Valores de la Ilustracion - Fernando Peregrin Gutierrez

Los responsables editoriales de los Oxford Dictionaries eligieron en 2016 como palabra del año post-truth, la cual definieron como un adjetivo “relacionado con—o que denota— circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones y las creencias personales”. Se añade en la definición inglesa que este adjetivo se ha usado principalmente asociado con un sustantivo en particular, dando lugar a post-truth politics, esto es, políticas posverdaderas, poniendo como ejemplo el referendo sobre la permanencia en la UE del Reino Unido de la Gran Bretaña, el Brexit, y las elecciones presidenciales que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca, ambos resultados generalmente considerados en medios de comunicación tenidos como objetivos y respetuosos con la realidad de los hechos como inesperados y negativos.

Mas, lamentablemente, los lectores españoles no tienen que recurrir a mirar al mundo angloamericano para justificar la importancia de ese neologismo: basta con observar lo que ha venido y está sucediendo ahora mismo en la Comunidad Autónoma de Cataluña.

En realidad, admiten los editores de los Oxford Dictionaries, se trata de una circunstancia que viene de lejos, incluso de hasta muy lejos, del origen de la propia democracia y que incluso se halla ya presente en la Biblia hebrea, donde aparece como conflicto entre la fe y obediencia al mandato divino, por un lado, y la razonabilidad intuida de la realidad de la Naturaleza y de los conflictos tribales, cuyo conocimiento era fruto de un empirismo muy primitivo que descansaba en procesos inductivos basados en los rudimentos del principio causal (causa y efecto).

Aunque se suele situar el origen moderno del enfrentamiento entre razón, por un lado, y emociones y sentimientos por otro, en la reacción del Romanticismo a la Ilustración, no es menos cierto que ya con anterioridad, siglo y medio antes, encontramos la que puede ser la más concisa y acertada formulación de este conflicto en la célebre frase de Blaise Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”, que sería el principal leitmotiv de los filósofos y literatos románticos.

No es este ni el lugar ni el momento oportuno para explayarse en revisar la rica y apasionada historia de la disputa entre los partidarios y contrarios de la Ilustración a partir de mediados del siglo XVIII, llena de claroscuros y hasta un notable pathos

Pese a que se estén alzando muchas e influyentes voces de filósofos, politólogos y sobre todo científicos, principalmente en el mundo anglosajón, alertando del peligro para el progreso de la humanidad de encontrarnos en una alta cresta de la ola histórica del rechazo y de la acerba crítica a los valores de la Ilustración, como demuestra la “circunstancia de la posverdad” y el auge de los nacionalismos y tribalismos posmodernos; los populismos, las políticas de género y otras esclavitudes y mordazas autoritarias impuestas por lo políticamente correcto; las teocracias de las sociedades de mayoría musulmana y el evangelismo fundamentalista en EE UU, no es este ni el lugar ni el momento oportuno para explayarse en revisar la rica y apasionada historia de la disputa entre los partidarios y contrarios de la Ilustración a partir de mediados del siglo XVIII, llena de claroscuros y hasta un notable pathos. Tocante a esto, es muy recomendable el ensayo de Darrin McMahon Enemies of the Enlightenment: The French Counter-Enlightenment and the Making of Modernity (Oxford University Press, 2002).

En este contexto ha irrumpido con fuerza en contra de los movimientos anti-ilustrados el psicólogo experimental, científico cognitivo y lingüista Steven Pinker, de la Universidad de Harvard

En este contexto ha irrumpido con fuerza en contra de los movimientos anti-ilustrados el psicólogo experimental, científico cognitivo y lingüista Steven Pinker, de la Universidad de Harvard. Su último y muy reciente libro Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress (Penguin Books 2018) está siendo como un elefante en la cacharrería de los luditas espirituales, alérgicos a la ciencia y a los métodos científicos; conservadores—religiosos, laicos y hasta presuntamente ateos (“de letras”, anclados en Nietzsche, la bête noire para Pinker de la contra-ilustración, y Freud, alias el “Fraude”—Friedrich Crews dixit—, por distinguirlos de los “de ciencias”, tales como Richard Dawkins, Sam Harris y demás New Atheists)—; relativistas cognitivos posmodernos de los departamentos de Cultural and Post-colonial Studies de las Facultades de Letras y Humanidades de la grandes universidades de EE UU; los etno-nacionalistas, que creen que el cosmopolitanismo liberal ha llevado a la civilización occidental al borde del colapso; anarquistas, eco-catastrofistas, anti-sistemas, tercermundistas alternativos y populistas que prefieren ver el Estado arder en lugar de apoyar una reforma gradual.

