Vivir en Venezuela - Pedro Uribe

Casi cuatro años de la última vez que estuve en Venezuela. Muchas cosas han cambiado y otras no las entiendo: la venta de efectivo o la ausencia de transporte público. Tampoco estoy familiarizado con la última reconversión monetaria que impuso el Bolívar Soberano (BsS.) como moneda y nunca viví la hiperinflación. Los apagones formaban parte de mi vida allí, al principio eran de minutos, luego de horas. Parte de mi familia sigue en Venezuela, así como los pocos amigos que no han emigrado. Además, mi trabajo con el Observatorio Social del Estado Táchira me mantiene al día con datos y cifras.

Mi padre, con 72 años, no tiene ni tendrá un plan de pensiones. Mi madre ha tenido que aprender a cortarle el cabello, pues un corte para caballero cuesta aproximadamente 8 mil bolívares. También sé que el salario mínimo interprofesional mensual es de 18 mil bolívares soberanos (4,80 € al mes a tasa oficial DICOM) que permite comprar un kilo de harina de maíz que vale BsS. 2.900,00. Con ese paquete se hacen 20 arepas, pero comprar un kilo de queso para rellenarlas será difícil, pues su precio varía entre los 18 mil y los 35 mil bolívares soberanos.

Algunos nombres se cambiaron a petición de los interesados que quieren evitar represalias del Estado venezolano

Para ampliar el enfoque, pedí a conocidos y amigos que viven en distintas partes de Venezuela que me contasen anécdotas de su vida en las dos últimas semanas de febrero. Así puedo combatir la caricaturización de la crisis venezolana que intentan hacer intelectuales españoles infames y que son pagados por el chavismo. Advierto que no traigo aquí historias terribles de personas que pueden morir por carencia de medicamentos o hambre, sino de quienes hacen lo posible por sobrevivir a la crisis. Algunos nombres se cambiaron a petición de los interesados que quieren evitar represalias del Estado venezolano.

Yusmar, 33 años: vive en El Vigía (suroccidente de Venezuela), tiene una hija de 3 años y es profesora de educación especial en una escuela pública. Su madre y hermanas, que viven en otra ciudad, se hacen cargo de su hija. Sin la ayuda de su familia Yusmar no podría afrontar la realidad de ser madre soltera en Venezuela. Ella tiene un salario de 28 mil bolívares al mes (7,44 €). El último fin de semana pagó 7 mil por un billete de autobús para poder visitar a su hija. Estos costos hacen que las visitas sean escasas a pesar de que sólo 4 horas le separan de su pequeña.

La escuela especializada en la que trabaja tiene una capacidad para 120 niños, pero apenas atiende a unos 40. Los padres no pueden enviarlos con regularidad, en algunos casos por falta de transporte público, en otros la condición de los alumnos es tan especial que la ausencia de medicamentos, como los anticonvulsivos, obligan a mantener a los niños en casa pues la institución no está preparada para lidiar con estos episodios. La plantilla docente se dedica en cuerpo y alma a su trabajo a pesar del bajo sueldo. Saben que la labor que hacen es fundamental, colaboran incluso con aliños para la comida que se sirve a diario. Para llegar al trabajo, y a pesar de su problema de rodillas, Yusmar camina veinte minutos desde su residencia a la escuela, la ausencia de transporte público en condiciones le obliga a ello. Su sueldo no alcanza para pagar un alquiler, por lo que vive con la familia de uno de los alumnos de la escuela que no quieren perder a una profesional capacitada para mejorar la calidad de vida de su hijo.

Maritza y Daniel, 39 y 46 años: Matrimonio sin hijos que vive en San Cristóbal, a una hora de la fronteriza ciudad colombiana de Cúcuta. Hasta hace poco Maritza era gerente de una empresa nacional, pero le es más rentable dedicarse al comercio que vivir de un salario. Junto con su esposo Daniel se dedican al comercio y también tienen algunas tierras para la cría de animales. Los ingresos conjuntos son de 230 mil bolívares mensuales (unos 60 €), de los cuales la mitad la dedican al alquiler de un pequeño piso en la ciudad. Ambos colaboran con los gastos de las casas de sus padres. Hace menos de un mes Daniel fue robado a mano armada al llegar a casa, le quitaron el móvil y el ordenador portátil. La cercanía a Colombia le permitió reponer el móvil, gastando 130 € en ello, pero es impensable hacer lo mismo con el ordenador.

