Necrofilia politica - Antonio Cervero

Pulsiones oscuras

Si hay algo que puede apreciarse con claridad en la época en que nos ha tocado vivir es que nuestra sociedad, grandes dosis de hipocresía al margen, se mueve en la más absoluta contradicción. Esto no tiene ninguna importancia en los países orientales que, según los estudios interculturales, tienden a asumirla sin más, pero resulta especialmente relevante en las sociedades occidentales que, como la española (con sus carteras ministeriales de comunistas consumistas), tratan de resolverla a toda costa.

La muerte, como única certeza desde el momento del nacimiento, no es ajena a este fenómeno y por tanto, no es extraño que la misma se perciba desde dos polos aparentemente irreconciliables que van desde la más fingida ignorancia hasta la más completa fascinación. Dos extremos que, curiosamente, se pueden explicar desde un punto de vista psicológico a través de un mismo proceso, el mecanismo de defensa de la negación.

El primer caso es más fácil de apreciar, obviar su existencia nos hace tenerla menos presente y permite escapar de su influencia, reduciendo con ello la emoción de miedo e incrementando la sensación de control sobre variables que realmente están fuera de nuestro alcance.

La atracción que provoca la muerte, especialmente cuando se trata de saldar cuentas pendientes, está en la propia esencia de nuestra cultura de corte cristiano

El segundo, es algo más retorcido. La atracción que provoca la muerte, especialmente cuando se trata de saldar cuentas pendientes, está en la propia esencia de nuestra cultura de corte cristiano, que tiene que lidiar con la paradoja de explicar cómo la ejecución de su principal líder mesiánico precipitó su triunfo. O dicho de otro modo, convencernos de que la derrota de un asesinato particularmente lento y cruel, fue la causa de una dulce victoria a posteriori (generalmente de corte moral).

Es en este segundo marco de referencia donde el encanto que produce la muerte puede trastocar los esquemas mentales y, especialmente en sujetos con tendencia psicopática o no muy equilibrados emocionalmente, generar una cierta excitación que afecta a los impulsos humanos más primarios como son la ira y la violencia, adquiriendo en los casos más extremos connotaciones de tipo sexual. En definitiva, una activación de corte placentero y energizante que podemos calificar desde un punto de vista simbólico, como necrófila.

Afortunadamente, la expresión de estas motivaciones mueve en lo humano, a través de la emoción de asco, a la mayor de las repugnancias y por ello debemos agradecer que, de la pequeña porción de sujetos que puede manifestar estos impulsos, solo una selección mucho menor haya podido permitirse el lujo de darles salida, siendo estos los que han estado en posiciones donde gozaban de un amplio poder.

Casos célebres

Si una institución ha destacado por gozar de una posición de poder casi absoluto, esa ha sido sin duda el papado, lo que permite entender por qué en ella se han dado dosis de corrupción y depravación que superan lo imaginable. Más allá de los múltiples casos de pederastia, incesto, sadomasoquismo, violación y hasta zoofilia que han protagonizado sus líderes (Frattini, 2010), resulta especialmente relevante para nuestro objeto el primer gran caso de atracción por el cadáver político del enemigo o por el cadáver del enemigo político (literalmente), que podemos encontrar en el Concilio Cadavérico que se celebró en el año 897. El Papa Esteban VI, elegido suponemos que por un despiste del Espíritu Santo, acusó al ya difunto papa Formoso de haber accedido al papado de forma fraudulenta y unos meses después de su muerte, exhumó el cadáver, lo vistió con el atuendo papal y lo sentó en el trono para ser juzgado. Parece ser que, según cuenta una de las versiones de la historia, su muda defensa, verbalizada por un imberbe diácono de 18 años, no fue del agrado de los jueces que, aplicando el principio de que quien calla otorga, lo condenaron arrancando sus ropajes, cortándole los tres dedos de la mano derecha que los papas utilizan para bendecir y arrastrándolo por las calles de Roma hasta que fue arrojado al río Tíber. Toda una oda a la salud mental de cualquier líder espiritual.

la ventaja de estar en el lugar y el tiempo adecuado es que la psicopatía pasa a ser heroísmo si las aberraciones se aplican al enemigo

Algunos siglos después de que el papado sentara las bases del cine gore, otro estamento, el militar, tan cercano a la muerte como el primero, presentaría a sus propios protagonistas. En 1405 nacía Gilles de Rais, que algunos consideran la base real de la célebre historia de Perrault “Barba Azul”. El amigo Gilles era lugarteniente de Juana de Arco y debido a su crueldad en la Guerra de los Cien Años se ganó el título de Mariscal de Francia (la ventaja de estar en el lugar y el tiempo adecuado es que la psicopatía pasa a ser heroísmo si las aberraciones se aplican al enemigo). En todo caso, no pudo salvar la vida de su lideresa en tiempos tan heteropatriarcales y la ocurrencia que tuvo para superar su frustración fue avanzar progresivamente en una espiral de perversión en la cual gustaba de “torturar, violar y matar a niños (y no siempre en ese orden)” (Cervera, 2018).

Aunque la antigüedad de estos hechos podría hacernos pensar que son producto de otras épocas y que estamos, por tanto, ante una burda aplicación del sesgo presentista tan del gusto de nuestros cultivados adolescentes, podemos comprobar fácilmente que ciertas tendencias perturbadoras del ser humano trascienden los periodos históricos. En la segunda mitad del siglo XX, ayer como quien dice, uno de los casos más indecentes fue el de la profanación del cadáver de Evita Perón. De nuevo, la atracción por la muerte, el rencor convertido en violencia y la racionalización de la propia perturbación mental con delirios de corte esotérico, llevaron a que su cadáver fuera primero paseado por la ciudad de Buenos Aires y posteriormente vejado a través de bailes y actos sexuales por parte del ultraderechista teniente coronel del ejército Carlos Moori Koenig (Rubin, 2019), que tenía un apetito malsano y obsesivo con su figura.

