El valor de los héroes - Alberto G. Ibáñez

¿Cómo resulta posible que España cuente con las mejores Escuelas de Negocio del mundo pero no figure ninguna universidad entre las doscientas primeras o estemos a la cola en matemáticas y lectura y a la cabeza en abandono escolar? Existe más de una razón de esta paradoja pero aquí me detendré en una vertiente nada baladí: la diferencia del modelo de enseñanza.

El método de las Escuelas de Negocio se basa (simplificando) en el estudio de casos prácticos de éxitos empresariales (y de cómo superar fracasos). Pues bien, contamos con casos de éxito que podemos aplicar al mundo de la educación en general, y en particular a secundaria y bachillerato: basta estudiar el ejemplo de nuestros héroes. Tenemos la inmensa suerte de que la Historia de España está poblada de grandes hombres y mujeres, sin necesidad de falsificar su vida ni acudir a personajes de ficción como ocurre en otros lares: desde Robin Hood en Inglaterra a Guillermo Tell en Suiza por no hablar del mundo del comic.

Los héroes son personas cuya vida ha sido un ejemplo práctico y real de cómo lograr el éxito en distintos tipos de aventuras complejas e inciertas

Los héroes son personas cuya vida ha sido un ejemplo práctico y real de cómo lograr el éxito en distintos tipos de aventuras complejas e inciertas, superando limitaciones propias y dificultades externas (incluido el fracaso), aplicando tenacidad, coraje y capacidad de sufrimiento (eso que ahora se llama “resiliencia”), adoptando hábiles estrategias, concentrando toda su atención en el logro de su misión, organizando eficaz y eficientemente los medios disponibles, gestionando el talento, motivando al personal, sacando el máximo partido del trabajo en equipo, aprovechando y generando nuevas tecnologías… Y todo ello con las correspondientes dosis de constancia, disciplina, esfuerzo e ingenio. Cualquier profesor que se precie intentaría inculcar estas habilidades y capacidades a sus alumnos.

En la antigüedad las “vidas ejemplares” de los héroes formaban parte de la formación de los jóvenes

En la antigüedad las “vidas ejemplares” de los héroes formaban parte de la formación de los jóvenes. “La Ilíada” era de lectura obligatoria en las escuelas del mundo griego. Y el prototipo del “caballero” servía para demostrar que vivir no era solo un estar, sino un buscar el verdadero ser y dignidad. En España, Manuel José Quintana escribió en 1807 la primera parte de las Vidas de españoles célebres, en una época en la que los españoles sabían todavía lo que querían ser de mayores. Anteriormente, en 1788, Floridablanca había impulsado la elaboración de una serie de retratos de españoles ilustres: Lanuza, Carranza, Patiño, Feijoo, Jorge Juan, Ulloa y un largo etcétera.

Basta abrir las crónicas para percatarse que contamos con los mejores marinos del mundo. Desde Álvaro de Bazán —“aquel venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán”, como reza El Quijote— a Bernardo de Gálvez, el héroe de Pensacola, al que Estados Unidos le debe en gran parte su independencia. Por no hablar de los vascos Blas de Lezo (tuerto, manco y cojo, ejemplo de resiliencia donde las haya) o Antonio de Oquendo (experto en organización y gran motivador de las tropas). U otros grandes militares como Gonzalo de Córdoba, “el Gran Capitán”, los famosos tercios o el excelente aviador Mariano Barberán (primer vuelo Sevilla-Cuba sin escalas), entre otros. Por no hablar del gran extremeño Hernán Cortés, los catalanes Requesens, Guimerán (en el XVI) y Prim (en el XIX), o nuestros grandes  reyes (que los hemos tenido), como Isabel I, Fernando V, Carlos I, Felipe II o Carlos III, y gobernantes como Cisneros, Mendoza y Carrillo, por cierto cardenales.

