Lo que esta en juego - Fernando Hoyos

En abril y en mayo nos esperan dos citas electorales de gran relevancia en las que tanto nuestro país como la propia Unión Europea nos jugamos mucho y, a diferencia de lo que se pueda pensar, no es sólo una cuestión de aritmética parlamentaria o de mayorías ideológicas. Soy una de esas personas que se considera huérfana política desde hace años y la inminencia de estos comicios me llena de inquietud, pues considero que el voto es no sólo mi derecho sino mi obligación como ciudadano y, por ende, como político (algo que somos todos, queramos o no). Pero mi problema con el debate público a día de hoy no viene sólo de su contenido, sino principalmente de sus formas.

hace algunos años el germen del nacionalismo mutó en una nueva cepa, la de la sinrazón populista, y acabó contagiándose a gran parte del país

Cualquiera que siga la actualidad política nacional e internacional y que tenga la fortuna de no estar enfangado en ella hasta el cuello entenderá bien mi sensación, la de estar en un barco a la deriva en el mar revuelto que es este pseudodebate político que se acerca cada vez más a un populismo (por no decir cuñadismo) de bar al que poco le falta para llegar a las manos. Es algo a mi juicio relativamente nuevo en España. Nos guste o no, en nuestro país, incluso con formaciones nacionalistas, los debates políticos se habían mantenido más o menos en unos cauces «sensatos», con opiniones dispares y disparatadas, pero con unos límites relativamente definidos. Eso se acabó cuando unos se echaron al monte y otros decidieron seguirles el paso, no fuera a ser que se quedaran atrás. Así fue como hace algunos años el germen del nacionalismo mutó en una nueva cepa, la de la sinrazón populista, y acabó contagiándose a gran parte del país.

El problema es siempre el mismo, y lo ha sido en la mayoría de los países europeos en los que han surgido movimientos nacionalistas y populistas. Hay un momento en el que alguien decide abrir la veda y se acabó: ya no importa argumentar y convencer al otro, lo que importa es que la gente te dé la razón. Digo bien que «te dé la razón» porque ni siquiera importa tener razón de verdad: lo que importa es tenerla a los ojos «del pueblo», entendido éste como los respectivos electores. El contenido de fondo es irrelevante en esta política de papel y cartón donde lo único que cuenta son esas soflamas emotivas que buscan el aplauso fácil, enardecido y efervescente que se consigue al apelar a los sentimientos extremos y no al debate.

Por eso es tan difícil salir de ese bucle una vez se ha entrado en él. El aplauso fácil es por su naturaleza un aplauso efímero. Es como el fuego cuando se quema paja, que arde con fuerza e intensidad pero se consume con rapidez. Para que siga ardiendo hay que seguir echando paja, y para que el fuego crezca en intensidad hacen falta cada vez cantidades mayores de ésta. Hoy lo estamos viendo especialmente con los nacionalistas y algunos que se autoproclaman como sus principales (y únicos) contrapesos.

Los discursos nacionalistas y populistas son tan efectivos porque apelan a esa parte humana regida exclusivamente por las emociones utilizando como base opiniones previas del individuo. Si se alimenta lo suficiente, la parte emocional termina impregnándolo todo, hasta llegar a un punto en el que el argumento queda reducido a una simplicidad casi infantil y, por extensión, el debate político también. De eso tenemos la culpa todos, los políticos de carrera y los propios ciudadanos.

Si solo miramos al mundo desde una ventana, al final los argumentos que repitamos en los debates ya no serán argumentos sino mantras

Si somos culpables en parte es porque nosotros mismos nos dejamos llevar por ese lado emocional de la mente humana. Somos animales de costumbres y por eso queremos mantenernos en nuestra zona de confort, que en lo político es nuestra ideología. Por eso leemos medios que comparten nuestra visión del mundo y de la actualidad, para reafirmarnos en nuestras propias opiniones y sentir que no estamos solos en nuestra indignación. El problema es que eso nos atrofia como ciudadanos críticos. Si solo miramos al mundo desde una ventana, al final los argumentos que repitamos en los debates ya no serán argumentos sino mantras; no necesariamente porque hayan perdido su valor lógico y argumental, sino porque nosotros mismos los estaremos elevando al rango de palabra divina al no admitir que se cuestionan o rebatan porque nunca los hemos cuestionado. Los habremos convertido en algo similar a los dogmas de fe, que no son cuestionables, simplemente son. O lo que es lo mismo: habremos perdido la capacidad de considerar que a lo mejor no tenemos razón.

