Somos los responsables - Rafael Sánchez Díaz

«Curiosamente, los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado».

No sé si la frase de Alberto Moravia se puede dar por cierta en su totalidad, pero sí creo que cada uno de nosotros, al introducir la papeleta en la urna en unas elecciones, decidimos con nuestra pequeña cuota, y de manera voluntaria, quien queremos que nos gobierne o, al menos, quien no queremos que nos gobierne. Somos los responsables, los únicos responsables finales, de esa decisión y de sus consecuencias.

Cuando elegimos nuestra opción sí sabemos en líneas generales hacia dónde queremos caminar

Tal vez Moravia se excede un poco al querer exigir al votante que se sienta responsable de los fracasos de un gobierno por el que ha votado, o de las leyes que haya hecho y que, tal vez, no estuviesen claramente definidas en su programa electoral, pero cuando elegimos nuestra opción sí sabemos en líneas generales hacia dónde queremos caminar. O hacia dónde no queremos que se camine. O deberíamos saberlo, aunque me temo que no es así.

Cuando se producen convulsiones electorales inesperadas o cambios drásticos en la conformación del abanico de partidos políticos es muy frecuente que casi nadie asuma que esos hechos han ocurrido por haber decidido votar a una opción u otra o por no haber votado. Se suele decir y escribir que los medios de comunicación o las tendencias demoscópicas expresadas en los sondeos electorales son los que crean los estados de opinión, provocan esos cambios y, en última instancia, son los que generan después resultados electorales, tal vez inesperados, o incluso la desaparición del tablero electoral de opciones políticas. Aunque no dudo que esos factores tienen su importancia, no creo que sean los determinantes. Incluso los hay que se dan cuenta de todo esto, aunque ya sea demasiado tarde.

¿Cómo es posible esto?… Seguro que se preguntaban muchos en el Reino Unido un día después del referéndum sobre el Brexit, votantes apesadumbrados por el resultado tras dejarse llevar un día antes por la secreta pulsión de darse el gusto de golpear al sistema en las urnas

¿Pero qué ha pasado, qué hemos hecho?, ¿cómo es posible esto?… Seguro que se preguntaban muchos en el Reino Unido un día después del referéndum sobre el Brexit, votantes apesadumbrados por el resultado tras dejarse llevar un día antes por la secreta pulsión de darse el gusto de golpear al sistema en las urnas. Creo que muchos de ellos pensaban en su intimidad que la mayoría, la presunta mayoría que votaría No, compensaría su capricho de votar Si. Como es sabido, no fue así y la cosa ya no tuvo marcha atrás. Del mismo modo, y siguiendo un patrón calcado al del Brexit, también escuchamos lamentos en EEUU de quienes declinaron votar para elevarse y observar desde su atalaya progresista, tal y como proclamó y recomendó, por ejemplo, Susan Sarandon, junto a otros personajes del mundo cultural norteamericano. Estaban persuadidos del triunfo demócrata, a los que otros, menos puros, votarían, de modo que ellos podían permitirse el lujo de lavarse las manos. Ya sabemos lo que ocurrió, que Trump no sumó en noviembre de 2016 más votos que sus predecesores Romney o McCain, sino Hillary Clinton menos que Obama.

En las recientes crónicas sobre el golpe de Estado institucional que se produjo en Cataluña, frenado por el artículo 155 de la Constitución para restituir la legalidad, ha habido un argumento muy utilizado para justificar el éxito social del independentismo: los no independentistas carecían de relato, que al final es lo que engancha al personal.

Se ha insistido en que nadie había anunciado el desastre que acarrearía la independencia y que ninguna formación política había llamado a las cosas por su nombre ni había ido de frente

Se ha insistido en que nadie había anunciado el desastre que acarrearía la independencia y que ninguna formación política había llamado a las cosas por su nombre ni había ido de frente. Nada más lejos de la verdad, hubo quien sí trabajó en contra de la independencia. UPyD, el partido fundado por Rosa Díez, Carlos Martínez Gorriarán y Juan Luis Fabo, entre otros, expuso con contundencia y toda claridad desde el Congreso de los Diputados un relato anti independentista, sin complejos, reclamando, muchos años antes de los hechos consumados, la acción política del gobierno mediante el uso de todas las herramientas legales a su alcance, incluido el artículo 155. No sólo eso, el propio partido denunció ante los tribunales el referéndum independentista consentido en 2014. También se podría citar la valentía de haber sido el único partido que denunció el desastre de la politización de la Cajas de Ahorro y que llevó ante los Tribunales a los poderosos que las utilizaron para enriquecerse.

Sin embargo, lamentablemente, tan solo unos meses después de algunas de esas decididas y coherentes actuaciones, el partido prácticamente desapareció, tanto de las instituciones como del tablero político. Es cierto que los sondeos empezaron a hinchar otras opciones políticas de manera exponencial y que los medios nunca llegaron a destacar la valentía de esa coherencia política, pero los responsables de ese final fueron los votantes, que decidieron cambiar su voto por opciones con mucho lustre mediático pero de gran vacío interior. Al igual que he comentado antes, he escuchado voces compungidas por la desaparición de una opción política que se enfrentó sin vacilar a la corrupción. Demasiado tarde.

Se impone evadirse de las consecuencias de elegir una papeleta y disfrutar entre el postureo social y el infantilismo íntimo

Evidentemente, cada cual es dueño de su voto, pero también lo es de sus consecuencias. En cierto modo, hay una especie de narcisismo electoral que pretende aislarse de lo que acarrea la papeleta que uno elige. Incluso se pueden llegar a apreciar las cosas bien hechas, para, al final, terminar rindiéndose a la moda del líder nuevo. Y joven, eso es muy importante. En definitiva, se impone evadirse de las consecuencias de elegir una papeleta y disfrutar entre el postureo social y el infantilismo íntimo. Desconectar el voto de la realidad que uno ha visto, como si sólo se tratara de una entrada para una atracción en el recinto ferial de la democracia. Hay quien está convencido de que la cosa va de dar una patada en el culo al establishment, así, alegremente, mientras los viejos y conocidos fantasmas del nacionalismo y el populismo recorren Europa y España. Al final, siempre somos los responsables.