Han pasado veinte años desde que, aquel sábado 12 de julio de 1997, ETA asesinara a Miguel Ángel Blanco, después de que, dos días antes, fuera secuestrado cuando acudía a trabajar a una empresa de Eibar. El que fuera concejal del Ayuntamiento de Ermua, fue localizado, aun con vida, en un monte de Lasarte, pero falleció poco después de haber sido ingresado en la Residencia Sanitaria Nuestra Señora de Aránzazu de San Sebastián. Este hecho tuvo una importante respuesta ciudadana y motivó lo que se llamó Espíritu de Ermua. Tres meses más tarde, miles de personas abarrotaban la Plaza de las Ventas de Madrid, en un concierto organizado por RTVE, que donó la recaudación para la creación, el 18 de diciembre de 1997, de la Fundación Miguel Ángel Blanco.
El 13 de febrero de 1998, se crea el Foro de Ermua, una asociación cívica, formada por escritores, periodistas, artistas y profesores universitarios del País Vasco. Entre ellos estaba Cristina Cuesta, una joven pero muy conocida activista, a la que ETA cambió su vida, un 26 de marzo de 1982, cuando los Comandos Autónomos Anticapitalistas, una delegación de ETA, asesinaba a su padre, Enrique Cuesta, Delegado de Telefónica en San Sebastián, y a su escolta Antonio Gómez García, a la salida de su oficina, en el barrio de Amara. Dos años antes, la misma organización terrorista, había asesinado a su antecesor en el cargo de la CTNE, Juan Manuel García Cordero, y al jefe de Relaciones Públicas de la misma compañía, y encargado de las Páginas Amarillas, Juan Carlos Fernández Azpiazu.
Los asesinatos eran semanales y las víctimas sobrevivíamos como podíamos, con el apoyo exclusivo de los más cercanos
Tú estabas en casa en ese momento, a pocos metros del atentado, pero tu hermana Irene, con 14 años, casi llegó a verlo, pues creo que estaba esperando a su padre para subir juntos a comer. ¿Cómo pasa una familia esos minutos, esas horas, esos días… escuchando las noticias, los comentarios, las opiniones, los silencios… recibiendo las miradas en la vecindad, en la calle, en las tiendas, en el colegio? Mi hermana Irene, camino del colegio, solía encontrarse con mi padre, se daban un beso y mi padre llegaba a comer a casa. Ese 26 de marzo viernes yo estaba en casa porque había venido de Bilbao, donde estudiaba periodismo para celebrar mi cumpleaños, el 13 había cumplido 20 años. En casa estábamos mi madre y yo. Sobre las 15.15 horas recibimos una llamada. Atendí yo y una voz que no he podido olvidar me dijo: “baja deprisa que a tu padre le ha pasado algo”. Bajé, no sé si en ascensor o por las escaleras, y me crucé con mi hermana. Ella sí le vio tendido en el suelo muerto, yo no, se lo acababan de llevar.

Hay que recordar que en los primeros ochenta la losa del miedo, el silencio, las complicidades y la culpabilización de la víctima eran habituales. Los asesinatos eran semanales y las víctimas sobrevivíamos como podíamos, con el apoyo exclusivo de los más cercanos. Desde un punto de vista más personal convertirse en víctima de la barbarie te cambia, profundamente, para siempre. Socialmente pasamos a ser marginados, marcados, estigmatizados. La sociedad, por prevención, cobardía o miedo creaba un cordón sanitario profundamente cruel que aislaba a las víctimas y protegía a los ciudadanos, o eso creían, de ser tachados de amigos de las víctimas y por lo tanto objetivos.
