Los perros de los cortijos - Francisco Gonzalez

Los perros de los cortijos nunca han vivido bien. Un bidón de lata tumbado, un tinglado de maderas medio podridas o unos ladrillos con un tapado de uralita vieja suelen su única guarida. Junto a un cacharro con agua sucia y caliente, esperan bajo el rigor del sol estival o los fríos del invierno que el guardés les eche algunas sobras, arroz, pan duro y con un poco de suerte algunos huesos y un caparazón de gallina del puchero. Están atados con pesadas cadenas que con una argolla en un extremo que se desliza por un cable de acero les permite correr de un lado a otro de la cerca. Los perros de los cortijos no están sanos, tienen pulgas, garrapatas y muchas veces sarna. El veterinario que acude a revisar al ganado rara vez repara ellos, y los grandes males se resuelven con grandes remedios, un tiro y un hoyo. ¿Será por escopetas de caza, azadas y tierra en los cortijos?

Definitivamente, los perros de los cortijos están maltratados, pero ellos no lo saben y defienden con fiero entusiasmo y denuedo la propiedad, ladran y si es necesario atacan a cualquiera que ose acercarse

Definitivamente, los perros de los cortijos están maltratados, pero ellos no lo saben y defienden con fiero entusiasmo y denuedo la propiedad, ladran y si es necesario atacan a cualquiera que ose acercarse. Mueven la cola servilmente cuando el guardés, rara vez el dueño, se les acerca. Saben que no suelen regalar caricias, pero sí agua fresca y comida, que para ellos es la vida, es su perruna vida. Su fidelidad es pétrea, incombustible, inasequible al desaliento. Las pocas veces que los sueltan ni imaginan aprovechar esa libertad momentánea para escapar, no hay nada de qué escapar, vuelven dóciles a sus cadenas, a su bidón, a su agua caliente y a la mala sombra de ese arbusto medio seco, a seguir pasando sus días ladrando a los desconocidos, defendiendo el territorio y esperando agradecidos los restos de comida.

La vida de un perro cortijero es triste, no es una vida plena. Sin libertad, ni salud, ni confort, sin nada de todo aquello que la naturaleza previó para los perros, pero ellos no lo saben, es su vida, es la vida que conocen y matarán por defenderla.

La única línea de teléfono del bloque, una licencia, un extra en la cartilla de racionamiento, hacer la vista gorda ante el contrabando de comida de importación…, hay muchas y baratas formas de comprar la voluntad del hambriento

Los chavistas venezolanos defienden su revolución, las bolsas CLAP que el gobierno de Maduro regala los alimenta. A los dóciles colaboracionistas el régimen los sabe compensar. Los chavistas se sienten importantes, los miembros de los colectivos, de los círculos bolivarianos, además de la comida, reciben armas, motocicletas y el calor reconfortante del poder. Salieron de una miseria peor, aún duelen los pies desnudos y mojados en los charcos de las calles de tierra del barrio. Nunca más van a volver a andar descalzos. Ahora son importantes, son custodios de la revolución, herederos de Bolívar, y si por ella hay que matar se mata. El régimen venezolano ha tenido buen maestro, durante décadas el castrismo ha sabido tejer esa tupida red de colaboracionistas, cooptar a ese miembro del partido, espía de sus vecinos y delator de conspiradores. La única línea de teléfono del bloque, una licencia, un extra en la cartilla de racionamiento, hacer la vista gorda ante el contrabando de comida de importación…, hay muchas y baratas formas de comprar la voluntad del hambriento.

Los inmigrantes subsaharianos en España venden gafas de sol, deuvedés piratas y baratijas en mantas o cargando pesados canastos entre las mesas de las terrazas de verano. Comparten un piso entre muchos, ganan poco, malviven, pero es su vida, su nueva vida. La que les ha dado el jefe chino que les ayudó a salir de su miseria, el que les facilitó un techo y una cama, el que cada día les lleva del piso a la gran nave industrial del polígono, siempre con coches de alta gama aparcados en la puerta, donde van a cargar, y de allí a sus zonas de trabajo, esas que les tocó en el reparto. El patrón les defiende, les paga la línea de móvil para llamar a casa una vez al mes, e incluso les perdona la deuda cuando la policía les requisa el género. Le deben su nueva vida, le deben todo, y si se portan bien y venden mucho seguramente les den una zona mejor donde se venda y gane más. ¿Cómo van a denunciar y morder esa mano?

