El fin de Maduro - Carlos Martinez Gorriaran

La crisis final, esperemos que así sea, de la dictadura chavista instaurada en Venezuela, autoproclamada con optimismo injustificado el “socialismo del siglo XXI”, está teniendo consecuencias imprevistas, como una crisis paralela e inesperada para muchos de la vieja división ideológica entre derecha e izquierda. Para quienes hemos defendido en absoluta minoría y soledad mediática la emergencia de políticas transversales que están superando las divisiones heredadas del siglo XIX (los “expertos” siguen siendo quienes no se enteran de nada y repiten como mantras viejas fórmulas del pasado), tal crisis es una noticia de lo más interesante y estimulante. ¿A qué me refiero con esta crisis posideológica? Pues a hechos como la interesantísima y reciente votación del Parlamento Europeo de enero de 2019 a propósito del reconocimiento de Juan Guaidó como legítimo Presidente de Venezuela en sustitución democrática del dictador y usurpador Nicolás Maduro (sustitución legitimada por la propia Constitución venezolana vigente, como explicó en estas páginas Pedro Uribe).

Algunos se empeñan en no aprender nada de los últimos cien años de historia mundial y su sucesión de guerras y genocidios iniciados por supuestos “asuntos internos”

La votación de la Eurocámara ha sido inequívoca: «reconoce a Juan Guaidó como presidente interino legítimo de la República Bolivariana de Venezuela, de conformidad con la Constitución venezolana», por 439 votos a favor, 104 en contra y 88 abstenciones. Lo interesante es analizar los votos a favor de Maduro, y las abstenciones que, objetivamente, benefician a Maduro. En resumen, la división izquierda-derecha ha saltado por los aires de nuevo, y la división ha recaído más bien entre euroescépticos (Front National, UKIP, Liga Norte, etc.), contrarios a reconocer a Guaidó, y europartidarios, favorables, aunque ha habido bloques divididos de tal modo que algunos verdes y socialdemócratas supuestamente europartidarios se han unido a los euroescépticos o han optado por la abstención. ¿Por qué? Básicamente, invocando el equívoco principio nacionalista de no intervención en “asuntos internos de terceros países”. Como si masacrar a la propia población fuera un “asunto interno”. Algunos se empeñan en no aprender nada de los últimos cien años de historia mundial y su sucesión de guerras y genocidios iniciados por supuestos “asuntos internos”.

En esta histórica votación del Parlamento Europeo (entre otras cosas, porque por fin la Eurocámara se ha puesto al frente de la política exterior europea, en vez de detrás de los vacilantes gobiernos nacionales), los bloques ideológicos clásicos se han ido al diablo a la hora de elegir entre Maduro y Guaidó. Maduro ha recogido apoyos tan heterogéneos como los de Podemos-IU (con Bildu y el Sinn Féin en la alianza GUE-NGL) y el Front National de Marie Le Pen con el UKIP británico y la Liga Norte, la extrema derecha austriaca gobernante (OVP, prorusa) y la extrema izquierda griega de Syriza, Vladimir Putin y el gobierno comunista-capitalista chino. En cambio, Guaidó se ha llevado los demás votos, ganando el apoyo institucional del Parlamento Europeo, poco ejecutivo pero mucho más que simbólico, pues al fin y al cabo representa a más de 500 millones de ciudadanos europeos y el mayor bloque político multinacional del mundo.

Pero volvamos a los apoyos europeos a Maduro, que es lo realmente importante. Repitamos: Maduro y la dictadura chavista tienen el apoyo de un arcoíris parlamentario que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, recogiendo a euroescépticos, comunistas, ecoalternativos y separatistas varios del viejo continente. ¿Qué tienen en común apoyos tan heterogéneos que parecerían antagónicos para la perspectiva tradicional? (aunque no tanto: Tsipras y la extrema izquierda de Syriza han gobernado tranquilamente Grecia en alianza parlamentaria y de gobierno con ultranacionalistas derechistas pro-rusos).