Por aquellos años, la respuesta social a esos actos, era el silencio y los murmullos, cuando no, la justificación. ETA y su entorno, representaban aun, para muchos, un colectivo revolucionario, que ofrecía al pueblo vasco argumentos y justificaciones que les convertían en defensores de unos legítimos derechos y en valientes luchadores por la libertad de un pueblo oprimido. La mayor parte de los atentados de esa época, iban dirigidos contra militares y fuerzas del orden, pero vuestro padre no tenía nada que ver con ese mundo. ¿Qué tenían contra Telefónica? Es cierto que los colectivos más victimizados han sido los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado pero ETA siempre persiguió y asesinó a civiles. Telefónica era una empresa de matriz española como otras, Iberdrola por ejemplo. Todo lo que estuviera relacionado con España era un objetivo a abatir. En el comunicado de asunción de responsabilidades pretendían insultar a mi padre diciendo que era un colaborador de los poderes represivos. La misma paranoia habitual. El drama, la enfermedad social, era que parte de la sociedad se lo creía e incluso conocidos nada sospechosos de apoyar el crimen me preguntaban: “¿en qué andaba metido tu padre?” Yo también me lo pregunté al principio, es demoledor visto desde hoy.
En la Asociación por la Paz decidimos concentrarnos después de cada pérdida humana, y así lo hicimos durante muchísimos años, demasiados
Revisando el libro de Carlos Martínez Gorriarán, “Euskadi, del Sueño a la Vergüenza”, publicado en 2004, la primera respuesta cívica no surge hasta 1986, cuando la Asociación por la Paz y la Reconciliación en Euskal Herria, convoca las primeras manifestaciones. Un año más tarde, surge la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria, que ahora cumple 30 años. Tú fuiste por esa época una de las promotoras de Denon Artean, Paz y Reconciliación ¿Cómo surge y se desarrolla este movimiento? En 1986 promoví la Asociación por la Paz. Me enervaba que las víctimas estuviéramos calladas, ausentes, olvidadas. Pensé que haciendo un llamamiento a todas las víctimas del terrorismo, de todo terrorismo y a la sociedad civil demostraríamos que era posible otro camino. Tuve la oportunidad de hablar en unas jornadas organizadas por el IPI (Instituto de Prensa Internacional) y llamé mucho la atención. Un chica joven, víctima del terrorismo que habla de paz, era novedoso y llamativo. Yo no quería quedarme en el testimonio. Quería constituir una asociación. Mercedes Milá me invitó a su programa de entrevistas, y abrí un apartado, el 491 de San Sebastián. Escribieron miles de ciudadanos. Llamé o me entrevisté con los de mi ciudad y alrededores y así se convocó la primera reunión donde constituimos, un 8 de mayo, la Asociación por la Paz. Decidimos concentrarnos después de cada pérdida humana, independientemente de la circunstancia de la víctima. Y así lo hicimos durante muchísimos años, demasiados. Confluimos con Gesto por la Paz, fundamos la Coordinadora Gesto por la Paz con grupos en numerosos municipios y en 1990 el grupo de San Sebastián nos fuimos buscando una mayor autonomía de funcionamiento y fundamos DENON ARTEAN-PAZ Y RECONCILIACION.
Dentro de ETA se han producido muchas disidencias y generalmente las ha resuelto de manera implacable. Ya en 1976 hizo desaparecer a Pertur y diez años más tarde asesinaba a Yoyes en la feria de Ordizia, cuando paseaba con su hijo, Akaitz, de tres años. Días más tarde, el cantante Imanol, que había pertenecido a la organización, consiguió reunir a unos contados artistas para reprochar, en un pequeño concierto, a ETA su acción. ETA nunca le perdonó. Le apartó de los escenarios, pero, respetó su vida. Incluso cuando, tras unas dudosas amenazas, el cantante volvió a enfrentarse a los terroristas, en aquel Concierto contra el Miedo, de noviembre de 1989 en Anoeta. Más tarde Imanol leyó un texto en una de las manifestaciones de ¡Basta Ya! ¿Crees que ETA trataba de distinta manera a unos vascos y otros? No tengo información suficiente para valorar esto. En todo grupo mafioso la disidencia se castiga con el repudio que conduce a la muerte. Mi opinión es que no mataron a Imanol porque tuvieron otras prioridades, no por falta de ganas. De todas formas le dieron muerte civil, eso honra la figura de Imanol, porque me consta que fue muy duro para él.
