Working Dead - CMGyBB

No es muy común entrevistar a un “parado”. Cuando se quiere tratar del “paro” lo corriente es dar la palabra a un político, sindicalista, economista o experto laboral. Me pregunto si eso no será, sin que nos demos cuenta, una forma de doble exclusión: imagina que no consigues trabajar y que tampoco te dejan hablar de tu mayor problema porque otros lo hacen por ti (aunque no tengan tu experiencia, por fortuna para ellos). Además, cuando hablas con “parados” tú descubres que la palabra es inadecuada y a veces puede ser ofensiva, porque muchos “parados” no están parados nunca. No tener la ventaja de un empleo estable no significa que uno no haga nada ni, por tanto, sea un “parado”. Ese reproche tan habitual que predica “el que busca encuentra” (un empleo) es, aparte de injusto y falso para, por ejemplo, muchos desempleados de más de cuarenta años, una auténtica ofensa que culpa al desempleado de su situación. No somos demasiado conscientes de que el mercado laboral actual convierte a muchos profesionales desempleados que no paran de buscar y de hacer, y por tanto de trabajar sin remuneración, en simples números del INEM y las estadísticas. Números, no personas. Es otra forma de profunda deshumanización en la que deberíamos reparar mucho más. Pensando en estas cosas se me ocurrió conversar con una persona en esa situación existencial. Y este es el resultado, la conversación con Bernardo Bartolomé: un profesional desempleado con mucha experiencia laboral que no ha parado en su vida.

Bernardo Bartolomé de la Plaza: edad 44 años. Desempleado. Estudié Relaciones Laborales en la Universidad de Valencia, aunque finalmente no me gradué. Actualmente estudio el Grado en Derecho por la UNED y obtuve el título de Community Manager en la Fundación UNED. Profesión: Mando intermedio en el sector de la distribución (grandes superficies). Experiencia laboral: Capataz agrícola, jefe de sección en hipermercado y jefe de compras en el sector de la hostelería. Seleccionador y formador de personal.

Carlos Martínez Gorriarán: Cuéntanos qué trabajos profesionales has desempeñado, y cuál fue el último que tuviste. Y, en general, a qué te dedicas y cómo empleas tu tiempo ahora.

BB: Comencé trabajando en campañas de recolección de naranja, aunque muy pronto desarrollé otras tareas. Luego, junto a mi hermano, fui el responsable de una explotación agraria. Más tarde entré a trabajar en una gran superficie como jefe de sección, seleccionador y formador, y el último empleo fue en una empresa dedicada al ocio y restauración como jefe de compras. Finalmente dediqué tres años a desarrollar el proyecto político de UPYD en mi municipio, que si bien no es un trabajo remunerado me llevaba gran parte del día. Actualmente dedico mi tiempo a buscar empleo, escribo artículos y devoro libros.

CMG: ¿Cómo se siente uno cuando la exclusión laboral te convierte en un experto en enviar CV a ofertas laborales y recibir docenas de negativas y rechazos? ¿Ves empatía y comprensión en los demás? A mí me sorprende tener que explicar que el paro de larga duración o el subempleo no solo es un problema laboral y económico, sino una dura prueba para la propia autoestima y la empatía de los demás (simpatía, ni te cuento). Lo sé porque yo también tardé mucho tiempo en encontrar un empleo decente (en una escuela privada de cine y vídeo de FP II, y a los dos años me echaron). Entiendo que mis alumnos jóvenes no se percaten porque siguen siendo estudiantes mimados, pero tengo la impresión de que no hay apenas comprensión social del significado de ser un “parado de larga duración”, y más cuando tienes profesión y experiencia laboral, y no eres un ni-ni atolondrado ni nada de eso.

La vida del buscador de empleo es un carrusel. En ocasiones estás muy arriba cuando te preseleccionan para más tarde caer en el desánimo absoluto cuando eres rechazado, pero al final desarrollas callo, te endureces y procuras que no te afecte demasiado

BB: La vida del buscador de empleo es un carrusel. En ocasiones estás muy arriba cuando te preseleccionan para más tarde caer en el desánimo absoluto cuando eres rechazado, pero al final desarrollas callo, te endureces y procuras que no te afecte demasiado. No obstante, es agotador estar pensando todo el día en el trabajo. Practicas mentalmente entrevistas, ensayas delante del espejo, caminas por la calle rumiando imaginarias respuestas a ficticias preguntas de una simulada entrevista laboral. Parece algo de locos, pero te acabas acostumbrando. Es lo que yo llamo ser un Working Dead.

¿Empatía? Muy poca. Todo lo más miradas y gestos de compasión. Es lo que peor llevo, el comportamiento piadoso. No me estoy muriendo, joder. Guardad fuerzas para mi funeral.

