Nosotros los barbaros - Carlos Rodriguez Estacio

«¿De verdad sentirías compasión por alguno de esos puntitos si dejara de moverse para siempre? Si te ofreciera veinte mil libras por cada puntito que se parara, ¿realmente me dirías que me guardase mi dinero, muchacho, o empezarías a calcular cuántos puntitos podrías permitirte dejar con vida? Libres de impuestos, amigo. Libres de impuestos. (Le dirige su sonrisa de complicidad infantil.) Hoy en día es la única manera de ahorrar».

Quien habla es Harry (Orson Welles) en El tercer hombre. Y lo hace con Martins (Joseph Cotten), en un diálogo que refleja con brillantez la enorme distancia que separa la perspectiva bárbara de la civilizada. Según la primera, la muerte queda justificada, banalizada, instrumentalizada o subordinada a otros intereses. Desde la perspectiva civilizada, en cambio, nos morimos de uno en uno y cada muerte supone una tragedia irreparable. La civilización toma partido por el hombre, considerado siempre como fin en sí mismo y nunca como simple medio. Está a favor, por tanto, del individuo concreto de carne y hueso; a favor del yo intransferible y único. Por eso decía con razón Unamuno que: «Un alma humana vale por todo el universo».

Estos días suelo tropezarme frecuentemente con declaraciones bárbaras del tipo «esta crisis nos hará mejores» (cuando ya se cuentan por decenas de miles las personas a las que la crisis les ha hecho no ser) o que festejan el «descanso para la Tierra» que está suponiendo, y que tanto recuerda a aquella sabiduría de «la operación ha sido un éxito, el paciente ha muerto».

No obstante, lo que de verdad me alarma es la barbarie que se aloja al más alto nivel: el gubernamental

No obstante, lo que de verdad me alarma es la barbarie que se aloja al más alto nivel: el gubernamental. No voy a revisar cuestiones de hecho tales como la temeridad de fomentar las manifestaciones del 8M (y el by product inevitable de permitir todas las concentraciones multitudinarias de aquellos días), o de la imprevisión de no haber hecho acopio de material sanitario, ni tampoco del inconfundible aire a sainete de toda la gestión posterior; ni siquiera del dato tremendo de que 2200 camas de UCI estén libres en clínicas privadas o concertadas. Tampoco revisaré otras acciones colaterales tan alevosas como los 15 millones destinados a subvencionar televisiones privadas o los 100 millones para publicidad institucional en los medios (siempre anteponiendo —ahora incluso con más furor— la apariencia a la realidad), el blindaje de Iglesias en el CNI, las concesiones a los nacionalismos, etc., o tan banales como que un ministro, en este preciso momento, se tome un permiso de paternidad para lucir palmito feminista.

Pero me quiero centrar ahora no en lo que hacen, sino únicamente en lo que dicen o en cómo lo dicen. Y aun con una restricción añadida: exclusivamente en lo que emane directamente del Gobierno y no de sus periferias técnicas, ni de sus socios (impedir la acción del ejército encaja en varios tipos penales), ni del partido en el Gobierno (que ha puesto en marcha una campaña a prueba de eufemismos, valga el eufemismo).

Pues bien, desde la perspectiva de la que hablaba antes, manifiesto mi asombro civilizado ante lo que transcribo a continuación:

-Las declaraciones del ministro de Interior: «No tengo ninguna razón para arrepentirme de nada ni el Gobierno tiene ningún motivo para arrepentirse de nada». Mientras leía la entrevista donde vertía estas y otras afirmaciones del mismo tenor, me vino a la mente la frase como escalpelo de Stanislaw Jerzy Lec: «Tenía la conciencia limpia; no la usaba nunca».

-Las innumerables proclamas triunfalistas de nuestro presidente, macerado en manual de resistencia (Churchill, Kennedy y Sánchez todo en uno… y en nada): «Vamos a vencer al virus, sin duda», «Las altas nos recuerdan que la victoria es posible, y está cada día más cerca».Creo que está justificado hallar aquí una nueva expresión de la filosofía estalinista: «Una muerte es una tragedia, pero miles son una estadística»; y nadie puede dudar de que Stalin era un gran experto en la materia: el segundo mayor genocida de la Historia, solo superado por Mao Zedong.

