El procés ante el espejo - Ramón de Veciana

El juicio y posterior condena al expresidente de la Generalitat de Cataluña Artur Mas y a las exconsejeras Irene Rigau y Joana Ortega por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha puesto al “procés” independentista ante el espejo de la sociedad y de los medios de comunicación. Y la imagen que se ha proyectado no es precisamente la que ellos querían mostrar.

Ha resultado ser una opereta bufa donde hemos podido presenciar la actuación de un zascandil acompañado de dos coristas de segunda

En lugar de presentar el viso épico que cualquier movimiento separatista necesita, al final, ha resultado ser una opereta bufa donde lejos de encontrarnos ante un digno presidente de la Generalidad, hemos podido presenciar la actuación de un zascandil acompañado de dos coristas de segunda.  Se ha visto la impostura y el doble discurso de Mas, Rigau y Ortega; a las puertas del Palacio de Justicia ante la multitud de enfervorecidos seguidores, un discurso retador a las altas instituciones del Estado; y, para intentar eludir la condena, un discurso sumiso al cumplimiento de la ley y las resoluciones del Tribunal Constitucional, una vez sentados en el banquillo de los acusados.

Desgraciadamente para Mas, Rigau y Ortega la existencia de la televisión y la retransmisión en directo de los juicios ha borrado la pátina épica que sí gozaron los procesos penales de otros golpistas catalanes, como Companys y Macià, cuyos juicios les dieron cierta aureola mítica que ha alimentado el catalanismo político.  Y es que las imágenes de televisión resultan demoledoras cuando no pueden ser manipuladas.

Parecía que una condena de los tres políticos acusados iba a revolucionar Cataluña y el resultado ha sido el contrario

Buena prueba de ello es que hecha pública la sentencia, la sociedad catalana en su conjunto ha recibido la condena con una frialdad inesperada. Parecía que una condena de los tres políticos acusados iba a revolucionar Cataluña y el resultado ha sido el contrario, la ridiculez de una cacerolada convocada para la noche de la publicación de la sentencia  ha dejado a las claras que el “procés” está muerto. Solo se necesita un forense que certifique el óbito político y un enterrador dispuesto a inhumar al cadáver.

Se han producido hechos gravísimos, como es que un poder ejecutivo (aunque sea regional) como el de la Generalitat convoque una manifestación ante el Poder judicial del Estado para presionar a los magistrados que han de impartir justicia o que Carles Viver Pi-Sunyer ex vicepresidente del Tribunal Constitucional y paradójicamente Gran cruz de la Orden de Isabel la Católica y Orden del Mérito Constitucional, se haya convertido en el gran hacedor jurídico del proceso independentista.

El “procés” se ha convertido en el desafío más grave a la democracia y al Estado de Derecho después del golpe de Estado de 23 de febrero de 1981, pero que ha llegado ya a su fin cuando definitivamente se lo ha llevado al terreno que le es propio: el del delito.

Efectivamente, las penas impuestas a Artur Mas, Rigau y Ortega son leves comparadas con la petición fiscal, pero han permitido enmarcar claramente el carácter antidemocrático del “procés”, de su carácter de movimiento totalitario, tanto en su esencia como en su puesta en escena. Los “tempos” lentos, cuasi elefantiásicos, de la justicia española han permitido que coincidieran en el tiempo los juicios de Artur Mas, Irene Rigau, Joana Ortega y Francesc Homs con el del caso “Palau de la Música” y el caso “Pretoria”. Éstos están desentrañando las claves del repentino giro independentista del partido central de la política catalana como era Convergencia i Unió, que se sentía totalmente cómodo en el sistema institucional de la Constitución de 1978, donde obtenía indudables réditos a sus escasos, pero decisivos, escaños en el Congreso de los diputados.

La corrupción institucionalizada en Cataluña durante más de 30 años ha vampirizado económicamente a la autonomía catalana

La corrupción institucionalizada en Cataluña durante más de 30 años ha vampirizado económicamente a la autonomía catalana, con el beneplácito de todos los partidos políticos nacionales; que convirtió a la familia Pujol en unos auténticos sátrapas en Cataluña. Y en el momento en que este sistema corrupto se ha empezado a evidenciar ha obligado a la familia Pujol y Artur Mas, como regente del trono de la familia Pujol, a emprender una huida hacia adelante. No hacia la Ítaca catalanista, por supuesto, sino hacia la impunidad absoluta de su latrocinio que les daría la posible independencia de Cataluña.

Estamos viviendo ya el último periodo del “procés” que tendrá  inevitablemente los estertores convulsos de su final, pero no cabe duda de que ya los propios dirigentes independentistas desean que se produzca ese “tie-break” para volver a la “normalidad”, seguir haciendo aquello que mejor saben y han venido haciendo durante décadas: manejar económicamente la autonomía de Cataluña sin cortapisas ni controles, en beneficio de la clase política nacionalista y sus familias.

Una vez más, debemos hacer profesión de fe en el Estado de Derecho, cuando se ha demostrado que la Justicia y la aplicación de las Leyes tiene un efecto taumatúrgico y que es el último valladar de la corrupción y el totalitarismo.

Que todos los crímenes (democráticos) tienen su castigo (democrático), que no haya crimen sin castigo.