Tribalismo nacionalista - Cesar Nebot

Nuestro imaginario colectivo está inundado del maniqueísmo cinematográfico de Hollywood donde los malos se saben maquiavélicamente malos profiriendo perversas carcajadas. En los cuentos que han poblado el acervo cultural se delimita quienes son los buenos y quienes los malos y cómo cada cual es consciente de su rol. Los cuentos son vehículos pedagógicos que permiten un aprendizaje social sin precisar de la razón. Es decir, son buenos para enseñar elementos sociales a los pequeños. Lo preocupante es que como adultos sigamos atados a este tipo de relatos como única forma de interpretar la realidad, dejando de lado nuestra capacidad racional.

Pero, ¿a cuántos conoce usted que, ante su probado premeditado y alevoso ejercicio de violencia, hayan declarado que son malos y alardeen de su sádica condición? Yo no conozco a ninguno. Todos tienen una terrible tendencia a formular relatos grotescos y cínicos, realizan cabriolas dialécticas para blindar su microcosmos con las que justificar sus actos, su barbarie y sus abusos. Los que ejercen esa violencia disfrazan su mal como receta necesaria por un bien superior ya sean dioses, patrias de montaje fácil con llave Allen incluida, o una nueva humanidad por la que vale la pena sacrificar la antigua.

Los nacionalismos, para justificar su génesis y su razón de ser, suelen elaborar sus mitos, sus cuentos que apelan a los instintos básicos olvidando lo racional para fraguar lo tribal. Pero estos cuentos no pretenden ser una herramienta social que facilite un progreso posterior sino una trampa para atrapar a todos y definir quién pertenece al clan y quién no. Dado que nadie reconocerá su índole es necesario aprender a detectar ciertos elementos de los cuentos que nos pueden dar pistas.

El primer elemento a tener en cuenta es que para fraguar lo tribal se necesita acentuar la diferencia. La igualdad entre los externos y los integrantes de la tribu es una gran amenaza para el cuento nacionalista

El primer elemento a tener en cuenta es que para fraguar lo tribal se necesita acentuar la diferencia. La igualdad entre los externos y los integrantes de la tribu es una gran amenaza para el cuento nacionalista. Por eso el cuento abunda constantemente en el ellos versus nosotros. Eso permite distanciar y deshumanizar a la víctima apelando no a la racionalidad sino a lo tribal. Pues nadie exculpa a quien agrede a otro de la propia tribu pero en cambio lo disculpa cuando se le considera externo, ajeno e incluso una posible amenaza al clan. Esta delimitación de la tribu es condición necesaria que cumple una función primordial. Define que lo que hagan los demás es malo y que lo que hagan los de dentro es bueno independientemente de que lo sea. “Quien no está conmigo está en mi contra” será un rezo habitual en ese tipo de cuento.

El segundo consiste en culpar al agredido de todos los males adoptando el papel de víctima. Puesto que está en el exterior, no tiene los derechos (privilegios) inherentes a la membresía a la tribu e inevitablemente su actuación no podrá ser disculpada bajo ningún concepto. Eso justificará la violencia ejercida sobre los demás. El verdugo se disfraza de víctima. Da igual que blanda su ensangrentada hacha y que exhiba su tiranía, su relato de víctima se impone más allá de lo racional. Es por lo tanto, difícil llevarle la contraria sin ser acusado. Si no que se lo digan a Tomás Moro, al que Enrique VIII le hizo perder la cabeza…literalmente.

El tercer elemento consiste en consolidar la mentira con relatos superpuestos que distorsionan la realidad, que sirve así de engrudo para la tribu

Por otra parte cuanto mayor poder acumulan mayor es la necesidad de tejer relatos exculpatorios de sus maldades. En consecuencia, el tercer elemento consiste en consolidar la mentira con relatos superpuestos que distorsionan la realidad, que sirve así de engrudo para la tribu. La realidad debe pasar por el prisma de la oficialidad de la tribu. Eso conlleva reescribir la Historia. Requiere, como en “1984”, reinventar el pasado para controlar el futuro, porque la gran preocupación de la tribu es siempre su propio futuro. Un futuro siempre amenazado por los demás. Así los líderes nacionalistas se erigen como dioses de su microcosmos, sustituyen la racionalidad por el fanatismo, la ley por su capricho, la discrepancia por la disidencia y como se fomenta la delación, la concordia muta en discordia. Es el ambiente del miedo por mucho que se disimule con sonrisas de quita y pon.

Y es que lejos de razonar, se racionalizan justificaciones ad hoc de las bajezas de los dirigentes y de la propia masa abducida ante el temor de que el relato se desmorone y así tener que afrontar la desnudez.

En El señor de las moscas de William Golding podemos detectar cómo estos elementos van fraguándose en el relato que van configurando los niños que han naufragado en la isla desierta

En El señor de las moscas de William Golding podemos detectar cómo estos elementos van fraguándose en el relato que van configurando los niños que han naufragado en la isla desierta. El lector aprecia la crueldad que la justificación tribal es capaz de desplegar. Pero como relato, cuando se viene abajo sólo queda la verdad desnuda y provoca un gran impacto. Muchos nazis tras la guerra cuando tomaron medida externa de sus atrocidades no daban crédito a lo acaecido. Sin el relato se les cae la venda y aun así los hay quienes persisten en mantener la venda medio caída para seguir con su microcosmos. Este momento de desnudez sucede en El señor de las moscas cuando por fin son rescatados de la isla y no lo celebran. Se diluye el relato tribal de su microcosmos que justificaba su violencia.

Al abandonar el siglo de las ideologías, creímos que los relatos que sustentaron masacres, guerras y atrocidades caerían también, pero en el siglo XXI se siguen forjando relatos tribales.

La era de las redes sociales no ha facilitado la caída de los mitos sino que ha permitido viralizar los cuentos tribales. Los que ejercen violencia siguen precisando del relato ya sean invocadores de lo humano o de lo divino, torquemadas, stalines o hitlers en miniatura, autoflageladores públicos con hábito o sin él, atracadores de guante blanco, facciones mafiosas dentro de partidos políticos, tesoreros de lo ajeno, reyezuelos autoproclamados, presidentes y huidos forjadores de relatos independentistas, etc… no son pocos los que tejen la discordia e imponen sus relatos en su escala como en El Señor de las moscas. Nadie que ejerza la violencia lo confiesa como tal, pero por su tribalismo nacionalista los reconoceréis.