Soñaba con ser algo parecido a Oriana Fallaci, a la que admiraba profundamente
Cuando ETA asesinó a tu padre, tú tenías veinte años y supongo que te habías planteado un proyecto de vida, un futuro profesional… ¿Cómo se trastocaron esas inquietudes? Soñaba con ser algo parecido a Oriana Fallaci, a la que admiraba profundamente. Quería alejarme del País Vasco que me aburría mucho, para contar lo que pasaba por el mundo. Matan a mi padre y, mi madre ya delicada mentalmente antes, no puede asumir la función de timón familiar, mi hermana tenía 14 años y no tuve opción. Me convertí en cabeza de familia e intenté que saliéramos adelante las tres. Volví a San Sebastián y al mes exacto del asesinato de mi padre entré a trabajar en Telefónica, por la misma puerta por la que mi padre salía un mes antes para ser asesinado. Todo cambió radicalmente para siempre. El año siguiente me matriculé en Filosofía Pura en San Sebastián y, un poquito más lentamente porque trabajaba a las mañanas, saqué la carrera. Luego vendría la criminología y la víctimología. Y en esta última fase de mi vida el coaching educativo que me apasiona. Siempre he intentado exprimir la vida, aún en las situaciones más complicadas, y no paralizarme. Creo que la queja y el desistimiento no sirven de mucho. Uno de los objetivo de toda vida, que aspira a ser una vida plena, es encontrarle un sentido, y yo lo encontré en una situación sobrevenida y dramática que me ha hecho mejor persona. Sin duda, nunca podré saber cómo hubiera sido mi vida de aguerrida reportera.

En cualquier sociedad atravesada por la violencia siempre son unos pocos los que lideran los cambios
Entre octubre de 1991 y mayo de 1998, El Diario Vasco publicó semanalmente, en una sección llamada Meridiano Cero, cerca de quinientas entrevistas a personajes de diferentes ámbitos donostiarras. Álvaro Bermejo las entrevistaba y yo hacía las ilustraciones. Hubo opiniones contra el terrorismo, pero solo tres personas se posicionaron clara y abiertamente, contra ETA: Antonio Beristáin (diciembre de 1991), Cristina Cuesta (julio de 1992) y Alfredo Tamayo (abril de 1995). ¿Tan difícil era encontrar diez personas justas en esta Sodoma vasca? ¡Qué honor esto que recuerdas! Mis dos queridos profesores, uno de Historia de la Filosofía y otro de Criminología. Dos referentes universitarios, cívicos y religiosos. Siempre hemos dicho las víctimas de Covite que sólo tres sacerdotes nos han hecho caso, y nos han tratado con dignidad públicamente. Faltaría Jaime Larrínaga. Fuimos pocos los que alzamos la voz, los que antepusimos nuestra dignidad al miedo, la comodidad, o la impostura. Pero considero que en cualquier sociedad atravesada por la violencia ha pasado lo mismo, siempre son unos pocos los que lideran los cambios, una nueva visión. No es una cuestión cuantitativa. No soy nada rencorosa, creo que cada uno hace lo que puede o sabe. Sí me ha molestado la crueldad gratuita de gente como aquellos vecinos del barrio del Antiguo, en San Sebastián, que pidieron al escoltado que se despidiera de su novia lejos del portal, no fuera a ser que le pusieran una bomba. O la banalidad del mal, como la de aquellos que nos decían que vaya privilegio vivir con escolta. Mi satisfacción moral es que no me cambiaría por ninguno de ellos.
