Hablemos a favor - Rosa Diez

A poco que conozcamos la historia de la España que fue la gran potencia mundial que unió ambos continentes llegaremos a la conclusión de que nuestros antepasados cometieron los mismos errores que los gobernantes modernos: permitieron que les ahogara una deuda inasumible, dejaron de seleccionar a los mejores para ocuparse de los quehaceres del Estado y ambas cosas trajeron consigo una creciente y apabullante corrupción, y, además, optaron por buscar de manera incansable al enemigo interior como único argumento para disimular las carencias y mediocridades propias.

Y así, degenerando, hemos llegado a la España de hoy, un país confundido, con una muy baja autoestima derivada de una interpretación sesgada y acomplejada de nuestra historia.

durante muchos años ese comportamiento egoísta y cortoplacista, ha resultado política y electoralmente muy rentable

Si hoy estamos en manos de políticos pequeños, de gentes que demuestran cada día un nulo sentido de Estado, es porque durante muchos años ese comportamiento egoísta y cortoplacista, ha resultado política y electoralmente muy rentable. Ya lo dijo Elbert Hubbard: “La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado”. O sea, tenemos lo que hemos elegido. Y hemos elegido que sean cuatro partidos (en vez de los dos de siempre) los que se disputen el mérito de bloquear institucionalmente el país mientras discuten de “sus cosas”, montan el circo en el Congreso, calculan el rédito de cada uno de sus espectáculos…, al tiempo que la desigualdad entre españoles crece y el país se nos rompe, literalmente, por las costuras.

Pero a esta situación no hemos llegado de repente, aunque resulte complejo determinar cuando se abandonó la buena senda emprendida por nuestros mayores tras la muerte del dictador. Para mi hay un momento en el que se alinearon los astros para que se produjera “el acontecimiento histórico de este planeta”, que diría Leyre Pajín. Ese momento no es otro que el advenimiento de José Luis Rodríguez Zapatero, primero a la Secretaría General del PSOE en el año 2000 y después al Gobierno de la Nación tras las elecciones de 2004.

Zapatero fue ese Presidente que rompió todos los consensos trabados durante y desde la Transición, incluso alguno que él mismo había propuesto estando en la oposición, como el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Ya en sus primeros años como Secretario General hizo “pinitos” y mandó algún aviso (al que nadie prestó suficiente atención) sobre lo que sería su comportamiento al frente del Ejecutivo si los españoles le encomendaban esa tarea. Recuerden aquel mitin en noviembre de 2003 en el que Zapatero pidió el voto para Maragall y proclamó: “Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”. Ahí y así empezó todo.

Y en cuanto Zapatero llegó al Gobierno, en la primavera de 2004, el PSOE rompió el principal consenso de la Transición y comenzó a diseñar un nuevo modelo territorial del Estado dejando al margen al otro gran partido nacional, el Partido Popular. La ruptura de la cohesión territorial y de la igualdad entre españoles germinó de forma concreta cuando Zapatero impulsó los estatutos llamados de Segunda Generación, empezando por el de Cataluña. No sólo cumplió aquella promesa mitinera de 2003, sino que cuando el acuerdo del Parlamento de Cataluña estaba a punto de fracasar, llamó a su despacho en la Moncloa a Artur Mas (que estaba en la oposición en Cataluña, el Presidente era Montilla, ese socialista cordobés devenido en nacionalista catalán) y pactó con él el Estatuto que querían los nacionalistas al que el propio PSC ya había renunciado.

Esta locura de reforma constitucional por la puerta de atrás –leyes con cuerpo de Estatuto pero alma de Constitución- sería emulada rápidamente en otros lugares de España. Y llegarían los estatutos de la Comunidad Valenciana (mayoría PP, apoyo PSOE) y el de Andalucía (mayoría PSOE, apoyo PP). Y comenzamos a asistir a la locura de escuchar de boca de dirigentes políticos de partidos otrora nacionales, a la izquierda y a la derecha, discursos en defensa de la identidad, de los sentimientos de pertenencia, de las “leyes ancestrales”…, como único argumento para justificar derechos diferentes entre españoles.

Y empezó a ser “normal” que cualquier nacionalista vasco o catalán pudiera tachar de traidor a todo vasco o catalán que no proclamara su voluntad de venerar los símbolos y banderas de Cataluña o al País Vasco mientras condenaban al infierno (a la muerte civil cuando menos) a todo vasco o catalán que pidiera el mismo respeto para los símbolos constitucionales españoles.

