Totalitarismo - Ramón de Veciana

Los catalanes nos hemos visto injustamente relegados en la condición de chistosos del ránking nacional, a pesar de nuestra inequívoca vis cómica.

Con periodicidad, los independentistas catalanes amenizan la aburrida vida española con grandes acontecimientos teatrales de hilarantes aportaciones del género cómico y las mejores performance corales. De todos, tengo especial predilección por el “Complot de Prats de Molló” de 1926 en el que Francesc Macià intentó invadir Cataluña desde Francia con un ejército irregular, para conseguir la independencia.

El plan inicial de Macià era organizar esta incursión para llamar la atención del mundo y exigir la solución del «caso catalán«

El plan no podía ser más disparatado. Francesc Macià, que había sido militar del ejército español, con un centenar de voluntarios y mercenarios quería entrar por la frontera española desde Prats de Molló y, tras la toma de Olot, dirigirse a Barcelona, donde declararían la huelga general; y, luego, proclamarían la República Catalana. Y en ese juego de carambolas sucesivas, esperaban que la proclamación de la República también provocara levantamientos en otras regiones españolas.  El plan inicial de Macià era organizar esta incursión para llamar la atención del mundo y exigir la solución del «caso catalán«. Quien dice atención del mundo dice internacionalización ¿les suena?

La invasión de Macià no era más que una astracanada, pero sorprendentemente los nacionalistas catalanes de la época lo convirtieron en una gesta épica

La invasión resultó un completo fracaso porque la policía francesa, que ya estaba sobre aviso por la filtración procedente de Giuseppe Garibaldi,​ nieto del político italiano, detuvo a Macià y a la mayoría de sus hombres cerca de la frontera española. Fueron juzgados y Macià, condenado a dos meses de cárcel, fue puesto inmediatamente en libertad y expulsado a Bélgica. A ojos de cualquier persona cabal, la invasión de Macià no era más que una astracanada, absolutamente risible, pero sorprendentemente los nacionalistas catalanes de la época lo convirtieron en una gesta épica, que dio a Macià el halo heroico que le sirvió para su posterior carrera política hasta alcanzar la presidencia de la Generalitat.

Noventa años más tarde los independentistas han vuelto a representar otra bufonada de paralelismos históricos evidentes

Noventa años más tarde los independentistas, esta vez de la mano de Puigdemont, han vuelto a representar otra bufonada de paralelismos históricos evidentes: un plan disparatado, una megalomanía irrefrenable, la pretensión de internacionalizar una patología y siempre, como estación de término, Bélgica. Un permanente bucle del que son incapaces de salir, un ritornello cargante.

Ese aspecto cómico tiene su contrapartida trágica y esta vez con unos costes económicos y sociales altísimos. Todos importantes y algunos irreversibles. Los económicos evidentes, fuga de empresas y de capitales. Los sociales, invisibles pero venenosos.

Hasta hace poco la vida en Cataluña se movía en dos planos perfectamente diferenciados; el social, no exento de diferencias pero pacífico, siempre dentro de las reglas de juego del diálogo racional y respetuoso; y el plano político, donde el debate era bronco, sucio, plagado de falacias y mentiras.

La moneda falsa ha expulsado del mercado la moneda legítima del respeto, la racionalidad y la prudencia

Con los pasos dados los días 6 y 7 de septiembre con la aprobación de las leyes del referéndum y de la transitoriedad a la república catalana y los hechos del día 1 de octubre con la celebración del referéndum con la participación de una parte importante de los catalanes violentando la ley, esos planos se han fundido. Y ya sólo existe un único plano, donde la moneda falsa ha expulsado del mercado la moneda legítima del respeto, la racionalidad y la prudencia.

De un día para otro, muchos catalanes vimos cómo nuestros familiares, nuestros amigos y nuestros vecinos, con quienes manteníamos una relación razonable y dialécticamente enriquecedora, decidieron cruzar el Rubicón de la sociedad democrática y pasar a otra orilla, pasar de las palabras a los hechos. Realizar acciones concretas con las que sabían que perjudican a personas concretas; no a un colectivo abstracto, sino a quienes hasta ahora habíamos sido sus amigos, sus familiares, sus compañeros.

Cuando algún amigo o familiar ha dicho “participé en los grupos de resistencia en los colegios electorales del referéndum del 1 de octubre”, en realidad, nos estaba queriendo decir “participé en contra tuya, para perjudicarte, sabiendo que te ignoraba”. Cuando un compañero abogado me decía que “cree en el Estado de Derecho pero no había otro remedio que incumplir la Ley”, en realidad me estaba diciendo que su derecho era muy superior al mío, en definitiva, que él está por encima de mí, porque su “derecho” le permite pisar todos nuestros derechos.

De todas las pérdidas en estos pocos meses, la peor pérdida ha sido la pérdida de la empatía entre personas queridas, esa conexión humana y de respeto por la diferencia. Sin empatía no hay democracia.

Existe un grupo numeroso de personas con nombre y apellidos, de caras conocidas, que guiados por la idea narcisista de estar haciendo una tarea histórica y única, han tomado la decisión irreversible de someternos

En este momento se quebró la sociedad catalana, se ha producido un terremoto en nuestra delicada sociedad democrática, en el que hemos visto, quitándonos el velo del cariño, que existe un grupo numeroso de personas con nombre y apellidos, de caras conocidas, que guiados por la idea narcisista de estar haciendo una tarea histórica y única, han tomado la decisión irreversible de someternos, de laminar todos nuestros derechos; porque ahora somos “los otros”, aquellos que dejamos de ser, quienes dejamos de ser personas como sujeto de derechos.

El totalitarismo se ha instalado a ras de suelo en la sociedad catalana

El totalitarismo se ha instalado a ras de suelo en la sociedad catalana, en las familias, en los grupos de amigos, en los centros de trabajo. Y esta pérdida no se recuperará en mucho tiempo. En este momento es cuando esta comedia dejó de hacernos gracia y empezó a darnos miedo. Ahora sólo nos queda saber si acabará como comedia o una tragedia en la que a todos nos han dado papel sin haberlo pedido.