Lobos con piel de corderos - Carlos Silva

Washington nos recuerda con su clima insalubre y el verde frondoso de los alrededores del río Potomac que la capital de la principal potencia mundial fue una vez fundada en una tierra de nadie pantanosa a caballo entre Maryland y Virginia, el sur histórico de los estados fundacionales de la nación americana. Washington, la ciudad construida de la nada en base a principios ilustrados, nos habla de unos hombres en una encrucijada con una prodigiosa visión de la trascendencia histórica de sus actos y una profunda comprensión del valor de los principios y fundamentos de lo que hoy entendemos por democracia y Estado de Derecho. Una ciudad nueva, de nadie, de todos, para un país nuevo, de nadie, de todos. Desde la comodidad y la ventaja de nuestra perspectiva histórica, sorprende como, en cada disyuntiva, los padres fundadores de la nación americana optaron por la opción más progresista y racional: modelo de Estado, división de poderes, derechos fundamentales, concepto de ciudadanía. Era el siglo XVIII. El signo de los tiempos, supongo.

A pesar de la importancia y larga tradición de este encuentro cultural, la celebración de este festival probablemente habría pasado desapercibida para la opinión pública española y quedado en el recuerdo como un insulto, una deslealtad, una conspiración más del nacionalismo catalán

En el lado opuesto del espectro, en las orillas del Llobregat, la historia se repite como farsa, y el secesionismo miope, grotesco, parasitario de Quim Torra y su corte de los milagros pretendió este mes de julio un acto de apropiación indebida de esta brillante tradición al abrigo de la organización del Smithsonian Folklife Festival, evento cultural organizado cada verano por esta ilustre institución en el National Mall de Washington y que este año tenía como invitados estelares a Armenia y Cataluña. A pesar de la importancia y larga tradición de este encuentro cultural, la celebración de este festival probablemente habría pasado desapercibida para la opinión pública española y quedado en el recuerdo como un insulto, una deslealtad, una conspiración más del nacionalismo catalán. No fue así. Quim el histrión, desbordado por su personaje, siempre tendente a la sobreactuación, no podía dejar pasar esta oportunidad y llevó el Folklife Festival a primera página de toda la prensa nacional protagonizando una de las performances de un cargo político más ridículas de los últimos tiempos, liándola junto a su comitiva en un impropio, lamentable estilo hooligan al intentar boicotear con cánticos y abucheos el discurso inaugural comedido y respetuoso, pero preciso, del entonces embajador de España en Estados Unidos, Pedro Morenés.

Uno hubiera esperado que la crítica unánime de estos hechos, salvo en medios abonados por el régimen nacionalista, hubiese hecho recapacitar a Quim sobre las consecuencias de sus actos. Pero la mesura no es una de las virtudes del nacionalismo catalán de última generación y, como un cazador de autógrafos, como una groupie de las celebridades del pasado histórico, Torra se embarcó en un periplo nostálgico dispuesto a ensuciar los lugares sagrados de la democracia americana, invocando a los espíritus de esa gran nación, como si los principios pudiesen ser adquiridos por ósmosis, en un nuevo espectáculo de propaganda a cualquier precio y de falta de honestidad. Lo vimos bailar ante el obelisco de George Washington, el presidente que desoyó los cantos de sirena para ser rey del nuevo Estado, renunció a su mando como Comandante en Jefe, retirándose de la vida pública, y sólo aceptó convertirse en primer presidente de los Estados Unidos de América con la legitimidad de la ley y el respaldo de un 100% de los votos electorales. Lo vimos visitar el Monumento a Lincoln, el presidente que, agotada la vía de la mediación, no dudo en iniciar una sangrienta guerra civil para evitar la ruptura de la nación y la secesión de los Estados Confederados del sur. Lo observamos, estupefactos, meditando en el cementerio de Arlington frente a la tumba de Kennedy, el presidente que envió a la Guardia Nacional a Alabama para hacer cumplir la Ley y garantizar los derechos de todos los americanos, sea cual sea el color de su piel, y que afirmó que el cumplimiento de la ley es la salvaguarda de la libertad y que todos somos libres para estar en desacuerdo con la ley pero no para desobedecerla.