Coincidiendo con el asesinato de Gregorio Ordoñez descubrimos que también estaban matando el pluralismo político, que nos querían exterminar por no ser nacionalistas, por defender la Constitución y el Estatuto
Tras el asesinato de Goyo Ordóñez, el 23 de enero de 1995, los secuestros de Julio Iglesias Zamora (1993), José María Aldaya (1995), José Antonio Ortega Lara (1996), Cosme Delclaux (1996), y el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, en junio de 1997, se removieron las conciencias críticas y la gente fue saliendo, poco a poco, de ese armario de donde nada se quiere ver. Ese espacio de confort, dejó de serlo cuando los objetivos de ETA se hicieron más aleatorios. Yo tomé contacto, por esos años, con Denon Artean, a través de Antonio Beristáin. Y conocí, en aquel despachito de Paseo de Colón, a una Cristina Cuesta de carne y hueso, a la que seguía desde hace tiempo por los medios, y a otras dos chicas guerreras a las que apenas conocía, que eran Olivia Bandrés y Cristina Ubani. Hablamos mucho de pacificación y de convivencia. Se trató de instalar un monumento a las víctimas en San Sebastián, se publicó, en 1996, un libro con 92 artículos, de diferentes autores reflexionando sobre “Imaginando la Reconciliación en Euskal Herria”. ¿No suenan ahora un poco ingenuos todos aquellos planteamientos? Sí, claramente. Carecíamos de formación y de conciencia política. Estábamos imbuidos de un cierto buenísimo naif, pero para lo que nos rodeaba éramos vanguardia. Hicimos cosas revolucionarias en aquel contexto: estar con las víctimas, osar cuestionar a ETA y a su entorno, mantener un compromiso cívico, hablar de derechos humanos, etc. Fuimos ingenuos, osados y perseverantes. De una manera tímida y lenta, fuimos evolucionando desde la respuesta ética pacifista, a la lucha política por la libertad y contra el nacionalismo obligatorio. Para mí en esta evolución fueron claves Antonio Beristain, Fernando Savater y Mario Onanindia. Durante muchos años defendimos que cualquier idea era legítima sin violencia. Coincidiendo con el asesinato de Gregorio Ordoñez descubrimos que también estaban matando el pluralismo político, que nos querían exterminar por no ser nacionalistas, por defender la Constitución y el Estatuto. Eso fue un gran paso por el que pagamos un alto precio. Nos vieron como enemigos de su proyecto y por lo tanto liquidables. Considero que todos los pasos fueron necesarios para ir abriendo un camino de concienciación y de movilización, aprendimos mientras marchábamos, mientras actuábamos.
Qué hoy nos quieran vender que todos hemos sufrido si no fuera tan dramático, daría risa
Recuerdo uno de aquellos actos, en el local de la Once. Una gran pancarta, llamándonos asesinos, fascistas y no sé qué cosas más, sujeta por una veintena de jóvenes, obstaculizaba la puerta de entrada. Y uno de ellos grababa a los que accedíamos a la sala. No lo recordaba, han pasado tantas cosas. Lo que más me sorprende, visto desde hoy, es nuestra paciencia. Hoy sinceramente creo que me defendería. De los matones qué vamos a esperar, hubo tantas situaciones de intimidación, de persecución, de acoso. ¡Tanta gente que aguantó estoicamente! Qué hoy nos quieran vender que todos hemos sufrido es muy tramposo, si no fuera tan dramático, daría risa.
Hacia el 95, te tomaste unas vacaciones de unos meses sabáticos en Argentina, pero a las pocas semanas estabas ya de regreso. Comentaste que ya no te sentías pacifista. ¿Qué reflexiones te llevaron a esa conclusión? Fue en el 96, y me fui seis meses a recorrer América, necesitaba desconectar, era un viejo proyecto vital, fue una gran experiencia. Creo que aquella declaración tuvo que ver con mi evolución y la de muchos compañeros hacia un activismo por la libertad, contra ETA, y el nacionalismo obligatorio, que explicaba antes.