Eso sí, en el lado opuesto del polo ideológico del teniente, y asumiendo que los extremos se tocan de forma casi circular, también existen personajes que poco tienen que envidiarle. Ahí están las conductas enfermizas del icono pop y capitalista de venta de camisetas, Ernesto Che Guevera, que no tuvo problema alguno en dejar constancia por escrito de sus inclinaciones cuando en el diario de Sierra Maestra describió cómo arrancó con gran deleite el reloj a un moribundo al que había disparado en la cabeza, o cuando le confesó a su padre algunas de sus vías de placer: “Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar”.

Ahora bien, si el ajuste de cuentas contra el difunto y el deleite en la perversión más morbosa no son suficientes (recordemos que morbo viene del latín morbus-i: enfemedad), también hay quien piensa que un cadáver tiene que ser motivo de idolatría y admiración, especialmente si este pertenece a un líder totalitario y genocida del gusto de algún ministro patrio, para nuestra vergüenza internacional. Es el caso de la momia de Lenin, que sigue generando enorme polémica en Rusia debido al debate sobre la conveniencia o no de su entierro y que evidencia que la línea divisoria entre la intimidad que otorga el lugar de eterno reposo y el abierto exhibicionismo, no es tan ancha como pudiera parecer. Y es que, a veces, los que gozan con ciertas perversiones pretenden que los demás hagan lo propio en un afán de normalización de su propia parafilia.

Las peculiaridades patrias

Teniendo en cuenta tan extensas muestras de humanidad, en el peor sentido de la palabra y para asombro de algunos santurrones, se podría pensar que España sería solamente una réplica de conductas aisladas semejantes. Pero resulta obvio que un país moralmente enfermo que considera el nacionalismo excluyente y racista como muy progresista, donde es mérito para formar parte del gobierno carecer de formación o experiencia y donde se culpabiliza a las víctimas mientras se ensalza a los verdugos, tenía que tener algunas peculiaridades.

Una de ellas es la religiosidad puritana que alcanzó su máxima expresión con la exaltación del nacionalcatolicismo impuesto por Franco, quien tenía una devoción santera peculiar. De este modo, se obsesionó con el brazo de Santa Teresa (Maldonado, 2019) hasta tal punto que no solo lo hacía presidir todos sus actos, sino que estaba guardado en un relicario que tenía en su habitación y de donde lo sacaba solo para dormir, depositándolo en su mesita de noche. Llámenme raro, pero a mí la idea de dormir con un brazo amputado de 1582, por muy incorrupto que esté, la única emoción que me genera es la de repugnancia.

El caso es que, cosas del karma, el protagonista anterior en su vertiente activa no sospechaba seguramente que iba a ser también protagonista en su forma pasiva, cuando otro resentido patológico decidiera utilizar su cadáver como fetiche redentor, quién sabe si para gozar del ánimo masturbatorio de la humillación de su adversario de la misma forma en que lo hizo el papa Esteban VI, o simplemente para estimular esa misma condición en las masas.

si el cainismo es una peculiaridad española de primer orden, no lo es menos gozar con un retorcido voyeurismo del sufrimiento y la muerte ajena

Masas que, fanatizadas, ignorantes e impúdicas, como por definición son las masas, celebraban con gran depravación en ciertas regiones los asesinatos de sus vecinos, brindando y comiendo gambas mientras trataban de ocultar la sonrisa enmascaradora que evidenciaba sus verdaderas pulsiones. Porque si el cainismo es una peculiaridad española de primer orden, no lo es menos gozar con un retorcido voyeurismo del sufrimiento y la muerte ajena, sobre todo si quien asume el riesgo de la ejecución es el tonto al que se envía a primera línea de fuego.

Así están las cosas y así pueden observarlas quienes tengan el valor de enfrentarse a la cruda realidad. Pero el resto puede estar tranquilo. Aunque aquí las tendencias no sean solo producto de perturbaciones individuales, sino más aún, sociales, las líneas de difusión hegemónica seguirán redefiniendo el lenguaje para que podamos relamernos en una falsa moral, la misma que pretende ocultar los más putrefactos instintos, casi tanto como los cadáveres que algunos utilizan para sus más oscuros placeres.

  

Referencias bibliográficas

Cervera, C. (2018, 18 de febrero). El verdadero “Barba Azul”, el amigo necrófilo de Juana de Arco que asoló Francia. ABC. Recuperado de https://bit.ly/380NFDf

Frattini, E. (2010). Los Papas y el Sexo. Madrid: Espasa.

Maldonado, L. (2019, 15 de octubre). La mano de Santa Teresa de Jesús, el amuleto que consiguió que Franco ganase la Guerra Civil. El Español. Recuperado de https://bit.ly/30dNDVC

Rubin, S. (2019, 7 de mayo). Un cadáver secuestrado, ultrajado y desterrado. Clarín. Recuperado de https://bit.ly/2Tdwquf

 

Graduado en Psicología por la UNED (itinerario clínico), Licenciado en Pedagogía y Diplomado en Magisterio (esp. Primaria) por la Universidad de Oviedo