Kampuchea - Javier Mina
Trabajadoras del Textil

A Pnom Penh, la capital de la República Democrática de Kampuchea o Camboya, se suele llegar por aire. La terminal del aeropuerto tiene algo de tristón y melancólico, como si Pochentong, su antiguo nombre, aún flotara en el ambiente llevando adheridos luctuosos sucesos de un pasado reciente.

Palacio real en la capital camboyana

Ahora bien, en cuanto abandone sus instalaciones y se acerque al cogollo urbano, el viajero se verá atrapado por una explosión de vida que le sumergirá en la vorágine más irremediable. Sobre todo porque ocurre en la calzada, dado que la acera es un concepto borroso. Se trata de un espacio impreciso que separa, teóricamente, el lugar donde se atascan coches, camionetas, tuk-tuks ─esos motocarros multiuso─, motocicletas sobresaturadas de viajeros y bicis con mil armatostes encima de las propias fachadas donde se producen renovados apelotonamientos. Puestecillos de guisar, sombrillas bajo las que crecen ofertas de fruta y otros comestibles, mercancías que las tiendas sacan a la calle y que pueden ir del ataúd a los ejes de camión, pasando por la ropa falsificada conviven sobre un suelo comido por los baches, el barro y las piedras sueltas, con montones de basura que unas veces se recogen, al cabo de días, y otras se queman. Pnom Penh es la prueba palpable de que el hacinamiento puede ser un estado de la materia.

Calle de Pnom Penh

El Año Nuevo representaría una tregua. Se suele celebrar en la tierra nativa, con lo que la capital pierde mucho de su volumen humano y cierra comercios y, cosa rara, restaurantes, lo que no impide que la gente coma en chiringuitos incluso improbables, porque eso de comer es el deporte nacional. No hay un segundo del día en que no haya alguien –muchos─ comiendo. Para la mayor fiesta del año, las calles se engalanan con estrellas luminosas, pero no porque quieran emular nuestras navidades, como podría pensar un observador creyéndose agudo y criticón, sino porque la estrella es la representación de los númenes demiurgos llamados Thevada, encargados de derramar promesas de abundancia.

Año Nuevo en la colina de la señora Penh

El centro neurálgico de la festividad es la colina de la señora Penh o Pnom Penh -Pnom significa altozano─, a cuya sombra creció la ciudad. Hoy la colina se asienta en un jardín y eleva en su cúspide una pagoda en la que se reza ofreciendo flores de loto, varillas de incienso y minúsculas candelas. El gentío sube y baja de continuo para, una vez cumplimentadas las ofrendas, volverse curioso o participante de los numerosos juegos populares, incluido el boxeo camboyano, o disfrutar de la música y el baile, ya sean tradicionales o adscribibles a un pop lugareño bastante sui géneris. Hasta hace poco se podía transitar alrededor de la colina a lomos de elefante. Quizá sea otro tanto que se ha anotado una modernidad que pelea contra la atmósfera del antiguo protectorado francés visible aún en la orilla del Mekong con bares y cafés frecuentados principalmente por el turismo occidental, lo que no quita para que resulte atractivo tomarse un cóctel entre muebles de ratán o bambú y bajo historiados ventiladores de techo con reflejos de latón y caoba.

Recordad los que aquí llegáis…

Y es que cuando se consigue sacar la cabeza del batiburrillo de ruidos, vehículos amenazantes y gases de combustión, cabe que se puedan ver hermosos edificios coloniales así como barrios de sabor antiguo. Pero habrá que darse prisa porque las excavadoras trabajan a todo trapo. Torres y más torres crecen por todas partes sin que se adivine plan urbanístico alguno. Especuladores chinos y vietnamitas se disputan cada palmo de terreno bajo la complacencia de un gobierno contento, a lo que parece, de sacar tajada de cada operación inmobiliaria. Mientras la capital de Kampuchea se borra la memoria arquitectónica a ojos vista, subsiste la memoria histórica. Y eso mediante distintos monumentos conmemorativos.

Centro de detención y tortura S21 (Toul Sleng) en Pnom Penh

Dejando de lado los bellos y luminosos Palacio Real y Museo Nacional, sedes y exposición de modos de vida pretéritos, el recuerdo patriótico se agarra a los oscuros lugares del genocidio. Uno de ellos, el S21, se encuentra en pleno centro. Se trata de la escuela donde el tristemente célebre Monsieur Duch organizó un eficiente centro de tortura: “Lo esencial era que yo ─le explicaba al escritor y cineasta Rithy Panh─ aceptase la línea del partido. Las personas detenidas eran enemigos, no seres humanos. ¡Camaradas, no tengáis sentimientos! ¡Interrogad! ¡Torturad! Puse sobre papel el lenguaje de la muerte e irrigué el pensamiento de mis subordinados en el S21”.

La banalidad del mal infecta el propio espacio, porque nada más banal y anodino que un centro escolar donde unas simples alambradas añadidas a los muros y unos tabiques de ladrillo levantados a toda prisa para dividir las aulas en celdas bastan para convertirlo en sede del horror. En aquella escuela se practicaba la tortura con instrumentos del día a día, ya fueran herramientas corrientes o material escolar convenientemente reciclado. Ni qué decir tiene que la visita resulta estremecedora.