Ya en 1983 se había creado la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), y en 1996 la Dirección General de las Víctimas del Terrorismo. Al año siguiente, se crea Covite (Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco) y tú estabas en ese ajo, con Consuelo Ordóñez y María Teresa Díaz Bada. ¿Cómo lo recuerdas? He tenido la oportunidad de participar en los principales movimientos cívicos contra el terrorismo y a favor de las víctimas. Fue Teresa Díaz Bada, hija del superintendente de la Ertzaintza, Carlos Díaz, asesinado por ETA, quien nos propone, a Consuelo Ordoñez y a mí, crear una asociación vasca que visualizara a las víctimas y marcara las líneas rojas de las víctimas, en una de las treguas de ETA, en 1998. Nos pareció oportuno y necesario, y las tres nos pusimos a organizarlo. En Denon Artean teníamos muchos contactos con víctimas a las que habíamos asesorado desde una oficina de atención que habíamos abierto con nuestros propios recursos, dada la desinformación y abandono en el que vivían las víctimas, muchas de ellas en exilio interior. A finales de noviembre de 1998 dimos una rueda de prensa en el Hotel Orly de San Sebastián, acudieron creo recordar, más de 50 víctimas que dieron su nombre y firmaron un manifiesto. Fue un hito.

A muchos compañeros, y a mí, nos pusieron escolta en el año 2000, por defender la libertad ideológica y el pluralismo, y denunciar un proyecto excluyente y totalitario por el que se había matado tanto
A partir de ese momento, consigues algunos reconocimientos: en 1997 fuiste nominada a La Mujer del Año, por una asociación de mujeres a nivel nacional y quedas la tercera; en 1998 creas y diriges Covite; dos años más tarde recibes el Premio Jaime Brunet 2000 de la Universidad de Navarra; representas, con Fernando Savater y Carlos Martínez Gorriarán, a ¡Basta Ya!, en la entrega del Premio Sajarov 2000, del Parlamento Europeo, en Estrasburgo; publicas, ese mismo año, el libro “Contra el Olvido”… ¿Una compensación por el trabajo realizado o más dianas en tu mochila? Estoy muy agradecida por todos los reconocimientos. Siempre me he sentido libre en mi compromiso y he aceptado sus consecuencias, sin dramas añadidos. ¡Basta Ya! hizo pupa al conglomerado ETA y también al nacionalismo llamado democrático. Tejimos un relato constitucionalista por primera vez, y con éxito ante las elecciones del 2000, estuvimos muy cerca de ganar por primera vez al nacionalismo en todas sus gamas, unido para desbancarnos, no lo conseguimos pero lanzamos un mensaje claro y estimulante: era posible defender la identidad vasca y española sin complejos. Una de las muchas consecuencias de este camino fue que a muchos compañeros, y a mí, nos pusieron escolta en el año 2000, por defender la libertad ideológica y el pluralismo, y denunciar un proyecto excluyente y totalitario por el que se había matado tanto. Así que todo va unido en mi historia: el compromiso buscado y ejercido con mucha satisfacción y la dureza de las consecuencias que me obligó a exiliarme y a vivir escoltada en mi tierra diez años. De todas formas soy positiva por naturaleza y me quedo con lo mucho que he aprendido y la gente maravillosa con la que me he encontrado.
El año 2000 cambias San Sebastián por Madrid, Covite por la Fundación Miguel Ángel Blanco y decides tener a tu hijo. Menudo volantazo, ¿no? Decido ausentarme un tiempo cuando me ponen escolta. Mi padre había sido asesinado 18 años antes, junto a uno de sus escoltas, Antonio Gómez. Mi entornó se alarmó mucho, era repetir la historia. En principio quería pasar unos meses fuera para buscar alguna beca de investigación o cualquier cosa. Tuve la gran suerte de que me ofrecieran trabajar en la Fundación Miguel Ángel Blanco en Madrid y no me lo pensé dos veces. Fue un desgarro pero me permitía vivir de mi pasión, seguir conectada con el movimiento cívico y distanciarme, al menos físicamente. Lo de mi hijo vino después en el 2003, mi hijo Enrique fue un regalo de mi padre, estoy convencida. La vida me lo trajo para que me centrara en aspectos más personales y para tener la grandísima oportunidad de poder educar a un ser humano y ayudarle a convertirse en un adulto válido y generoso.

