Mentiras - Eduardo Gomez

Últimamente he estado viendo muchas series de televisión en las que el argumento y el protagonismo es de las mujeres. Desconozco las razones de esta proliferación y para ser sincero tampoco me importa. Lo cierto es que, sea por lo que sea, he visto series de una magnifica factura que escarban en la naturaleza femenina de forma por lo menos novedosa y eso es de agradecer.

Poco a poco se van integrando en ese neceser de personajes deliciosos y que me acompañan a donde vaya naturalezas femeninas diversas y distintas

En realidad no me importa porque adoro las historias bien dibujadas y adoro esos personajes absolutamente inmensos que se quedan contigo durante un tiempo o durante toda tu vida, que la duración y la intensidad de esa impregnación no admite reglas de género ni parámetros convencionales. En mi particular imaginario la mayoría de esos personajes inolvidables eran masculinos, lo reconozco. Pero poco a poco se van integrando en ese neceser de personajes deliciosos y que me acompañan a donde vaya naturalezas femeninas diversas y distintas, pero todas ricas y hermosas por lo menos para mí.

En definitiva, series bien escritas, dirigidas e interpretadas en las que la mujer no solo es madre, hija o compañera, que también lo es, es algo más, es dueña de su destino en la misma medida que cualquier ser humano puede serlo. Mujeres de todo tipo y condición, poliédricas y complejas, emocionales y racionales, parecidas y muy distintas entre sí, con cualidades y defectos que seguramente poseían desde la noche de los tiempos pero que ahora tienen muchas más posibilidades de ponerlas de manifiesto y los hombres de conocerlas.

Big Little Lies; el guión es un prodigio de estructura, composición y ritmo. Va desvelando episodio a episodio lo que una realidad aparentemente idílica esconde

En concreto, si me lo permiten, me gustaría hablarles de la sensación de la temporada pasada, Big Little Lies; el guión es un prodigio de estructura, composición y ritmo. Va desvelando episodio a episodio lo que una realidad aparentemente idílica esconde. En una urbanización habitada por altos ejecutivos y profesionales pseudoprogres, en un contexto tan glamuroso como vacuo en el que se van manifestando los prejuicios y las neurosis, donde hay una realidad que se explicita en los lugares públicos y otra muy distinta en el ámbito privado, en el hogar.

De forma paralela, o mejor convergente, con esta línea argumental central discurren otras tratadas con el mismo ritmo y una de ellas es la violencia de género. Y sobre ese particular la serie explicita de forma magistral unas fases por las que pasa la víctima que primero justifica el maltrato, segundo intenta devolver los golpes recibidos y luego se convence a sí misma de compartir las culpas de mantener una relación abusiva. Les pido que me perdonen si no desvelo nada más, puede que entre los lectores de este escrito haya alguno que no la haya visto y no me parecería justo provocar que no la vieran por mi culpa.

La serie no pretende, o así yo lo creo, establecer categorías generales y menos en un problema originado por tantas causas y que provoca tantas y tan diversas reacciones. Pero sí que te obliga a pensar en esta realidad tan traumática. Lo cierto es que el principal problema que provoca el maltrato, además de evidentemente la personalidad violenta del maltratador, es la intención de la víctima de reanudar su carrera profesional a la que renunció al casarse y tener hijos. Te da por pensar que si una abogada de prestigio, situada en la cúspide social, que renuncia libremente a su carrera para casarse y cuidar a sus hijos se ve impelida a defender incluso con riesgo para su vida la posibilidad de continuar su carrera, cuántas situaciones similares o más traumáticas se estarán viviendo en contextos con menos recursos posibilidades y menos privilegiados.

En 1929 Virginia Woolf escribe un pequeño ensayo Una habitación propia que se ha ido convirtiendo en lectura de referencia feminista. En ese libro postula que la liberación femenina pasa por una inevitable independencia económica “una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. La habitación propia simboliza el hecho de tener un ámbito exclusivo y una autonomía e independencia económica real o potencial que le permita no verse sometida a imposiciones físicas o morales y realizarse como desee, en definitiva en libertad.