Pero también hemos tenido pensadores españoles influyentes (desde Séneca y S. Isidoro de Sevilla a Francisco de Vitoria, Unamuno u Ortega y Gasset); científicos de renombre internacional (desde Diego de Siloé, Covarrubias a Jorge Juan y Santacilla); grandes inventores e innovadores (desde Turriano, Juan de Herrera, Ayanz o Torres Quevedo  Isaac Peral, Juan de la Cierva, o el mismo Gaudí); médicos relevantes (dese Mercado, Servet a Ramón y Cajal o Severo Ochoa); fundadores/as de órdenes religiosas fundamentales (desde los dominicos con Domingo de Guzmán, los carmelitas descalzos con Santa Teresa de Jesús a los jesuitas con Ignacio de Loyola). Por no hablar de artistas plásticos y visuales excelentes (desde Berruguete, Goya, Velázquez, Murillo…, a Sorolla, Zurbarán, Picasso o Dalí); músicos y compositores (desde Tomás Luis de Victoria, Vicente Martín y Soler, Tomás Bretón, José Ventura Casas —compositor de la sardana catalana, que nació en Jaén— a Hilarión Eslava, Manuel de Falla o Vives); o grandes diplomáticos (desde Juan de Zúñiga, Luis de Requesens, Cardenal Granvela, Juan de Austria, Alejandro Farnesio, al arzobispo Carranza, Lagasca  o Juan Valera).

¿Qué decir del papel jugado por las mujeres en un país con fama de machista?

O ¿qué decir del papel jugado por las mujeres en un país con fama de machista? Isabel I ha sido la gobernante más poderosa de todos los tiempos. Beatriz de Bobadilla (“tan cruel como hermosa”) ejerció de gobernadora de La Gomera y la esposa del Cid gobernó Valencia. Beatriz Galindo enseñaba latín a la reina, Lucía de Medrano enseñaba clásicos en Salamanca, Francisca de Lebrija desempeñaba la cátedra de retórica en la Universidad de Alcalá, mientras una monja como Sor Juan Inés de la Cruz ejercía de literata y otra llamada Teresa, hija de judíos conversos y futura doctora de la Iglesia, fundaba diecisiete conventos de monjas y dieciséis de hombres. Sin olvidar a Clara del Rey y Manuela Malasaña (en Madrid) y Agustina de Aragón y Ada de Araceli (en Zaragoza) que fueron heroínas de la guerra de la independencia.

El problema no es ser mediocres, es no aspirar a ser mejores de lo que somos

Resulta paradójico que no se preste la debida atención a esta dimensión en la educación justo cuando nuestra sociedad se enfrenta a enormes transformaciones y retos, crecientemente complejos y amenazantes, regodeándonos (ingenuamente) en el papel del “anti-héroe” que nos consuela y acomoda en la pasividad: cuantos más mediocres haya, menos tentación habrá de esforzarse por dejar de serlo. El problema no es ser mediocres, todos nacemos desnudos, inermes, al principio de un camino lleno de dificultades que no sabemos dónde nos puede llevar. El problema es no aspirar a ser mejores de lo que somos, cada uno desde el punto de partida que le toque. La escuela debe aspirar a que seamos gente de “rompe y rasga” de los que hablara Javier de Burgos o, como decía el Conde Duque de Olivares: “¡Cabezas, señor, cabezas, que esto es lo que no hay!, ¡Donde no hay cabezas no hay nada!”.

El mundo de hoy en día no es muy diferente de aquél. Hombres, mujeres y viceversa, siguen debiendo hacer frente a sus dragones internos y externos, sin ser el menor de ellos el desánimo o la depresión, para lo cual deben aplicar similares virtudes, valores y capacidades que han permitido triunfar en la vida y superar dificultades a tantas personas a lo largo de la historia. Nuevos héroes conviven con nosotros: desde Ramón Campayo, campeón del mundo de memoria rápida; Lorenzo Vingut, militar condecorado por hazaña heroica en Afganistán, hasta las víctimas del terrorismo que han hecho frente con gallardía y honor al desprecio y acoso cobardes, como nos muestra Aramburu en su novela Patria. Estudiemos y tomemos como ejemplo a nuestro héroes, pasados y modernos. No los escondamos. Así elevaremos el nivel de la sociedad y todos saldremos ganando. Pues para ser un país de éxito necesitamos grandes políticos, intelectuales, artistas, científicos, empresarios y ciudadanos…, y no solo deportistas…

 

Ensayista y escritor. Autor de “La Conjura contra España” y “La leyenda negra: Historia del odio contra España”