Isabel la Catolica - Consuelo Sanz de Bremond

Tendríamos que tener superada o en el olvido la leyenda de Isabel la Católica y su camisa. Pero la ignorancia se emperra en que no sea así y se usa como arma arrojadiza entre bandos enfrentados.

No hay datos, ni crónicas, ni escritos de época que demuestren que Isabel la Católica pronunciase: «No me cambiaré de camisa hasta que reconquistemos Granada». Pero todo mito necesita de un buen eslogan publicitario para que se afiance en el imaginario colectivo, y si es insuficiente, entonces se debe añadir alguna que otra exageración, como por ejemplo que solo se bañó dos veces en su vida.

¿De dónde pudo venir esta leyenda «épica» y antihigiénica?

Primero voy a destacar algunas certezas de cronistas contemporáneos que nos pueden revelar cómo era la personalidad de la reina y cómo era en el vestir:

«todo el su cuerpo y persona el más ayroso y bien dispuesto que muger humana tener pudo», Alonso Flórez (hacia 1477).

«Era muger muy cerimoniosa en los vestidos e arreos, e en sus estrados e asientos, e en el servicio de su persona», Hernando del Pulgar (h. 1482).

Lalaing escribirá de los Reyes Católicos (1501): «No hablo de los vestidos del Rey y de la Reina, porque no llevan más que paños de lana.»

Fray Hernando de Talavera, su confesor, al recriminar a la reina que luciera vestidos caros en la entrevista que mantuvo con la corte francesa en Perpiñán, recibió por respuesta (h. 1492): «trajes nuebos no hubo ni en mi ni en mis damas ni aun vestidos nuebos, que todo lo que allí vestí abía vestido des que estamos en Aragón; y aquello mesmo me abían visto los otros franceses ».

¿La alusión a la sobriedad pudo ser el primer cimiento sobre el que se construiría el mito?

Pero vayamos a principios del siglo XVI, años donde aparece una sátira en la obra titulada “Carajicomedia”, atribuida a fray Ambrosio Montesino o a Juan de la Encina, y en la que se menciona a una tal Isabel de León. Personaje en el que algunos autores vieron una referencia a Isabel la Católica:

« […] Ysabel de León ha sido ramera cortesana; / agora ya es jubilada y los dioses la han convertido en costurera. / Es y á sido tan merdosa, que merece bien ayuntarse a esta conpañía merdusea

En cualquier caso, un mito se ha de consolidar acumulando más y más evidencias que permitan destruir la imagen del enemigo. Para ello, y para impresionar al lector poco formado, se pueden utilizar hechos reales mezclados con ambigüedades, rumores, dimes y diretes o atribuyendo hechos de otros personajes históricos como el de la reina doña Isabel de Portugal (1271-1336), cuya austera vida fue ensalzada por Francisco Eiximenis (1396): «Nunca se desnudó; […] Nuca se echó en cama más de tres meses; nunca se desnudó, vistióse de xerga,…», o el de doña Juana la Loca, que según don Ramírez de Fuenleal (h. 1507) «Su poca limpieza en cara, y diz que en lo demás, es grande».

Por último no podemos dejar de lado los escritos épicos de caballería. Poemas que se escribieron sobre todo en tierras francesas durante los siglos XII-XIV. Héroes que eran modelos de valentía y de virtudes que llevaban a cabo grandes gestas. Estos caballeros juraban eterno amor y fidelidad a una dama, llegando a prometer no cambiarse de ropa ni asearse hasta acabar felizmente la empresa. Un ejemplo sobre la promesa de no asearse lo tenemos en un poema francés del siglo XII, «Chanson d’Aliscans», donde el caballero dice:

«Juro: hasta mi regreso no cambiaré mi camisa, mis bragas ni mis zapatos, ni me lavo la cabeza. No comeré carne ni estofado; no beberé vino ni bebidas picantes. El agua sola saciará mi sed, y no tendré otro alimento que este gran pan donde se encuentra la paja. No dormiré sobre la pluma y no tendré abrigo ni sábanas ni cortinas, nada más que la tapa de mi silla y el vestido que me he llevado

Y otro, en este caso en la conocidísima obra de El Quijote, Cervantes nos muestra al Marqués de Mantua, un personaje popular en los romanceros de la época, quien hace el siguiente juramento:

«Juro / De nunca peinar mis canas / Ni las mis barbas tocare, / De no vestir otras ropas, / Ni renovar mi calzare, / De no entrar en poblado, / Ni las armas me quitare, / Si no fuere por una hora, / Para mi cuerpo limpiare, / De no comer en manteles / Ni á mesa me asentare / Hasta matar a Carloto.»

En definitiva, aunque no hay evidencias, el mito higiénico de la reina doña Isabel seguirá siendo un arma facilona para aquellos que quieran denigrar aquella etapa de nuestra historia.

Bibliografía:
Azcona, Tarsicio de: Isabel la Católica: estudio crítico de su vida y su reinado.
Carrasco Manchado, Ana Isabel: Isabel la Católica y las ceremonias de la monarquía.
Fernández Álvarez, Manuel: Juana la Loca. La Cautiva de Tordesillas.
González Marrero, María del Cristo: La casa de Isabel la Católica.
Morant, Isabel: La Reina Isabel y las reinas de España: realidad, modelos e imagen historiográfica.
Rodríguez Valencia, Vicente: Isabel la Católica en la opinión de españoles y extranjeros. Siglos XV al XX.
Tremlett, Giles: Isabel la Católica: La primera gran reina de Europa.
Westerveld, Govert: Juan del Encina, autor de la Carajicomedia.
Zalama, Miguel Á: Oro, perlas, brocados: La ostentación en el vestir en la Corte de los Reyes Católicos.
Cervantes Virtual, Libros de Cabellerías – Textos y Contextos