los delincuentes condenados como Rodrigo Rato-, no entran en la categoría de factótums del progreso, como tampoco los errores estériles que no dan lugar a nada mejor.

Errores fértiles

La serendipia es un notable concepto científico que designa los descubrimientos azarosos producidos al buscar algo muy distinto a lo que se acaba encontrando. Un ejemplo popular de serendipia es el descubrimiento de América por Cristóbal Colón cuando buscaba una ruta alternativa a China y Japón; Colón, perdedor creativo, murió creyendo que todos estaban equivocados menos él, porque las islas y costas del Caribe que exploró debían ser parte de Asia. En esa misma época, sin embargo, el brillante gobierno de los Reyes Católicos perpetró uno de los errores más estériles de la historia española: la expulsión de los judíos.

Hay muchos ejemplos de errores fértiles o serendipias, si lo prefieren. Uno de mis favoritos es el modo en que el astrónomo Johannes Kepler descubrió en 1596 las leyes físicas que regulan las órbitas de los planetas cuando trataba de probar que éstas trazaban los límites virtuales de la esfera y los sólidos perfectos platónicos (tetraedro, hexaedro, icosaedro etc.), encajados unos dentro de otros. El desengaño de Kepler fue fundamental para el desarrollo posterior de la física de la gravitación a cargo de Newton. Para compensar, podemos citar como error estéril descomunal la retractación de Galileo impuesta por la Iglesia católica en 1616 y la condena de 1633.

Muy conocida es la anécdota –casi un cuento de hadas- de que Alexander Fleming descubrió los antibióticos al mancharse la bata con el moho Penicillium notatum y contaminar por error un cultivo biológico al sacudírselo encima de una placa de Petri, chapuza indigna de un investigador cuidadoso pero, ciertamente, un error fértil y afortunado.

Estos ejemplos, y muchos más, suelen utilizarse como prueba del gran poder del azar y la casualidad tanto en la investigación científica como en la existencia corriente. Cuando Darwin configuró la revolucionaria teoría de la Evolución Natural de las Especies, tardó más de 20 años en publicarla temiendo una recepción hostil por las implicaciones antropológicas e irreligiosas de la teoría (popularmente, que “el hombre desciende del mono”), pero quizás también por el papel protagonista del azar en la evolución natural. De hecho, el rechazo del papel del azar en la evolución, y por tanto en la historia, impidió a Marx –que exigía que la historia debía tener sentido- y otros teóricos sociales y filósofos de la época, como Nietzsche, comprender el fondo de la teoría de la evolución, un caso de error muy desafortunado para el progreso del pensamiento (podéis leer algo mío sobre este interesante error aquí).

Muchos años después otro gran biólogo neodarwiniano, Stephen Jay Gould, acuñó el concepto de exaptación para referirse a la función inesperada de determinados cambios biológicos aparecidos como adaptaciones para otras cosas: una especie de error fértil natural. Por ejemplo las plumas de los dinosaurios, probablemente en origen una adaptación climática, sirvieron para algo completamente diferente, la evolución de especies emplumadas voladoras cuyos descendientes son las aves actuales.

Para perder hay que esforzarse

Sin embargo, el error fértil no es una consecuencia del azar. Al contrario, un error fértil es el resultado de un esfuerzo deliberado por obtener una nueva idea, una teoría diferente o emprender un nuevo plan de acción.

Si lo llevamos al campo de la política, la invención del concepto de democracia en la Grecia clásica es un ejemplo de este tipo de error. El objetivo de la democracia antigua era constituir un nuevo tipo de Estado, la polis democrática, donde una minoría de ciudadanos libres se hiciera cargo del gobierno mantenida por el trabajo de una mayoría de mujeres, extranjeros libres pero sin ciudadanía y miles de esclavos sin derechos. El extraordinario experimento duró poco más de dos siglos. Fue arrollado por las monarquías helenísticas de tipo teocrático –el rey era un ser divinizado-y luego por Roma. No se volvió a oír hablar de la democracia fuera de algunos libros testimonio del pasado. Con alguna excepción parcial (como las ciudades libres medievales), la democracia como ideal político no resucitó hasta casi veinte siglos después. La polis democrática resultó, pues, un clamoroso error de diseño político, pero también uno de los errores más fértiles de la historia de las ideas: dos mil quinientos años después seguimos dándole vueltas a valores y conceptos como los de libertad, igualdad, derecho y justicia.

Perdedores creativos

Quizás el ejemplo más acabado de perdedor creativo sea Sócrates, el filósofo que nunca quiso escribir nada: hoy tendría vedado el acceso a cualquier universidad. Sócrates pasó su larga vida en Atenas importunando a sus conciudadanos con interminables interrogatorios acerca del sentido de sus ideas y actividades y su concepto de virtud. Por muy afable que fuera Sócrates, los diálogos conducían a la conclusión de que nadie sabía nada y de que todos vivían siguiendo creencias heredadas que no entendían, como seres irracionales incapaces de entendimiento.

