Política hilarante - Eduardo Gómez

A veces, cada vez con más frecuencia, leo un titular o escucho una noticia política y pienso: “debe ser un error” o “no puede ser verdad”, intrigado leo el cuerpo de la noticia o presto toda mi atención a su desarrollo y entonces confirmo que no ha habido ningún error, que lo que en un primer momento me pareció absurdo o extravagante, es exactamente eso, absurdo y extravagante.

Desde hace aproximadamente dos años esta condición de “atónito informativo” se está convirtiendo en permanente

Lo alarmante de la cuestión es que desde hace aproximadamente dos años esta condición de “atónito informativo” se está convirtiendo en permanente. Y no pueden ser mis taras intelectuales, emocionales y de otros tipos, porque con estas mismas ya contaba antes.  Es innegable  las exigencias de cantidad y velocidad en la información, es un hecho que ahora cualquiera tiene acceso a un micrófono o a una portada de El País, y también es un hecho que se busca lo estridente y lo estrepitoso, que en estos tiempos lo sensato y lo mesurado no tiene ninguna repercusión. Pero, aún y así, debe haber otras razones.

También he pensado, no crean, en los depravados efectos de la estulticia, la negligencia y el dolo, pero yo, que ahora estoy en un proceso personal tendente a convertirme en “ser de luz”, prefiero ver esto con benevolencia y es que además resulta poco menos que imposible congregar en tan poco tiempo y exigua geografía tanto tonto, torpe o perverso, creo. Concediendo que alguna intervención tiene este “trio letal”, el problema es que para desgracia de la humanidad es imposible valorar cualitativa y cuantitativamente sus efectos. No, pensaba, tiene que haber otras causas.

Me rondaba por la cabeza aquella frase de Sherlock Holmes “una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”.

Me detuve en una definición sobre el humor  “tratar a la ligera las cosas graves y gravemente las cosas ligeras”

En esas preocupaciones andaba hasta que un día leyendo algo me detuve en una definición sobre el humor  “tratar a la ligera las cosas graves y gravemente las cosas ligeras” y fue cómo una epifanía, todo adquiría una cierta coherencia y sentido. Claro, pensé, a ver si confundido por la gravedad de los temas con los que juegan estos señores, o despistado por las serias consecuencias de los actos u omisiones que protagonizan, no estoy entendiendo en su verdadera dimensión el tono empleado.

No es raro que confunda el tono, que no entienda el chiste, reconozco que desde pequeño me enseñaron a NO jugar con las cosas de comer (y menos si no son mías) y cómo precisamente es con esas cosas con las que juegan estos, no le veo la risa por ningún lado. O simplemente que  los semblantes serios,  graves y solemnes me despisten.

Puede que nuestros próceres impelidos por la urgencia  de la posverdad hayan llegado al común convenio de que si van a apelar a las emociones, es mejor utilizar la comedia que el drama o la tragedia, ya que estos dos últimos géneros ya vienen de forma natural inherentes al ambiente y además comienzan a resultar excesivamente reiterativos, vamos que empalagan.

A veces es difícil distinguir con claridad qué es o no humor por la diversa forma regional de entenderlo y practicarlo

Antes no me di cuenta y es normal, a veces es difícil distinguir con claridad qué es o no humor por la diversa forma regional de entenderlo y practicarlo, que si para las gallinas catalanas hay distingos identitarios  es lógico que los haya para tema más enjundioso. Pero existe  un lenguaje común, unos códigos universales. Por ejemplo mientras escribo esto, leo en prensa que el matrimonio Pujol-Ferrusola acude a una conferencia sobre Empresa y Economía Familiar. Y si es eso no es un supremo y finísimo ejercicio de sarcasmo con el cual podemos disfrutar sea cual sea tu vecindad civil, que venga Dios y lo vea.

Mi teoría pues, es que hay mucho humor,  a lo mejor es un humor distinto, disruptivo, ahora todo es disruptivo.  Es cierto que es difícil de reconocer, que tiene toques de humor negro algunas veces, otras de parodia o pantomima, y que en ocasiones abusan del ridículo cómo recurso, pero humor al fin y al cabo.

También entiendo que debo cambiar mi marco mental poco a poco para aceptar esta realidad, no es de hoy para mañana, pero por voluntad no será, estoy en proceso. A veces, mientras estoy con mis hijas cenando delante de la tele y en el Telediario sale algún chistoso recurrente me descubro diciendo: – Callad un momento que este tío es buenísimo, que te partes con él.   Y mientras celebro la ocurrencia, mis hijas, inocentes ellas, confiesan que no comprenden cómo ha podido decir esa barbaridad. Claro está, ellas no entienden del humor disruptivo.

Echo la vista atrás y me digo, claro, el chiste de “hay manzanas podridas pero son casos aislados” dicho sin reírse, es ironía socrática

Echo la vista atrás y me digo, claro, el chiste de “hay manzanas podridas pero son casos aislados” dicho sin reírse, es ironía socrática, que podría integrarse sin problema en un monologo de Gila. Recuerdan aquel del asesino, en el que Gila hablaba de un señor que llevaba dos meses tirado en el suelo, y que al acudir el sargento de la policía y darle alguna patada sin obtener ninguna reacción comenzaba a sospechar “es mucho sueño para un adulto”.

Y que me dicen de aquella señora que convocó rueda de prensa para  hablar de una “indemnización en diferido”, no era aquello el manido  recurso humorístico al trabalenguas y al juego de palabras. Los parecidos evidentes con el sketch de Millán de “las empanadillas de Móstoles” ¿es casual o causal? Imagino su decepción entrando después de la rueda de prensa y diciendo a sus colaboradores “pues…. no se ha reído nadie”.

O ese joven “intelectual” que decía “no es una plusvalía, es la diferencia entre el precio de compra y de venta”, no es un epigrama delicioso que  hubieran firmado orgullosamente Wilde, Chesterton o Pope.

Considerando, ahora con absoluta seriedad, que vivimos en un país en que el presidente del gobierno ha decidido afrontar todas las ruinas, desgracias e infortunios públicos con el rictus inalterable, es decir como el mismísimo Buster Keaton. Y sumando a ello que la oposición también desprende a borbotones gracejo, chispa, sorna y salero, señores, él que no se ría es porque no quiere.

Solo encuentro una pega a esta graciosa teoría, y no pequeña, es aproximadamente cada cuatro años, a la hora de votar. Entonces los buenos ratos pasados, las risas, las ocurrencias supongo que no serán  suficientes para validar a los mismos humoristas. Pero esto es una opinión personal.

Confieso que todo lo escrito puede ser solo un intento de convencerme a mí mismo de poner un cristal distinto que me haga más “coherente y amable” una realidad absolutamente sórdida (humor). Y también, y no menos importante, que me permita conservar el mayor tiempo posible y en buenas condiciones el sistema nervioso central, las meninges, los hemisferios cerebrales y otras partes igualmente necesarias.