El independentismo perdio el control - Bernardo Bartolome

Barcelona. Un día cualquiera de Septiembre de 2018. 14:00 horas.

“Violenta batalla campal entre los Comités de Defensa de la República y los Mossos de Escuadra. Los CDR, acampados en la Plaza de San Jordi desde hace varios días, trataban de impedir el paso de la manifestación de los sindicatos de policía que reivindican una vez más la equiparación salarial con otros cuerpos de policía autonómica. Hay varios heridos, un detenido y cuantiosos daños en el mobiliario urbano”.

Barcelona. Plaza de San Jordi. Mismo día. Unas horas antes.

Es una mañana como tantas otras, pero algo flota en el ambiente que huele raro. No son los colchones ni  las mantas ni los restos de desperdicios de la cena de anoche. Tampoco el olor de cuerpos hacinados en los chamizos improvisados. Hasta los perros aúllan más de lo normal. Y se rascan también más de lo normal. Un sexto sentido.

Manel -en su DNI pone Manuel Fernández Gutiérrez, para más señas- se levanta desperezándose como los últimos días. Ha dormido de un tirón. La receta contra el insomnio que le dio la compañera boticaria le va de maravilla -un cigarrillo “aliñado” antes de medianoche y a dormir a pierna suelta-. Llevaba varias noches en vela, preocupado por la situación. Su nuevo cargo le venía grande: compañero delegado portavoz de relaciones con las fuerzas represoras del orden público. Ahí es nada. Para que luego digan que en los CDR no se trabaja.

Manel -antes llamado Manuel- se levanta y se dirige a la pequeña carpa que hace a la vez las funciones de guardería –canina- y cocina, en cuya entrada figura el cartel con el menú del desayuno: colacao y porras. ¡Uy!, exclama, mal empezamos el día. A menudo piensa que todo ha ido demasiado rápido. Una mañana te levantas, te pones tu polo Ralph Lauren, te vas a la facultad de empresariales y aparece la chica equivocada que te cambia la vida para siempre. Te presentas, le das tu número de teléfono, tu mail, tu facebook, tu twiter y cuando te das cuenta le estás dando lo suyo y lo de su prima. Carmen se llama ella. La Carme, para los amigos, allegados y compañeros de indignación independentista. Y en dos días tienes unas rastas que ni las lianas de Tarzán.

Carmen Martínez es nativa de Cartagena, pero desde hace mucho tiempo -más o menos año y medio-, se siente tan catalana como el que más. Como la Moreneta pero en laico. Se esfuerza en ocultar su acento y en aprender el idioma antiimperialista, aunque constantemente tiene que consultar el diccionario de su iPhone. Pero volvamos con  Manel -tomó la confirmación, con hostia incluida del obispo, como Manuel-.

Manuel -Manel desde que anuda la palestina a su cuello y prende en la pechera un vistoso lazo amarillo- nació en un pueblo de interior, de los que ahora llaman pueblos con encanto, de la provincia de Albacete. Sus padres emigraron siendo él ya un adolescente y se instalaron en Badalona. Desde entonces nunca le interesaron otras cosas que no fueran el fútbol, internet y los videojuegos. Ah, y las mujeres. Y ese es el problema. Desde que conoció a la Carme también le interesan -por imperativo sexual- la independencia, la cultura alternativa y la música étnica. Y lo que la Carme llama “lo social”, aunque nunca se ha atrevido a preguntar en qué consiste. Es, lo que se dice, un calzonazos del quince. No le importa tan siquiera que la Carme se niegue a depilarse las axilas -alega que es una moda machista y represora-, e incluso se ha acostumbrado a acariciar con cierto deleite las pilosas piernas de su amada.

Manel –Manuel cuando procesionaba por las calles de su pueblo natal el día de Santiago Apóstol- vuelve hacia su tienda -la compró hace dos semanas en El Corte Inglés. A la revolución se va, pero con comodidades- maldiciendo por lo bajo. Siempre fue más de magdalenas. Y por si fuera poco, el colacao está frío. No hay organización, piensa. Parecemos el ejército de Pancho Villa. Así no puede salir bien una revolución. Atraviesa la plaza cuando alguien le llama desde el otro lado. Es la Carme, que levanta los brazos haciéndole señales y dejando asomar graciosamente por la sobaquera una frondosa mata de pelo. A su lado, un cabo y un sargento de los Mossos de Escuadra.