Los más cercanos intentan animarte, pero te das cuenta que mucha gente “desaparece” por arte de magia. Sencillamente, un parado no es un buen compañero de viaje. Gente que te quería muchísimo ahora no coge el teléfono. Incluso gente a la que yo contraté ahora se despistan cuando pasas a su lado. Mención aparte merecen los del “el que busca, encuentra”. Como te encuentre yo verás qué risas nos echamos.

¿La autoestima? Bien, gracias. Tengo la suerte de contar con el apoyo de mi mujer (¡qué haría yo sin ella!) y de grandes amigos. Ayuda también que soy una persona optimista y considero que estoy pasando un bache. Por desgracia, y según lo que veo a diario, mi comportamiento no es el estándar. En muchas ocasiones el desempleo deriva en alcoholismo, ludopatía, drogadicción y hogares rotos. A pesar de todo, de lo visto y vivido, me apoyo en la frase que comparto con mi buen amigo Eduardo (más bien un eslogan): “Fuerza y humor”.

CMG: Creo que muchos rechazos alegan tu “edad”. ¿Crees que se debe a razones laborales, como que sale más barato contratar a jóvenes por las ayudas oficiales, o hay algo más?

BB: Hace unas semanas un jefe de RRHH me soltó un “a tu edad, como no tengas enchufe no vas a volver a trabajar”. Me dieron ganas de sacar un rotulador y añadir un IN delante de su placa de “Jefe de Recursos (in)Humanos”. A mi edad. Me quedan 23 años por cotizar y dice “a mi edad”. Y al final solo te queda poner una bonita sonrisa, dar las gracias y volver a casa con el rabo entre las piernas (jurando en arameo, lo uno no quita lo otro). El tiempo pone a cada uno en su lugar.

Sobre las ayudas…creo que no es determinante. O al menos no me gustaría trabajar en una empresa que basa su contratación en obtener exenciones fiscales. Es muy cutre, ¿no? Creo que se debe más a una “cultura” empresarial. Lo joven es bueno porque es nuevo. Tampoco creo, como se suele alegar en estos casos, que se contrate a jóvenes porque son más sumisos. Hay de todo. La docilidad la marca el carácter de la persona.

Lo escribí el otro día en un tuit: después de haber tenido responsabilidades laborales importantes (tres millones de ventas anuales, tampoco soy el Lobo de Wall Street, pero no está mal), haber dirigido equipos de gente de más de 30 personas ahora, tras cumplir los 44 se me ha olvidado la manera de hacerlo. Curioso, ¿no?

Tampoco coincido con el mantra popular que dice que los veteranos exigen más dinero. Cuando no se tiene nada te conformas con lo que sea. Es como cuando un futbolista que lleva años lesionado sale a jugar los últimos minutos de un partido. Te comes la hierba. Creo que el banquillo te da un plus de entrega. Cuando escucho que muchos jóvenes tienen que volver a casa de sus padres por culpa de la precariedad laboral siempre pienso en la parte opuesta. ¿Y qué pasa cuando no tienes una casa a la que volver? Con esto no quiero decir que lo anterior no sea un grave problema. Lo que me gustaría señalar es que cuando eres veterano (44 años, ¡¡¡Dios mío!!!) saltas sin red. Esa es una ventaja que tienen los jóvenes y a menudo se les olvida.

Para concluir sobre la eterna lucha jóvenes-veteranos vuelvo al símil futbolístico (y eso que no me gusta nada el balompié): Un joven puede correr los 90 minutos de partido, está bien. Pero, en una final, ¿quién es el encargado de lanzar el penalti decisivo?

También ocurre en la política. Ponga usted un candidato joven y tiene medio trabajo hecho. Y si es guapo, miel sobre hojuelas. Que sea honesto y competente es lo de menos. Malos tiempos para las canas, supongo.

CMG: ¿Crees que la experiencia profesional y el talento tienen algún valor en la España actual? ¿Tenemos un problema de mercado de trabajo y modelo económico, o hay algo más? Pienso, por ejemplo, en el desinterés social evidente por la educación y la creatividad en general, sea de empresas o de nuevas profesiones.

BB: Como hemos visto en los últimos meses, en España hay un complejo de titulitis. Prima la cantidad de títulos sobre cualquier otra cosa. Y si tienen el nombre en inglés, mucho mejor. Y no siempre el más titulado es el mejor. Con ello no quiero decir que no haya que formarse, por supuesto. Aquí se valoran los títulos, no lo que se aprende. Yo vengo de una generación donde la Formación Profesional estaba mal vista. Tenías que entrar en la Universidad por voluntad propia o por presión familiar. A mí la Universidad me decepcionó desde el primer día. Profesores desmotivados y alumnos que no lo estaban mucho más. Materias de relleno y poca aplicación práctica. Parece que algo está cambiando y a medida que las empresas requieren más técnicos la FP se va recuperando, pero aún costará un poco.

