Trump en Oriente Medio - Rafael Calduch

La democracia es el régimen político que mejor protege los derechos de la ciudadanía al permitirle elegir y destituir a sus dirigentes, pero ello no es una garantía frente a los errores en la elección de los candidatos. Por otra parte, el populismo es la ideología política que, amparada en la narrativa del poder popular, pretende arrebatárselo para instaurar una autocracia en beneficio de una élite o una persona. Las únicas garantías que poseen las democracias para evitar su adulteración autoritaria por los errores de la ciudadanía en la elección de sus dirigentes populistas son: 1) la estricta división de los poderes del Estado y 2) la sólida implantación de un estado de derecho.

Todo partido populista cuando alcanza el poder dedica todos sus esfuerzos a destruir dicha separación de poderes y arruinar los fundamentos de la legalidad

Ello explica que todo partido populista cuando alcanza el poder dedique todos sus esfuerzos a destruir dicha separación de poderes y arruinar los fundamentos de la legalidad, argumentando siempre la supremacía de una supuesta legitimidad popular que, naturalmente, sólo puede encarnar dicho partido. Esta es, precisamente, la demostración más clara del carácter autoritario del populismo.

La elección presidencial de Donald Trump en Estados Unidos, alcanzada por una mayoría de delegados pero no de votantes, estuvo basada en un discurso populista combinado con una serie de irregularidades, algunas de las cuales están empezando a conocerse y demostrarse. Esta elección constituye una evidencia de que muy democráticamente un país se puede equivocar a la hora de seleccionar a su Presidente, aunque éste sea un exitoso empresario.

Sin embargo, sería un error pensar que la llegada de Trump a la Casa Blanca supone el inicio de la deriva final de la democracia norteamericana. Por cierto, un error que el propio Presidente cometió durante los primeros meses de su mandato y que está rectificando a golpe de fracaso en sus iniciativas políticas.

En efecto, la división de poderes en Estados Unidos es muy real y efectiva. El poder judicial ha suspendido la aplicación de sucesivas órdenes ejecutivas presidenciales que discriminaban a los inmigrantes por su país de procedencia, mientras el Congreso paralizaba iniciativas presupuestarias para la construcción de un muro fronterizo con México y nombraba a un fiscal especial para investigar las posibles vinculaciones del entorno personal del Presidente con el Kremlin para alterar la campaña electoral.

El limitado margen de acción que posee la Presidencia norteamericana cuando se trata de la política nacional se amplía notablemente cuando se trata de la política exterior

El limitado margen de acción que posee la Presidencia norteamericana cuando se trata de la política nacional se amplía notablemente cuando se trata de la política exterior, ya que en este terreno el poder judicial ve restringidas sus intervenciones a los casos de flagrante violación de la leyes nacionales o los derechos de los ciudadanos norteamericanos, como se ha constatado con la impunidad en el caso de los presos de Guantánamo.

El principal freno a los errores o excesos presidenciales en la política exterior y de defensa proceden del Congreso y muy especialmente del Senado. Sus competencias en el nombramiento de altos cargos, su decisiva intervención en la aprobación de los fondos presupuestarios de los Departamentos de Estado y de Defensa, así como su necesaria participación en la ratificación de tratados internacionales le confieren una nada despreciable influencia en las decisiones presidenciales que, no obstante, se ve con frecuencia diluida por los intereses partidistas cuando existe coincidencia entre la militancia del Presidente y la mayoría senatorial.

La trayectoria de la Administración Trump en las relaciones exteriores está dominada por una reconocida concepción aislacionista y una marcada tendencia a la conflictividad

Desde luego la trayectoria de la Administración Trump en las relaciones exteriores está dominada por una reconocida concepción aislacionista y una marcada tendencia a la conflictividad, alimentadas ambas por la arrogancia personal del Presidente y sus escasas dotes diplomáticas en sus relaciones institucionales con los dirigentes de otros países, incluso de sus propios aliados.

Es en este contexto donde hay que situar las recientes decisiones presidenciales, que amenazan con arruinar los esfuerzos que la comunidad internacional viene realizando, desde hace décadas, por estabilizar y pacificar la convulsa región de Oriente Medio. No sorprende que tales decisiones no sólo hayan enfrentado a Estados Unidos con el mundo árabe, sino que también hayan provocado la abierta discrepancia con sus aliados europeos y el rechazo de la comunidad internacional.

La primera de estas erróneas y destructivas decisiones fue el reconocimiento oficial, el pasado 6 de Diciembre, de Jerusalén como capital del Estado de Israel

La primera de estas erróneas y destructivas decisiones fue el reconocimiento oficial, el pasado 6 de diciembre, de Jerusalén como capital del Estado de Israel. Aunque este reconocimiento ya había sido comprometido por los predecesores de Trump en el despacho oval, ninguno de ellos llegó a materializarlo porque eran conscientes de las consecuencias que ello acarrearía no sólo en la evolución del conflicto palestino-israelí sino en toda la región, incluidos los principales aliados árabes de Estados Unidos como Egipto, Jordania o Arabia Saudí.