Si tiene que ser el más activo en tuiter, ponerse el lazo, estar en primera fila en el acto, se está… Es su vida, no concibe otra vida, todo lo que tiene, todo lo que es, se lo debe a ellos. Aunque se hayan vuelto locos tiene que mover el rabo, y ladrar, y morder si es necesario

Jordi hace tiempo que perdió la fe. Cada vez tiene más dudas, o mejor dicho, lo cierto es cada vez tiene menos dudas, pero no lo sabe nadie. Ni a su mujer ni a sus amigos se atreve a confesarlo. No tiene dudas de que esto es una locura, y tampoco tiene dudas de que debe seguir apoyando y no puede traicionar a los que tanto han hecho por él. Atrás quedó ese primer contacto con el partido, la pegada de carteles, las reuniones, la celebración de aquella victoria en las municipales, el primer contrato con el ayuntamiento, esos dos años de asesor de alcaldía que le permitieron conocer a toda la gente importante, esa cena en la que el mismísimo señor Pujol le dio la mano y le dijo que le habían hablado muy bien de él. Luego todo fue sobre ruedas, la agencia de publicidad, su crecimiento, la época en la que no pasaba nada en Cataluña sin que él estuviera informado, esa posición cómoda de estar en la pomada sin necesidad de dar la cara ni el salto a la política expuesta, la aventura del diario digital, que fue menos aventura gracias a la publicidad garantizada, la institucional y la de las empresas privadas que llegaban sin necesidad de golpear puertas, que sabían dónde tenían que publicitarse, luego la crisis, el ERE, la subvención que llegó justo a tiempo…, jamás le habían fallado. Era uno de los suyos, su casa, su chalet en la Cerdaña, el barco en Rosas, la educación de sus hijos en el liceo francés…, todo se lo debe a ellos. En la última costellada que organizó en casa estuvo a punto de decirle a Pep lo que pensaba de toda esta locura, pero se dijo: ¿para qué? No tengo derecho a cuestionar lo que deciden cuando llevo décadas beneficiándome sin hacerlo. Hay que estar a las duras y a las maduras. Si ahora toca pagar se paga, que los autobuses, las pancartas, los abogados, nada es gratis… Si tiene que ser el más activo en tuiter, ponerse el lazo, estar en primera fila en el acto, se está… Es su vida, no concibe otra vida, todo lo que tiene, todo lo que es, se lo debe a ellos. Aunque se hayan vuelto locos tiene que mover el rabo, y ladrar, y morder si es necesario.

En Andalucía el socialismo lleva 40 años haciéndolo, y funciona, claro que funciona. Las peonadas en trabajos municipales, subvenciones, cursos de formación y otras ayudas sociales han propiciado un ejército de defensores del cortijo. También estar cerca del calor de la hoguera del poder tiene sus ventajas, ese mirar para otro lado cuando montas la peluquería en casa sin darte de alta, cuando el alcalde te avisa de que mañana pares la obra porque quizá aparezca la inspección de trabajo, o mucho más cuando te colocan a la niña, que es muy guapa, muy aplicada y muy buena estudiante, en esa oficina que ha montado la Diputación para no sé qué de la atención a la mujer rural o para enseñar las ruinas del castillo de lunes a sábado de diez a dos y de cuatro a seis a turistas que no llegan y que el domingo que si lo hacen se la encuentran cerrada… No son libres, son dependientes, perdieron la autoestima pero viven, es su vida, su cerveza diaria en la casa del pueblo, su bidón de lata, su agua sucia y caliente, y ladrarán, y morderán, y votarán por defenderla.

Cuando son humanos, además de la tristeza del cautiverio, llevan la pesada carga de la conciencia, esa que aflora de vez en cuando

Los perros de los cortijos no son felices, viven maltratados, tienen la vida tristemente resuelta. Pero cuando son humanos, además de la tristeza del cautiverio, llevan la pesada carga de la conciencia, esa que aflora de vez en cuando, esa que les asalta cuando la soledad o la introspección de un momento hacen que se permitan bajar la guardia y, vulnerables, mirarse al espejo. Se enfrentan al sueño de la libertad y la dignidad humanas, conceptos en los que otros viven y que saben que para ellos son solo un sueño, y es que las cadenas invisibles pesan mucho más que las reales.