Escritores - Jose Luis Cancho

Bolaño en el parkin

Conocí a Bolaño en Madrid, en un tiempo en que él aún era un desconocido como escritor, un tiempo en que enviaba sus relatos y novelas a diferentes concursos literarios, al igual que hacía “Sensini”, el escritor argentino que le sirvió de modelo. Para escribir “Sensini” (título que Bolaño le dio a uno de sus relatos), se sirvió de la experiencia del autor argentino Antonio di Benedetto, que vivió seis años exiliado en Madrid, aunque su obra nunca recibió en España una atención a la altura de su valor. Ya lo comentó en su día Ricardo Piglia: “La gran figura era Benedetto. Había una gran tensión entre él y Borges. Eran los dos grandes modelos de escritura. No tienen nada que ver, pero ambos lucen la misma calidad”. La vida y la escritura de Antonio di Benedetto (“Sensini”) eran los modelos a los que se atenía el propio Bolaño. Una vida y una escritura oscuras, opacas. Cuando conocí a Bolaño, él trabajaba en horario nocturno en un parkin en Madrid. Un trabajo que guardaba claras correspondencias con su escritura y con su vida: una vida en la que se entrelazaban con una intensidad anormal los sueños profundos y la literatura. Bolaño en el parkin era el Kafka que soñaba con vivir encerrado en un sótano, donde se dedicaría a escribir sin que nada ni nadie lo molestase. “Del mismo modo que no se saca a un muerto de su sepultura, nadie podrá arrancarme por la noche de mi mesa de trabajo”, escribió Kafka en una carta a Felice Bauer. La garita del parkin de Bolaño equivalía al sótano y a la mesa de trabajo nocturno de Kafka. Antonio di Benedetto, Franz Kafka, Roberto Bolaño, esa era la línea de continuidad de unos nombres y de una escritura que reclamaban la más absoluta entrega. Unas vidas oscuras ofrecidas a la exigencia de unas obras que, por contraste, podían llegar a convertirse en extremadamente luminosas.

Gustavo Martín Garzo: El amigo de las mujeres

George Steiner en su ensayo Antígonas nos habla de las cinco constantes principales de conflicto propias de la condición humana: el enfrentamiento entre hombres y mujeres, entre viejos y jóvenes, entre la sociedad y el individuo, entre los vivos y los muertos, entre los seres humanos y los dioses. Pues bien, la mayor parte de los relatos que conforman El amigo de las mujeres se centrarían en el primer conflicto, es decir el que se produce entre el hombre y la mujer, el resto quedaría subsumido o absorbido por esa constante.

Lo que hallamos como simiente de los relatos del libro de Gustavo es siempre el encuentro de un hombre y de una mujer. Ninguna otra experiencia de la que tengamos conocimiento directo -parece decirnos el autor- posee tanta carga de potencial colisión. Conformando una unidad en virtud de la humanidad que los separa de otras formas de vida, el hombre y la mujer son al mismo tiempo irremisiblemente diferentes. Ese sería el punto de partida de cada relato.

En El amigo de las mujeres el hombre que narra se nos presenta como un merodeador que deambula por las calles anónimas de la ciudad y es atraído por los gestos, las miradas y los movimientos de las distintas mujeres con las que se cruza. Pero esa multiplicidad de personajes femeninos no solo emergen a partir de unos encuentros más o menos casuales, son también intuidos, imaginados, soñados. Las situaciones y los personajes pueden tener su punto de partida en la escena de una película, o en un mito clásico, o en una estampa bíblica. Y todo ello dicho con una prosa bañada de luz, inundada de metáforas, donde la exclamación y la invocación se hacen dominantes.

Lo que más atrae al hombre, “el lugar más erótico -en palabras de Roland Barthes en su ensayo El placer del texto y que Gustavo parece encarnar en sus relatos- es el de la piel que centellea entre dos piezas (el pantalón y el jersey), entre dos bordes (la camisa entreabierta, el guante y la manga); es ese centelleo el que seduce, o mejor: la puesta en escena de una aparición-desaparición”.

De ese “centelleo”, de ese territorio que se erige entre lo que se nos muestra y se nos hurta, y que Gustavo describe en alguno de sus relatos, brotaría no solo el deseo más intenso, sino también la más pura contemplación e incluso el más hondo amor. Un amor entendido como gozoso ensimismamiento.

El narrador de El amigo de las mujeres es un ser sin identidad ni rasgos físicos propios, es el gran espectador, es un oído, un ojo, es el gran “deseoso”, que se pasea contemplándolo y sopesándolo todo en una balanza invisible.

“Todo se juega, se goza, en la mirada”, escribe Roland Barthes en el libro antes citado. “El que contempla se hace semejante al objeto de su contemplación”, afirma Platón en el Timeo. “Esos absortos ojos que miran en el interior de nuestra mirada”, escribe Gustavo en uno de sus relatos. Apuntando en esa dirección, Ángel Crespo, en el poema que lleva por título “Entre lo deseado y el deseo”, afirma: “Como son nuestras miradas/otra manera de entregarnos”.

Gustavo en su libro nos habla ante todo de entrega, de esa “otra manera de entregarnos” que dice el verso de Ángel Crespo.

Pero si en el espacio del deseo (la mirada, el ojo, la contemplación) siempre nos movemos en línea recta hacia el objeto que nos atrae. En el espacio creado por Gustavo el deseo tiende a ser más bien un bumerang o un espejo. El autor nos muestra en sus relatos que, en realidad, la línea recta es un círculo que nos devuelve indefectiblemente a nosotros mismos.