Del buenismo irresponsable - Antonio Cervero

Orígenes psicológicos

En una de las escenas de la reveladora película sobre política vaticana “El Padrino III”, la hija de Michael Corleone, Mary, habla con su primo Vincent, del que está enamorada, interrogándole para que le cuente lo que sabe de su padre. Este le responde que es un gran hombre y un héroe que salvó a la familia, pero Mary tiene serias dudas y le pregunta más directamente si mató a su hermano o si todo lo que se dice sobre él es cierto. Vincent replica que solo son historias y Mary finalmente acepta esta versión diciendo: “Está bien, quiero creerte”.

En ese quiero creerte se encuentra la base psicológica de muchos de los comportamientos desadaptativos que podemos apreciar en el contexto socio-político actual, desde el buenismo irresponsable del que hablaremos hasta el sectarizado y fanático comportamiento inherente a las conductas propias del independentismo catalán.

Afortunada o desgraciadamente, y a pesar de lo que se suele decir, el ser humano no es prioritariamente un ser racional, sino que es ante todo un ser emocional

Si Mary hubiera realizado un mero ejercicio de análisis racional, las pruebas sobre la mesa rápidamente le habrían llevado a la irrefutable conclusión de que, en efecto, su padre era lo que era. Pero afortunada o desgraciadamente, y a pesar de lo que se suele decir, el ser humano no es prioritariamente un ser racional, sino que es ante todo un ser emocional. Y es en ese plano, muchas veces inconsciente, donde Mary tiene que hacer un ejercicio de autoengaño que, en este caso, tampoco enmascara mucho. Le cree porque quiere, porque es más fácil y porque no creerlo tiene unas implicaciones que no está dispuesta a asumir: implicaría despreciar a su padre, abandonarlo, crear un conflicto familiar, asimilar que su padre es un asesino, asumir que su enamorado que trabaja para su padre probablemente también lo sea, aceptar que además le ha mentido, separarse de un entorno que conoce esa realidad y la acepta, etc. Es decir, implicaría romper las bases sociales y afectivas de lo que hasta ese momento ha sido su vida.

En el ámbito psicológico, se utiliza en muchas ocasiones la metáfora del ordenador. Según esta, los seres humanos tendríamos un hardware y un software determinado como miembros de una especie. El hardware estaría constituido por nuestra arquitectura cerebral y el software por nuestro sistema operativo, que incluye diferentes herramientas y estrategias para procesar la información y dar una respuesta conductual.

¿Cuál es el problema? Que muchas de estas estrategias de procesamiento no funcionan de forma algorítmica como un conjunto de operaciones matemáticas que siempre generan un mismo resultado, sino a través de heurísticos, es decir, atajos mentales que permiten llegar a soluciones con un mínimo procesamiento de información y funcionan sorprendentemente bien en muchas situaciones, si bien fallan en otras. Puede ser duro de aceptar, pero lo cierto es que nuestra forma de pensar está llena de “fakes” donde el componente emocional tiene mucho que decir.

Se entenderá mejor con un ejemplo, como puede ser el heurístico de representatividad. Si vemos un león, no necesitamos analizar si ese ejemplar en concreto es dócil y amigable. Aplicaremos la generalización sobre el prototipo de lo que es un león y escaparemos corriendo, lo cual resulta en este caso adaptativo. No obstante, también puede ocurrir que siendo niños suframos un hecho negativo por parte de un sujeto que pertenece a una minoría concreta, y establezcamos que todos los miembros de esa minoría actúan igual, lo cual es una de las bases del racismo o de los comportamientos xenófobos.

Fragilidad psicológica de origen social

Teniendo en cuenta lo anterior, ¿cómo se explican entonces barbaridades como que personas aparentemente buenas y decentes acaben sacándose fotos abrazadas a terroristas o que niñatos imberbes y sobreprotegidos se permitan el lujo de dar lecciones de tolerancia a grupos musicales que se jugaron el tipo en tiempos en que serlo implicaba que te pudieras llevar dos hostias? Veámoslo.

La primera teoría que puede explicar algunos de estos fenómenos es la teoría de Susan Fiske (Gaviria, Cuadrado y López, 2009), quien establece cinco motivos sociales universales que, producto de la evolución de la especie, llevaríamos incorporados en nuestro software humano y nos ayudarían a desenvolvernos como seres sociales. Estos cinco motivos son: pertenencia, comprensión, control, potenciación personal y confianza. Tres de ellos resultan particularmente interesantes en el fenómeno del buenismo.

