Responsabilidades evadidas - Jesús Manuel López

“Un hombre libre no culpa a nadie de sus fallos”, J. Brodsky.

Se lleva hablando desde hace tiempo -tanto en tertulias, como en la prensa escrita, en las redes (mucho y de manera muy catártica )- de cómo se ha podido llegar a esta situación en el gravísimo problema de Cataluña. En las reacciones hay una mezcla de extrañeza, desánimo, escándalo, etc., incluso de “ingenua” sorpresa. Es curioso, ¡cómo si esto no se hubiese vislumbrado ya desde hace muchos años! Bueno es decir, al menos, que hubo un partido político (UPYD) denunciante de todo ello en el Parlamento español. Desgraciadamente lo oyeron, pero no lo escucharon desde ningún partido, y las tropelías siguieron hasta el abuso final en el que aún estamos. Es cierto que también se ha escrito mucho sobre cómo y dónde se fue fraguando.

Pasado el tiempo es más fácil hacer hipótesis sobre las posibles soluciones que se debieran haber dado a los problemas pretéritos

Es verdad que pasado el tiempo es más fácil hacer hipótesis sobre las posibles soluciones que se debieran haber dado a los problemas pretéritos. Pero uno ve la calamitosa y extrema situación de nuestro país por el problema de los egoísmos independentistas (por supuesto, también por otros aspectos, algunos de los cuales, casi tan graves), y dan ganas de echar a correr detrás de los que teniendo la responsabilidad no vieron, o que viendo no hicieron.

La responsabilidad, esencialmente, está unida al albedrío, a la consciencia, a la voluntad, pero también a la confianza (en política, de la ciudadanía ), así como a la autoridad para decidir, y evidencia un compromiso (en política, con la ciudadanía) y una asunción de consecuencias. En educación se decía que había que educar en la “responsabilidad consecuencial”; es decir, hay que cumplir con lo pactado, con lo que es el deber, con la norma pensada desde lo virtuoso, si no, uno se ha de atener a las consecuencias (porque la falta de responsabilidad acarrea consecuencias). Se contaba como anécdota que los niños miran para otro lado, o incluso se tapan los ojos, por creer que así salen del peligro y que esa realidad desaparece. Es decir, el no mirar de frente lo mal hecho («mirar para otro lado»), ponerse de perfil ante un problema que ha causado o que no ha sabido resolver es también síntoma de inmadurez.

En el caso de nuestro reciente pasado democrático, pienso que ese equilibrio se rompió sobremanera a la hora de hacer política con los nacionalistas

En política, la responsabilidad ética debiera suponer, primordialmente, un equilibrio entre los principios y las consecuencias o la eficiencia de los resultados (acciones) concretados en el bien común; Bauman dice que “el objeto de la responsabilidad ética son los otros”. Pues bien, en el caso de nuestro reciente pasado democrático, pienso que ese equilibrio se rompió sobremanera a la hora de hacer política con los nacionalistas. Es decir, en muchos casos, los gobiernos fueron irresponsables, no sé hasta qué punto en cuanto a principios, desde luego sí en cuanto a resultados y consecuencias. Y ¿por qué?, pues quizás por pasividad, por cobardía y falta de autoridad moral, por confraternizar con la ola, por egoísmo de sillón y poder, por mirar hacia otro lado…

Es difícil entender, desde casi todos puntos de vista, que el Estado no supiera lo que se estaba tramando desde, al menos, hacía treinta años. O los que tienen que velar por lo que puede pasar son alelados, o son tan incomprensiblemente espabilados que casi nadie les sigue. De cualquier forma, la pasividad endémica de este país ante los graves problemas se ha vuelto a repetir. Todavía, a dos días de la pamema antidemocrática del referéndum de hace meses en Cataluña, el presidente del Gobierno nos aseguraba que no había urnas, que estaba todo controlado, etc. ¡Qué bochorno de manifestaciones de humo en los más grandes responsables de la gobernabilidad del país! Así que, casi sin querer y en más de una ocasión, me he preguntado: ¿y si realmente lo sabían y no quisieron actuar? Y si fue así, ¿por qué? Algo se ha escrito ya, pero desde luego, se sabrá no tardando mucho. Yo no he querido jugar a las paranoias porque crean morbo y nos distraen del meollo con sus fantasmas.

Parece fácil suponer que ese “etnoegoísmo” nacionalista ha aprovechado la débil situación de estos últimos años y les ha llevado a dar el golpe que creían definitivo, imbuidos en su experiencia de impunidad

Parece fácil suponer que ese “etnoegoísmo” nacionalista ha aprovechado la débil situación de estos últimos años (económica y sus crisis, de la falta de liderazgo moral y de firmeza democrática, la falta de sentido de estado de los grandes partidos, etc.), y les ha llevado a dar el golpe que creían definitivo, imbuidos en su experiencia de impunidad. Se han aprovechado de esa “flojera” de los sucesivos gobiernos del Estado (de la falta de responsabilidad de sus gobernantes), para desarrollar una estrategia políticamente indecente que -con delirio, paciencia, deslealtad y pensamiento para la hipócrita acción (a la vez que mágico y de tripa)- han tejido durante muchos años. Han refinado con cinismo venenoso la tiranía de lo tribal, han seguido con la intolerancia ancestral, quizás más sorda, convirtiéndola en violencia moral hacia el discrepante y foráneo. Han lanzado eslóganes intuitivos (desde el mito, hasta el sentir delirante -”somos buenos y nos envidian, por eso nos rechazan, luego es normal odiarles”-) como si fueran ideas, para que penetraran más fácil y se tornaran deseos irrefrenables. Junto a esta bazofia, las tácticas permanentes y falaces de que son la gran mayoría de los catalanes (“del pueblo”); como si, y aunque hubiese sido verdad, la mayoría (otra palabra mágica de esta ola) fuese principio y fin de la esencia democrática; ya dice el filósofo Arteta que “la regla de la mayoría se anula en caso de atentar contra la igual libertad ciudadana y sus derechos”.