Campo de exterminio de Choeung Ek

Sin embargo, el S21 no era un centro de exterminio. En cuanto les arrancaban las confesiones, los supervivientes eran trasladados a ChouengEk, un no lugar en medio de ninguna parte. Nada de barracones ni cámaras de exterminio, ninguna arquitectura de muerte. Porque no se esperaba que los detenidos permanecieran en él más tiempo que el necesario para fusilarlos. Tiraban los cadáveres a fosas comunes donde se vertía DDT para rematar a los moribundos y disipar el hedor. De no ser por el descubrimiento casual de un campesino ─encontró huesos cuando buscaba tubérculos─ aquella factoría de asesinar hubiera resultado ignorada. En realidad, no era sino uno más de las decenas de lugares donde se perpetró el genocidio una vez acabó el éxodo, también genocida, que las huestes de Pol Pot impusieron a los habitantes de las ciudades para que se trasladaran al campo, dejando miles de muertos en las cunetas. No fue coincidencia que los jemeres rojos entraran en Pnom Pen el día de año nuevo, por lo que a las puertas de ChoungEk se reúnen reivindicativamente quienes no desean que algo parecido vuelva a ocurrir. Ni qué decir tiene que la protesta durante la triste efeméride la protagonizan miembros de la oposición, el gobierno no parece sentirse concernido- ¿Cómo iba a hacerlo si el presidente Hun Sen no es más que un jemer rojo reconvertido que accedió al poder chantajeando a la formación política entonces mayoritaria que, gracias a los tejemanejes del tirano todavía en ciernes, se vio relegada a la oposición?

Tomb Raider

Templo de Angkor Thom

Una historia más amable, aunque no menos convulsa ─fueron tiempos de guerras encarnizadas─ se respira en el complejo de Angkor. Los templos recibieron visitas desde el siglo XIX llegando a su culmen en el siglo XXI, una vez apaciguados los sobresaltos políticos que sacudieron el país. Hasta Lara Croft tuvo a bien exhibir sus artes marciales en Tah Prom, el templo del siglo XII que se están comiendo los árboles y que ha sido declarado patrimonio de la humanidad, con los imponentes Angkor Thom, AngkorWaty BanteaySrei, o templo de las mujeres. El hecho de que caiga fuego, por ser el periodo más caluroso del año, no desanima a los turistas, ya sean asiáticos u occidentales, procedentes del hemisferio norte o sur. Los nativos son pocos, aunque muchísimos en comparación con los que se atrevían a asomarse a los centros de exterminio en una actitud claramente comprensible, dado que no hubo nadie que no perdiera miembros de su familia. Los visitantes tiran de móvil y de aparatosas cámaras de fotos con las que quieren captar la postal que nadie ha tomado. Aparte de este ingenuo adanismo, muchos buscan humildes selfies o instantáneas con las que registrar su paso por allí. No es descubrir la pólvora asegurar que se trata de complejos imponentes que no pueden ocultar su carácter de montaña y en los que la memoria adopta las vías del bajorrelieve para transmitir luchas históricas –contra los tailandeses del entonces reino de Siam─ entreveradas de combates míticos procedentes del Ramayana.

Noche en Siem Riep

Por lo demás, en todos los lugares de interés turístico se hacen omnipresentes los bonzos provistos de Smartphones y tabletas mientras degustan acaso no el consabido té sino el más energético Red Bull. Siem Riep es la ciudad desde la que se accede a los templos y en ella crecen como hongos los hoteles de lujo. El centro de la ciudad es un revoltijo cosmopolita que disfruta del ocio nocturno ofrecido por bares de copas, restaurantes internacionales, discotecas y un animadísimo mercado nocturno con aires de zoco. Hasta es posible asistir a escenas repugnantes. Escurriéndose entre la multitud pasa un anglosajón tripudo, gigante y cincuentón que se lleva de la mano a una muchacha de pocos años. No es una niña, pero lo parece. Viste de blanco y él debe de creer que se lleva una novia, porque desconoce, o no quiere admitir, que en la cultura camboyana, el blanco es el color de la muerte…

Kep-sur-mer

En tiempos de la colonización francesa, Kep fue un lugar de veraneo y disfrute del funcionariado metropolitano. De aquellos tiempos sólo quedan, diseminadas por los bosquetes que lindan con el parque nacional del mismo nombre, ruinas tiznadas debido al ensañamiento de los jemeres rojos y al posterior expolio de los vietnamitas, que juzgaron conveniente compensar su intervención liberadora llevándose hasta los tornillos de los puentes, como dicen los camboyanos. Por cierto, tampoco queda la lengua francesa sustituida oficialmente por el omnívoro inglés.