En cuanto a la creatividad y la educación… Lo explico con un ejemplo personal. De pequeño estudié cuatro años de piano en el conservatorio de música. Cuatro interminables años que me hicieron aborrecer el instrumento. Mi profesora me machacaba una y otra vez con piezas de señores muertos varias centurias atrás. Se evaluaba eso, que tocara bien una partitura. Con 20 años entré a tocar en un grupo de rock. Me fui a la tienda, compré una guitarra, un amplificador y un método para aprender a tocar y me metí en un local con 4 energúmenos más. Machacaba tres horas diarias en mi casa y al año siguiente comencé a improvisar solos. Hice mío el instrumento. La creatividad mas la experiencia es un triunfo seguro.

Siempre me he encargado de realizar entrevistas de selección. Tal vez haya entrevistado a ¿mil? candidatos. Pues como no tengo el título exigido por las empresas no puedo optar al trabajo de reclutador. Qué ironía

En cuanto a la experiencia… Mira, siempre me he encargado de realizar entrevistas de selección. Tal vez haya entrevistado a ¿mil? candidatos. Pues como no tengo el título exigido por las empresas no puedo optar al trabajo de reclutador. Qué ironía. No me quieren en ningún lado de la mesa, ¿eh? Lo mismo con el trabajo de formador. Tiene usted que ser nosequé con un master en nosecuantos. Oiga, que he formado a cientos de empleados, que se me daba bien, que la gente se lo pasaba en grande (no es fácil meter a varios trabajadores en un aula durante tres, cuatro o cinco horas y que salgan sin desear tu muerte). ¿Y qué? La maldita titulitis de este país.

CMG: Pienso que el problema número uno de la sociedad española actual es un fenómeno invisible –la “visibilidad” social está muy de moda-, la exclusión. Se habla de los marginados sociales, de los inmigrantes sin papeles, de los ni-nis, de la discriminación de las mujeres, etc. Pero muy poco del hecho de que hay millones de personas en España que no encuentran trabajo porque tienen más de 40 o 45 años, no importa su experiencia o capacidad demostrada, o que tienen que conformarse con empleos muy inferiores a su capacidad profesional. Por ejemplo, muchos universitarios han aprendido a ocultar sus títulos porque resulta que en ciertos empleos no quieren “gente demasiado preparada”. Y eso en plena explosión de los falsos másteres y doctorados al estilo Sánchez. Cuéntanos qué piensan de esto y tus historias personales, seguro que tienes muchas.

BB: Como te decía, anteriormente trabajé como seleccionador (reclutador me parece un término demasiado bélico). He visto de frente auténticos dramas de gente que simplemente ha tenido mala suerte en la vida. Y digo “mala suerte” con todo el conocimiento de causa. Padres de familia en la calle porque su empresa cerró, madres que se dedicaron a cuidar a familiares enfermos y ahora buscan incorporarse a un mercado laboral que les cierra las puertas. Tengo la conciencia tranquila. Nunca desprecié a nadie por la edad. Lo aprendí muy joven. Cuando trabajé recogiendo naranjas tenía un compañero con 79 años de edad que me daba patadas en el trasero cuando sacábamos los cajones del campo. El dichoso “anciano” corría que se las pelaba. Eso se te queda grabado de por vida.

Lo de adaptar el currículo es algo habitual. Normalmente cuando solicitas trabajos de menor rango eliminas experiencias laborales. Y fíjate que digo de menor rango, no menos importantes. Me enciendo cuando se utiliza el término “camarero” o “reponedor” como oficios denigrantes. No hay oficios deshonrosos. La degradación la aporta el sujeto. También oculto mi experiencia política. Dos años como delegado local de UPyD (trabajando gratis et amore, repito), responsable autonómico de expansión en el Consejo Territorial, candidato a la alcaldía… Todo eso no se valora en este país. Bueno, a no ser que los tuyos ganen las elecciones. O gobiernen (ahora ganar y gobernar no siempre van unidos).

Cuando llevas un tiempo en el paro vas bajando tus expectativas. Al principio piensas que eres la leche, un genio, que se te van a rifar por ahí. Poco a poco abres los ojos y te vuelves conformista. Incluso me he ofrecido a trabajar gratis durante el periodo de prueba. Hay quien dice que eso rebaja la dignidad del trabajador. Yo simplemente confío en el producto (yo soy el producto) y lo ofrezco en promoción. A algunos les parecerá una burrada. Yo lo veo como un intento más para demostrar mi valía y conseguir un puesto de trabajo.