En primer lugar, el motivo de confianza implica la predisposición a esperar cosas buenas de los demás, ya que de lo contrario la vida en sociedad se haría imposible, y también nos hace hipersensibles a la información negativa. Por supuesto, a un pipiolo hiperprotegido en un entorno seguro que no ha vivido los años de plomo de ETA le puede resultar más fácil creer la palabrería hueca de un terrorista como Otegi y su teórica y malintencionada llamada a la paz (tergiversando su significado, cómo no) que asumir la inseguridad de un mundo donde existe gentuza como esa. En realidad es un ejercicio de egoísmo. Lo cree porque lo quiere creer, no sea que tenga que lidiar con el malestar que le generaría pensar que hay personajes dispuestos a defender el asesinato de quien piensa diferente. También puede querer pensar que el problema del islamismo radical se arregla de forma simplona a través del diálogo intercultural, más digerible que el hecho de que haya gente dispuesta a imponer su estilo de vida por lo civil o por lo criminal, no digamos ya si la alternativa es que te llamen fascista, lo que a personas con cierta debilidad psicológica les podría generar un cierto malestar (disonancia en términos psicológicos) o hacerles dudar sobre su propio yo.

El motivo de potenciación personal, por su parte, hace referencia a la necesidad de sentirnos únicos y especiales como individuos y como miembros de la sociedad. Esto es un problema cuando uno lleva viviendo cómodamente toda su vida y, lógicamente, impele a la persona a buscar un sentido de trascendencia. ¿Qué mejor forma de creerse único y especial que considerarse un luchador por la libertad y la democracia contra un enemigo ficticio en una época en la que uno puede permitirse tal lujo sin necesidad de que lo encarcelen o reciba un par de porrazos en una manifestación o en un calabozo alejado de la protección familiar?

Los principios del grupo se defenderán a capa y espada, por muy delirante que sea la forma de hacerlo y, de hecho, llevar esos principios a la exageración no solo potenciará el sentido de pertenencia sino la valoración positiva dentro del grupo

Finalmente, el motivo de pertenencia, el más básico, lleva a la necesidad de establecer relaciones y pertenecer a algún colectivo para satisfacer el deseo de vivir en grupo y evitar el aislamiento. Desde luego, llevar la contraria al grupo de origen no parece la estrategia más adecuada para integrarse, por lo que seguir las directrices del rebaño al que se lleva perteneciendo desde la más tierna infancia garantizará ser considerado como “uno de los nuestros”, permitirá contar con una red afectiva de personas que comparten los propios objetivos y disponer de un sentido de pertenencia que difícilmente podrá ser igualado con alguna otra alternativa. De este modo, los principios del grupo se defenderán a capa y espada, por muy delirante que sea la forma de hacerlo y, de hecho, llevar esos principios a la exageración no solo potenciará el sentido de pertenencia sino la valoración positiva dentro del grupo. Ya saben, se empieza defendiendo en un marco feminista la muy respetable y necesaria idea de que los salarios de las mujeres sean iguales a los de los hombres y cuando eso ya es aceptado por la mayoría, se busca una nueva meta que haga ver a los demás que uno es más feminista que nadie. Así, se continúa con el miembros y miembras para sentirse moralmente superior y se acaba proponiendo que los hombres no puedan ir con las piernas abiertas en el autobús o que se prohíba vender leche de vaca, porque hay que ejercer la sororidad entre hembras.

El problema de estos mecanismos de funcionamiento psicológico, y muchos otros por el estilo, surge entonces al intentar explicar por qué unos los pueden gestionar de forma más o menos eficaz y en otros casos llevan a extremos tan delirantes que hacen buena la Ley de Poe (que dice que en ausencia de un guiño o indicación que lo aclare, es difícil o imposible distinguir entre una postura ideológica extrema y la parodia de esa misma postura cuando se argumenta en internet). La respuesta es tan fácil de comprender como difícil de solventar en ciertos casos, por la educación. 

El problema de la educación

La educación se ha convertido en el arte del adoctrinamiento y del adiestramiento

Decía Ortega y Gasset (o los dos si preguntamos por el personaje a los participantes de Gran Hermano), que la educación es el arte de enseñar a pensar por uno mismo con objeto de llegar a convertir en acto todo el potencial que uno posee. Pero lo cierto es que desde hace ya un tiempo, la educación se ha convertido en el arte del adoctrinamiento y del adiestramiento. De la educación del ser se ha pasado a la educación del hacer, y las apocalípticas consecuencias que se derivan de ello, nos llevan a un futuro nada prometedor.

Una vez olvidada la educación del ser, la educación se entiende como un mero ejercicio de enseñanza de destrezas (en las instituciones educativas generalmente) y un simple ejercicio de manutención y bienestar material (en las familias). La consecuencia de esto es que una generación entera, hoy ya adulta, ha crecido en un contexto que la ha dotado de dos características terriblemente negativas: una bajísima tolerancia a la frustración (o falta de resiliencia) y una identificación nefasta entre autoridad y autoritarismo.

