Inseguridad nuclear - Rafael Calduch

El pasado 21 de octubre, el Presidente Donald Trump, en medio de la campaña por las elecciones legislativas, comunicó públicamente la decisión de Estados Unidos de denunciar el Tratado para la eliminación de las Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (Intermediate-Range Nuclear Forces) firmado en 1987 entre los Presidentes Ronald Reagan y Mihail Gorbachov.

Resulta interesante el escaso eco informativo que los medios de comunicación han dedicado a esta noticia

Resulta interesante el escaso eco informativo que los medios de comunicación han dedicado a esta noticia, ensombrecida por el escándalo del asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado de Arabia Saudí en Turquía. Desde luego, el caso Khashoggi tiene relevancia no sólo por el impacto directo en las relaciones turco-árabes, sino por la violación flagrante de las normas que regulan las relaciones diplomáticas entre países, lo que explica la inmediata y contundente reacción de los gobiernos de algunas grandes potencias, incluido Estados Unidos como principal aliado de Riad.

En el contexto histórico de la globalización en el que nos encontramos, la inmediatez y el sensacionalismo de las narrativas que circulan por las redes sociales marcan la agenda mediática, con independencia de la importancia los contenidos.

Sin embargo, para los analistas la decisión de Washington sobre el rearme nuclear de los misiles de alcance intermedio, con un alcance entre 3.000 y 5.500 Kms., constituye un importante y peligroso paso atrás en el proceso de desarme nuclear que se inició, hace tres décadas, precisamente con el tratado que prohibía este tipo de armamento.

La gravedad de esta decisión no radica sólo en el hecho de que el Presidente Putin se la haya tomado con una aparente frivolidad en sus declaraciones, sino en que forma parte de una constante escalada de tensión entre Washington y Moscú que dura casi dos décadas y que ya ha supuesto la intervención militar de Rusia en tres conflictos bélicos: Osetia del Sur 2008; Siria 2011-2018 y Ucrania-Crimea 2014.

Esta dinámica de tensión ruso-norteamericana se desarrolla simultáneamente en varias dimensiones que se realimentan en una espiral poco tranquilizadora. En el terreno económico-tecnológico, existe una creciente rivalidad por el mercado energético y el control del ciberespacio. El uso por Estados Unidos de la técnica del fracking para la extracción de gas, creó una alternativa energética que provocó la caída de los precios mundiales mermando seriamente los ingresos de las exportaciones rusas, especialmente a Europa. Sólo la intervención posterior de la OPEP, reduciendo las exportaciones de crudo, junto con la presión de los grupos ecologistas por el daño medioambiental de la técnica del fracking, lograron recuperar las rentas rusas dependientes de la energía.

En el ciberespacio, la rivalidad ruso-americana por su control también ha seguido una espiral creciente en perjuicio de la seguridad internacional

En el ciberespacio, la rivalidad ruso-americana por su control también ha seguido una espiral creciente en perjuicio de la seguridad internacional. Al escándalo del espionaje por la Agencia Nacional de Seguridad norteamericana de altos dirigentes aliados, siguieron las prácticas monopolísticas de grandes empresas como Apple o Microsoft y el más reciente de la manipulación por Facebook de los datos personales de sus usuarios. Por su parte Moscú ha recurrido a los ataques cibernéticos, como el que realizó contra Estonia en 2007, y a la difusión de noticias falsas (fake news) para manipular procesos electorales en Estados Unidos y Europa Occidental.

También son preocupantes los casos de agresión directa de los servicios de inteligencia rusos a antiguos espías soviéticos residentes en el Reino Unido. Los casos del envenenamiento radioactivo de Skripal y su hija junto con el de Litvinenko han sido los más mediáticos, pero las autoridades británicas consideran que en los últimos 10 años han fallecido 15 residentes rusos en extrañas circunstancias. Por su parte, el Gobierno americano ha apoyado a los grupos disidentes rusos y a los medios de comunicación críticos con el Kremlin, en un intento claro de desestabilizar políticamente el régimen ruso.

Pero donde más evidente es la rivalidad entre Estados Unidos y Rusia es en el terreno militar

Pero donde más evidente es la rivalidad entre Estados Unidos y Rusia es en el terreno militar. Desde su acceso a la Presidencia en 2000, Vladimir Putin, oficial de la antigua KGB, ha mantenido dos objetivos estratégicos prioritarios. En primer lugar, recuperar y mantener el control sobre el espacio de seguridad, tal y como lo entienden las elites rusas, que se extiende desde el Báltico (enclave ruso de Kaliningrado en Lituania) hasta el Mar Negro (Sebastopol en la península de Crimea) y el Cáucaso (Abjasia y Osetia del Sur en Georgia), pasando por Bielorrusia y la región de Transnistria entre Moldavia y Ucrania.