Todas esas cosas, meros síntomas de la enfermedad, ocurrieron ante el silencio abrumador -o las complicidad efectiva- de la mayoría política, económica, social y mediática de nuestro país. Y en España se fue instaurando la idea de que ser “patriota” vasco, o gallego, o catalán era ser ‘progre’, mientras que ser patriota español resultaba ser ‘carca’ o directamente facha.

No creo que haya antecedentes en la historia democrática de ningún país en los que el Gobierno de la Nación depende del apoyo de los enemigos de la Nación

Y en esas (tras el paréntesis de Rajoy, que desaprovechó una mayoría absoluta que los españoles le habían dado), llegó Sánchez y cumplió la ley de Murphy: todo lo que puede empeorar, empeora. Y no solo dio una vuelta de tuerca a la política de ruptura de igualdad entre españoles emprendida por Zapatero sino que dio legitimación democrática a los golpistas catalanes, pro-etarras vascos y populistas bolivarianos pactando con ellos su llegada y su mantenimiento en el Gobierno de España. No creo que haya antecedentes en la historia democrática de ningún país en los que el Gobierno de la Nación depende del apoyo de los enemigos de la Nación. Sí, porque quienes sostienen a Sánchez al frente del Gobierno son enemigos declarados de la Nación constitucional española, de la España democrática. Son quienes vetan la presencia del Jefe del Estado en Cataluña, quienes proclaman en votación solemne que la Constitución Española no es democrática, quienes son testaferros aún hoy de los terroristas de ETA, quienes fomentan y celebran homenajes a los asesinos de centenares de nuestros conciudadanos…

La última indignidad de Sánchez es la de estar dispuesto a aceptar el chantaje de los independentistas y nombrar un relator y la constitución de una mesa de partidos paralela y usurpadora del Parlamento

Sánchez ha superado la peor de mis expectativas, y mira que eran bajas. Él llegó desdiciéndose de sus promesas previas (“nunca pactaré con separatistas para llegar a Moncloa); siguió mintiendo: (“la moción es solo para echar a Rajoy, convocaré elecciones tan pronto como sea posible”); y sigue apoltronado en Moncloa cediendo espacio cada día a los enemigos de España y abandonando a su suerte a millones de españoles que viven en Cataluña sometidos al gobierno del supremacista de Torra. La última indignidad de Sánchez es la de estar dispuesto a aceptar el chantaje de los independentistas y nombrar un relator y la constitución de una mesa de partidos paralela y usurpadora del Parlamento. Algo que ya exigió y consiguió ETA de los nacionalistas. Y si no lo ha hecho es porque la gente se movilizó y por el miedo a la repercusión electoral, no porque él llegara a la conclusión de que era una indignidad.

Y así, degenerando, hemos llegado a esta situación en la que una Transición modélica como la nuestra ha devenido en apenas 40 años en una crisis política e institucional tan profunda que defender en España lo común merezca casi siempre la descalificación o el desprecio de quienes están encaramados en el poder y de sus tentáculos mediáticos.

El deterioro de la convivencia y el abandono de la defensa de lo común —esa contraposición de la diversidad frente a la unidad, de la pluralidad por encima de la igualdad, esa confusión entre el derecho a la diversidad y la diversidad de derechos – es consecuencia de la debilidad de nuestra democracia, de la ausencia de voces que defiendan el Estado con un discurso nacional claro y sin complejos. Por eso resulta imprescindible explicar lo que significa el patriotismo constitucional, lo que representa defenderlo aquí y ahora.

La falta de autoestima como país también afecta a nuestra economía y a nuestra competitividad. ¿O acaso creen que no fue el fuerte vínculo patriótico lo que permitió a los alemanes reconstruir su país en un tiempo record después de la segunda guerra mundial? ¿Por qué no podemos ser como los alemanes, los franceses, los norteamericanos…, que aman y defienden a su país al margen de su ideología, su posición social o sus creencias? No somos como los ciudadanos de esos países a cuyo club pertenecemos porque la verdadera historia de España está por escribir. ¿No se han preguntado nunca por qué los hispanistas más famosos son extranjeros? Quizá es porque “ellos” pueden decir ciertas cosas de nuestra historia sin miedo a ser lapidados por los “unos” o los “otros”, por cualquiera de los bandos de las dos Españas. Quizá es porque “ellos” son los únicos que no tienen miedo a que les expulsen de algún círculo de influencia o les cuelguen alguna etiqueta; quizá es porque “ellos” son los únicos que están a salvo de las malditas banderías de nuestro país.