Desde tu llegada a la dirección, la FMAB ha desarrollado importantes actividades ¿Qué destacarías? Habernos mantenido es un primer logro. Destacaría también: haber extendido y alimentado el significado de Miguel Ángel Blanco como un símbolo de libertad y de la inocencia de todas las víctimas, tanto por toda España, desde los pequeños municipios o grandes capitales hasta otros países y continentes, en especial Europa y América. Haber aportado nuestro grano de arena por la consecución del Estatuto internacional para las Víctimas, todavía hoy sin aprobar y de la Carta Europea de Derechos de las Víctimas del Terrorismo, que aunque parezca increíble no existe. Creo que hemos introducido en el ámbito cultural y educativo la verdad de las víctimas y promovido que las instituciones no olviden el legado de Miguel Ángel Blanco y de todas las víctimas del terrorismo.
No hemos podido superar el mantra interesado de que el buen vasco es el vasco exclusivamente nacionalista, que repudia, denigra, ridiculiza o ignora lo español
Han pasado 35 años desde que el etarra Capullo asesinase a tu padre, acción por la que, en 2010, fue condenado a 46 años de cárcel. Casi dos tercios de tu vida marcada por ese hecho trágico, pero con el culpable, por fin, cumpliendo condena. Y con ETA desprestigiada y agonizante… ¿Te sientes una pionera en la lucha contra ETA? ¿Ves claro el futuro? ¿Crees que las próximas generaciones valorarán el esfuerzo y el sacrificio de personas como tú? ¿Crees que alguien conseguirá contar la verdadera historia de estos cincuenta años? Si pionera es aquella persona que da los primeros pasos en una actividad nueva, sí, me siento así. Aunque también sé que si nadie me hubiera acompañado, mi testimonio y mi propuesta en 1986, sería olvido. Lo importante es que unos cuantos, insuficientes pero indispensables, fuimos creando un camino diferente de dignidad, de tenacidad, de principios y de mucha compasión.
El futuro se escribe cada día. Soy optimista respecto al fin operativo de ETA, pero escéptica respecto a la prevalencia de su legitimación en el ámbito del País Vasco. El constitucionalismo está en retroceso y no hemos podido superar el mantra interesado de que el buen vasco es el vasco exclusivamente nacionalista, que repudia, denigra, ridiculiza o ignora lo español, por lo menos en la esfera pública. Pensadores tan lúcidos como Joseba Arregi explican la imposibilidad de aceptar como democrático y legítimo, un proyecto político que legitima, o no denuncia a ETA y su sentido, pero el peso del nacionalismo impide este distanciamiento crítico indispensable. En este sentido a corto plazo creo que hay poco que hacer.
A mí exclusivamente me importa, de verdad, explicar a mi hijo por qué hice lo que hice, justificarme ante él, no para que me admire, sino para que aprenda que una vida sin riesgo, sin defensa de principios éticos y políticos, pues no merece la pena, que siempre se gana más de lo que se pierde. Todo lo demás lo agradezco pero no me nutre. He aprendido a tener una mirada humilde y a reconocer a otras muchas personas que se comportaron ejemplarmente ante la barbarie, y que son anónimas. A todas estas deberíamos rescatar del olvido.
Me parece fundamental el trabajo de la Fundación Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo con sede en Vitoria. Admiro y aprecio el trabajo que están desarrollando Florencio Domínguez, Gaizka Fernández Soldevilla, Raúl López Romo y Gorka Angulo. Creo que fijarán la verdad de lo sucedido, nosotros desapareceremos, y las nuevas generaciones, mientras siguen con sus vidas, tendrán la oportunidad de encontrarse con lo que pasó. Les estoy personal y socialmente muy agradecida.



























