De nada sirve llorar - Rosa Díez

No, de nada sirve llorar por la leche derramada; es mucho más aconsejable recorrer el camino a la inversa y ver dónde se produjo el traspiés que hizo que el cántaro se cayera al suelo y se partiera en mil pedazos empapando el suelo con la leche tan trabajosamente cosechada.

Pongamos que la leche es la democracia española que tanto nos costó recuperar. Pongamos que el cántaro son las normas por las que se rige y las instituciones que la configuran.  Revisemos el camino que han hecho estas últimas para proteger el contenido y el continente, el cántaro y la leche.

No fue nada fácil transitar desde la noche larga de la dictadura hasta la democracia

No fue nada fácil transitar desde la noche larga de la dictadura hasta la democracia; no fue nada fácil elaborar y aprobar una constitución en un país sin memoria ni entramado democrático.  Fue muy difícil que distintos lideres de partidos antagónicos (principalmente por experiencias personales, históricas, familiares, sociales… y finalmente ideológicas) se pusieran de acuerdo para hacer una propuesta a los españoles basada en la esperanza de construir un futuro común. Fue muy notable, casi milagroso, que los políticos del momento -desde lo que en aquel momento se podría considerar la extrema izquierda hasta la extrema derecha- se comportaran como patriotas y demostraran más amor a su país que a su partido.

Desde que se aprobó la Constitución del 78 hemos ido construyendo la democracia, empezando por las instituciones  que habrían de encauzarla. Paralelamente nos incorporamos al club de los demócratas europeos y hemos superado intentos del golpe de Estado y atroces crímenes terroristas que no tenían otro objetivo que destruir nuestra incipiente democracia y deshacer la firme alianza de los constituyentes que se juramentaron para que los españoles no volviéramos a matarnos entre nosotros.

Y cuando parecía que lo peor del camino ya estaba superado, comenzamos a enredarnos con nuestros propios pies. El primer adoquín con el que tropezamos lo puso un Presidente de Gobierno que cuestionó las bondades de una Transición tomada por ejemplo en todo el mundo democrático. Es verdad que cuando eso sucedió ya  habíamos demostrado las debilidades de nuestra joven democracia al convertir el primer y atroz golpe de los yihadistas en España en un campo de disputa entre demócratas.

A partir del momento en que empezamos a sembrar de pedruscos el sendero democrático sin otro afán que saludar alborozados la pierna quebrada del otrora compañero convertido ya en adversario, todo se desarrolló según lo previsto en la ley de Murphy: todo lo que puede empeorar, empeora.

Despreciando el patriotismo que movió a nuestros constituyentes a elaborar el gran pacto democrático la democracia española empezó a desmoronarse

Y despreciando el patriotismo que movió a nuestros constituyentes a elaborar el gran pacto democrático la democracia española empezó a desmoronarse. Echando la vista atrás, desandando el camino, se ve que todo lo que está ocurriendo mientras escribo este artículo –justo ahora están perpetrando el golpe de Estado en el Parlamento de Cataluña, televisado como el que dio Tejero en 1981- era previsible. Pero no era inevitable.

Las decisiones tienen distintos efectos según en el momento en el que se tomen. Por ejemplo, recuperar en el Código Penal el delito por convocar un referéndum ilegal hubiera sido muy útil cuando lo  defendí en 2012 en el Congreso de los Diputados, antes del 9N. Poder aplicarlo en aquel momento hubiera producido un efecto disuasor fundamental para frenar a los delincuentes. Y no hubiéramos llegado al 1-O. Pero toda la Cámara, incluido el PP que tenía mayoría absoluta, lo rechazó. Hoy suena a amenaza.

Hubiera sido muy útil y  tremendamente pedagógico, controlar desde el 2012 el destino final del  Fondo de Liquidez Autonómica que se entregaba a las autoridades catalanas. Pero siempre que lo defendí se rechazó esa opción por “exagerada”, cuando no por “crispadora”. Cuando ahora lo anuncia Montoro suena a revancha.

Promover la aplicación del artículo 155, sin descalificarlo como si fuera un instrumento extraordinario y punitivo, hubiera evitado que una vez tras otra los sediciosos utilizaran a los funcionarios y a las instituciones catalanas para saltarse la ley  e incumplir  las resoluciones de los tribunales. Y si se hubiera hecho en tiempo y forma nadie hubiera abierto los colegios ni puesto las urnas el 9N; y no tendríamos a las puertas el 1-O. Cuando hoy se apela a él y se reclama su puesta en marcha parece que lo queremos aplicar como un merecido castigo y no como un artículo que nuestros mayores pusieron en la Constitución del 78  para salvaguardar el interés general y proteger a los ciudadanos de golpistas y delincuentes de los que ningún país está a salvo.

No cometamos más errores porque esto no ha acabado y  aún hay mucha tarea por delante

Hacer las cosas que hay que hacer es lo que define el liderazgo. Y en España llevamos muchos, demasiados años, sin hacer lo que hay que hacer. Y luego, cuando ya la leche está en el suelo, nos mesamos el cabello y alzamos los ojos al cielo. De nada sirve llorar; pero sí merece la pena recordar qué pasó a lo largo del camino, quién puso piedras en lugares estratégicos, quién intentó quitarlas, quién miró para otro lado, quién despreció todos los síntomas de la catástrofe que se avecinaba… No propongo recordar en busca de una conclusión gratificante . “Veis, ya lo decía yo…” o pesimista: ”Esto ya no tiene arreglo….”  Lo que propongo es mirar de frente los obstáculos del camino y juramentarnos, otra vez, para saltarlos. Tenemos la obligación de recoger los trozos del cántaro, pegarlos y volverlo a llenar. No cometamos más errores porque esto no ha acabado y  aún hay mucha tarea por delante. Respondamos al golpe con todas las de la ley empezando por dejarnos de pamplinas y llamando a las cosas por su nombre: la esencia de la democracia no es votar, es cumplir la ley. Y no permitamos que nos distraigan más de nuestra tarea todos aquellos que dicen querer pegar los trozos pero piden dialogar sobre si fabricamos una cazuela, un botijo…. o qué se yo. Dejémosles en la orilla y empecemos a trabajar.