Nuevos ejemplos que nos obligan a plantearnos si un Estado con tal nivel de deslealtad, en el que poderes cuya legitimidad emana de él se dedican a conspirar en su contra, es un Estado viable o un claro ejemplo de Estado fallido

Gracias a la invitación de Societat Civil Catalana tuve la oportunidad y el privilegio de estar presente junto con el periodista de Crónica Global, Carles Enric, en la celebración del Smithsonian Folklife Festival durante la primera semana de julio y de ser testigo en primera persona del evento. Enterados de su celebración, la entidad catalana se apresuró a hacer gestiones para la inclusión de voces alternativas a las que era de esperar que coparían el escaparate propagandístico montado por la Generalitat a través del Institut Ramon Llull y la colaboración necesaria y culpable de las cuatro Diputaciones Provinciales. Fue complicado y, desde un primer momento, las peticiones de SCC se encontraron con un muro de secretismo, silencio y mala fe. Se trataba, como más adelante me confirmaron fuentes próximas a la embajada, de la habitual deslealtad de las comunidades “históricas”, de la que ya habían tenido una primera experiencia en el 2016, cuando fue el País Vasco la cultura invitada y protagonista del festival. Tanto en esa ocasión como en ésta, la embajada tuvo conocimiento de la participación de estas comunidades autónomas por vía indirecta, éstas se negaron en todo momento a compartir información sobre los programas previstos y participantes, rechazaron las ofertas de colaboración de la embajada y asistieron de manera reticente a aquellos actos paralelos organizados por ella. En definitiva, nuevos ejemplos que nos obligan a plantearnos si un Estado con tal nivel de deslealtad, en el que poderes cuya legitimidad emana de él se dedican a conspirar en su contra, es un Estado viable o un claro ejemplo de Estado fallido.

Se trataba pues, de que la Cataluña real, la Cataluña de la diversidad, de la convivencia, de la igualdad, de la modernidad, tuviese un hueco en aquella fiesta de la cultura, versión nacional-tradicionalista. Se trataba, también, de comprobar in situ la dimensión de esta fiesta privada del Institut Ramon Llull, apta sólo para creyentes que, según información publicada, había costado un millón de euros de fondos públicos.

La primera impresión fue de decepción e indignación. Unas cuantas instalaciones tipo carpa de feria de barrio con muestras de artesanías como la construcción en piedra viva, la herrería o la alfarería que, al parecer, son representativas de mi cultura y mi yo profundo; y un espacio de debate consistente en una tarima y banquillos para unos treinta transeúntes. ¿Dónde había ido a parar todo ese dinero? Evidentemente, no a la infraestructura del festival, sino a pagar la asistencia y las dos semanas de alojamiento y manutención de los alrededor de 300 participantes trasladados desde Cataluña a Washington. No obstante, no debemos dejar que esto nos despiste y desvíe de lo esencial. No se trata de un acto inocuo, inocente, de unas vacaciones low cost a cargo de una Generalitat pródiga con los suyos. Se trata de un escaparate en el que se intenta vender un mensaje cargado de intencionalidad política. Y ¿cuál es este mensaje? Empecemos por los participantes. Artesanos, miembros de agrupaciones de castells, cobles de sardanas, diablos, todos provenientes del tejido asociativo nacionalista, con sus lazos amarillos, esteladas y camisetas reivindicativas en ristre y listas para ser enarboladas orquestadamente en los momentos requeridos, como en la concentración del 7 de julio en el National Mall, en el que los mismos participantes que durante el festival tejían inocentes mantos florales o bailaban al son del flabiol y el tamboril, reivindicaban como una sola voz (en inglés) la libertad de los políticos presos, a la vez que desplegaban un enorme lazo amarillo en el corazón de Washington. Una manifestación secesionista más sufragada con dinero procedente del malvado Estado español.