Decíamos en el Prefacio de un libro editado por la Fundación Progreso y Democracia a principios de 2014 titulado “A favor de España”, que el mayor logro conseguido por los partidarios de la desunión, la ruptura y la segregación basada en el narcisismo de las pequeñas diferencias fue un triple mensaje inoculado con indudable éxito en amplios sectores de la opinión pública española: la nación española es una ficción impuesta por la dictadura franquista (las naciones verdaderas son las étnico-lingüísticas de los nacionalistas vascos, catalanes, gallegos…); la secesión de una parte e España, como Cataluña o el País Vasco, es asunto exclusivo de ellos, porque tienen “derecho a decidir”; y la obligación de los demás será aceptar ese ejercicio unilateral de un derecho del que el resto de españoles hemos sido excluidos.

En base a esas tres falacias se sigue escribiendo la historia de España.

Por eso es necesario, hoy más que nunca, hablar a favor de España. Hablar a favor de España es hacerlo a favor del pluralismo y la diversidad, pero también a favor de la unidad y la ciudadanía compartida. Hablar a favor de España es hacerlo a favor de los españoles; hablar a favor de España es recordar lo que hemos demostrado que podemos y sabemos hacer juntos; hablar a favor de España es poner negro sobre blanco nuestra historia real, contradiciendo a los partidarios del pesimismo histórico y recordando que también hemos demostrado que sabemos cómo conseguir más libertad, más igualdad y más oportunidades.

Defender a España es defender la igualdad de todos los españoles; defender a España es defender el mantenimiento de los vínculos de lealtad entre nuestros conciudadanos; defender a España es defender la inmutabilidad de los artículos fundamentales de nuestra Constitución, que son aquellos que proclaman que la soberanía reside en el pueblo español; que todos somos iguales ante la ley; que los titulares de derechos son los ciudadanos y no la tribu o el territorio. Defender a España es defender a los ciudadanos españoles, lo que nos obliga a establecer unos límites infranqueables en la acción política: eso es que nada, ni la historia milenaria, ni la lengua, ni las tradiciones, está por encima de los derechos de los ciudadanos. Y que nadie está por encima de la ley.

Por eso frente a quienes apelan a su sagrado (o histórico) derecho a decidir basándose en la pertenencia a un grupo vinculado por la sangre, la religión, la herencia, la tradición cultural, la lengua…, es necesario defender una democracia de ciudadanos unidos por una lealtad mutua. Y frente a quienes nombran a las leyes antidemocráticas con palabras rimbombantes (nada menos que “suprema”, como la ley de Dios…) hay que aplicarles la Ley democrática, la Constitución. Nada más educativo que eso.

Existen muchas razones para estar preocupados, pues al riesgo más que evidente de la ruptura de la convivencia entre españoles que ya he señalado y que se extiende desde Cataluña en forma de golpe de estado impulsado por las propias instituciones catalanas, hay que añadir graves problemas estructurales, económicos y sociales que merecerían una atención urgente. Problemas que no se pueden afrontar con éxito mientras dependamos de la voluntad de unos líderes políticos que odian más a su adversario político (convertido en enemigo) que lo que respetan a su país.

Así que, a espabilar toca: hay que organizarse para defender la democracia. Y defender la democracia pasa por defender a España de un gobierno que está en manos de los enemigos de la Nación, que confraterniza con los golpistas, los pro etarras y los populistas bolivarianos. Defender la democracia es defender la igualdad entre españoles, defender que no haya españoles abandonados por el Estado en ningún lugar de España. Defender la democracia es defender unos presupuestos justos, que permitan la igualdad efectiva de derechos, que no premien la deslealtad, que protejan a aquellos ciudadanos que más necesitan del Estado. Defender la democracia es comportarse como ciudadanos, no callar, no resignarse, actuar.

A la calle, que ya es hora. Y de ahí, a las urnas, que es lo que toca.