Enlightnment Now ha creado un gran revuelo en los medios de comunicación, impresos y digitales, y sobre todo en las redes sociales, particularmente en Facebook, YouTube y Twitter en las que han participado activamente en el debate sus apologistas claramente pro-ciencia tales como Richard Dawkins, Sam Harris, Jerry Coyne, Michael Shermer, Bill Gates (para el cual se trata del libro más importante que haya leído hasta ahora) e incluso el propio autor. No ha dejado indiferente a nadie y hasta ha generado acerbos y descarados ninguneos y descalificaciones contra él.

Una recriminación muy frecuente en las reseñas de expertos de letras y humanidades, como periodistas, escritores, filósofos y politólogos, es el tratamiento históricamente muy elemental, simplista, en blanco y negro, sin matices ni las necesarias facetas poliédricas que Pinker da a muchos pensadores claves de la Ilustración

Los reproches que se la han hecho al profesor de Harvard suelen repetirse y van, como se dice coloquialmente, por barrios. Una recriminación muy frecuente en las reseñas de expertos de letras y humanidades, como periodistas, escritores, filósofos y politólogos, es el tratamiento históricamente muy elemental, simplista, en blanco y negro, sin matices ni las necesarias facetas poliédricas que Pinker da a muchos pensadores claves de la Ilustración, cuya lista varía según los criterios de los críticos que a veces incluyen a escritores que claramente son parte, más que de la Ilustración, de las cohortes de su contra[1]. Ya se ha mencionado ha Friedrich Nietzsche, una de las bestias negras de Pinker y que sin embargo fue para el profesor de derecho e historia de la Universidad de Yale Samuel Moyn—ejemplo de detractor vitriólico de la complacencia que le atribuye a Pinker con el statu quo capitalista, en The New Republic—, pese a sus locuras, un pilar fundamental para el triunfo de la laicidad de la Ilustración y que tanto influjo tuvo en célebres intelectuales posteriores a él, tales como Martin Heidegger, Michel Foucault y Jacques Derrida, entre otros, a los que Pinker desprecia por su odio a la ciencia y a la modernidad. En esta misma línea de crítica en la que el autor parece agarrarse a la yugular del psicólogo de Harvard para no soltar su presa hay que situar al conservador, ciencia-fóbico y pseudo-ateo John Gray, especialmente duro en New Statment con el tratamiento que recibe David Hume—al que en efecto, Pinker no dedica la atención que merece—y el que no tiene Siegmund Freud, al que, con acierto, Pinker ni menciona por considerarlo un notorio vástago de la anti-ilustración. Gray yerra al destacar, por encima de la demoledora crítica de Hume al teísmo propio de la teología natural, que “la razón es, y debe ser sólo, esclava de las pasiones y nunca puede pretender otra función que servirlas y obedecerlas” (Tratado sobre la naturaleza humana)[2]. Une a estos dos críticos de Pinker la acusación que le lanzan con dureza de pecar de rampante cientificismo.

Hay un rechazo por parte de los que vituperan a Pinker tanto desde la derecha alternativa (alt-right) como desde la llamada izquierda regresiva y autoritaria estadounidense por todo lo que sea utilizar un enfoque cuantitativo para el estudio de aspectos morales y de bienestar de las sociedades