Me pregunto si esa reivindicación, casi centenaria y absolutamente digna “la independencia económica” o la posibilidad de conseguirla con facilidad para cualquier mujer, ha sido superada

Me pregunto si esa reivindicación, casi centenaria y absolutamente digna “la independencia económica” o la posibilidad de conseguirla con facilidad para cualquier mujer, ha sido superada. Me pregunto también si en este contexto de crisis que dura más de diez años, con un paro muy elevado y con unas condiciones laborales precarias, no será la mujer junto con otros colectivos los que están soportando con mayor incidencia el coste de la factura económica, social y familiar.

La izquierda española que hace unas décadas hablaba “del pueblo” y no hace tanto “del obrero” y viendo que en la actualidad esos dos sustantivos no aportan grandes frutos electorales, fundamentalmente porque la sociedad española ha cambiado entre otras muchas cosas por la incorporación plena de la mujer al mercado laboral, decide probar con otras reivindicaciones y ahora le toca al feminismo.

En sí la elección del feminismo como bandera política no es criticable puesto que es cierto que existen reivindicaciones pendientes y mucho camino por recorrer en ese sentido. Pero lo dudoso son las medidas que se proponen como ariete del derribo de esos muros.

Porque pretender la reforma de la Constitución para la adecuación a un lenguaje más inclusivo, reprimir el piropo, no celebrar el Día de los Enamorados u otras medidas del mismo tenor, suenan más a ocurrencias diletantes que a voluntad sincera de limitar desigualdades. Aunque lo que sí es cierto es que provocan el ruido y la furia de los medios y la opinión pública que a lo mejor con eso ya vale. Y si la exposición de estas chocantes medidas, existiendo los problemas latentes que existen, son un simple reclamo fácil podríamos considerar que se está utilizando a la mujer, es decir, “cosificándola” una vez más.

No hay nada más feminista y también social que intentar acabar con la crisis, con el paro, con el trabajo precario o conciliar la vida laboral con la vida familiar, pero estos son temas mayores que ni la izquierda ni la derecha se reconocen capaces de solucionar y lo dejan al albur de los acontecimientos internacionales o al exclusivo recorte de las conquistas laborales. También lo menciona Virginia Woolf: “uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien”.

El problema colateral de esa codicia electoral es que provoca la intromisión del poder público en las relaciones personales, intimas y familiares elaborando verdaderos códigos morales de comportamiento de forma parecida a como lo hacen las religiones y los regímenes totalitarios. Y además el mismo afán por el rédito electoral motiva la designación “del otro”, del antiguamente rico o empresario, que ahora es el hombre, demonizado y señalado de forma o expresa, cosa que igualmente Virginia Woolf señala en la siguiente frase: “No necesito odiar a ningún hombre, no puede herirme; no necesito halagar a ningún hombre, no tiene nada que darme”.

Las causas generales, los problemas que afectan a todos sin distinguir raza, sexo, religión, opinión o vecindad se han abandonado por negligencia o incapacidad

En resumen, las causas generales, los problemas que afectan a todos sin distinguir raza, sexo, religión, opinión o vecindad se han abandonado por negligencia o incapacidad. Murieron las ideologías y también las ideas. A cambio se fraccionan y particularizan los grandes temas y sus soluciones. Así, se vende como una conquista feminista la conversión de la Constitución a un lenguaje inclusivo y sin embargo no importa que una mujer que viva en alguna comunidad autónoma tenga acceso a una educación, sanidad o servicios sociales mucho peores que si viviera en otra. Es la transformación de la política en mayúsculas a una política en minúsculas, de menudeo, al por menor.

Por si fuera de interés para alguien, tengo dos hijas a las que he intentado comunicar mi firme convencimiento con la importancia de la construcción de esa “habitación propia” por su propio crecimiento personal y por la libertad que trae no estar obligado a someterse a ningún enfermo o aprendiz de tirano. Mujeres que junto con mi pareja, otras que han pasado por mi vida y las que descubro en series de televisión y literatura (que también ayuda) seguro han cambiado mi forma de entender todo, y es que me descubro más partidario de las evoluciones que de las revoluciones.