La capitalidad de Jerusalén aplicada unilateralmente por el Gobierno israelí, no es sólo una cuestión simbólica para musulmanes, judíos y cristianos, como se ha presentado en los medios de comunicación, es ante todo la quiebra del principio paz a cambio de territorios en el que se ha basado la búsqueda de una solución negociada para el conflicto más antiguo del mundo árabe. Por ese motivo la comunidad internacional la ha rechazado mediante la Resolución de la Asamblea General aprobada en sesión extraordinaria el 21 de diciembre.

En su texto se afirma expresamente que: “ todas las decisiones y los actos que pretendan haber modificado el carácter, el estatuto o la composición demográfica de la Ciudad Santa de Jerusalén no tienen efecto jurídico alguno, son nulos y sin valor y deben revocarse en cumplimiento de las resoluciones pertinentes del Consejo de Seguridad”. Esta desautorización política y anulación del valor jurídico de la decisión de Estados Unidos, fue tanto más contundente cuanto que fue aprobada con el voto favorable de 128 países y tan sólo 9 votos en contra de un total de 172 miembros.

Pero el verdadero alcance de la decisión de Trump radica en el rechazo que ha provocado en el mundo árabe y la quiebra política que ha provocado con sus aliados europeos. El creciente aislamiento diplomático de Estados Unidos en Oriente Medio afectará seriamente a su credibilidad política internacional y deteriorará sus intereses globales en los próximos años. En un mundo cada vez más interdependiente, las iniciativas unilaterales resultan siempre onerosas incluso para la primera potencia mundial.

No menos peligrosa para la paz es la política de tensión con Irán que se está impulsando desde Washington

No menos peligrosa para la paz es la política de tensión con Irán que se está impulsando desde Washington. Las amenazas de abandonar el denominado Plan Comprensivo de Acción Conjunta, firmado el 14 de julio de 2015 por Irán, de una parte, y lo cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (China; Estados Unidos; Francia; Reino Unido y Rusia) junto con Alemania y la Unión Europea de otra, constituyen una fuente de inestabilidad para una de las principales potencias en la zona del Golfo Pérsico, además de provocar un innecesario enfrentamiento con el resto de potencias signatarias.

Lo que está en juego tras la imposición de sanciones a Irán por Estados Unidos no sería sólo el riesgo de una nueva escalada bélica en una región muy castigada por las tres guerras que se han producido desde 1980, lo más grave sería el riesgo de restaurar una proliferación nuclear para la que Irán ya dispone de la tecnología y las instalaciones.

Aunque en este caso el Presidente Trump cuenta con el apoyo de Israel y de Arabia Saudí, lo cierto es que sin haber adoptado todavía las sanciones ha tenido que asumir ya los costes de un enfrentamiento político con las otras cuatro potencias mundiales.

Por otro lado, las recientes movilizaciones sociales contra las autoridades iraníes por la carestía de la vida y el paro generalizado amenazan con restaurar la represión y la violación masiva de derechos humanos propias de la etapa más sombría del fundamentalismo teocrático jomeinista. Un escenario que tanto las potencias europeas como Rusia pretenden evitar a toda costa, porque saben que uno de sus primeros efectos sería el apoyo de Teherán a grupos terroristas yihadistas junto con un incremento de nuevas guerras en la zona.

Cabría preguntarse, con toda legitimidad, si tan erróneas decisiones de la política exterior de Estados Unidos en Oriente Medio son el resultado de la ignorancia presidencial o bien de la arrogancia de un empresario aupado a la Casa Blanca. Sin duda, la ignorancia no se debería a la ausencia de asesores, analistas y expertos diplomáticos especializados en esta región del mundo. Por tanto, es muy probable que sea por una combinación de ambas circunstancias ya que con frecuencia el arrogante suele ser ignorante.

La Administración Trump se empeña en desconocer la complejidad que ha alcanzado la política internacional, para aferrarse a la simpleza de la máxima “conmigo o contra mí

La Administración Trump se empeña en desconocer la complejidad que ha alcanzado la política internacional, para aferrarse a la simpleza de la máxima “conmigo o contra mí”. Semejante visión de un mundo globalizado es irreal y por ello es también peligrosa. Cuando dicha visión la posee el Presidente norteamericano, ese peligro nos afecta a todos y por eso todos tenemos derecho a juzgarla críticamente, aunque ello no sea del agrado presidencial.

A veces es necesario elevar la mirada por encima de las fronteras de nuestro propio país, para aprender de los errores ajenos y, por qué no decirlo, darnos cuenta del provincianismo de algunos dirigentes políticos propios, empeñados en un populismo independentista cuando el mundo enfrenta peligros reales de un alcance global. No espero que la arrogancia de estos dirigentes les haga reconocer sus errores y enmendar sus conductas, sólo espero que mis conciudadanos reflexionen y valoren en todo su alcance la elección de sus dirigentes, pero por si acaso yerran en tan importante decisión, no estará demás mantener la separación de poderes y defender el estado de derecho.