La insobornable actitud crítica del hombre que dijo “sólo sé que no sé nada” le convirtió en un farsante odioso para muchos atenienses; lo cuenta muy bien en “Nubes”, con su mala leche característica, el gran Aristófanes, autor de vitriólicas comedias intemporales. Sócrates acabó siendo víctima de los hombres de éxito de la época, a saber, los políticos demagogos que lograron que la Asamblea de Atenas votara la muerte de Sócrates en base a burdas acusaciones equiparables hoy a “delitos de opinión”. El primer filósofo enteramente moral se convirtió en propicio chivo expiatorio de una democracia en crisis mediante un acto participativo que haría las delicias demagógicas de los populistas actuales. Sin embargo, la concepción socrática de la filosofía como un saber crítico ajeno a la utilidad instrumental y a la opinión de la mayoría impregnó la futura carrera del pensamiento occidental.

Nicolás Maquiavelo ofrece otro caso ejemplar de perdedor creativo. Autor de El Príncipe y otras obras consideradas el origen de la teoría política moderna por su investigación de la realidad del ejercicio del poder (en lugar de limitarse a proponer sistemas ideales), el gran florentino cayó sin embargo víctima de su escasa habilidad para jugar en la diabólica realidad política de su época. ¿O tenía esa habilidad pero prefirió no venderse al mejor postor, eso que se sigue considerando el único éxito político verdadero? Gran humanista, diplomático y alto funcionario de la breve República de Florencia, acabó siendo torturado, encarcelado –dos veces- y enviado al exilio por sus viejos enemigos, los Médicis, que tal vez fueran mucho más maquiavélicos que el propio Maquiavelo. Murió pobre, marginado y olvidado por sus contemporáneos, demostrando de paso la veracidad de sus tesis acerca de lo absurdo de esperar gratitud o reconocimiento de nadie si se pierde en el juego despiadado de la política.

Posiblemente el fracaso más estruendoso en términos materiales de la historia del arte fue el de Vicent Van Gogh, el maldito por excelencia. En toda una vida muy productiva consagrada a la pintura, no parece que vendiera más de un cuadro, y este por compasión. Trastornado por el rechazo sin paliativos de lo que se consideraban imágenes aberrantes de un demente, acabó suicidándose mientras pintaba un espléndido trigal maduro sobrevolado por negros cuervos. Sin embargo, Van Gogh es desde hace mucho uno de los artistas más cotizados y admirados del mundo. Su idea de la pintura es ahora la más extendida entre la clase media universal, que ponen coloridas reproducciones de sus girasoles o noches estrelladas en la habitación de los niños.

Parece difícil superar un fracaso semejante, pero si se busca bien se encuentran casos comparables. Una gran mujer y extraordinaria liberal española, Clara Campoamor, volvió a demostrar sin pretenderlo tanto la regla del papel protagonista del perdedor creativo en el progreso social (máxime tratándose de mujeres metidas en política, un juego muy masculino) como el acierto general de su ilustre antecesor Nicolás Maquiavelo. Campoamor logró vencer la oposición de la izquierda a reconocer el derecho al voto de las mujeres en la Constitución de la II República, pero este éxito determinó su muerte política inapelable. Cosechó la animadversión tanto del Frente Popular como de la derecha tradicionalista de la CEDA, y luego del franquismo. Tuvo que exiliarse al inicio de la Guerra Civil para salvar la vida. Después intentó regresar a España sin conseguirlo. Murió en Suiza en 1972. Todavía hoy hay que recordar a la izquierda que fue la liberal Clara Campoamor, y no la radical-socialista Victoria Kent o la comunista Dolores Ibárruri, quien peleó y logró la inclusión del voto femenino en la segunda Constitución republicana.

Finalicemos: Adolfo Suárez y Santiago Carrillo componen un par extraordinario de puros animales políticos y perdedores creativos a su pesar. Suárez logró la hazaña sin precedentes de dirigir con astucia maquiavélica el suicidio legal del régimen franquista, y Carrillo el tránsito del PCE del marxismo-leninismo a una especie de socialdemocracia radical llamada eurocomunismo que, por desgracia para él, era el espacio político reservado a un PSOE improvisado a toda prisa.

Suárez consiguió ser odiado y vilipendiado, y olvidado hasta poco antes de su muerte, por los mismos traidores y parásitos que se aprovecharon de su trabajo y le expulsaron de la política, mientras Carrillo logró la animadversión de la paleoizquierda –compartida por la derecha cavernaria que no le perdonó nunca su papel durante la Guerra Civil y el periodo estalinista- y el fracaso en todos sus intentos de regresar a la política activa. Sin embargo, ambos encajan en el concepto de “héroes de la retirada” que acuñó el ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger: sujetos excepcionales capaces de jugársela y perder para lograr el interés público de la mayoría.  Debemos mucho más a su fracaso personal que al éxito de otros. Cuando quieras comprender algunos de los grandes progresos de la humanidad, fíjate también, o sobre todo, en los considerados perdedores y en los fértiles errores que cometieron para nuestro bien.

[1] Simon Leys, Breviario de saberes inútiles. Ensayos sobre sabiduría en China y literatura occidental. Alcantilado, Barcelona 2016.