Los dos grandes partidos han sido los dos grandes responsables (sus dirigentes) de no frenar este grave problema que ha estallado y nos ha puesto a casi todos en pie de tensión y ansiedad, al margen de lo necesario y creativo de toda sociedad. Algún día alguien, en su representación, nos contará sus disculpas y sus incapacidades o lo que haya sido origen de esta grave irresponsabilidad.

Es de especial perplejidad la comprensiva, como poco, postura de casi toda la izquierda hacia este nacionalismo

A mi entender, es de especial perplejidad la comprensiva, como poco, postura de casi toda la izquierda hacia este nacionalismo (al fin y al cabo, tradicionalmente esto ha ido más con la derecha). Diversos análisis nos aseveran que ha sido fruto de una mala observación de la historia y de un complejo de culpa derivado del franquismo. El nacionalismo aprovechó el rebufo de la represión para su victimismo (fueron los que más sufrieron, nos dijeron y se les creyó, ignorando esa realidad histórica -que certifica, entre otras cosas, todo lo que el dictador invirtió en esas comunidades-) y, a la vez, utilizó la libertad democrática (esa que dicen en muchas ocasiones y de forma obscena que no tenemos) para ese chantaje lento y permanente (¿hasta el infinito?), ganándose, ¡encima! -con el engaño de su extraordinario márquetin y ese apoyo de la izquierda miope-, el halo de avanzados. ¿Cómo es posible que lo que nos ha llevado a múltiples guerras tenga algo de avanzado? Si algo tiene el nacionalismo (todo nacionalismo) en su esencia es su tradicionalismo y conservadurismo. Ahora -nunca es muy tarde…-, está despertando parte de esa izquierda -eso sí, de forma individual-, y está reconociendo la auténtica cara al nacionalismo, la que siempre ha tenido y que nos ha llevado a tantas catástrofes en la UE. A ver si es premonitorio de una disposición a cambiar la postura, examinando un poco la metedura de pata de muchos años atrás. ¡Ojalá!

Además, los dos márgenes del espectro político han coincidido en decirnos con pesada insistencia que dicho nacionalismo ha contribuido a la gobernabilidad del Estado (excusatio non petita…), sin embargo considero que, en todo caso, ha sido una seudocontribución limitada al préstamo de votos a cambio de prebendas, casi siempre económicas y políticas (apenas ha habido autocrítica a esta forma de proceder). En realidad, lo que ha habido es una mala gestión de los dos grandes partidos que no han sido capaces de responder a la necesidad de justicia de que todos los españoles somos iguales ante la ley y, su lucha por el voto (antes que por la democracia -protección de derechos de la ciudadanía en libertad-), les ha llevado a no ponerse de acuerdo en lo más básico, lo que nos une a todos.

No soy monárquico, pero he de reconocer que no veo a ningún político como líder de lo común, y que el único que lo ha demostrado públicamente ha sido el Jefe del Estado. De los líderes actuales, ninguno me merece confianza. Hay exceso de populismo, de dinamismo de márquetin y demoscopia, de estrategia al margen de los fines comunes; y hay alguno que sigue aparcado en la siesta de la pasividad, con algún brote de “espabilina”. Parece que se mueven, pero sin acciones resolutivas, salvo las referentes a sus ansiedades partidistas, generalmente ajenas al bien común.

El partido de Cs -ganador en Cataluña- ha pasado ahí dos legislaturas denunciando la anécdota, cuando tenía la bomba al lado de los escaños

Tampoco veo en lo que parecía nuevo nada que me haga confiar en un cambio a mejor. El partido de Cs -ganador en Cataluña- ha pasado ahí dos legislaturas denunciando la anécdota, cuando tenía la bomba al lado de los escaños. Ahora parece haber despertado cuando el problema ha explotado. Y, en general, pasea definiéndose poco claramente (incluso bailando de un lado a otro), también de soslayo, en problemas esenciales. De Podemos es casi inútil hablar, están en la estrategia como esencia de su política, algo adaptada a aquella que proponía que «el fin justifica los medios», o en el «cuanto peor, mejor», apuntándose a todo lo que se descarrila en el Estado para ver si revienta el sistema y ellos vienen, salvadores, con el edén en la nube fantasiosa de su engaño (porque los líderes saben del seductor fraude), o, en el caso de la ciudadanía que confía, con el edén en la nube de su esperanza.

Sí, algunos estuvieron ahí, algunos con tapaderas y excusas para no afrontar la responsabilidad que su función comprometía. El problema es que, con matices, parece que siguen en la coartada de la simulación. Mientras, “inasequibles al desaliento”, los del delirio etnoegoísta mantendrán la “matraca”. Ellos a los SUYO. Al otro lado no hay muchos signos de firmeza democrática, ni de responsabilidad en favor de lo común. Saben que las consecuencias, según el signo de la experiencia, no van con ellos. ¿Democracia y autoridad inmaduras porque la ciudadanía está igual? Supongo que algo de esto hay. Decía Goethe que “si cada uno limpia su acera, la calle estará limpia para todos”. Llevémoslo a la responsabilidad política (global), que es “un síntoma” de la libertad . Exijámoslo, con cuidado y vigilancia. Y pensemos sobre la historia que nos enseña que muchos de los acontecimientos que han saltado por los aires han sido incubados por el cansancio en la latencia. No se puede uno fiar del aparente (las redes están que arden) silencio sumiso de los otros.