Queridos mesetarios - Paco González

Cada verano llegabais a las playas de mi niñez con vuestros salabres verdes. Gritabais como locos cuando veíais peces y cangrejos entre los charcos de las rocas en bajamar. No entendía vuestro entusiasmo. Erais bichos raros, que hablabais con ese acento tan fino… Os veía como exóticos forasteros que invadíais mi mundo, mi playa, y que tal y como un día llegabais otro día marchabais.

Cuando era adolescente fui por primera vez a vuestra ciudad. Este provinciano no entendía vuestras prisas, que no os dejarais llevar por las escaleras mecánicas y prefirierais seguir subiendo escalones para llegar antes a no se sabe dónde. No entendía esa indiferencia con la que absortos leíais vuestros libros entre la muchedumbre del metro.

Luego he ido muchas veces más, ya sois parte de lo que soy. Vuestro paisaje es mi paisaje, vuestras prisas, mis prisas, vuestra ciudad, mi ciudad.

Nacisteis orgullosos castellanos y la llegada de la democracia os lo arrebató, os dijeron que sólo erais madrileños

Nacisteis orgullosos castellanos y la llegada de la democracia os lo arrebató, os dijeron que sólo erais madrileños. Aunque os cortaron las raíces, no sucumbisteis al desánimo, al contrario, ensanchasteis vuestros horizontes, desde la Vera a Bañolas, desde Mojácar a Ribadesella. A veces añoráis señas de identidad, la autenticidad de un origen del que enorgulleceros, por eso no podéis evitar emocionaros ante el gemido de una gaita en Cambados, una saeta en Jerez, una banda en Alcoy o la torre de una colla castellera en Valls. Todo eso lo habéis hecho vuestro y nos habéis ganado para siempre. Sabéis que ya no sois solo madrileños, no os lo permitimos.

Sufrís con estoicismo las manifestaciones de todo colectivo que tenga algo que reivindicar. Aprovecháis cada oportunidad para huir de la ciudad, aunque sean dos días. Las horas en la carretera os cuestan poco, las afrontáis con una paciencia infinita. Aguantáis los abusos de todos esos hosteleros sin escrúpulos que repartidos por España esperan vuestra llegada para hacer caja. Y sí, la chulería al volante sabéis que os la perdonamos.

No necesitáis refregar la historia a esos tan rebeldes, permitidme que yo lo haga, que cayeron ante la ofensiva franquista en tan solo cinco días de enero, mientras vosotros, fachas irredentos, disteis meses de batalla sufriendo hasta el final

He necesitado escribiros porque me duele que en estos últimos tiempos os llamen mesetarios, cavernícolas, trogloditas, fachas… Admiro vuestra altiva resignación y cómo permanecéis impávidos. No tenéis un Rafael Casanova, tenéis tres, pero Padilla, Bravo y Maldonado dejaron de ser vuestros héroes. No necesitáis ponerles flores cada año ni retorcer la historia para reivindicaros ni saber quiénes sois. Hace mucho que abandonasteis la tribu. No necesitáis refregar la historia a esos tan rebeldes, permitidme que yo lo haga, que cayeron ante la ofensiva franquista en tan solo cinco días de enero, mientras vosotros, fachas irredentos, disteis meses de batalla sufriendo hasta el final. Algunos corristeis delante de los grises, otros fuisteis los grises, pero ya se os ha olvidado. Ese recuerdo no sirve para vivir. Colchoneros o merengues, nos hicisteis bailar con la Movida. Salisteis a manifestaros por millones cuando unos militares nostálgicos quisieron acabar con nuestra incipiente democracia o cuando los asesinos de otra tribu mataron a Miguel Ángel. Más tarde llenasteis de indignación la Puerta del Sol. Siempre habéis estado ahí, defendiéndonos a todos, representándonos a todos, alegrándoos con nuestros triunfos y lamentando nuestras derrotas.

Siempre nos habéis acogido a todos incondicionalmente, tal y como somos, sin preguntarnos dónde nacimos, sin importaros nuestro acento, sin intentar cambiarnos, sin alinearnos ni alienarnos, sin inmersiones

Seguís laborando cada día, como siempre, mirando con nobleza a los que os insultan sin caer en la provocación. Nos lleváis en vuestros taxis y nos dais conversación. Entramos en vuestros bares y aunque estén abarrotados hasta la puerta nos miráis a la cara y preguntáis qué va a ser. Nos ponéis una caña, dos torreznos y nos hacéis sentirnos en casa. Siempre nos habéis acogido a todos incondicionalmente, tal y como somos, sin preguntarnos dónde nacimos, sin importaros nuestro acento, sin intentar cambiarnos, sin alinearnos ni alienarnos, sin inmersiones. Tanto es así que ya sois rumanos, marroquís, chinos, ecuatorianos, colombianos, peruanos, dominicanos, italianos, búlgaros…, ya todos gatos sin remedio.

No tenía razón, mi playa era, es y será siempre vuestra playa, queridos madrileños.