La baja tolerancia a la frustración implica que cualquier pensamiento, emoción o conducta que vaya contra los principios de uno se entienden directamente como un ataque frontal contra uno mismo. Y no es difícil apreciar la base de este hecho en los ataques de ofendiditis aguda de ciertos jóvenes, que se sienten zaheridos en cuanto alguien les lleva la contraria. Si no valoras positivamente que me dedique a abrazar árboles me denigras, si bebes leche de vaca y no de soja me hieres, si utilizas el término mariconez me vejas y me ajas, si comes un chuletón (además de ser un asesino especista) me ultrajas, etc.

Desgraciadamente, no es tan fácil aplicar los principios educativos para finiquitar semejante cúmulo de pamplinas debido a que la educación no solo es labor de los padres o tutores directos, sino de toda una serie de actores sociales como la familia extensa, los medios de comunicación, las instituciones sociales y políticas, los amigos, los vecinos, etc., que no parecen querer ser los primeros que pongan coto a tanto desmán, utilizando el valor terapéutico del ¡NO! Esto claro, podría llevar a otros a denominarlos fascistas, lo que nos lleva de nuevo al motivo de confianza.

El segundo problema, el de la identificación de la autoridad con el autoritarismo, parece ser un complejo patrio todavía vigente debido al periodo de 40 años de represión que hubo de soportarse. Y en este sentido parece que se ha producido un generalizado síndrome del niño emperador, una condición caracterizada por un comportamiento disruptivo cuyos síntomas son la agresión física y psicológica hacia las figuras de autoridad, una conducta desafiante con dificultades para canalizar la expresión de la ira y una persistencia en la violación de las normas y límites que se acompañan de un alto nivel de egocentrismo, baja tolerancia a la frustración, escasa empatía y falta de autoestima.

Solo de este modo puede entenderse que cualquier cantamañanas canturree que hay que asesinar al prójimo y que una parte importante de la masa social se moleste por el atentado a la libertad que supone, en lugar de por la aberración de fondo. De poco servirá tratar de explicar que todos los países democráticos ponen coto a la libertad de expresión precisamente para evitar el conflicto social o cosas semejantes, dado que estos razonamientos son excesivamente complejos para una mente diseñada para aceptar como mucho un eslogan de no más de cuatro términos.

Relacionado con esa escasez empática y como último ejemplo, mencionaremos también el fenómeno de culpabilización de la víctima, uno de los mecanismos más repugnantes que contiene nuestro software humano y que consiste en buscar indicios que culpabilicen a la víctima de un hecho para asegurar la tranquilidad y paz interior propia. De este modo, culpar a las víctimas del terrorismo por su ideología (aunque no haya tenido nada que ver en un atentado) o culpar a la víctima de una violación porque lleva falda (si yo llevo pantalones), no tiene nada que ver con un mecanismo racional. Únicamente busca garantizar la tranquilidad y la seguridad propia para no aceptar que uno puede ser objetivo de tales acciones (motivo de confianza), lo que nos lleva nuevamente al poder de las influencias emocionales.

Las responsabilidades

No es fácil cambiar el rumbo de una visión social sin un plan que involucre a todos los implicados, menos aun cuando ciertos implicados sacan buena tajada para sus intereses de la infantilización ajena

Si aplicamos el sesgo de sobregeneralización podemos decir que todos somos responsables en cierta medida de la creación de esta mentalidad infantil que se va extendiendo como una mancha de aceite, aunque siendo puristas, algunos son más responsables que otros. Y desde luego no es fácil cambiar el rumbo de una visión social sin un plan que involucre a todos los implicados, menos aun cuando ciertos implicados sacan buena tajada para sus intereses de la infantilización ajena.

A pesar de todo, hay algunas estrategias que podemos seguir para poner freno a todas estas formas de irresponsabilidad infantil. La primera desde luego es fomentar el conocimiento de uno mismo y del entorno, y de los mecanismos psicológicos que le influyen. Ser honesto con uno y reflexionar sobre lo que se pretende conseguir con una determinada conducta.

La segunda, poner freno moral a las conductas desajustadas con el simple valor del reproche o de la desaprobación de hechos que van en detrimento de la empatía y del bien común.

Y la tercera, tratar a los demás como adultos y hacerles responsables de sus propios actos y decisiones, con ternura pero siendo firme y contundente. A este respecto no puedo dejar de recordar cierto reproche que recibí ante la emisión de un video en un curso, porque dos personas se habían sentido ofendidas con el mismo. Quizás es un buen ejemplo para hacer ver a otros que su libertad les ampara para sentirse ofendidos, pero que la nuestra también nos ampara para que nos importe un soberano bledo que se sientan ofendidos.

Referencias bibliográficas Gaviria, E., Cuadrado, I. y López, M. (2009). 
Introducción a la psicología social. Madrid: Sanz y Torres.