Mirusté, soy el sargento Fortuño, y aquí traigo una orden para que desalojen momentáneamente el campamento por razones de seguridad y porque de paso van a proceder a la limpieza y desinfección de la plaza, que me tienen todo esto hecho una cochiquera. Pues creo que no va a poder ser, en principio, hasta eso de las ocho de la tarde, dice Manel -en su ficha de benjamines del Albaceteño FC figura como Manuel- con resolución. Para deliberar si levantamos el campamento se tiene que reunir la asamblea en su totalidad, con todos los delegados y delegadas nombrados por los aquí presentes. Y que me conste, la delegada de igualdad independentista republicana esta mañana se marchaba a Madrid para hacer una sentada ante el Ministerio del ramo y no sé si llegará a tiempo. El puente aéreo, ya sabe. También falta el compañero delegado de avituallamiento espiritual periférico -el que trae el costo, vamos-, que está buscando al perro desde ayer y nos tiene muy preocupados. Se ve que la criaturita se ha perdido con tanto ir y venir del dueño. Animalito.

El sargento Fortuño -de Salamanca, exlabriego- hace un aparte con el cabo Calafell. Se nota la tensión a la que han estado expuestos todo este tiempo. Collons, mi sargento, que se nos suben a las barbas. Aixó es massa. Verá cómo se pone el teniente, que le ha dicho a la parienta que le grabe el programa de Al Rojo Vivo de esta mañana, que seguro que salimos. Los dos mossos vuelven discutiendo hacia sus posiciones en el exterior  de la plaza.

Manel – Manuelín lo llamaba su abuela materna- está allí, observándolos, desafiante. Cuando mira hacia atrás se da cuenta de que no está solo, aunque esto no hace que las rodillas  le dejen de temblar. Sus hermanos de indignación independentista están con él. Unidos. Son una piña. Una gran familia. No nos moverán, al mundo entero quiero dar un mensaje de amor, y todo eso. Al rato vuelven los dos agentes de la ley, represora, imperialista, pero ley, esta vez ya con gritos de los indignados miembros de los CDR mentándoles a la familia más cercana. Algún palo que anteriormente sujetaba una estelada comienza a asomar tímidamente. Que dice el teniente Capdevila que o levantan  o se va a liar una buena -o parda, como ustedes dicen-, que su mujer está en la peluquería y ha llamado preguntando lo que pasa -Capdevila, que las vecinas ya empiezan a cuchichear, que no sé qué de pichafloja, calzón y cabestro, que si esto sigue así hoy duermes en el sofá como me llamo Monserrat-, y tiene la vena de la frente como el cuello de un cantaor de flamenco. Ustedes mismos.

La pareja vuelve por donde llegó y se refugia detrás de un furgón. Más gritos, más menciones a la familia y también más cánticos de frases aprobadas en anteriores asambleas. Uno que grita algo del barco de Chanquete es reprendido severamente por el compañero delegado de consignas revolucionarias. No hay manera. O nos ceñimos a lo establecido o vamos mal. Manel -por un momento le gustaría volver a llamarse Manuel- abraza a la Carme. Nos van a caer hostias como panes, piensa mientras comienzan los primeros lanzamientos de huevos y pintura hacia los vehículos policiales.

El teniente Capdevila apaga el cigarrillo con la punta de la bota. Coge el walkie y da la orden: leña al mono, que es de goma. El sargento mira a la multitud. El cabo Calafell ya tiene el escudo en una mano y con la otra se coloca bien el casco.

Y mientras carga hacia delante al sargento Fortuño -de Salamanca, ex labriego- se le cruza un pensamiento por la cabeza: coño, con lo bien que estaría yo ahora encima del tractor arando las tierras del Tío Eusebio.