En la última semana de febrero, Daniel hizo diez horas de fila para surtir combustible. No pudo llenar el depósito porque el gobierno le ha asignado unilateralmente un límite máximo de 30 litros. Es cierto que el combustible es gratis, pero las diez horas de fila le han supuesto una pérdida económica por no haber trabajado. La última compra de verduras y frutas de la pareja fue por 12 mil bolívares: 1 papaya, 1 melón, 2 plátanos para freír, 1 kilo de bananas, 1 kilo de tomates y 300 grs. de cebollino. La inflación afecta considerablemente su vida, saben que con ese dinero la próxima semana no comprarán lo mismo. El ser clase media y tener ingresos por encima del promedio no te impide pasar los mismos problemas que el resto de los venezolanos. Maritza padece vitíligo y tiene 5 años sin conseguir la crema para tratarlo. También debería consumir metmorfina para el hiperinsulinismo, pero su precio pasó de 10 bolívares a BsS.4.500,00.

Otra de las peculiaridades que me cuentan es el viacrucis para comprar gas doméstico. En Venezuela no llega por tuberías sino que se compra por bombonas. Las filas para surtir de las plantas públicas son interminables. El costo de una bombona de 45 kilos es de BsS. 600. Muchas veces, para comprarlo, debes mojar manos: por dos bombonas tuvieron que pagar BsS. 8.500,00 a quienes controlan la distribución. Aunque vivir en frontera les afecta especialmente por la escasez de combustible y gas doméstico, el beneficio es poder ir a la vecina Cúcuta a comprar bienes que resultan más económicos que en Venezuela, como el pollo. Un kilo en Cúcuta cuesta BsS. 3.700,00 y tiene garantías sanitarias, mientras que en Venezuela lo compras en BsS. 5.500,00 sin garantías de ningún tipo. Ahora la frontera está cerrada por decisión del gobierno de facto venezolano.

Isaura y José, 43 y 61 años: viven en Puerto Ordaz (Ciudad Guayana), Sur Oriente del país, la novena más violenta del mundo. Ella es educadora y solía trabajar como docente, pero los salarios bajos le llevaron a dedicarse a las tutorías privadas. José es empleado de la siderúrgica pública, cobra un salario que apenas supera el mínimo, pero no tiene nada para hacer, la empresa siderúrgica pública opera en mínimos históricos. Los ingresos de la pareja apenas superan los 80 mil bolívares al mes (22 €). Isaura me cuenta que hay cosas imposibles de comprar, como esas zapatillas deportivas que necesitaba y cuya versión más barata valían 48 mil bolívares. Su prioridad es la comida: un kilo de pescado ronda los cinco mil bolívares, mientras que un kilo de carne de vacuno cuesta 14 mil. Ambos solían visitar a sus familiares una vez al año, tienen 4 años sin hacerlo. Es un lujo que no pueden permitirse. A Isaura y a José les gusta mucho el café, tomarlo en un bar es impensable, así que cuando consiguen lo toman en casa. El último paquete que compró le costo a José 6 mil bolívares, la próxima semana no sabe cuánto le costará.

Tamara, 33 años: Abogada de profesión, también ha sido profesora universitaria. Tamara es soltera y vive con sus padres. Tiene dos empleos, uno en el departamento de recursos humanos de una empresa y, el otro, como administradora de una marca de moda. Con ambos trabajos ingresa cerca de 100 euros al mes. Aunque gana más que la mayoría de la población, afirma que se le va en servicios y comida. Sus intenciones de irse del país se ven opacados por un problema común: no tiene pasaporte vigente. Prorrogarlo cuesta 36 mil bolívares pero no hay fecha de entrega. Agilizar el trámite para tenerlo en 15 días le cuesta 300 dólares. Los números no le dan. Recientemente tuvo que dejar buena parte de sus ahorros en reparar su coche, si otra eventualidad como esa vuelve a ocurrir, los deseos de migrar se harán cada vez más lejanos.

Los venezolanos también viven sin electricidad. Desde el año 2010, cuando Hugo Chávez decretó una emergencia eléctrica, los cortes de luz han sido constantes en todo el país. Se destinaron más de 38 mil millones de dólares para atender esta emergencia y hoy, 9 de marzo de 2019, cuando escribo estas líneas, el país entero sufre el mayor apagón de su historia contemporánea y la única causa es la corrupción. Más de 35 horas sin luz en algunas regiones, familias incomunicadas y blackout informativo. En este momento la energía volvía a ciertas zonas de Caracas y el interior del país. Cuando pude hablar con mi madre no sabía lo que pasaba, mientras que en los centros de salud se jugaban la vida cientos de personas. El chavismo culpa al imperio de iniciar una guerra eléctrica, pero la verdadera guerra es la del chavismo contra los venezolanos. Esperemos que Venezuela pueda escapar de la oscuridad que le ha impuesto la revolución.