Para garantizar el anterior objetivo estratégico era necesario una amplia remodelación y modernización de las fuerzas armadas rusas, incluida su capacidad nuclear. Sus nuevas y crecientes capacidades militares se vieron decisivamente impulsadas como respuesta a las cuestionables decisiones norteamericanas de expandir la Alianza Atlántica a los antiguos aliados de la Unión Soviética y de socavar el fundamento de los acuerdos de limitación de armas estratégicas nucleares de 1972 y 1979 para desarrollar el escudo antimisiles (Anti-Ballistic Missiles).

La decisión de Trump resulta especialmente grave porque los misiles nucleares de alcance intermedio son el vínculo militar que permitiría escalar, en una posible contienda bélica con participación de tropas americanas y rusas, desde el uso de armas de destrucción masiva en los campos de batalla hasta los misiles nucleares intercontinentales capaces de provocar la destrucción total de ambos países y, por supuesto, del resto de la Humanidad.

Según la Federación de Científicos Norteamericanos, se estima que el número de armas nucleares ha pasado de las 70.300 en 1986 hasta unas 14.485 a comienzos de 2018. Sin duda la dinámica de desarme nuclear iniciada entre Moscú y Washington con el acuerdo INF ha contribuido decisivamente a reducir la amenaza nuclear, pero no la ha hecho desaparecer.

Si Estados Unidos y Rusia impulsan un rearme de misiles nucleares provocarán inevitablemente procesos similares en potencias nucleares como la R.P. de China; Pakistán; la India y tal vez en el Reino Unido; Francia e Israel. Además, los gobiernos de Irán y Corea del Norte encontrarán una poderosa justificación a sus programas de rearme, como instrumentos de disuasión frente a las dos superpotencias.

No obstante, la realidad de la amenaza nuclear, que nunca desapareció aunque se ignorase mediáticamente, no se corresponde como señalan algunos expertos con una segunda guerra fría. A diferencia del período entre 1947 y 1987, en la actualidad Rusia no posee un régimen político y una economía que aspiran a sustituir al modelo occidental. Por el contrario, es un país altamente dependiente de la economía capitalista mundial y su estabilidad política depende de unas elites con intereses diversos y no de un partido político único.

Por su parte, Estados Unidos se encuentra directamente amenazado en su hegemonía económica por el auge de China y políticamente fragmentado entre las elites tradicionales y la emergencia de nuevas elites amparadas en el populismo.

Se trata, por tanto, de un nuevo escenario de rivalidad competitiva entre ambas potencias y no de un enfrentamiento ideológico con amenaza militar como antaño. Para ambas potencias, el rearme nuclear constituye ahora un instrumento de innovación científico-tecnológica y de impulso industrial mucho más que un instrumento de disuasión. Pero ello, aunque minimiza los riesgos no los excluye totalmente.

Enfrentados a este nuevo escenario internacional, los gobiernos y ciudadanos europeos, más temprano que tarde, tendrán que definir sus intereses estratégicos comunes y adoptar las decisiones y acciones necesarias para protegerlos

Enfrentados a este nuevo escenario internacional, los gobiernos y ciudadanos europeos, más temprano que tarde, tendrán que definir sus intereses estratégicos comunes y adoptar las decisiones y acciones necesarias para protegerlos. El primer paso, ya iniciado, será definir la defensa europea al margen de la histórica tutela militar de Washington. La Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad Común de la UE, aprobada en 2016, tiene como finalidad determinar las amenazas y riesgos comunes a todos sus países, con el fin de sentar las bases de una auténtica Política Común de Seguridad y Defensa europea.

La próxima salida del Reino Unido, principal potencia opuesta a esta política común, constituye una ventana de oportunidad que Francia, Alemania, Italia y España están dispuestos a aprovechar para impulsarla con o sin apoyo de los restantes países miembros de la UE.

También se han adoptado ya las primeras decisiones para hacer efectiva una defensa común europea al margen de Estados Unidos. En diciembre de 2017 se aprobaron 17 proyectos de cooperación militar, que desarrollarán los 25 países dispuestos a sustentar esta defensa. Estos proyectos abarcan desde el entrenamiento y la formación de las fuerzas armadas hasta la disponibilidad y conjunción de capacidades, pasando por la operatividad en tierra, mar, aire y el ciberespacio.

Sin embargo, la dimensión nuclear es omitida en los documentos y decisiones de la UE porque tanto Francia como el Reino Unido, las dos potencias nucleares europeas, mantienen el control nacional exclusivo sobre sus respectivos arsenales. Ello constituye el verdadero talón de Aquiles de la política común de defensa europea, pues la antigua cobertura estratégica ofrecida por Estados Unidos a sus aliados occidentales, está en una profunda crisis evidenciada en la parálisis demostrada por la OTAN ante la guerra de Crimea.

Corren vientos de cambio en las relaciones internacionales que también están afectando a las relaciones estratégicas nucleares. Tal vez convendría elevar la mirada sobre el diario y miope debate del soberanismo catalán, para captar el horizonte de los verdaderos problemas y amenazas estratégicas que afectan al futuro de Europa y el mundo global en el que vivimos. Un horizonte preocupante, ignorado por las redes sociales, en el que se diluyen las limitadas soberanías nacionales y los mezquinos debates partidistas.