Cangrejo de bienvenida a Kep

Kep se abre al golfo de Siam y es mínimo puerto donde humildes embarcaciones de pesca descargan crustáceos y pescadillos. Un cangrejo gigante de hormigón señala que allí es obligado comer las sabrosas nécoras locales. La playa colindante recibe los fines de semana una muchedumbre que se hacina en todo tipo de vehículos y cree conveniente alquilar pedazos de acera con estera y sombrilla ─gentileza del ayuntamiento que subarrienda el espacio municipal─ donde comer y desde los que harán tímidas incursiones a la arena justo para bañarse con mucho recato, las mujeres lo hacen vestidas, en unas aguas caldosas. Junto a los chiringuitos de quita y pon, bares y pequeños restaurantes proliferan en las viejas casas que asientan sus pilotes en el mar ofreciendo alimentos que sólo pueden atraer al homo occidentalis: pizzas, tacos, falafeles…

Pesca en Kep

Los alrededores están plagados de ofertas alternativas para la misma clase de usuarios. Muchos vienen a esta parte de Camboya con sus sueños. Creen haberse encontrado a sí mismos poniendo bares en idílicos parajes e imaginando buen rollo con la clientela. Otros proponen aventuras de kayak, senderismo y rafting creyéndose Indiana Jones. Sólo que sus sueños se convierten en pesadilla. Pocos aguantan más de dos años porque no tuvieron en cuenta que no hay carreteras sino pistas de tierra hasta los lugares recónditos donde se ubicaron y donde nadie sabe que están, porque no existe señalización que permita orientarse en aquel laberinto selvático. Quien llegue a Camboya con miras más modestas se encontrará con unas gentes amables propensas a la sonrisa. Puede que el país se halle en vías de desarrollo y que la desigualdad resulte mortificante, pero no es menos cierto que los ciudadanos más humildes consiguen vivir de su trabajo. La ciudadanía es consciente de que el país tiene mucho potencial aunque sabe que se está desperdiciando debido a la dictadura que los oprime y que con almibarado paternalismo les contiene para que sus reivindicaciones laborales, o sus críticas al saqueo de tierras y recursos, no asusten al capital extranjero. El hartazgo resulta tan innegable que, de cara a las inminentes elecciones municipales, Hun Sen ha creído conveniente advertir: “O me votáis o es la guerra civil”. Desde luego, el laborioso pueblo camboyano no se merece eso. Ni a él.

Epilogando

Las elecciones municipales arrojaron un resultado enfadoso para el régimen: empate a votos, aunque, eso sí, con mayoría de ayuntamientos bajo el dominio del líder supremo (o así). Las perspectivas de cara a las generales del 29 de julio de 2018 no presentaban un cariz demasiado halagüeño, de modo que el dictador se las arregló para prohibir preventivamente, a finales de 2017, el primer partido de la oposición, el PNRC, deteniendo arbitrariamente a su presidente Kem Shoka tras corregir convenientemente la Constitución. La prensa fue asimismo amordazada una vez excluidas las cabeceras más díscolas. El Cambodia Daily, sencillamente fue suprimido de un plumazo mientras el Phnom Penh Post lo ha comprado el propio Hun Sen, empresa pantalla interpuesta que se encargó también de borrar del mapa treinta emisoras de radio, entre ellas la sucursal de Radio Free Asia. Según Human Rights Watch, la Comunidad Europea, Estados Unidos, Japón y otros países han considerado el proceso electoral demasiado turbio como para despachar observadores electorales oficiales. Claro que, sustraerse al control electoral podría tener otra lectura más inquietante: ¿y si en el fondo simplemente se está admitiendo que más vale no meter la nariz en una zona bajo una fuerte ─y contrapuesta─ influencia china y vietnamita?

El proceso electoral ha transcurrido bajo unas sombras dinamizadas por militares y mandos policiales que venían realizando desde 2017 la única campaña permitida: la de apoyo a Hun Sen, a la par que “neutralizaban” las voces disidentes utilizando como mínimo la intimidación, y eso pese a que, nominalmente, la Ley les obliga a mantenerse políticamente neutros. Neutros, no neutralizadores. Nada menos que tres ministerios andarían asimismo detrás del control ideológico de las redes sociales. Poco importa que sea efectivo, el miedo ya está ahí impidiendo que los usuarios expresen sus opiniones. Como era de esperar, el triunfo ha sido para el PPC liderado por Hun Sen, cuyo portavoz asegura haber obtenido 100 de los 125 escaños en juego. Los resultados oficiales no se conocerán hasta mediados de agosto. El régimen puede dormir tranquilo presumiendo de una participación del 80,49% cuando en los comicios del 2013 fue del 69%. Claro, que para algo entró en juego el pucherazo y había amenazas de represalias contra quien no votase, ¿sería porque la oposición pidió abstenerse? La farsa ha concluido. El único notario del proceso está siendo China, que, como por casualidad, había regado recientemente el país con 86 millones de euros en concepto de ayuda militar.

La Camboya profunda

Camboya se está convirtiendo en uno de aquellos espacios blancos que, en los antiguos mapas, señalaban las terras incognitas y que, ahora mismo, denotan el vacío democrático. Las elecciones legislativas de 2018 no son sino el puntillazo final a una degradación que comenzó hace 30 años, justo cuando Hun Sen, el exjemer rojo, accedió al poder para hacerlo girar en beneficio propio y con un creciente desprecio por los derechos humanos.

 

Fotografías: Javier Mina