El mundo como jaula - Juan Alberto Vich

Las ataduras aprietan más que nunca. Quienes abanderan la libertad en todas sus vertientes no encuentran inconveniente en silenciar y vejar a quienes no comulguen con su sacro-y-poco-santo dogma. Éste es el sufijo -ismo del «relativismo» más radical, que en nada favorece el diálogo y permite, sin considerar ciertos juicios más válidos que otros, proclamar los suyos como los mejores.

La pluralidad es evidente y necesaria, enriquece los modelos y evita el letargo ciego de los totalitarismos 

La pluralidad es evidente y necesaria, enriquece los modelos y evita el letargo ciego de los totalitarismos (donde acallados —los disconformes— se refugian en la clandestinidad). Pero la diversidad no trae consigo la validez de las argumentaciones, como algunos pretenden (al menos desde la hipocresía de su discurso). Con el principio de igualdad se elimina cualquier tipo de jerarquía. La autoridad deja de tener sentido. Las figuras paternales, docentes y de ley, pierden potestad sobre el igual. No hay motivos aparentes que hagan entender de la madurez, una posición de conocimiento más labrada, tampoco según y qué educación. La distinción platónica entre opinión (doxa) y conocimiento (episteme) se vuelve nebulosa. El individuo contemporáneo, desde el prisma precedente, viste de juez en las redes sociales y reclama el sistema democrático por referéndum (eliminando la figura del político y despreciando las minorías en un sistema binario tan básico como el computacional). Se recupera el Estado de Naturaleza de Locke, donde se caracterizan a sus miembros como libres e iguales.

«Igualdad» entendida desde el tipo y no desde el caso. Bien se descubre al emplear la segunda persona gramatical donde pueden distinguirse (con razón de ser) los referidos por «tú» y «vosotros» o los de la clase «usted». En este punto, la interpretación sobre el otro puede adquirir diferentes inclinaciones: de consideración, de proximidad o de diferencia. En nuestro contexto, bajo la estela de la autoayuda y del ego engordado a base de likes, al hacer del mundo uno personal-y-no- compartido, cuando la realidad se concibe subjetiva y «todo vale», el individualismo pre-domina (y con éste, los apetitos naturales que apuntó Hobbes). En contraposición al discurso público, quedamos sordos ante las voces vecinas. Tan sólo se busca el reconocimiento y el aplauso entre los correligionarios. Se aprecia en el toma y daca de los plenos parlamentarios y en el sectarismo camorrista. Ante tal determinación, con el ombligo superlativo, se entiende al otro como opresor del uno. Las buenas sintonías y la visión hippie de una humanidad bailando en corro se derrumba en la práctica, quedando el poder floral para «los míos» y nadie más. Mi enemigo confeso nada tiene que enseñarme, allá se muera con su barbarie. El circo (romano) regresa a la ciudad.

Al erradicar la posibilidad de un entendimiento común, se echan por tierra los principios kantianos. La falta de rigor del nivel académico advierte del prejuicio insuflado por los principales grupos de interés: no hay reflexión personal; el pensamiento es pasivo. Inmersos en el sistema del consumo y faltos de espíritu crítico, los individuos dejan de vivir para uno. ¡Alienación! Tampoco se procesa lo predicado: la empatía se dice de boquilla. ¿Qué coherencia esperar, pues, de éstos? La sociedad permanece presa, y en vez de lamentarse, cree liberarse de las cadenas y grita a los cuatro vientos su autonomía.

La «libertad plena», a la que aluden los anuncios publicitarios de coches y de compresas, no existe: es una falsa ilusión. Nunca fuimos libres. En primer lugar, debido a una realidad epistémica; ese conjunto de leyes físicas que nos impiden realizar las acciones de la ciencia ficción, como alzar el vuelo o atravesar los muros. En segundo lugar, y pese a los discursos de moda, por la existencia del mundo compartido, de la convivencia y de la dependencia con el otro, de lo común. «Mi libertad se termina donde empieza la de los demás», que decía Sartre.

La tradición pícara y tramposa ha provocado una desconfianza ante el contrato. Se evita el compromiso sentimental, laboral y de amistad

La tradición pícara y tramposa ha provocado una desconfianza ante el contrato. Se evita el compromiso sentimental, laboral y de amistad. No hay ni palabra ni responsabilidad. Y sin contrato, nos condenamos a un estado perpetuo de guerra y de discusión, de malestar y molestar. A quienes se les llena la boca al hablar de derechos y libertades, tengan cuidado no se vayan a atragantar. Vuestra «libertad» esconde restricción y opresión. Resulta que, cuando contamos con más libertades de expresión, las políticas indeterminadas pretenden instaurar su hegemonía hasta en los debates más bobos. La libertad menos libre y más esclava de todas (debido a la búsqueda de la aceptación social, que anima a más de lo mismo).

Barrotes de cárcel habrá siempre. La cuestión reside en quién los coloca (y dónde). Si es uno mismo, quien entendiendo la circunstancia cede parte de su libertad por la de los otros, para una convivencia agradable y justa, se liberará. Igual que el animal en peligro de extinción queda protegido entre los muros de un zoo y el feto guarda calor en el seno materno, ponemos verjas a nuestro mundo para asegurar cierto bienestar. Estos grilletes autoimpuestos son liberadores, no aprietan.

Hará falta educación y temple de las pasiones. Agitar la cabeza y reconocer adónde llevan semejantes despropósitos. La cara amarga llega, de manera inconsciente, al romper los barrotes que nos mantenían protegidos, al quedarnos huérfanos en la intemperie. Dadme una celda con libros, que me mantenga a salvo del resto de reclusos y me prevenga de los discursos confusos y oscuros que pretenden reducir la pequeña parcela de libertad que un día logramos.