Como transmitimos en nuestras intervenciones y, en persona, a Michael Atwood Mason, responsable del Smithsonian y organizador y director del Folklife Festival, la participación estelar de Cataluña en dicho festival era un claro acto de contenido político con coartada cultural, perpetrado con la colaboración nada inocente de la organización del Smithsonian, una celebración de las supuestas esencias de lo que es Cataluña con la que más de la mitad de los catalanes no podían verse reconocidos. Los invitados de SCC le expusimos que los folletos y paneles informativos asumían íntegramente el discurso nacionalista: ninguna alusión a España (“Cataluña es un país del sur de Europa entre las aguas azules del Mediterráneo y los Pirineos en el nordeste de la Península Ibérica”), ninguna alusión al castellano (“su lengua es el catalán”), intemporalidad de Cataluña como entidad (“Cataluña siempre ha sido tierra de paso…los romanos…los griegos…la Edad Media Europea”), especificidad, unicidad de Cataluña (“Cataluña es una sociedad característica”), manipulación de la historia (“desde el siglo XVIII, diversos regímenes políticos han criminalizado la lengua y cultura catalanas”).

Como hijo de inmigrantes, me permití el desahogo de decir al director del Folklife Festival que me parecía especialmente insultante y mentiroso el texto de la web del festival, plagado de xenofobia, tergiversación y superioridad moral

Como hijo de inmigrantes, me permití el desahogo de decir al director del Folklife Festival que me parecía especialmente insultante y mentiroso el texto de la web del festival, plagado de xenofobia, tergiversación y superioridad moral, en el que para explicar el fenómeno de la inmigración en Cataluña en los años 50 y 60 se daba como ejemplo ilustrativo y único una supuesta historia real de una mujer que dejaba su pueblo natal del sur de España porque pasaba hambre y era recibida en Cataluña por la figura paternal de un empresario catalán que no sabía hablar español. En aquella Cabaña del Tío Tom versión nacionalismo catalán, la mujer, agradecida, se incorporaba como una más a la sociedad de ese pueblo que le había dado de comer y, en justa reciprocidad, aprendía a hablar y asumía como propia aquella lengua amable y extraña. El habitual catecismo mentiroso del buen converso. Le pregunté, también, si, dado que se presentaban como específicas tradiciones religiosas y artesanales compartidas con el resto de España, tenían previsto hacer nuevas ediciones del festival con Andalucía, Castilla o la Rioja como invitados. Me dijo que estaban considerando la posibilidad de Galicia. Nada nuevo bajo el sol. Lo sorprendente, o no tanto, lo desalentador, era que Mason, el propio director del festival que, según me explicó, había residido un tiempo en Cataluña, asumía de manera íntegra el discurso nacionalista y que el nacionalismo catalán contaba, también allí, con un aliado convencido y dispuesto a hacer de intermediario y promotor. Mientras tanto y como de costumbre, España, descolocada, boqueaba como pez fuera del agua, intentando compensar su ingente ausencia de décadas en la difusión a nivel internacional de una narrativa alternativa.

Es en los pliegues del discurso, en la mentira por exclusión velada, en los falsos paralelismos, en los símiles forzados, donde el nacionalismo teje y cimenta su narrativa fraudulenta. Cataluña compartiendo cartel con Armenia, cultura ancestral y pueblo que ha sufrido el genocidio y la diáspora. Voluntarios sonrientes explicando que Cataluña es un país abierto y de acogida estructurado en torno al asociacionismo, sin explicar la agenda y proyecto políticos excluyentes implícitos en el modelo social que predican. El muro de silencio en torno a todo lo que queda en los márgenes de esta narración beatífica y solidaria. ¿Quién podría decirles que no? ¿Quién podría dudar cuando pervierten en su boca la palabra libertad?