Básicamente, el populismo, el euroescepticismo y el nacionalismo rancio de diverso pelaje. Si votan a un tirano como Maduro, representante de un régimen espectacularmente fracasado, es porque Maduro también representa de alguna manera la última oposición a todo aquello que detestan y quieren derogar Pablo Iglesias, Marie Le Pen, Quim Torra, Nigel Farage o Alexis Tsipras: democracias supranacionales, economías reguladas no intervenidas por el Estado, sociedades pluralistas. Maduro, en cambio, tiene todo o algo de a lo que aspiran: estados policiales, economías hundidas pero controladas por el partido, dictaduras de partido disfrazadas de “hegemonía popular” que margina a la oposición y la encarcela. Y esos objetivos son hoy en día tanto aspiraciones de la derecha como de la izquierda más populistas.

La votación provocada por la crisis del régimen de Maduro ha puesto pues de relieve la cada vez mayor borrosidad de la vieja línea divisoria, que cada vez tiene más porosidad y menos sentido teórico y práctico: la rígida división izquierda-derecha. Y ha sido sustituida por una frontera no menos tajante pero más interesante y prometedora: la división entre democracia liberal pluralista y dictaduras populistas.

esta división produce no pocos sobresaltos: coincidir por ejemplo con Donald Trump en la urgencia de desalojar a Maduro, aunque rara vez se coincida en algo más con el atrabiliario presidente americano

Ciertamente, esta división produce no pocos sobresaltos: coincidir por ejemplo con Donald Trump en la urgencia de desalojar a Maduro, aunque rara vez se coincida en algo más con el atrabiliario presidente americano. Pero, como siempre ocurre, a las diferencias políticas de fondo que expresan nuevas realidades emergentes, se superpone inevitablemente la geopolítica y sus viejísimos intereses seculares. Más allá de la repugnancia que la dictadura de Maduro suscite en los medios republicanos que sostienen a Trump, que no hay que minusvalorar por su asociación al castrismo, ni Estados Unidos ni los países del Grupo de Lima, sobre todo Colombia, Ecuador y Brasil, pueden tolerar en sus mismas barbas una narcodictadura neocomunista que expulsa de Venezuela a millones de refugiados económicos, arrojados a vecinos sin recursos incapaces de absorber esa oleada (entre los que no se cuentan México ni Uruguay, lo que explica cosas adicionales de la “neutralidad” de estos países), y que protege a grupos terroristas como el ELN colombiano –que ha vuelto a cometer gravísimos atentados en Colombia-, con la habitual implicación cubana, y las mafias narcotraficantes habituales. Ni esos países pueden permitirse el lujo de ignorar el peligro que representa el régimen de Maduro, ni nadie sensato y decente. Eso explica el detallado plan de aislamiento político-financiero de la dictadura de Maduro con el que el equipo de Guaidó ha sorprendido al mundo.

Si China apoya a Maduro es porque le es más fácil hacer negocios e influir en una dictadura débil, enfrentada con Estados Unidos, que con una democracia integrada en la región; a estas mismas razones, la Rusia de Putin añade su nueva rivalidad militar con Estados Unidos y Europa en el intento de reeditarse como superpotencia en una segunda guerra fría. Las simpatías por Maduro de semidictaduras como la de Turquía o grupos islamistas como Hamas, igual que las de los herederos europeos de terroristas como Bildu o el Sinn Féin, no parecen necesitar mucha explicación. Son los alineamientos clásicos gobernados por el principio “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” (y en el caso de Bildu, el agradecimiento al chavismo y Cuba por los servicios prestados a ETA y sus prófugos).

Pero la ruptura de las clásicas alineaciones ideológicas como la vista en el Parlamento Europeo es un fenómeno nuevo. Que Podemos, que le debe tanto, mantenga lealtad perruna (y asustada) a la dictadura de Maduro no sorprende gran cosa. Pero que Vox, que según sus detractores absolutos debería haberse alineado con Le Pen y los austriacos haya apoyado a Guaidó desde el primer momento, es algo inesperado para las mentes cuadriculadas. Las dudas del PSOE de Sánchez añaden a esta quiebra de los bloques la imagen del oportunista sentado entre dos sillas y vacilando sobre en cuál de ellas le conviene más apoyarse. Con Maduro y su odioso régimen van a caer otras ruinas imprevistas.

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