A ello contribuyen las formas que se usan en el debate político, así como los términos en que se dan. En una época de postverdades (que es lo mismo que decir medio mentiras) y relatos alternativos, la templanza se convierte en un bien escaso, preciado y más necesario que nunca. Hay que tener cuidado con cómo se dicen las cosas no por corrección política, sino porque determinadas afirmaciones contribuyen a alimentar esa bestia emocional que todos llevamos dentro. Hacer por ejemplo comparaciones melodramáticas con el Holocausto no sólo es asqueroso desde un punto de vista ético y moral, sino que es obsceno en lo argumental; y usar sistemáticamente términos como «fascista», «casta» o «traidor» con quien no piensa como nosotros no lo es menos, ya que aplicando los mismos criterios, todos somos traidores a los ojos de alguien.

Hoy en día además el discurso político del odio ya no viene sólo de partidos minoritarios, sino también de formaciones con gran peso parlamentario o incluso en el gobierno. Son personas y movimientos tremendamente transversales que propagan ideas excluyentes, cuando no abiertamente racistas. Esa retórica que no argumenta, sino que inflama y azuza, la va asimilando cada vez más una parte mayor del discurso institucional, que en ocasiones la suscribe. No tiene por qué apoyar sus manifestaciones más extremas, como los episodios violentos, pero sí la percepción de que quien sufre dicha violencia es en efecto una amenaza a abatir: no son responsables ni coautores de la violencia, pero sí comparten con ella una afinidad ideológica. ¿Les suena de algo?

Podemos empezar por escuchar a nuestro cuerpo cuando debatimos con alguien que dice algo con lo que no estamos de acuerdo

En tanto que ciudadanos tenemos la obligación de intentar resistirnos a esas dinámicas. Podemos empezar por escuchar a nuestro cuerpo cuando debatimos con alguien que dice algo con lo que no estamos de acuerdo: ese retortijoncillo que producen sus palabras es síntoma de que nos hacen dudar. A diferencia de la indigestión, esa sensación es tremendamente sana, pues es la señal de que algo que oímos está cuestionando nuestra forma de ver el mundo y de entender las cosas. Nuestra reacción instintiva es defender dicha visión, proteger nuestra zona de confort, pero ahí está esa vocecilla que pregunta «¿y si tiene razón?». Por eso es tan sano sentirlo y más sano aún explorarlo, para ver qué pilares de nuestra argumentación se están poniendo en cuestión y analizar por qué nos preocupa su solidez. Puede que no veamos nada que indique debilidad, o puede percibamos fisuras de las que no nos habíamos percatado antes. Ambas posibilidades son un resultado tremendamente positivo porque con ese ejercicio de introspección habremos cuestionado nuestras propias opiniones y, por lo tanto, habremos contemplado la idea de estar equivocados.

Eso es imposible si nos dejamos arrastrar por el nacionalismo y el populismo, aunque sea sólo en lo discursivo. Y lo es porque, al igual que pasa con las creencias religiosas más férreas, esa sensación instintiva tan sana se acalla a golpe de ladridos para no tener que cuestionarse nada. Es algo que saben y alimentan algunos dirigentes políticos, y es algo a lo que nos prestamos nosotros mismos al querer reafirmar nuestras convicciones en sus mismos términos.

Dos son las citas electorales en ciernes, pero la campaña será una y continua de aquí a junio. Y a medida que se acerquen veremos discursos cada vez más encendidos y en términos más taxativos por parte de unos y otros, reducidos a la máxima simplista de que «nacionalismo/populismo es lo del otro, no lo mío». Defender el marco legal y constitucional no es en ningún caso nacionalista, pero sí pueden serlo (además de populistas) tanto algunos términos y argumentos que se usan para hacerlo como las propuestas para contrarrestar los ataques al Estado de Derecho, lo cual redunda en un debilitamiento de las propias posiciones constitucionalistas. Debemos ser cuidadosos por lo tanto con los términos en los que mantenemos los debates porque nos arriesgamos a caer en las mismas tácticas que tanto nos gusta criticar en quienes no piensan como nosotros.

Siento una profunda angustia al ver cómo se empobrece el debate público y político en España, quizás por la distancia física que ahora me separa de él; pero me preocupa porque veo semejanzas con lo que está pasando en otros países de nuestro entorno donde esos términos son la voz de algunos gobiernos nacionales. Las voces más o menos sensatas que puedan quedar se escuchan cada vez menos, ahogadas por la cacofonía de verdades absolutas que berrean unos y otros desde sus respectivos bastiones morales.

Lo que está en juego en las próximas elecciones no es sólo una cuestión de mayorías ideológicas y políticas, sino nuestra mismísima forma de entender el debate, la diferencia de opiniones y la capacidad de llegar a acuerdos con quien no piensa como nosotros. Ojo, porque nos puede salir caro.

1 Comentario

  1. Totalmente de acuerdo, y muy bien explicado. Lo estoy diciendo, exactamente lo mismo, hasta la saciedad, pero parece que nadie lo entiende y la gente no reacciona, y, efectivamente, vamos mal, y nos va a costar muy caro, pero que muy caro. Me gustaría que publicaras este artículo en todas partes, a ver si hay una mínima capacidad de reacción, es lo más, lo único, sensato que he leído en mucho tiempo.