CMG: La exclusión no se es solo laboral, creo que también incluye la caída en la marginalidad política y social, me refiero no sólo a no tener “un partido al que votar”, sino a perder capacidad social de influir. Dejas de contar. Y eso es grave en una sociedad que se ha organizado en minorías con capacidad de bloqueo, por ejemplo los taxistas o los colectivos feministas y ecologistas (podríamos habar de un “capitalismo del taxi”, añadido al putrefacto “capitalismo de amiguetes”). Los excluidos no cuentan porque no son una minoría ni pueden bloquear ninguna decisión. ¿Cómo lo ves tú?

BB: Se te olvida el mayor lobby que existe, sobre todo en materia laboral. ¿Qué me dices de los sindicatos? ¿De verdad alguien piensa que sirven para algo? Algo útil, me refiero. Nunca he pertenecido a ninguno y siempre me sorprendió esa obstinación, casi fanatismo, en pertenecer a ellos. Bajo mi punto de vista son una mafia que se retroalimenta. No comprenden que sin el empresario estamos jodidos. He sufrido varias negociaciones sindicales y muchas se solucionaban “dejando hacer” a los representantes laborales. Incluso a veces esa era la única reivindicación, que fulanito no trabajara los fines de semana, o festivos… el resto daba igual. Supongo que también los habrá honestos. O eso me cuentan.

CMG: ¿Crees que sería útil pensar en cosas como leyes anti exclusión? Por ejemplo, una ley que prohíba a las empresas contratar solo a jóvenes, aunque esa ley conllevaría derogar las ayudas a la contratación de jóvenes y cosas similares.

BB: A veces pienso en ello y no lo tengo claro. ¿Sirve la discriminación positiva? Creo que no. Lo vemos continuamente en ofertas que exigen cierto grado de discapacidad. ¿Acaso les importa la integración? No. Volvemos a las empresas cutres que juegan con la legislación para exprimir todas las ayudas posibles. A mi parecer, una empresa seria no se centra en esas cosas.

Antes que leyes anti exclusión yo pienso en darle la vuelta al concepto. ¿Por qué no crear un distintivo de certificación con empresas que realmente no discriminen a la hora de contratar? Ahora, que está de moda ser EcoFriendly, PetFiendly… ¿por qué no empresas OldWorkerFriendly? Suena a nombre de marca de whisky pero creo que sería una manera de concienciar a la gente.

CMG: La pregunta va de suyo, y más a una persona que fue candidata a concejal por UPyD: ¿sirven para algo las políticas de apoyo social, cursos de formación, etc?; ¿en general, la política actual, la posterior a la expulsión de UPyD y al auge del populismo, sirve para solucionar algo de lo que estamos hablando?

BB: Candidato a alcalde, matizo. Jajajaja. Sobre las políticas de apoyo social y los cursos de formación siempre hago referencia a un antiguo anuncio de neumáticos. “La potencia, sin control, no sirve de nada”. O algo así. Pues con esto lo mismo. Ha fallado el control, como casi siempre. Y volvemos a lo mismo: ¿quién tiene la mayor red de cursos de formación? Los sindicatos. Y con la Iglesia hemos topado. Recuerda otro anuncio, de la ONCE, creo recordar: “yo te doy cremita, tú me das cremita…”. Todo atado y bien atado.

Las políticas de apoyo social pueden convertir a un parado de larga duración en alguien que se acostumbre a vivir con lo mínimo. Pienso que hay dos tipos de desempleados: los que buscan trabajo y los que buscan una prestación. Los políticos (da igual el color) se centran en repartir ayudas. Son una reencarnación de los Reyes Magos, sobre todo cuando se acercan las elecciones. ¿Está usted desempleado? No se preocupe. Le daremos una ayudita y en paz. Y tome esta gorrita del partido y aplauda bien fuerte en el mitin. Es el Plácido de Berlanga llevado al siglo XXI. ¿No sería más digno que te contrataran para realizar un trabajo? Es decir, si dan una ayuda de 400 euros al mes… oiga, trabaje usted, qué sé yo, ¿15 horas? ¿12 horas semanales? realizando tareas en su municipio. Eso sí sería dignificar las ayudas. Lo demás es un ejercicio de caridad electoralista.

CMG: ¿Sería conveniente crear una especie de organización de “no organizados”, en referencia a los excluidos invisibles en esta sociedad de minorías organizadas?

¿Te refieres a una organización que no velara por intereses políticos? ¿Qué no descartara ninguna idea por parecer de izquierdas o de derechas? ¿Carente de complejitos progresistas? ¿Una organización que se preocupara realmente por los problemas de la gente?

Ya existió y la fusilaron al amanecer, previo juicio sumarísimo. Se llamaba UPyD y tuve la suerte de formar parte de ella.