Caritas - Ivan Velez

Cáritas, CC.OO., UGT, también el Fútbol Club Barcelona. Estas y otras instituciones se han adherido al manifiesto de la independentista Plataforma por la Lengua, cuyos objetivos son la imposición del catalán y el «derecho a votar», que con tan neutra expresión se trata de encubrir el propósito de arrebatar a la ciudadanía española una de las regiones que históricamente ha contado con más privilegios. Si el club azulgrana es desde hace décadas un altavoz del catalanismo, el respaldo de las centrales sindicales y el de Cáritas han causado cierta extrañeza, incluso estupor, entre una grey en ocasiones común a ambos colectivos. Al cabo, la cuestión social ha preocupado tanto a los movimientos sindicales afines a los símbolos industriales -«en pie famélica legión»-, como a las organizaciones asistenciales más piadosas, aquellas que han intentado nutrir al hambriento, mientras trataban de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Un César que, en el caso de Cáritas tenía su trono en Washington.

Cáritas mantiene una amplia red internacional que garantiza la presencia en todos los continentes de los cuatro corazones que perfilan una cruz

Fundada por un clérigo católico alemán en los estertores del XIX, hoy presidida por el Arzobispo de Manila, Luis Antonio Tagle, Cáritas mantiene una amplia red internacional que garantiza la presencia en todos los continentes de los cuatro corazones que perfilan una cruz. Su implantación en España, sin embargo, fue algo tardía, pues la Iglesia española, con su larga tradición de hermandades, contaba ya con instituciones de objetivos parecidos. Entre los precedentes de Cáritas Española hemos de citar la constitución, en 1942, del Secretariado Nacional de la Caridad, dependiente de Acción Católica Española. Casi una década después, en 1951, aparece la Obra Católica de Ayuda Universitaria y la Obra Caritativa de Asistencia a Refugiados Extranjeros. Estas organizaciones mantuvieron una doble acción. Internamente, trataron de atender las necesidades de los sectores más pobres de la población española; exteriormente, las beneficiadas por su acción fueron las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. En consonancia con la germanofilia reinante, miles de niños austriacos y alemanes fueron adoptados temporalmente por familias españolas.

España, pese a los resabios antiyanquis que hundían sus raíces en la derrota de 1898, estaba ya inmersa en un giro atlantista favorecido por la estrategia que el imperio norteamericano desplegó en la devastada Europa con el fin de neutralizar la acción soviética. Una estrategia que se desarrolló por vías bélicas, diplomáticas, económicas y culturales, pero también asistenciales. Existían, no obstante, importantes obstáculos en una España que negaba a Azaña, pues no sólo no había dejado de ser católica, sino que, muy al contrario, contó con el pasto espiritual administrado por la Iglesia como un importante factor de cohesión en los frentes de batalla de una Guerra Civil, que recibió el calificativo de Cruzada. Todo ello no fue óbice para que la Iglesia española volviera a coquetear con diversos frentes ideológicos y regionales, una vez salvada de sus más feroces enemigos.

A los reparos morales se unían las resistencias del falangismo anticapitalista, que fue perdiendo poder dentro de los cuadros franquistas, con la irrupción de grupos de aires liberales o tecnocráticos, también controlados por otros sectores eclesiásticos

Interesados en atraer a su causa a la anómala España –tan dictatorial como antiestalinista- los Estados Unidos hubieron de vencer algunas resistencias de tintes ideológicos y morales. Arma propagandística de primera magnitud, el cine mostraba las bondades consumistas de la democracia de mercado frente a la austeridad de la democracia orgánica apoyada en la familia, el municipio y el sindicato, pero también desvelaba algunos aspectos de la sociedad norteamericana menos asumibles. Prueba de ello son las palabras del falangista Romero-Marchent, que en 1942 advertía contra «el daño terrible de enseñar a nuestras hermanas cómo podían escaparse con los novios, en la seguridad de encontrar en cualquier camino una casa cualquiera donde un hombre, ataviado con levita y asomado a un cuello duro, podía casarles sin testigos». Años después, Rita Hayworth, es decir, Margarita Carmen Cansino, causaba un gran escándalo al despojarse de sus guantes en Gilda, estrenada en el madrileño Cine Callao durante las Navidades de 1947. El explosivo erotismo de Rita, divorciada de Orson Welles durante el rodaje, sirvió incluso para dar el nombre de Gilda a la Bomba H detonada en el Atolón de Bikini. A los reparos morales se unían las resistencias del falangismo anticapitalista, que fue perdiendo poder dentro de los cuadros franquistas, con la irrupción de grupos de aires liberales o tecnocráticos, también controlados por otros sectores eclesiásticos.