Otra crítica no menos frecuente del bando de los expertos de humanidades, que no comparten los que han adoptado un enfoque científico a la hora de reseñar este libro, es el uso de más de 70 gráficos de datos estadísticos con los que Pinker pretende demostrar con evidencia empírica que el humanismo, la razón y la ciencia son responsables del evidente y continuo progreso de la humanidad, esto es, de que “las cosas se están poniendo mejor” en el mundo occidental, y cuya valoración se hace midiendo cuestiones básicas para la humanidad como son la disminución sistemática de la violencia y las guerras, la salud, la educación y la pobreza. Hay un rechazo por parte de los que vituperan a Pinker tanto desde la derecha alternativa (alt-right) como desde la llamada izquierda regresiva y autoritaria estadounidense por todo lo que sea utilizar un enfoque cuantitativo para el estudio de aspectos morales y de bienestar de las sociedades. Sostienen que se trata de cuestiones cuantitativas y de calidad de empatía, libertad, tolerancia y solidaridad, no susceptibles de cuantificar empíricamente. Cierto que es muy arriesgado en ciertos problemas sociales e individuales reducir—otra acusación muy frecuente que se le hace a Pinker es su reduccionismo científico—estas facetas tan subjetivas a meros datos numéricos, a estadísticas, pues se dice, con cierta razón, que hay “lies, damned lies, and statistics” (mentiras, condenadas mentiras y estadísticas), mas no es menos cierto que, en general, no se puede gestionar aquello que no se puede medir (you can’t manage what you don’t measure). Tocante a este punto, las afirmaciones de Pinker sobre la disminución de la violencia y las guerras[3] y la disminución de la pobreza, están siendo las más rebatidas. En lo que se refiere a la segunda, se le señala a Pinker que si bien puede ser cierto que el PIB per cápita ha aumentado notoriamente, también lo ha hecho, y en mayor medida, la desigualdad, a lo que responde Pinker que lo realmente importante es que ha aumentado con consistencia y en gran manera el nivel económico de los más desfavorecidos.

Muchos de los críticos de Pinker no se oponen simplemente a los detalles del progreso, sino que son hostiles a la idea de que el progreso haya ocurrido

Muchos de los críticos de Pinker no se oponen simplemente a los detalles del progreso, sino que son hostiles a la idea de que el progreso haya ocurrido. En esta postura hay indicios de que puede reflejar una ansiedad profunda: el progreso, especialmente el progreso reciente, socava directamente la creencia de la derecha y la izquierda radicales de que el empeoramiento de las condiciones humanas y el declive social exigen una revisión institucional, una insurrección y un cambio revolucionario. Mas no aparecen, empero, en las críticas al optimismo científico, racional y humanista en el progreso social que sostiene Pinker y en su reformismo ninguna propuesta que permita a corto o medio plazo dicha revisión radical.

La conclusión más lógica que se puede sacar tras leer este extraordinario libro es que, aunque se puede discutir si el humanismo, la razón y la ciencia son responsables de ese progreso, es sin embargo muy difícil argumentar que las disciplinas metafísicas como la religión y las pseudociencias o pseudoreligiones tales como el marxismo-leninismo, hayan empujado realmente a la humanidad, ni siquiera un milímetro, hacia adelante.

[1] Para una exposición detallada, a la vez académica y divulgativa, véase: Anthony Gottlieb, The Dream of Enlightenment: The Rise of Modern Philosophy (Liveright, 2016).

[2] Es de señalar que ni Pinker ni sus críticos, a la hora de debatir sobre razón y sentimientos y emociones obvian que según el neuro-científico António Damasio, posiblemente el mayor especialista en el estudio de la relación entre razonamientos y sentimientos y emociones (éste hace sutiles distinciones entre ambos. Véase El error de Descartes), el sistema de razonamiento se desarrolló como una extensión del sistema emocional, el cual permitía tomar decisiones no conscientes, imprescindibles para nuestra supervivencia. Y es que las emociones juegan un papel trascendental en las intuiciones. La hipótesis, respaldada por las investigaciones posteriores en pacientes con lesiones en el lóbulo frontal, propone que la razón y la emoción requieren una complementación mutua. Lo que no impide, añadimos, que hay que disciplinar la mente para que no nos engañe y poder así, en la medida de lo posible, separar la razón, que es la fuente del conocimiento, al permitir verificar la correspondencia de nuestras creencias con la realidad —cuyo valor de verdad de esta correspondencia, si resulta tal, es precisamente lo que convierte a los sentimientos y creencias en conocimiento fiable— algo absolutamente necesario para el avance de la humanidad y dejar de andar dando vueltas en círculos cerrados o incluso, retrocediendo a etapas cognitivas anteriores.

[3] El tema de la violencia y las guerras lo abordó ya con solvencia Steven Pinker en su anterior texto Los ángeles que llevamos dentro. Paidós Ibérica, 2012. Véase la crítica de Mª Teresa Giménez Barbat, Steven Pinker y el declive de la violencia, Letras Libres, enero 2012.

 

Ingeniero Superior de Telecomunicaciones por la ETSIT de la Universidad Politécnica de Madrid. Ensayista de Epistemología e Historia de la Ciencia.