-En la misma línea, el ministro de Sanidad, con autocuelgue de medallas incluido: «Han funcionado; las medidas que adoptamos el 14 de marzo han funcionado». Y, en general, todas las declaraciones gubernamentales que redundan en la euforia de que solo mueran 800 personas al día por el Covid19. Sin duda, resulta de gran consuelo para el que muere y para su familia saber que, no solo el exitus, sino también el éxito está asegurado (oh, muerte, ¿dónde está tu victoria?). Así que atended, vulgo ignaro: la defunción que os zozobra —la propia o la de un ser querido— es una defunción con tendencia a la baja, de previsión optimista, a pico vencido. ¡Qué suerte tenéis!

-Las exposiciones de Irene Montero en TV: «La agresividad y el odio con el que la extrema derecha está intentando señalar a las mujeres en relación a la manifestación del 8M y la crisis del coronavirus». No al feminismo hegemónico, atención, sino a las mujeres, a todas las mujeres. Si esto no es incitación al odio, entonces debe ser incitación al cretinismo, que a menudo suele ser el más eficaz atajo.

-Por su parte, Pablo Iglesias olfatea que son tiempos propicios para el mitin, así que nos alecciona, desde la Moncloa (desde casa perdería rimbombancia, o sea, sustancia programática), acerca de cómo el coronavirus discrimina por clase social (sin aclarar cuál es la suya), justifica las caceroladas promovidas por su partido al jefe del Estado (no te vayas a morir sin haber expresado tu indignación contra los regalos privados de un jeque al ex rey) o «tranquiliza» a la nación con un lenguaje de nuda expropiación (no te preocupes, pues, lo que no te quite el coronavirus, quedará en «buenas manos»).

El primer pésame oficial de este Gobierno (6 de abril) ha tenido como destinataria a la comunidad musulmana por la muerte de Riay Tatary Bakry

-El primer pésame oficial de este Gobierno (6 de abril) ha tenido como destinataria a la comunidad musulmana por la muerte de Riay Tatary Bakry, presidente de la Comisión Islámica. No he sido capaz de hallar una sola referencia en comunicados o redes sociales sobre los otros 14.000 fallecidos, algunos de ellos (sanitarios, policías, guardias civiles…) en acto de servicio y en defensa del interés de todos.

Las explicaciones esclarecedoras de Pedro Duque sobre las víctimas más mortales del COVID-19: «En otros países habrían muerto antes»

-Las explicaciones esclarecedoras de Pedro Duque sobre las víctimas más mortales del COVID-19: «En otros países habrían muerto antes». Ese mismo día, un bombero de Madrid informaba de que el 85% de sus salidas eran para abrir puertas de gente que muere sola. Sin despedida posible, ni siquiera velatorio. Pero, según el ministro más sideral, estos abuelitos deben estar agradecidos por los años de más que les ha regalado el sistema sanitario. Gracias, Pedro Duque; y esperamos que en futuras intervenciones nos aclares la edad correcta para morir y así no pecar de ingratos con una sociedad tan dadivosa.

-RTVE anuncia el estreno de una serie de humor sobre «El lado más divertido de la convivencia en tiempos de pandemia!». Es muestra de nobleza mantener el sentido del humor incluso en los momentos más duros, pero no estoy seguro de lo mismo cuando unos son los que ríen y otros muy distintos los que mueren. Al menos, eso sí, la serie va muy bien con las carcajadas de Ábalos y Yolanda Díaz en el Congreso, las risas de Pedro Simón y, de nuevo, las de la ministra Díaz cuando hablaba a porrillo de parados y de ERTEs. Un grandísimo coro cómico como banda sonora de estos días. Y para Gobierno de remate y recapitulación.

Y uno no sabe si terminar citando a Hannah Arendt (la banalidad del mal), a Antonio Machado (La envidia de la virtud hizo a Caín criminal, / gloria a Caín hoy el vicio es lo que se envidia más) o mandarlos, sin más, a la mierda.