El giro quedó certificado con la firma de los Pactos de Madrid, de inequívoco cuño bélico, que sirvieron para implantar una serie de bases militares que hasta hace poco constituyeron centros de puntual peregrinaje para quienes vivían el sueño soviético aun después de que España, de la mano del socialdemócrata González, se incorporara a la OTAN.

La Iglesia española sería la encargada de administrar la ayuda norteamericana hasta el revolucionario año de 1968

Las bases, levantadas en una nación que se situó del lado anticomunista, esto es, norteamericano, durante la Guerra de Corea, no fueron las únicas estructuras que desembarcaron en la España de principios de los 50. Junto a ellas, y a pesar de que Mr. Marshall pasó de largo, llegaron préstamos, pero también una serie de productos –leche en polvo, queso, guisantes, arroz-, de los que todavía se guarda recuerdo. El envío tenía ya el terreno abonado, pues mientras Romero-Marchent se revolvía contra la vida disoluta que exhibían las pantallas, los obispos habían lanzado la Campaña Nacional de Caridad. Teniendo en cuenta este precedente, la administración del republicano Eisenhower integró a España en el programa «Food for Peace», aprobado en 1954. La Iglesia española sería la encargada de administrar la ayuda norteamericana hasta el revolucionario año de 1968. Una vía, la eclesiástica, que se ajustaba a la normativa yanqui, que no permitía que las ayudas pudieran canalizarse a través de plataformas políticas. En este contexto, en octubre de 1954, Cáritas Española, dependiente de Acción Española y presidida por Enrique Plá y Deniel, se hizo cargo de la distribución de unos productos que llevaban impresa la bandera de las barras y las estrellas. Para evitar suspicacias, la operación se hizo de católicos a católicos. La encargada de pilotar la operación fue la National Catholic Welfare Conference. Todo ello sirvió para que Plá mostrase un involuntario perfil visionario, pues, adelantándose a la aparición de las ONG´s que acompañaron a la abolición del Servicio Militar Obligatorio, calificó a estas plataformas como «organizaciones benéficas no gubernativas».

El plan norteamericano era muy ambicioso. Pretendía ejercer una influencia total, razón por la cual trató de llegar a todos los estratos de la sociedad española. Si los paquetes con alimentos llegaban a la población infantil, determinados ámbitos profesionales se beneficiaron de un sistema de becas e intercambios académicos. Transformado el régimen franquista, la Iglesia, y por ende, Cáritas, también se adaptaron a los nuevos aires. En marzo de 1966, en la Casa de Ejercicios de El Pinar de Chamartín, se celebró la Primera Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. A ella asistieron setenta obispos bajo la presidencia del cardenal Plá y Deniel. Un año después, Cáritas adquirió una estructura confederal.

La postura adoptada recupera aquellas palabras incluidas en la prensa catalana más integrista de finales del XIX

Nada hay, pues, de anómalo en el hecho de que Cáritas, tan sensible a la atención de unos inmigrantes que podrían devenir en nous catalans, se haya sumado al frente catalanista. Antes al contrario, la postura adoptada recupera aquellas palabras incluidas en la prensa catalana más integrista de finales del XIX, que advertía a los feligreses de las evidentes bondades del uso del catalán, gracias al cual, decía paternalista, «seréis más gratos a Dios y a la Patria». En pleno 2018, el secesionismo asistencial afirma: «El apóstol Pablo nos diría que, si queremos hacer llegar el evangelio a los catalanes, debemos sentirnos catalanes. Y ser catalanes no solamente significa vivir en Cataluña y aprender el catalán. Es mucho más. Significa entender y amar esta tierra, esta cultura y a su gente. Es cierto que podemos pasar años y años en Cataluña sin siquiera hablar catalán ni amar esta tierra y a su gente. En realidad, muchos lo hacen así. Pero ello no significa que esta sea la manera correcta de hacer las cosas. Y aún más. No significa que sea una manera bíblica de hacer las cosas».