La lucha por la libertad, otra vez - José Anido

En enero del año 2011, el filósofo agnóstico francés Bernard-Henri Lévy escribía un artículo títulado «Salvar a los cristianos de Oriente» describiendo los ataques que recibe dicha comunidad como una persecución en masa en toda regla. El motivo próximo de la redacción de esa pieza fue el atentado que el día de Año Nuevo había acabado con la vida de 21 cristianos coptos y herido a otros 79 en la iglesia de Al Kidissine, en Alejandría. Podríamos pensar que seis años más tarde la situación habría mejorado. Nada más lejos de la realidad: sin salir del mismo Egipto encontramos que, el 25 de diciembre de 2016 en la catedral copta de El Cairo, un atentado causó 25 muertos y 31 heridos;  o que el Domingo de Ramos pasado, el 9 de abril, se saldó con 38 muertos y 113 heridos en dos atentados.

Los últimos años han vivido un doble proceso que lleva al deterioro de la libertad de conciencia en el mundo

Los últimos años han vivido un doble proceso que lleva al deterioro de la libertad de conciencia en el mundo: por una parte, aquellos estados que continúan ligados a una religión oficial o doctrina totalitaria han aumentado la represión y ataques a minorías; por otra, ha aumentado la presencia de grupos «hiperextremistas» islámicos que desarrollan una actividad que puede ser calificada de genocidio.

En el último informe anual de Amnistía Internacional encontramos atentados en Líbano (en Qaam, en el valle de Bekaa) o Pakistán (más de 70 muertos mientras celebraban la Semana Santa en un parque de Lahore); dificultades para la edificación, reparación o ampliación de iglesias por una legislación desarrollada por el presidente Al Sisi en Egipto, la destrucción de templos y retirada de cruces en China; castigos por blasfemia y conversiones al cristianismo (penas de muerte en Sudán o Pakistán, de cárcel como a Slimane Bouhafs en Argelia, castigos corporales en Indonesia por vender alcohol); discriminación en distintos ámbitos (educación, empleo, herencias) en Irán. Como señala el informe de Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN) se ha reforzado la religión de estado en países como India, Pakistán, Birmania, favoreciendo la persecución o la discriminación de minorías religiosas; en otros, con regímenes autoritarios como China o Turkmenistán, se ataca a todos los grupos que no se adapten a la ideología oficial dominante; por último, hay países en los que la persecución religiosa es otro aspecto más de la negación absoluta de derechos y libertades como en Corea del Norte o Eritrea.

Según los estudios de AIN, la persecución realizada por grupos terroristas o fundamentalistas es peor que la desarrollada por los diferentes Estados

En este recorrido vemos como, a menudo, son los poderes públicos los que desempeñan un papel protagonista coartando la libertad de conciencia, sin embargo, según los estudios de AIN, la persecución realizada por grupos terroristas o fundamentalistas es peor que la desarrollada por los diferentes Estados. Estos grupos, so capa de instaurar un estado islámico idílico, pretenden el exterminio de todo grupo diverso (cristiano, judío o musulmán moderado) que ponga en peligro su visión sociorreligiosa uniforme. Para conseguir este objetivo emplean una violencia extrema que busca la aniquiliación física no sólo de las personas, sino también de los lugares que contribuyen a forjar y mantener su identidad grupal (hogares, templos). Esta es una de las causas del aumento del flujo de migrantes desde Siria, Iraq, Afganistán o Somalia. Además, pretenden expandir su influencia a todo el mundo: no respetan fronteras o límites, así, desde 2014, uno de cada cinco países ha sufrido un atentado islamista.

Uno de los hilos conductores que podría seguirse para relatar la historia es el de la lucha por crear ámbitos de libertad y seguridad para el pensamiento y la conciencia

Todos estos datos señalan la existencia de una persecución hacia los cristianos en Oriente. Se trata de un auténtico genocidio: la eliminación de grupos minoritarios, de quienes no piensan o creen igual. No es la primera vez en la historia de la humanidad que nos encontramos con una situación similar a esta. Uno de los hilos conductores que podría seguirse para relatar la historia es el de la lucha por crear ámbitos de libertad y seguridad para el pensamiento y la conciencia. Las sociedades europeas vivieron durante los siglos XVI–XVII el intento de imponer el principio cuius regio, eius religio, es decir, la uniformidad de un reino bajo las creencias de su gobernante, un intento que se plasmó en guerras y represión interna. Conmutada la religión por la ideología, la persecución de minorías ideológicas o raciales, desarrollada de modo sistemático por los regímenes totalitarios, bañó de sangre el s. XX. Con la llegada del fin de esa centuria los más optimistas hablaron del fin de la historia, del triunfo definitivo de las democracias liberales. La historia, enterrada antes de tiempo, se encargó de desmentir dicho final: como muestran el terrorismo de ETA, las limpiezas étnicas de los Balcanes, el surgimiento de nuevos regímenes totalitarios o el recrudecimientos de los que todavía están presentes, y finalmente, el hiperextremismo islámico.

La libertad, siempre en tensión con la seguridad, no puede sacrificar su capacidad de generar más libertad, de ser refugio para aquellos que son arrojados de sus hogares por ser y pensar de modo diferente

Ante esta situación debemos, una vez más, emprender el buen combate por la libertad. Lo más urgente es crear espacios de acogida a los perseguidos, también en nuestros países. Es este un compromiso irrenunciable: la libertad, siempre en tensión con la seguridad, no puede sacrificar su capacidad de generar más libertad, de ser refugio para aquellos que son arrojados de sus hogares por ser y pensar de modo diferente. Y al lado de lo urgente, debemos situar lo importante: la defensa del valor y el ejercicio de la libertad. En primer lugar, nuestra sociedad debe recordar y defender los valores fundacionales de la misma, es decir, su compromiso con la dignidad esencial de la persona, con su vida, con su libertad. Este es el mínimo exigible a todos aquellos que recibamos, es la garantía de supervivencia de una sociedad libre, de que el pluralismo cultural, tan enriquecedor, no sea el pretexto para la creación de guettos o para la reproducción de conductas que están a la raíz de desigualdades de género, de raza, de religión.

Y en segundo lugar, debemos pedir a los gobiernos que actúen con decisión exigiendo a sus homólogos la abrogación de aquellas leyes que recorten o persigan la libertad de conciencia, de expresión, de reunión, sin caer en silencios cómplices derivados de la defensa de sus intereses privados. Es necesario que todo país se someta a la comprobación que pedía Lord Acton: «la prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre, es el quantum de seguridad del que gozan las minorías». En ningún país se debe permitir que estas minorías sean amenazas o, mucho menos, perseguidas o exterminadas. Del mismo modo, se debe forjar una alianza, en colaboración con países de la zona, que sea capaz de poner freno al ISIS y al resto de los grupos sectarios que están realizando una limpieza étnica.

No es esto nada nuevo, es la lucha de siempre por la libertad. Una lucha que cada generación debe reemprender. A comienzos del s. XXI nos encontramos en otros escenarios, distintos en parte de los del s. XX, pero una vez más la defensa de los derechos humanos y de la dignidad de la persona es una pelea que no podemos abandonar, y hoy esa pelea nos exige levantar la voz en pro de los cristianos perseguidos.